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Yo juego para vos, mamá

Argentinian midfielder Diego Maradona (C) dribbles past three English defenders on June 22, 1986 in Mexico City during the World Cup quarterfinal soccer match between Argentina and England. Maradona scored two goals, the first one with his left hand as he jumped for the ball in front of goalkeeper Peter Shilton, as Argentina beat England 2-1. (Photo by STAFF / AFP) (Photo credit should read STAFF/AFP/Getty Images)

Por Alen Franco

N.d.R: Este texto no fue escrito por el protagonista sino por el autor desde la piel de Diego Maradona en base a entrevistas, testimonios, declaraciones de la leyenda del rock nacional sumado a escasas licencias poéticas que no alteran la esencia de su mensaje.

Busco la pelota alta y me van con una plancha. Me dan un indirecto a favor. Minuto 89´. Gritaba el estadio lleno. Unos a favor, otros en contra. Le dejo la pelota en mitad de cancha a Oscar (Ruggeri) para que saque. Ya lo teníamos, estábamos 2 a 1. Le estábamos ganando a esos asesinos. Eran esos hijos de puta que mataron a nuestros pibes. Le agradezco siempre a Dios que los muchachos me hayan entendido. Porque ahora está el video de cómo grito, pero yo no lo hice por la cámara, eh. Realmente era ese sentimiento que había que tener, porque no era solo fútbol. Nosotros tenemos los colores de la bandera. Representamos a la bandera y al país. Teníamos que entender que estábamos hablando por los pibes que ya no estaban. Igual te digo que ninguno estaba nervioso. Y si alguno lo estaba, no nos mostrábamos así. Todos firmes para jugar.

El Cabezón se la jugó atrás a Nery (Pumpido), y ahí la tuvo hasta casi los 90. Pelotazo a que la pelee Jorge (Valdano). La ganó el inglés pero se fue al lateral para nosotros. Ya estaba el tiempo cumplido pero el botón no pitaba el final. No importaba, pedí la pelota y se la tiré al Negro (Enrique) que lo veo correr. El aire estaba re pesado. No sé cómo pero se fue hasta al córner a toda velocidad a bancarla. Mientras él la tenía yo me iba acercando para ver si la podía agarrar. Mientras me acercaba miré la tribuna y vi a la gente. Había ingleses casi desnudos que usaban su bandera como calzón. Raro. Casi irrespetuosos. 

En eso la perdió Héctor y la agarró Shilton. Que llorón Shilton. Me acuerdo todavía como me pedía que confesara la mano en el primer gol. ¿Mira si voy a regalar un gol en un Mundial? Igual fue de cabeza eh, no la toco con la mano. Ahí la revienta casi hasta nuestro arco y gana de arriba El Cabezón. Qué defensa que teníamos, ninguno te dejaba tirado. Con ellos a la guerra. Y te repito, estábamos en guerra. Teníamos que hacerlo por las Malvinas. 

Yo estaba en mitad de cancha cuando veo al árabe (en realidad el árbitro Ali Bin Nasser es de Túnez) pitar el final. Qué horrible suenan los silbatos de fútbol, pero qué lindo fue ese sonido agudo con el que explotamos todos los argentinos. Giraba buscando a quien abrazar, era una alegría enorme la que se sentía. De repente ya me rodeaban los camarógrafos con todos sus flashes. Entre las luces lo veo a Oscar, imaginate la sonrisa lo gigante que era si ya su cabeza es enorme. Lo abracé y ahí sentí solo desahogo, habíamos defendido como corresponde al país. Yo en la cancha me bancaba todas las patadas y golpes, pero el golpe que habíamos sufrido como país me dolía mucho más. Era un tema sensible para mí. Y no solo eso, la gente siempre hablaba mierda de mí. Muchos periodistas decían que jugaba mal y yo estaba con el tobillo hecho una pelota pero dejaba todo por jugar. 

Nos empezamos a ir para el lado de los bancos y lo veo a José María (Muñoz) acercarse y ahí lo que me hizo me quebró. La victoria era para mi país, pero mi alegría se la dedicaba siempre a una sola persona. El Gordo lo sabía y me acerca el micrófono con el que andaba para decirme: “Saludá a tu mamá”. Pensé que me jodía pero me repitió que le hable. 

Con desconfianza dije “Hola, má…”, pero era verdad. Ahí estaba ella del otro lado de la radio para responderme. Su voz diciéndome “Hola, mi amor” me partió el alma. Yo la quería al lado mío a mi vieja. Todo en mi vida siempre fue gracias a ella y todo lo que hizo. “Tota, te amo”, me salía decirle. Empezaba a quebrarme más así que pedía perdón para el que me escuchaba y a José María que estaba ahí. Los momentos donde mejor me va son en los que quiero a mi mamá conmigo. Y más porque sé que si yo sufro por lo que dicen, La Tota sufre el doble. Cuando le atacan al nene ella la pasa mal. Pero ese día “el nene” la rompió. Solo le hablaba al micrófono para decirle que la quiero, que todos los goles que hice son para ella. Y escucharla decirme que me ama es hermoso. Y ella me seguía cuidando a miles de kilómetros. Si me dijo: “Andá a descansar, hijo, que hoy me hiciste la madre más feliz del mundo”. Y, ¿cómo le explico yo? ¿Cómo le explico a la viejita que todo es por ella? Puedo putearme con ingleses, pelearle a los brazucas, irme contra los corruptos de la FIFA. Pero es como le dije en ese momento: “Yo juego para vos, mamá”.

Mi corazón siempre latió por ella, por mi reina, mi novia, mi vida eterna a mi amada Tota. Para toda la vida. Nos vemos en el cielo mamá.

 

Fuentes:

https://www.infobae.com/2011/11/24/618839-la-emotiva-carta-que-diego-maradona-le-dedico-su-madre/

https://www.clarin.com/deportes/murio-diego-maradona-video-emotiva-charla-dona-tota-mundial-86_0_91TPaBHin.html

https://www.plus.fifa.com/es/player/797d23f9-e0dd-403c-9009-0b7c13526745?catalogId=3e760034-8966-404b-9c4c-214a2dec6bf1&entryPoint=Default

Los no campeones de los campeones: Gatti, Russo, Lo Celso, González y Correa

Por Faustino Licursi Tamazián

Vestir la camiseta de tu selección en una Copa del Mundo representa el sueño más grande para la mayoría de los futbolistas. Cada cuatro años aparece la oportunidad de cumplirlo, aunque a veces, en cuestión de segundos, una lesión puede dejar a un jugador fuera de la cita más importante de su carrera.

