domingo, enero 25, 2026

Atentado al olimpismo: el infierno israelí en Múnich cumple 53 años

Por Iván Lezcano

El 5 de septiembre de 1972 será recordado para siempre como uno de los días más oscuros en la inmensa historia de los Juegos Olímpicos. Ese día, aprovechando un endeble operativo de seguridad (producto de un intento de lavado de imagen del gobierno alemán posnazismo), un grupo de terroristas palestinos pertenecientes a la organización Septiembre Negro aprehendió y asesinó a once atletas israelíes en plena Villa Olímpica.

Los JJ.OO. de Múnich representaban la oportunidad perfecta para la joven República Federal de Alemania de mostrarle al mundo que el régimen encabezado por Adolf Hitler había llegado a su fin. Bautizados como “Los Juegos Felices”, la organización de los mismos se basó por completo en la transmisión de este mensaje. “La arquitectura debía simbolizar ese ánimo de optimismo y amabilidad, marcando así el contraste respecto a la imagen del Estadio Olímpico de Berlín en los Juegos de 1936”, asegura la historiadora germana Eva María Gajek. Añade también que el concepto visual general, desde el diseño colorido hasta la inclusión de la primera mascota oficial —el perro salchicha Waldi—, estaba alineado detrás del mismo objetivo.

El gobierno alemán, sin embargo, era consciente de los riesgos potenciales que suponía un evento de esta magnitud. Por eso, con la intención de prevenir mayores desastres, contrató al psicólogo forense Georg Sieber para evaluar posibles amenazas en la Villa y entregar un escrito con los peores escenarios. El doctor, luego de un minucioso análisis, desarrolló una lista de 26 situaciones de hostilidad junto con sus respectivas acciones de prevención. Paradójicamente, la amenaza n.º 21 hacía referencia a un posible ataque terrorista por parte de Palestina hacia la delegación de Israel.

Sieber, un paso adelante, había recomendado hospedar a los deportistas según su disciplina y no por su nacionalidad, como se acostumbraba a hacer. No solo que esto no sucedió, sino que, además, los Juegos de Múnich contaron con uno de los operativos de seguridad menos estrictos que se recuerden dentro del olimpismo moderno. La nueva cara que Alemania quería demostrar ante el mundo la llevó a contar con no más de 2.000 efectivos de la policía federal, los cuales fueron capacitados para “ser corteses”.

En la madrugada del 5 de septiembre, ocho palestinos vestidos con ropa deportiva saltaron la reja perimetral de dos metros de altura e ingresaron a la Villa Olímpica. Según declaraciones de algunos atletas que participaron en el evento, esto era algo normal entre los deportistas que salían sin permiso durante la noche, por lo que pasaron desapercibidos.

Septiembre Negro era una organización militar que se formó con el objetivo de realizar operaciones de represalia y ataques internacionales en nombre de Fatah, el poder palestino, luego de que este perdiera la guerra para la liberación ante Jordania en 1971. Este grupo estaba formado por la facción más radical de las fuerzas lideradas por Yasser Arafat, presidente del Estado en aquel momento. Estos, responsables de asesinar al primer ministro jordano, Wasfi Tal, unos meses antes en Egipto (ya veremos por qué es relevante esto), fueron los que ingresaron a la Villa aquella madrugada, poco después de las 4.

Los terroristas se dirigieron al edificio reservado para la delegación israelí, donde se cruzaron con quien sería su primera víctima: el entrenador del equipo de lucha, Moshe Weinberg. El hombre se abalanzó sobre los atacantes, permitiendo que otros compañeros pudieran escapar. Antes de ser asesinado, Weinberg fue usado como señuelo para acceder a otros departamentos. Los guió al de los pesistas y luchadores, quizás con la esperanza de que estos pudieran neutralizar a los atacantes. Para su desgracia, todos fueron sorprendidos durmiendo y aquello concluyó prácticamente como una sentencia de muerte, ya que gran parte de las víctimas resultaron ser parte de estos equipos. Este es el caso puntual de Yossef Romano, especialista en halterofilia, quien se convirtió en el segundo ejecutado tras un forcejeo con uno de los armados. De este modo, eran nueve los rehenes restantes.

