Por Luisina Meccia
Lo vestí por primera vez el 17 de agosto de 2005; era apenas un pequeño joven nacido en Rosario, con los ojos llenos de emoción y los botines cargados de sueños. Desde ese instante supe que no era uno del montón, sino que iba a representar como nadie nuestra bandera; había algo diferente al sentir su piel, como si supiera todo lo que íbamos a vivir.
En el camino pasaron muchos años, partidos y finales; millones de lágrimas que me empaparon más que cualquier lluvia y abrazos que quedaron en mi memoria, como el de Diego Armando Maradona. También conocí la gloria, esa que se hizo esperar, pero cuando llegó nos encontró juntos. Y como dice la canción de No Te Va Gustar, llegó ese maldito momento de mirar para un costado, de darnos ese último abrazo representando a la Argentina frente a miles de ellos.
Dicen que el tiempo pasa, el tiempo corre, que disfruten el hoy porque nunca se sabe el mañana, pero yo puedo jurar que las agujas del reloj nunca pasaron, sigo sintiendo lo mismo que el primer día. Cuando salga al campo de juego, cuando el himno empiece a sonar, voy a notar cómo se le eriza la piel debajo mío, cómo respira hondo y aprieta los labios. Yo voy a estar ahí en su última final, pegada a su cuerpo, voy a sentir cada gota que caiga de su frente, cada latido que se acelere y cada mirada que se dispare al cielo buscando guardar el momento para siempre, porque sé lo que significa, no es un partido más, tampoco una Copa del Mundo más, es la última, y aunque no lo diga en voz alta, esta en la cabeza de todos los argentinos.
El vestuario huele a concentración, a historia, a una despedida que nadie se anima a nombrar. Escucho los botines, las cintas ajustarse, las voces bajas que intentan calmar la ansiedad, porque sí, todos estaban preparados para verlo crecer pero nunca para decirle adiós. Entonces lo veo entrar, camina tranquilo, como siempre. Pero yo lo conozco, detecto lo que no dice, hay algo distinto en su mirada. Antes de acercarse a mí, se detiene y del otro lado está Lionel Scaloni, director técnico. No hace falta un discurso largo, un simple “disfrutalo” alcanza. Un mensaje claro y directo. Él asiente, se miran, y me lleva a ese abrazo de Qatar 2022 lleno de respeto e historia, pero esta vez suena a una etapa que está por finalizar.
Me toma con sus manos, que siguen siendo las mismas, firmes y seguras. Me levanto y, por un segundo, el tiempo se detiene; como si todo lo vivido pasara frente a nosotros en un instante. Cuando me apoya sobre su cuerpo, lo siento. Salimos al campo y el mundo se vuelve ruidoso. El estadio vibra, las luces, la gente, la bandera celeste y blanca, todo se mezcla en una sola emoción.
Y después, se escucha el himno, respira hondo y de fondo llega el último grito “Messi… Messi…” ese que atraviesa todo. Ese que lo empuja, que lo abraza, que no lo va a soltar nunca. Yo voy a estar ahí, vibrando cada paso, cada tensión, cada pensamiento que no necesita palabras.
Se acomoda la cinta de capitán, mira alrededor y se posiciona. En ese instante en el que todo está por empezar, el árbitro pita el inicio del encuentro.