Este es el caso de Leonardo Balerdi, quien era uno de los 26 convocados por Lionel Scaloni para defender el título en el Mundial de 2026. Sin embargo, un desgarro en el sóleo derecho sufrido durante un entrenamiento en Estados Unidos obligó al defensor del Olympique de Marsella a abandonar la concentración y ser reemplazado por Marcos Senesi.

En la historia de la Selección Argentina existen varios casos de futbolistas que quedaron al margen de dicho torneo y debieron ver desde afuera cómo sus compañeros levantaban el trofeo más anhelado. En Argentina 1978, México 1986 y Qatar 2022 hubo jugadores que, pese a formar parte del proceso o llegar con chances de ser protagonistas, se quedaron a las puertas de la gloria.

En el Mundial de 1978, el equipo dirigido por César Luis Menotti no disputó las Eliminatorias Sudamericanas por ser el país anfitrión. Durante los años previos al torneo, Hugo Orlando Gatti fue el elegido para defender el arco Albiceleste en los amistosos y se perfilaba como titular para la Copa del Mundo.

A pesar del estilo arriesgado del “Loco”, Menotti confiaba plenamente en él. Pero cuando comenzaba a definirse el plantel mundialista a mediados de 1977, una lesión en la rodilla y una posterior operación cambiaron el panorama.

A raíz de esa situación, Gatti no se sentía en plenitud física ni mental para afrontar la exigente preparación previa al Mundial y se lo comunicó al entrenador. Así lo explicó el “Flaco”: “Gatti no renunció, pero provocó mi decisión. Me acuerdo textualmente de sus palabras: ‘Mirá, César, no estoy ni física ni anímicamente en condiciones de hacer la pretemporada con la Selección. Prefiero pasar un mes en Boca y volver recuperado, con todo’”.

Tiempo después, el arquero defendió su postura: “Sigo pensando que nadie me entendió, ni siquiera Menotti. Para mí hubiera sido fácil quedarme en el plantel, jugar en una pierna si me ponían o si no, cobrar los premios. Y hubiera sido campeón del mundo. Pero yo elegí irme porque pensaba que era lo mejor”, explicó.

Menotti sostenía una versión diferente de lo sucedido y aseguró que el médico de la Selección, Adolfo Fort, consideraba que Gatti estaba en condiciones de entrenarse. “Lo aparté del plantel, había perdido la prioridad. Sus razones eran atendibles, pero a mí no me servían, no me resultaban válidas”, recordó.

Este episodio le abrió las puertas a Ubaldo Fillol, quien se adueñó del arco argentino y fue una de las figuras que conquistó la primera estrella.

Ocho años después, de cara a México ’86, el gran ausente fue Miguel Ángel Russo. El mediocampista se había convertido en una pieza clave dentro del ciclo de Carlos Bilardo y entre 1983 y 1985 disputó 17 partidos con la Selección Argentina.

En enero de 1986 sufrió un accidente doméstico que puso en duda su participación en la Copa del Mundo. Una caída en la bañera de su casa le provocó una lesión en la rodilla derecha que requirió una intervención quirúrgica. Russo inició la rehabilitación a contrarreloj e incluso volvió a jugar con Estudiantes de La Plata en abril, pero no logró convencer al cuerpo técnico de que estaba en condiciones óptimas.

Para Bilardo, esta fue una de las decisiones más difíciles de su ciclo. “Lo malo fue decirle que no iba al Mundial. Pero él no estaba bien. Fue un dolor muy grande para mí tomar esa decisión”, reconoció.

A pesar de la desilusión, Russo comprendió la decisión del entrenador. “Me dejó afuera del Mundial 1986 y me pareció justa su razón. Carlos me dijo que lo iba a odiar y a insultar, pero me avisó: ‘El día que seas técnico te vas a dar cuenta’. Tenía una razón muy grande”, aseguró.

Su ausencia no impidió que Argentina alzara el trofeo. Con Diego Maradona como máxima figura, el equipo de Bilardo conquistó en México la segunda estrella de su historia.

Finalmente, en la consagración de Qatar 2022 también hubo futbolistas que se quedaron afuera de la Copa del Mundo. El primero en ser baja fue Giovani Lo Celso, quien a solo 21 días del inicio de la competición sufrió un desprendimiento del bíceps femoral de la pierna derecha que lo dejó sin posibilidades de integrar la lista definitiva.

La noticia significó un duro golpe para Scaloni, ya que Lo Celso había sido una pieza fundamental en el mediocampo durante las conquistas de la Copa América 2021 y la Finalissima 2022, y todo indicaba que sería titular en el Mundial.

Las otras ausencias se confirmaron cuando la Selección ya estaba en Qatar. Nicolás González y Joaquín Correa formaban parte de la nómina de 26 futbolistas, pero debieron abandonar el plantel antes del debut.

El jugador de la Fiorentina arrastraba una lesión muscular y sufrió una recaída durante un entrenamiento, por lo que fue desafectado y reemplazado por Ángel Correa.

Por su parte, Joaquín Correa había disputado el amistoso previo al debut e incluso convertido un gol. Sin embargo, terminó ese encuentro con una molestia física. El delantero padecía una tendinitis en una rodilla y, a cuatro días del inicio del certamen, fue sustituido por Thiago Almada.

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Dichas bajas representaron un problema para el cuerpo técnico, que debió rearmar la lista de convocados. Scaloni reconoció la dificultad de tomar esas decisiones, especialmente por tratarse de futbolistas que habían sido parte importante del proceso. “Primero está el equipo, de eso no tengo ninguna duda. Y después pensamos en lo individual. Son chicos que han estado desde el primer día con nosotros. Eso es indudable que pesa. Lo sentimos. Pero al momento de tomar la decisión, la tomaremos pensando en el bien del equipo”, aseguró.

Pese a esas ausencias, Argentina logró mantener la solidez del plantel y conquistó el tercer Mundial de su historia.