Fue poco después de las 6 cuando se empezaron a conocer las demandas de los palestinos: exigían la liberación de 234 compatriotas presos en las cárceles de Israel, además de la de los alemanes Andreas Baader y Ulrike Meinhof. Estos últimos, fundadores de la Fracción del Ejército Rojo, banda guerrillera alemana, fueron los únicos puestos en libertad por el gobierno local. Por el lado del poder israelí, y específicamente de la primera ministra, Golda Meir, la postura era clara: “No negociamos con terroristas”.

Durante las primeras horas del atentado, la información no era clara. Así lo comenta Charlotte Knobloch, integrante de la comunidad judía de Múnich y madre de una de las chicas que se encontraba en la Villa Olímpica como azafata: “En las noticias no se entendía qué estaba pasando, por lo que el miedo era aún más grande”.

Con el correr de las horas, los medios de comunicación inundaron las inmediaciones del edificio. Muchos de ellos eran deportivos, dado que ya se encontraban allí realizando la cobertura de los Juegos. Las cámaras de televisión tuvieron un papel tan insólito como determinante en uno de los planes de rescate elaborados por la policía, ya que le brindaron información a los terroristas acerca de la ubicación de los francotiradores posicionados por las fuerzas alemanas. Los observaron a través de una TV ubicada en la habitación de los rehenes porque jamás se les había deshabilitado la electricidad ni la comunicación, en lo que fue otra muestra de la escasa preparación de los efectivos para situaciones como esta.

Aproximadamente 14 horas después de haber ingresado a la Villa, los palestinos exigieron un avión para poder huir de Alemania junto con los rehenes. Su destino era El Cairo, Egipto, donde decían sentirse seguros. Así fue como, tras atravesar Múnich en dos helicópteros, arribaron a la Base Aérea de Fürstenfeldbruck, donde los esperaba un Boeing 727. Lo cierto es que se trataba de una emboscada final por parte de la policía alemana, que había orquestado un operativo que incluía francotiradores y algunos efectivos camuflados como tripulación del avión, aunque estos últimos abandonaron la misión poco tiempo antes de la llegada de los helicópteros. Los motivos, a día de hoy, siguen sin ser claros.

Encontrar la aeronave vacía ya había alertado a los palestinos de que algo raro estaba pasando, pero el fracaso definitivo de la estrategia se dio cuando uno de los tiradores falló su disparo y, lo que pretendía ser un impacto mortal para el líder terrorista Luttif Afif (conocido como “Issa”), resultó en una simple herida a otro de los atacantes. En ese momento, se desató un fuego cruzado que duró casi tres horas.

A la medianoche, el portavoz del gobierno Conrad Ahlers llegó a comunicar que todos los palestinos habían muerto y que los rehenes habían sido rescatados. Esto, por supuesto, fue desmentido rápidamente.

Cinco terroristas, los nueve israelíes y un policía perdieron la vida en aquel tiroteo. Algunos de los atletas fueron asesinados por los palestinos a punta de fusil y otros fallecieron debido a la explosión de uno de los helicópteros que, dependiendo de la versión que se escuche, pudo ser responsabilidad de uno u otro bando. Los tres secuestradores restantes fueron detenidos, aunque tiempo después se los liberó en medio de un intercambio.

La información la dio por primera vez Jim McKay, locutor deportivo de la ABC, con una frase que quedó grabada en la historia: “They’re all gone” (todos se han ido).

En la mañana del 6 de septiembre se realizó una misa en honor a los caídos, cuando la competencia llevaba menos de 24 horas detenida. Durante su discurso, Avery Brundage, presidente del Comité Olímpico Internacional (COI), anunció en una controversial decisión que los Juegos debían continuar. Curiosamente, no era la primera vez que Brundage se encontraba inmerso en polémicas que involucraban a la comunidad judía, ya que para los JJ.OO. de Berlín —siendo jefe de misión estadounidense— bajó de la posta de 4 x 100 metros al atleta judío Marty Glickman, con el argumento de que “ya habían fastidiado bastante a Hitler con el suceso de un negro (Jesse Owens)”. Un acto de antisemitismo sin atenuantes.

Si bien los datos oficiales marcan la 1.30 del 6 de septiembre de 1972 como el momento en que finalizó la masacre de Múnich, las represalias de la misma continuaron durante años. El gobierno de Israel tomó cartas en el asunto y, bajo las misiones “Primavera de Juventud” y “Cólera de Dios”, se dedicó a perseguir y ejecutar a cada uno de los responsables de aquellas fatídicas 21 horas en el Estado de Baviera.

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