martes, abril 21, 2026

Leandro Paredes: solo el amor con amor se paga

Por Gabriel Milian Scuri

Carlos Bianchi vive su última etapa en Boca. Al igual que Juan Román Riquelme, que es el diez y capitán del equipo. Desde la línea, justo al lado del Virrey, mira atentamente Leandro Paredes. Un producto de las inferiores del Xeneize. Otra joya del fútbol argentino y su fábrica de estrellas. El joven disputó un puñado de encuentros con la camiseta azul y oro antes de partir a Europa. Pero tenía algo claro: volvería.

Luego de doce años en el viejo continente, con varios partidos en el seleccionado argentino encima, dos Copa América y un Mundial conquistados, retornó al barrio de La Boca para que La Bombonera lo ovacionara. Un día de semana y a la noche.

Deportivamente, Paredes no le había dado nada a Boca. Solo había dejado destellos de calidad desplegados por el verde césped y un manojo de ilusiones. Ilusiones que volverían a despertarse en los hinchas cuando, el ahora número cinco de club de la Ribera, posó en el medio del campo con los colores puestos, sus tres hijos y esposa. Cuánto había pasado entre ese chico de 16 años que debutó ante Argentinos Juniors en 2010 y el de aquel junio de 2025. Un pibe lleno de sueños. Con toda una carrera por delante. Ahora, un hombre con experiencia. Jerarquía. ¿La similitud? El hambre de gloria intacta. 

El 2026 comenzó con un nuevo objetivo para el Xeneize y su gente: la Copa Libertadores de América. La obsesión de un pueblo entero. La séptima.  

Pero para lograrlo, Boca debe conformar un equipo. Un grupo con sed de victoria. Paredes, como referente máximo, maneja los hilos. No solo dentro del campo, sino también desde fuera. En lo actitudinal. En el padrinaje a los más chicos y en el ejemplo de cómo debe ser la mentalidad de un jugador del club. La de un ganador.

La prueba de fuego para Paredes y compañía fue el superclásico en cancha de River. La frutilla del postre para un Boca que, de a poco, encuentra rumbo. El partido fue espantoso. Trabado, sin mucho peligro. Pero el conjunto de Claudio Úbeda sabía qué debía hacer. Dejarlo jugar a él. Al capitán. Tres pases gol en menos de 15 minutos. Todos de tres dedos, como si estuviese en el barrio. Que no está de más decir, que no se olvida, cuando puede, de bajar al barro con los amigos para poner la pelota bajo la suela como cuando era un nene. Uno de aquellos pases que metió de cachetada provocó el penal del cual él mismo se haría cargo.

Santiago Beltrán, arquero del Millonario, se acercó a los compañeros del futbolista xeneize para preguntarles a dónde patearía. “Hacé lo que puedas”, le respondieron. Y bien que le dijeron.

El 5 apoyó la pelota en el punto penal y no miró nunca a nadie. Firme y decidido, abrió el pie y la colgó en un ángulo. Beso al escudo y, para sorpresa de todos, festejó con el gesto del Topo Gigio. A lo Riquelme. Y no es para nada una coincidencia, sino una causalidad.

Hay algo más allá de lo icónico en el festejo. Es la historia de un club. Se siembra lo cosechado en busca de repetir un bello milagro. Leandro Paredes pegó la vuelta para darle con fútbol lo que Boca le dio en posibilidades. Para continuar un legado.

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