El caso de Leonardo Balerdi permite recordar a los futbolistas que vieron frustrado el sueño mundialista a causa de una lesión. Gatti en 1978, Russo en 1986 y Lo Celso, González y Correa en 2022 quedaron al margen de torneos que terminaron con la Selección Argentina en la cima del fútbol mundial. Distintas historias y razones, separadas por décadas, pero unidas por el mismo sentimiento: haber estado muy cerca de formar parte de la gloria.

La última batalla de Luka Modrić, el niño que gambeteó a la Guerra y nunca vendió su sangre

Por Ignacio Secin y Pedro Freire

“No llores porque terminó, sonríe porque sucedió”, así se despedía Luka Modrić del Real Madrid, donde obtuvo 28 títulos en más 12 años. Pero su vida no siempre fue con una pelota debajo del pie. Corría el 9 de septiembre de 1985 cuando la ciudad yugoslava de Zadar, una de las más pobladas de la actual Croacia, lo vio nacer. Su infancia quedó opacada por el horror de la guerra, el dolor y la sangre de quien debe huir para salvar su vida.

En 1991, cuando el pequeño Luka tenía cinco años, estalló la Guerra de los Balcanes, uno de los acontecimientos más sangrientos y letales que se han vivido en suelo europeo, que dejó aproximadamente 200.000 muertos, y millones desplazados de sus hogares, entre disputas étnicas, religiosas y territoriales. 

Los padres y abuelos de Modrić residían en una pequeña y modesta aldea del municipio de Jasenice, en Zadar. Su vida, como la de muchos otros, prescindía de lujos, aquel camino estaba marcado por la humildad y el trabajo silencioso.

Uno de los golpes más fuertes que le dejó la guerra por la independencia de su país, fue la muerte de su abuelo, que era pastor de ovejas y Luka lo acompañaba como pasatiempo. Además de las anécdotas de su abuela Jela, él pasaba mucho tiempo con sus abuelos cuando sus padres trabajaban. Esa ternura y calidez  marcarían el camino en su vida.

Sin embargo, las ovejas que habían acompañado la corta vida de Luka, fueron las que le darían una de las peores noticias en ese momento. A finales de diciembre de 1991, en plena guerra, aquel rebaño llegó sin su pastor. Un grupo de paramilitares serbios lo habían asesinado, el cadáver fue encontrado por el padre de Luka, que en ese entonces transitaba sus 6 años. 

Estas fueron sus palabras en una nota con Tyc Sports hace 3 años: “La guerra me marcó para toda la vida. Formó mi carácter, aprendí a luchar, a ser humilde y a tener los pies en la tierra. Tengo el recuerdo de pasar mucho tiempo con mi abuelo, sobre todo cuando mis padres trabajaban”. Visiblemente emocionado, Modrić agregó: “ Lo recuerdo cada vez que gano algo. Ojalá pudiera ver todo lo que he logrado”. Tiempo después del homicidio, trascendió que el asesino había sido Zeljko Badzo, expolicía serbio y que fue comandante de una unidad policial durante el conflicto bélico. La justicia croata ha iniciado un proceso judicial contra él, pero aún se desconoce su paradero. 

Luego de la inminente pérdida y la ocupación serbia, obligaron a la familia a tener que abandonar su modesta casa. Entre el silencio y el dolor, lograron escapar de la guerra, y refugiarse en la casa del tío de Modrić que se hallaba a 230 kilómetros. Vivieron ahí durante cuatro meses hasta llegar a Zadar, donde encontraron un pequeño refugio para lidiar con la guerra.  

Entre las bombas y misiles que formaban parte del día a día, una melodía rebelde comenzó a ser protagonista, la pelota. Los niños, ausentes de inocencia, encontraron en el fútbol una vía de escape para poder desahogarse. Esa luz al final del túnel fue a la que se aferró Luka Modrić, todos jugaban a la pelota cuando la guerra lo permitía.

El talento y brillo del pequeño no pasaron desapercibidos y a los 10 años hizo la prueba para el Hajduk Split, el equipo más importante de la región. Sin embargo, la suerte todavía no estaría de su lado al ser rechazado por su ligera envergadura y su baja estatura, lo que le obligaría a vivir seis años más en Zadar.

En 2004, con 16 años, gracias a su director técnico del club donde Modrić jugó durante su adolescencia, Tomislav Basic, lo recomendó al Dinamo Zagreb y entró a las juveniles del mejor club de Croacia; Tras dos años de cesiones y aprendizaje, con 18 logró consolidarse como pieza clave y cerebro del primer equipo, logrando el trofeo de la liga local en 2006. Además, ese mismo año fue seleccionado para jugar el Mundial de Alemania con su selección. 

Tras tres temporadas con el Dinamo, el Tottenham puso 20 millones de euros para llevarse al niño que sobrevivió a la guerra y que dio sus primeros toques con la pelota entre la sangre y el fuego. Una suma muy elevada por aquel entonces que lo puso en el mapa del deporte rey. En verano de 2012, el sol madrileño llamó a su puerta y lo invitó a la Casa Blanca, el Real Madrid fichó a Luka Modrić por 42 millones de euros. “Vergüenza” titulaban algunas revistas y diarios de la capital española sobre el fichaje del croata, luego de la mala temporada del Merengue.

Con el carácter y humildad que adoptó de sus tierras, Modrić deslumbró al mundo durante trece temporadas en el Madrid. Visión de juego, calidad y determinación fue lo que consolidó al croata como la pieza fundamental y lo hizo uno de los mejores mediocampistas de la historia, levantando seis veces la UEFA Champions League y sus respectivos Mundiales de Clubes. Con su selección alcanzó una final del mundo en Rusia 2018 y un tercer puesto en Qatar 2022, incluso consiguió un Balón de Oro en 2018, rompiendo la hegemonía de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, en 2026, ya con 40 años, y en el ocaso de su carrera, disputará el último Mundial con Croacia en busca de una nueva hazaña y lograr ser campeón del mundo.

Martín Di Nenno, el hombre que volvió a caminar

Por Santiago Prato

Nacido entre paletas y pelotas, ya que sus padres, Marcelo y Roxana, tenían un complejo de canchas de pádel llamado El Solar, ubicado en Ezeiza. Se pasaba incontables horas jugando, aprovechando los entreturnos para pelotear. Era cuestión de tiempo para que todo ese esfuerzo diera sus frutos. 

