A once metros de la eternidad

Por Abril Yazbik

No es la primera vez que estoy acá.

Aunque todo parezca nuevo, los jugadores, las camisetas y las voces, hay algo que se repite. Una sensación. Una tensión que crece hasta volverse casi insoportable. La final de un nuevo Mundial había llegado a su límite. Empate, otra vez.

Durante el partido vi de todo: un gol tempranero que hizo explotar a una mitad del estadio, una respuesta casi inmediata del otro lado, piernas que corrían más por pasión que por energía, tarjetas de todos los colores y miradas que buscaban la gloria.

90 minutos de juego y 30 minutos de prórroga, pero nadie pudo adueñarse del final. Entonces, como si el destino no supiera resolverse de otra manera, todo volvió a este punto, los penales.

Acá es donde todo cambia; el fútbol deja de ser un juego colectivo por un momento y se convierte en una sucesión de decisiones individuales. Ya no importa el sistema, ni la estrategia, ni el planteo. Solo queda un jugador, la pelota y yo, a 11 metros de distancia.

El estadio, que hasta hace unos segundos era caos, se transforma. El ruido no desaparece pero se vuelve lejano, como si estuviera ocurriendo en otro lado. Acá, en este espacio, lo único que existe es el momento, mi momento. Se abre la ronda y el primero se acerca, camina rápido, sin mirar demasiado. Patea fuerte al medio, la pelota entra. Grito, desahogo.

El segundo duda un poco más, se toma su tiempo y respira. Patea fuerte y cruzado, la pelota vuelve a entrar.

Y así sigue la tanda, uno a uno… historias distintas, finales momentáneos. Algunos celebran antes de tiempo, otros apenas reaccionan. El arquero se mueve, intenta adivinar el tiro, juega su propio partido dentro de este instante, pero yo sé, sé que ninguno de ellos es el final.

Entonces aparece él, mi momento más esperado de la noche, Lionel Andres Messi, parado frente a mí. No corre, no apura el paso, no necesita hacerlo. Camina despacio, como si cada paso cargara la historia de un país entero. Yo podía sentirlo, el aire vibraba distinto. No era solo un penal, era el penal. Cualquiera quisiera tener la perspectiva de lo que yo estaba viendo.

Por delante mío, el arquero de la selección brasileña, Bento Matheus Krepski, se movía, inquieto. Intentaba achicarse, hacerse gigante, ocupar cada rincón de mí. Pero había algo que él no sabía, yo ya lo había elegido. 

 “La Pulga” tomó la pelota, la acomodó con cuidado, como si cada detalle importara, como si ese pequeño gesto fuera parte de algo mucho más grande. Retrocedió unos pasos, no muchos, los justos. El arquero lo miró, quería meterse en su cabeza, romper esa calma que parece inquebrantable. Por un segundo, el mundo se detuvo dentro de mis tres palos y entonces pateó. 

No era un remate violento, no era desesperado, era simple y era perfecto. La pelota salió suave pero decidida, como si no necesitara velocidad para llegar, como si supiera exactamente a dónde ir desde el instante en que abandonó su pie. El arquero eligió un lado y se lanzó, se estiró pero no alcanzó. Entonces, la red se estremeció, lo sentí, no como un golpe, sino como una confirmación. Argentina era bicampeona mundial y, yo, su máximo protagonista, estaba viendo al mejor de todos los tiempos en primera persona. 

El estadio explotó, los gritos atravesaron cada rincón del mundo. Los jugadores corrieron, se abrazaron, cayeron al piso, rieron y lloraron. Todo al mismo tiempo.  Yo sigo quieto, en mi lugar, como siempre. Pero esta vez es distinto porque no fui solo el lugar donde terminó la historia. Fui el lugar donde la eternidad eligió quedarse.

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