Por Leonel Librandi
Todo comenzó en el partido inaugural; mi país, México, contra Sudáfrica en el Estadio Azteca. Yo siempre fui de seguir los grandes eventos deportivos, pero este tenía una cuota única: el último Mundial de dos grandes bestias como Cristiano Ronaldo y Lionel Messi. Igualmente, no estoy acá para describir el evento más visto, y probablemente el más conocido del mundo, sino para contar cómo, por unos minutos de euforia, terminé en la cárcel de Nueva Jersey.
Hasta ese momento trabajaba en un emprendimiento de tecnología con un amigo. No nos iba mal, es decir, no había malestar alguno del que quejarase. Éramos buenos en eso, siempre lo fuimos. Un ambiente muy cómodo para dos jóvenes de 19 años. A Pedro lo conocí mi primer año aquí, allá por el 2017, cuando nos mudamos con mi familia a México, más precisamente a Guadalajara. Y sí, yo no nací acá, y notarás, quizá por mi forma de escribir, que soy “mitad” argentino. Con mi familia vivíamos allí hasta que la cosa se puso fea y decidieron que lo mejor era volver a la República Mexicana. Sinceramente no le doy importancia a eso, ya que siempre me sentí más atraído por la cultura mexicana. Tal vez, el hecho de escuchar historias a más de 7 mil kilómetros me hacía interesar cada vez más en mis raíces.
En fin, se acercaba el Mundial y siempre soñé con vivir uno como espectador, así tuviera que gastarme los ahorros de mi vida. Llevábamos tres meses juntando dinero y consiguiendo “changas”, como se le dice en Argentina, para poder ver al “Tricolor”. El día había llegado. 11 de junio en el estadio más emblemático de nuestro país, con un plantel que no llegaba de la mejor forma, pero que tenía la misma ilusión de siempre. La misma ilusión de varias generaciones: llegar al quinto partido.
“…el árbitro finaliza el encuentro. Derrota de la selección local por 3 a 1, un hecho que quedará marcado en la historia de nuestro fútbol. Habrá que ver qué sucede la semana próxima, pero dudo que esta situación se pueda cambiar”.
Estaba abatido. Toda la esperanza que teníamos se esfumó en 90 minutos. Pensándolo bien, y luego de que transcurrieran varios años desde ese hecho, aquel resultado fue muy predecible. Era la esperanza y la ilusión que conlleva cada Mundial lo que no me permitió ver lo mala que era esa Selección. Como ya sabrán, el equipo quedó afuera en fase de grupos, protagonizando uno de los mayores bochornos de la Copa del Mundo.
Pasaban los días, las fases del torneo y mayor era mi enojo hacia los jugadores y el cuerpo técnico que tan mal nos habían representado. Luego de ir a ver dos partidos de tres y amargarme durante medio mes, mi rutina seguía siendo la misma: trabajar, volver a casa y mirar cómo Argentina avanzaba de fase. Para los jóvenes que leerán este libro, posiblemente les suene extraño el decir que ese fue el mejor equipo de la historia, pero lo fue.
Como dije anteriormente, solamente vi dos partidos de mi Selección. En el tercero necesitábamos un milagro para clasificar y preferí vender la entrada. Podría poner la excusa de que no quería enfurecerme aún más, pero verdaderamente fue porque quería ver algún encuentro con mi madre. Ella trabajaba mucho, ni tiempo para ver algún resumen tenía. Vivía por y para nosotros. Hoy en día pienso y creo que fue el ahorro que mejor gasté en mi corta vida.
En definitiva, allí estaba, sentado en una de las tribunas del MetLife Stadium compartiendo un momento con la persona que más amaba. Ahora me acuerdo, Argentina – España fue la final. Tres goles de un tal Mastantuono esa noche, Dios sabrá dónde juega ahora. Pero lo importante en esta historia no es que la “Albiceleste” ganó dos títulos consecutivos, o que goleó 4-0 a una Selección europea con un baile que no se van a olvidar jamás. Lo significativo en este relato es la ira que sentí al ver al presidente de la Federación Mexicana festejar con Infantino. Un acto que me cambió la vida por los próximos 10 años.
“Y allí lo vemos otra vez, Messi levantando la tan ansiada copa. ¡Pero esperen, miren allí en la platea, un hincha está agrediendo a Mikel Arriola! Increíble, ahora se lo lleva la seguridad, pero qué barbaridad ha hecho este joven. Creo haber visto tres golpes, espero que reciba el castigo adecuado”.