Su ambición por el deporte lo llevó a comenzar una carrera profesional. Entre 2007 y 2015 formó junto a Franco Stupaczuk una pareja que llamaba la atención en Argentina. Tuvieron una destacada etapa en las juveniles, traducida en la obtención de seis mundiales y sudamericanos y un rápido salto al World Padel Tour. Con apenas 18 y 19 años viajaron a España para competir de forma profesional, donde consiguieron su primer Challenger en Barcelona ante Marcello Jardim y Juan Lebrón. Debido a la ilusión que generaban en los hinchas y en la prensa, la dupla se ganó su cariño y fue bautizada con el nombre de Los Superpibes. El apodo fue tomado de una cuenta de Facebook creada por el padre de El Turquito, donde compartía todos los resultados de su hijo.

Pero en un abrir y cerrar de ojos todo pareció derrumbarse. El 11 de enero de 2016 Martín se dirigía al aeropuerto de Ezeiza junto a Elías Estrella, número uno de Argentina para ese entonces, y Hernán Rodríguez, uno de sus amigos más cercanos, en un Peugeot 207 para disputar un torneo de exhibición en Paraguay. Fue allí cuando un colectivo de línea los embistió de frente, provocando la muerte de sus dos acompañantes.

Esa no fue la única desgracia. Di Nenno, como único sobreviviente al choque,  sufrió fracturas en ambas piernas (fractura del fémur en su pierna derecha y fractura expuesta de la rótula en su pierna izquierda) y tuvo que ser trasladado de urgencia a una clínica, donde estuvo internado en terapia intensiva durante diez días. Tras ser intervenido quirúrgicamente, le notificaron a sus padres que la posibilidad de volver a jugar al padel corría riesgo, significando el final de su carrera. 

Años de esfuerzo, viajes y horas de entrenamiento dedicados a perseguir su sueño, amenazaban con desvanecerse de un día para el otro. Sin embargo, a pesar del pronóstico médico, rendirse no estaba en su cabeza. Luego de tres meses sin poder caminar, logró dar sus primeros pasos con la ayuda de unas paralelas, hasta que de a poco empezó a animarse a trotar, saltar o realizar cualquier movimiento que le exigiera físicamente. 

Tras nueve meses de rehabilitación y esfuerzo sostenido por silla de ruedas, muletas y más elementos ortopédicos, Martín retornó a las pistas. “Nací otra vez con 18 años”, declaró en una entrevista al Diario Olé. Eso sí, las secuelas se quedaron. El accidente le dejó una cojera a raíz de la cual, cariñosamente, sus amigos lo apodan Rengo.

 “Poco a poco, cuando me quise acordar ya estaba dentro de una cancha de pádel”, contó años más tarde. 

La vuelta se coronó con gloria y momentos que vivirán en su corazón para siempre. En 2021 consiguió el Máster de Barcelona junto a Paquito Navarro, ex número 1 del mundo. Tras el encuentro, ante tribunas colmadas y la emoción desmedida del español al escucharlo hablar, pronunció una frase que lo define bajo los valores de pasión, esfuerzo y humildad: “Yo lo único que quería era volver a jugar al pádel, no quería todo esto.”

 En 2022, Di Nenno y Stupaczuk reeditaron la dupla, pero esta vez para defender los colores de su país durante el Mundial de Dubai, Emiratos Árabes Unidos. Con la misma hambre de gloria y química deportiva que hace siete años, derrotaron a Arturo Coello y Alejandro Galán en la final, convirtiéndose así en los campeones del mundo. Esta consagración impulsó a que, un año más tarde, anunciaran el regreso de Los Superpibes, con la que conquistaron seis títulos y terminaron la temporada como la pareja número dos del circuito. 

Hoy, El Rengo reencontró su caminos con Paquito, aquel compañero que le brindó toda su confianza y con quien alcanzó, como él mismo dice, algo más que volver a jugar al padel. 

Ejemplo de perseverancia, resiliencia y amor por su pasión, la trayectoria de Martín es una de las que trasciende la barrera del deporte y deja valiosas enseñanzas de vida. Conquistó mundiales, torneos, Masters y jugó con los mejores del mundo, pero por sobre todo se ganó el respeto de todo aquel que conozca su historia.

El país que se disolvió durante la competición: Checoslovaquia en las Eliminatorias hacia 1994

Por Valentino Franco

La década de 1990 fue un espacio de turbulentos cambios para toda Europa y significó el período más conflictivo allí desde la Segunda Guerra Mundial. Los pueblos que habían elegido unirse entre sí producto de los enfrentamientos bélicos de la primera mitad del siglo XX comenzaban a fragmentarse, luego de casi 100 años de unión, por cuestiones económicas, ideológicas y, sobre todo, de identidad. Lo abrupto del cambio incursionó también en el mundo del fútbol: tres de las 13 selecciones europeas que clasificaron para el Mundial de Italia 1990 ya no existían a la hora de jugarse Estados Unidos 1994. En boga estaba la disolución de la Unión Soviética, Yugoslavia y Checoslovaquia.

La Guerra Fría le pasó factura a las tres naciones. Los soviéticos fueron los primeros en colapsar: el bloque comunista se deterioró, las reformas no ayudaron y se afloró un sentimiento nacionalista a lo largo y ancho del territorio. Para 1991, el equipo que hacía un año enfrentaba a la Argentina en fase de grupos del último Mundial ya no existía. Ahora, en su lugar, habían 15 nuevas Selecciones independientes.

Parecido fue el caso de Yugoslavia, aunque con consecuencias mucho más notorias: la República sangró durante un año en el marco de las infames Guerras Yugoslavas para terminar dividida en cinco países. Pero a la sombra mediática de los conflictos independentistas de las anteriores repúblicas se encuentra la desaparición de Checoslovaquia, que no hizo ni el décimo de ruido de las otras. Fue pacífica y, en vez de sangre, apenas se derramó una gota de tinta para decretar los caminos separados de las nuevas naciones: República Checa y Eslovaquia. Aunque dentro del calendario del fútbol, la situación no fue para nada oportuna. Las eliminatorias para la Copa del Mundo ya estaban en curso.

La Revolución de Terciopelo en Checoslovaquia (1989)

La Selección Checoslovaca de fútbol fue, desde siempre, una animadora al título tanto en Mundiales como en Eurocopas. Luego de desprenderse del Imperio Austrohúngaro participó en su primer certamen como territorio soberano para los Juegos Olímpicos de Amberes 1920, edición en la cual alcanzaron la final pero se retiraron en medio de ella al considerar que el arbitraje era parcial en favor de los locales belgas.

El debut mundialista fue en 1934, año en el que perderían la final en tiempo suplementario ante Italia, y tras encadenar campañas discretas, llegaron nuevamente al partido decisivo en Chile 1962. Sin embargo, en Santiago se encontrarían otra vez con la derrota, esta vez frente a la Brasil de Garrincha.

Entre medio de los subcampeonatos checoslovacos, en Europa ya se diagramaba la formulación de un certamen que reuniera a los seleccionados más fuertes del continente, y en 1960 se disputó el primer Campeonato Europeo de Naciones, actual Eurocopa; en ese primer torneo la Selección Checoslovaca se quedó con el tercer puesto.

El equipo no volvió a clasificar al cuadro final hasta 16 años después, para la Euro 1976. Allí, tras dejar fuera en la clasificación a Inglaterra, vencieron a la Unión Soviética en cuartos y a una maltrecha versión de la Naranja Mecánica de Cruyff en semis. La final fue ante Alemania Federal, vigente campeona del Mundo y de la Euro 1972. El título se definió en la tanda de penales, y obra de la famosa ejecución de Antonín Panenka, Checoslovaquia adjuntó su mayor logro futbolístico. No hacían falta más pruebas. Los eslavos no eran ningún equipo de morondanga.

El famoso penal de Panenka a Maier, en la Eurocopa 1976.

El inicio del fin de la potencia

La mención de que Checoslovaquia fue uno de esos países que resultaron de la unión de varios pueblos producto de las guerras no fue en vano. Los checos y eslovacos, si bien pertenecen al grupo de pueblos eslavos, no son los mismos. Más allá de la afinidad por la vecindad territorial, presentan diferencias en sus culturas e idiomas. Una vez independientes de los derrotados austrohúngaros, acordaron unir sus fronteras en un afán de hacerse más fuertes ante posibles ataques de Alemania y Hungría, pero tal como una crónica de muerte anunciada, los alemanes se anexaron finalmente a Checoslovaquia en 1938. Acá es cuando aparece la Unión Soviética, que repele al bando fascista al precio de instaurar un régimen socialista en el territorio eslavo. Algo que sería pan para hoy y hambre para mañana.

Para la década de 1980 la economía checoslovaca, aún bajo la órbita socialista, se debilita al igual que la de los mentores soviéticos. En 1989 ocurre la llamada Revolución de Terciopelo, un movimiento pacífico que se extendió por el -aún- país en exigencia de un cambio de aire hacia el libre mercado. El brazo comunista se vio entre la espada y la pared, y no hubo escape a la dimisión. En la nueva Checoslovaquia postcomunista Václav Klaus fue elegido para conducir una nación que ya estaba encaminada a la división: en Praga y Bratislava los bocetos de futuro eran diferentes, y en el sector eslovaco ya se formaba un Partido Popular por una Eslovaquia Democrática. La población, según encuestas, tampoco aparentaba tener gran disgusto al plantearse los caminos separados. El fin de Checoslovaquia se pedía a gritos.

Tras una serie de negociaciones, Klaus y Meciar, en representación de los checos y eslovacos respectivamente, dieron pie al llamado Divorcio de Terciopelo en 1992, declaración que estableció, finalmente, la independencia de Eslovaquia. Checoslovaquia ya era oficialmente cosa del pasado, pero lo que aún persistía en el presente era la Selección de fútbol.

Tomas Skuhravy, figura de Italia 1990.

¿Qué pasaba con la Selección?

El equipo nunca volvió a repetir un logro de la magnitud de la Eurocopa de 1976, e incluso tuvo grandes decepciones como la no clasificación al Mundial de Argentina 1978. Pese a ello, jamás apartó su bandera del eje de Selecciones competitivas. En Italia 1990 el conjunto eslavo alcanzó los cuartos de final de la mano de un equipo que dio la talla, conformado por jugadores como el arquero Stejskal, Hasek, Kadlek, Kubic y, sobre todos, Tomas Skuhravy, número 9 del Slavia Praga que anotó cinco goles en aquel Mundial. Pero, sin que nadie lo sepa, aquella Copa del Mundo había sido la última competición de Checoslovaquia como país unido.

La Selección tuvo un traspié y falló en clasificar a la Eurocopa de 1992, y lo siguiente a encarar era la clasificación al Mundial de Estados Unidos 1994. En 1991 se estableció que Checoslovaquia competiría en el Grupo 4 contra Rumania, Bélgica, Chipre, Gales e Islas Feroe por dos plazas en la cita. En la primera fecha los checoslovacos perdieron 1-2 en condición de local ante Bélgica, para luego reponerse con un 4-0 ante Islas Feroe y rescatar un punto en Rumania para la tercera jornada. En paralelo a todo este certamen clasificatorio ocurría la ya mencionada ebullición a nivel país, y al anunciarse el vigor de la división desde 1993, la Selección no podía seguir compitiendo bajo el nombre de una nación inexistente.

En conjunto con la UEFA y la FIFA, la Asociación Checoslovaca de Fútbol decidió terminar las eliminatorias bajo el nombre de Representación de Checos y Eslovacos (RCS). Es así que el plantel debió competir en los siete partidos faltantes sabiendo, en su totalidad, quienes seguirán siendo compañeros en sus nuevas Selecciones y quienes jamás volverían a compartir vestuario una vez terminada la competición.

La RCS jugó su primer partido de visitante ante Chipre, encuentro que terminó 1-1. Para la quinta jornada, a la formateada Checoslovaquia le tocaba ejercer de local ante Gales, y la ciudad elegida era Ostrava, en República Checa. El partido terminó en empate, pero el detalle estuvo en las tribunas: por doquier se veían las banderas de las nuevas repúblicas, cosidas en una misma tela o, al menos, muy juntas. Parecía que el pueblo checoslovaco ya había aceptado su fragmentación, y tuvo su último destello de unión producto del fútbol.

Los últimos dos encuentros como local tuvieron como sede Kosice, territorio eslovaco. El saldo fue positivo: victorias ante Rumania y Chipre. El seleccionado llegó a la última jornada en el tercer lugar, a un punto de Rumania y a dos de Bélgica. La consigna era clara: había que vencer a los de rojo en Bruselas para clasificar al Mundial. El batacazo sería mucho pedir y el juego terminó en un pálido empate 0-0, plasmando el resultado del último partido oficial de la Selección Checoslovaca de fútbol. Al libro de las grandes historias mundialistas le acababan de negar el que habría sido uno de sus mejores capítulos: un país ya extinto dentro de la fase de grupos de una Copa del Mundo.

“Deshonesto Diego Armando Maradona”

Por Thiago N. Etchegaray

A 40 años del mítico gol con el puño del 10 frente a Inglaterra, la historia del “ensayo” de la Mano de Dios.

“Maradona se convirtió en una suerte de Dios sucio, el más humano de los dioses. Eso quizás explica la veneración universal que él conquistó, más que ningún otro jugador. Un Dios sucio que se nos parece: mujeriego, parlanchín, borrachín, tragón, irresponsable, mentiroso, fanfarrón”, decía el histórico escritor uruguayo Eduardo Galeano en su libro “Cerrado por fútbol” (publicado en 2017, 2 años después de su muerte, reúne todos los textos que Galeano escribió sobre fútbol). Una definición poética que retrata con precisión al hombre detrás del mito y que abarca todas las contradicciones del 10, pero que acaso necesita sumar uno de los rasgos que lo hicieron inconfundible: su picardía. Diego cargaba con una astucia propia de un argentino, adquirida en la humildad de Villa Fiorito y que explotó tanto dentro como fuera de la cancha, esa que aparecía a la hora de gambetear rivales como si estuviera en el barrio o de convencer al mundo entero que sus goles fueron con la cabeza y no con el puño. Sí, porque así como dijo alguna vez Ernesto Cherqui Bialos que hubo muchos Maradonas, también hay más de una Mano de Dios.

A diferencia de lo que creen muchos, Diego no convirtió un solo tanto con la mano, sino diez, aunque seis de ellos fueron anulados. Hubo cuatro que lograron engañar al árbitro, entre los que está el reconocido tanto a la selección de Inglaterra en el Mundial de México 1986. Asimismo, dos de ellos fueron con la camiseta de Argentinos Juniors frente a Belgrano en el Nacional ´77 y Newell´s en el Metropolitano ´79. El restante de esos goles tuvo lugar en un Napoli frente al Udinese de la temporada 1984/85.

El 12 de mayo de 1985, Napoli visitaba al Udinese en el estadio Friuli -actualmente Bluenergy Stadium- por la jornada 29 de la Serie A. Maradona enfrentaba a Zico. El 10 de Argentina cara a cara con el 10 de Brasil. El conjunto napolitano se puso en ventaja gracias a una genialidad propia del mejor jugador del mundo en un tiro libre a los 4 minutos, pero los locales reaccionaron al instante y encontraron el empate en los pies de Dino Galparoli. A los diez minutos del complemento, Luigi de Agostini fusiló desde fuera del área el arco visitante y marcó el 2-1 que duró casi todo el segundo tiempo. 

Sobre el final, en el minuto 88, otra obra maestra del argentino tras un cabezazo de Luigi Caffarelli al travesaño se llevó todo el protagonismo: Maradona fue al rebote y metió el manotazo. Gol y 2-2 definitivo. El mismo puño izquierdo que fue protagonista frente a Inglaterra en el Mundial de México ´86, el mismo que no se apreció en la transmisión del encuentro, pero que sí generó el reclamo inmediato de todos los rivales (y hasta de un alcanzapelotas que estaba detrás del arco). Y allí, su picardía: Diego, al igual que contra los ingleses, corrió a festejarlo cerca del juez de línea, como buscando su complicidad.

Como era de esperar, Giancarlo Pirandola, juez del partido, se convirtió en el blanco de las quejas de los jugadores del Udinese luego del final. Entre esos reclamos, Zico encaró a Maradona: “Diego, por el bien del fútbol dile al réferi que fue con la mano. Sino, sos un deshonesto”, y en ese preciso instante, nació una nueva faceta del Dios más humano de los dioses. Según contó en una entrevista para “Hablemos de Fútbol” en 2013, el 10 argentino le extendió la mano y respondió: “Deshonesto Diego Armando Maradona, encantado”. En el programa, Maradona cerró la anécdota bien al estilo maradoniano: “Y yo, tomá, por favor. Mirá si le voy a regalar todo el potrero que yo me comí en un gol a Zico”.

Aunque el empate le sirvió a los locales que se salvaron del descenso, no fue el mejor cierre para la leyenda brasileña, quien le dijo al árbitro Pirandola que es “imposible sudar toda la semana y trabajar duro para que el domingo llegue un incompetente y te robe dos puntos, es una cosa terrible”. Esa frase le valió la expulsión y una sanción de 5 partidos, por lo que ese fue el último partido de Zico con la camiseta del Udinese, poniendo fin a su única experiencia europea con 30 goles en 53 partidos para retornar a su querido Flamengo.

El destino es caprichoso y muchas veces parece dejar pistas cautelosas, o no tanto, de lo que viene por delante. Aquella noche del 12 de mayo de 1985, el fútbol italiano presenció un ensayo guionizado a la perfección de lo que vería el mundo entero el 22 de junio de 1986 en México. A pesar de los cuestionamientos que causaron sus acciones, Diego una y otra vez se ensuciaba las manos (justamente) por los suyos. Sea en pos del débil pueblo napolitano en su eterna búsqueda de conquistar “el norte de la Italia rica” o por una nación devastada por el recuerdo latente de una guerra tan injusta como criminal. La Mano de Dios no fue un acto de deshonestidad, fue la glorificación de la transgresión. Fue su artimaña más honrosa en búsqueda de justicia.

Los conflictos internacionales están embarrando el Mundial 

Por Ignacio Laviana

Desde la asunción de Donald Trump como presidente de Estados Unidos el 20 de enero de 2025, la implementación del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas – ICE según su sigla en inglés – ha causado temor en la población extranjera. Con el comienzo del mundial y la llegada de los seleccionados participantes, los controles fronterizos se incrementaron incluso con los protagonistas de la cita deportiva más importante del año. 

El seleccionado de Irán deberá hospedarse en Tijuana, México, y viajará a Estados Unidos tres veces para jugar los partidos correspondientes a la fase de grupos (sus rivales serán Nueva Zelanda, Bélgica y Egipto) ya que los permisos que le otorgaron sólo lo autorizan a estar en el país de día. De esta forma, el traslado implicará un mayor desgaste para los jugadores en comparación a sus rivales. Esta decisión diplomática ¿no es una forma de hacer trampa por parte del actual presidente estadounidense? 

Como si los iraníes no tuvieran otras preocupaciones – están siendo bombardeados desde febrero de este año por el país anfitrión por la disputa del Estrecho de Ormuz, conflicto armado que también involucra a otros participantes de la Copa del Mundo como Jordania y Turquía, en menor medida – la FIFA les revocó las entradas a los simpatizantes del país de Oriente Medio. Fuera de la cancha ya hemos vislumbrado varias agresiones por parte de la organización, ¿se mantendrán durante los próximos 37 días? 

Otra de las problemáticas tuvo como protagonista a Omar Abdulkadir Artan, el árbitro somalí que iba a ser el primero de su país en dirigir en esta competición. El motivo de la deportación fue que encontraron antecedentes graves y relación con el terrorismo, no obstante, le habían otorgado un visado diplomático para su ingreso al país norteamericano. ¿La FIFA no sabe quiénes son sus empleados o Estados Unidos señala con el dedo a las minorías que no le gustan? 

A modo de compensación, la UEFA anunció que Artan estará a cargo de pitar en la final de la Supercopa de Europa entre el Paris Saint-Germain, campeón de la Champions League, y el Aston Villa, ganador de la Europa League. 

Por último, la figura de Irak, Aymen Hussein, estuvo demorado y fue interrogado durante siete horas en el Aeropuerto Internacional O’Hare de Chicago. Según las autoridades, se confundieron de persona. Luego del mal trago, el seleccionado asiático cayó ante Venezuela por 2-0 en el último amistoso antes de que establezca su base de entrenamiento en el Condado de Greenbrier. 

Nuevamente la FIFA demuestra que los intereses económicos y comerciales son sus prioridades y están por encima de lo que a una gran parte de la población nos conmueve: lo que pasa en el campo de juego.

Awer Mabil, de vivir en el barro de Kakuma a jugar el Mundial con Australia

Awer Mabil
Awer Mabil

Por Valentín Gerez

“En un campo de refugiados no podes abrir la mente y soñar”, recordó en una entrevista Awer Mabil al hablar de su infancia en Kakuma, Kenia. Vivía junto a su madre y sus hermanos en una pequeña choza de barro, comía una sola vez por día y dependía completamente de la ayuda humanitaria para sobrevivir. En ese lugar, donde el futuro parecía reducido a esperar el próximo reparto de comida, imaginar otra vida era casi imposible.

Mucho antes de convertirse en futbolista profesional y jugar un Mundial con Australia, Mabil fue un niño refugiado. Nació en Kenia después de que sus padres escaparan de la guerra civil de Sudán. Su infancia estuvo marcada por el hambre, el miedo y la incertidumbre. No había estabilidad, tampoco proyectos. El fútbol aparecía como un momento de libertad dentro de una rutina atravesada por la supervivencia. A los 10 años, su vida cambió por completo. Australia aceptó a su familia como refugiada y se instalaron en Adelaide. El viaje significaba empezar de nuevo: otro idioma, cultura y una sociedad en la que rápidamente entendió que sería distinto. Tuvo una infancia dura, ya que sufrió discriminación y racismo, experiencias que lo obligaron a crecer más rapido. Mientras intentaba adaptarse, el fútbol volvió a convertirse en refugio.

En 2010, en las inferiores del Adelaide United, se destacó enseguida por su velocidad y desequilibrio. Delgado, de piernas largas y movimientos eléctricos, Awer Mabil parecía jugar con desesperación, como si cada pelota fuese una oportunidad única. Siempre serio, pero con una oportunidad marcada por la humildad y el compromiso. Transmitía una intensidad distinta dentro de la cancha. Ese impulso lo llevó a Europa, donde construyó buena parte de su carrera profesional en Dinamarca. Pero incluso lejos de Australia, nunca se desligó de la historia que cargaba detrás. Con el paso del tiempo, Mabil entendió que su recorrido podía servir para otros. Por eso creó Barefoot to Boots, una organización destinada a ayudar a niños refugiados y vulnerables a través del deporte y la educación. “El fútbol para mí no fue solo una competencia, también me sirvió para sentirme parte de algo y poder así construir mi propia identidad”.

 

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La escena que terminó de transformar su figura pública ocurrió en junio de 2022. Australia enfrentaba a Perú en el repechaje rumbo a Qatar 2022 y la serie se definió por penales. A Mabil le tocó ejecutar uno de los disparos decisivos. Caminó hacia la pelota con una presión enorme sobre los hombros, aunque probablemente ninguna situación pudiera compararse con todo lo que ya había atravesado antes. Remató, convirtió y clasificó a Australia a la Copa del Mundo. Mientras sus compañeros corrían a festejar, él cayó de rodillas y rompió en llanto. No parecía celebrar únicamente un triunfo deportivo. En esa imagen convivían el chico que alguna vez durmió en una choza de barro, el adolescente que sufrió racismo al llegar a Australia y el futbolista que había logrado representar a un país entero en el escenario más importante del fútbol.

La historia de Awer Mabil excede cualquier resultado. Cada vez que entra a una cancha, representa tanto a Australia como a los que crecieron sin certezas, a quienes tuvieron que escapar de su hogar y a quienes aprendieron a sobrevivir antes incluso de poder soñar.

El título que devolvió la vida a Nueva York

Por Santiago Jozame

En el transcurso de los primeros partidos de la Copa del Mundo 2026, la ciudad de Nueva York se vio envuelta entre la euforia y el caos cuando el sábado 13 de junio, los Knicks conquistaron la NBA y cerraron una campaña histórica.

53 años pasaron desde la última vez que el equipo de Nueva York fue campeón de la liga más importante del mundo, y a lo largo de estos años fueron muchos los planteles que ilusionaron a la ciudad con traer el anillo y el resultado fue siempre el mismo: derrotas. Derrotas que muchas veces eran inéditas, otras merecidas, pero derrotas al fin que burlaban la historia de la franquicia que parecía encaminada al fracaso eterno.

En Argentina hay un cántico de cancha que dice “Esta hinchada se merece ser campeón”, una frase que también aplica siempre en la afición neoyorquina, que es la más pasional de la liga y que vive el básquet casi como el sudamericano vive el deporte. Pero todo ese aliento nunca fue recompensado.

Sin embargo las rachas se rompen y los gigantes se despiertan, pero para eso la gerencia tenía que mover bien sus cartas y formar un equipo que se lleve puesto todo.

En 2022 los Knicks se encontraban sin rumbo, sin siquiera clasificar a Playoffs y con la necesidad de crear un proyecto que de resultado en el corto plazo, proyecto que necesitaba un referente y el elegido fue Jalen Brunson, un base que en aquel momento se encontraba en los Dallas Mavericks y que se convirtió en la cara de la franquicia neoyorquina. Un movimiento que fue criticado por toda la prensa, apuntando como un error sin siquiera haber debutado con el equipo.

Con Brunson volvieron a competir pero aún no alcanzaba para ser contendientes al campeonato, por lo que iniciaron un proceso de reconstrucción del quinteto con el base a la cabeza. Josh Hart, Og Anunoby y Mikal Bridges fueron los tres nombres que arribaron a Manhattan con el mismo objetivo en su cabeza. Pero al equipo le faltaba un pivot y luego de mucha negociación, apostaron por Karl Anthony Towns, un dominicano de 2.13 metros de altura pero que era tan versátil siendo efectivo tanto cerca del aro como desde el exterior. Con él, Nueva York ya tenía un equipo aspirante al título.

Ordenado en todas las líneas, a inicios de temporada se confirmó a Mike Brown como entrenador del equipo y exprimió todo el potencial de sus jugadores. Convenció a Brunson de soltar antes la pelota y evitar su desgaste a lo largo del partido para ser más eficiente en los últimos minutos del juego, convirtió a KAT en un pivot pasador y le dio la confianza necesaria a Anunoby para que sea la segunda espada en la ofensiva.

Al gran trabajo táctico de Brown lo acompañaba un quinteto con hambre de gloria y un banco de suplentes que aprovecharon sus oportunidades cuando les tocaba entrar. Así fue como los Knicks con un récord de 53-29 terminaron en la tercera posición del este y con altas expectativas de cara a los Playoffs. La afición acompañaba y el Madison Square Garden era su fortín y un infierno para sus rivales.

Llegó abril y con ello volvió la ilusión a La Gran Manzana. La primera parada fueron los Atlanta Hawks, que le harían pasar un mal rato los primeros partidos pero que a la vez les terminaría de formar una identidad ganadora y en el sexto juego de la serie una aplastante victoria por 140 a 89 hizo pasar de ronda a los Knicks. En la siguiente llave se enfrentaron a Philadelphia 76ers y con un contundente 4 a 0 desfilaron hasta las Finales de Conferencia donde los esperaban uno de los favoritos a llevarse el anillo: Cleveland Cavaliers.

Sin prisas, New York se hizo gigante y volvieron a ganar 4 a 0 para plantarse en las finales de la NBA 28 años después.

En las finales los esperaban los San Antonio Spurs, que venían de eliminar al vigente campeón y con muchos argumentos se pronunciaron como claros favoritos para ganar la serie y ser campeones. Los Spurs cuentan en su plantel con jugadores muy jóvenes y talentosos, como Victor Wembanyama, de quien aún no se conoce su techo, junto a Stephon Castle y Dylan Harper. Si los Knicks soñaban con ser campeones, iban a tener que dar su máximo esfuerzo, y así fue.

Los dos primeros partidos en San Antonio fueron de ensueño, con contundencia y un Jalen Brunson encendido, los Knicks se vieron ganadores. El tercer juego ya en Nueva York lo ganaron los Spurs y en el cuarto juego de la serie, el equipo de Brown se fue al entretiempo 29 puntos abajo. Los fantasmas del pasado aparecieron y los aficionados veían al equipo hundirse, pero ante la adversidad mostraron su pasta de campeón y en un Madison Square Garden convertido en una caldera, los Knicks con Brunson y Anunoby a la cabeza formaron la mayor remontada en la historia de las finales y quedaron a un partido de tocar la gloria.

El 13 de junio de 2026, en San Antonio, se jugó el quinto juego y el resto es historia. 45 puntos de Jalen Brunson lo colocaron en lo más alto del olimpo del básquet y con un triunfo de 94 a 90 los Knicks finalmente lo lograron: se consagraron campeones.

53 años de amarguras, de proyectos fallidos, de jugadores que terminaron decepcionando y de una ciudad envuelta en desilusión se habían terminado. Times Squares fue completamente copado por los aficionados que se merecían esta alegría más que nadie y que lo festejaron a la altura de la historia de la franquicia: caos y euforia, una fórmula que representa a rajatabla lo que son los New York Knicks.

La maldición se rompió y la ciudad pudo volver a festejar tantos años después.

El rey de la constancia: Messi y sus 200 partidos con la Selección Argentina

Por Vito Camoia

La historia comenzaba a escribirse aquel 17 de agosto de 2005, cuando un joven Lionel Andrés Messi ingresaba desde el banco de suplentes, comandado en aquel entonces por José Pekerman, en reemplazo de Lisandro López. Ese pibe de apenas 18 años, que había luchado para llegar al Barcelona para que lo ayuden con su tratamiento hormonal, debutaba en un amistoso contra Hungría, Este primer capítulo fue muy corto, apenas pasados 47 segundos de su ingreso, vio la tarjeta roja por quitarse de encima a un defensor con el brazo. 

Su debut oficial con la selección llegaría en octubre de ese mismo año, en el partido de Eliminatorias rumbo a Alemania 2006, frente a Perú en el Monumental. En el cual se destacó y,entre otras, fabricó un penal que Juan Román Riquelme cambió por gol. 

El 1 de marzo de 2006 anotó su primer tanto con la selección en la derrota 3-2 ante Croacia, en un amistoso disputado en Basilea, Suiza. Tras un debut mundialista precoz en Alemania 2006, donde se convirtió en el argentino más joven en anotar en un Mundial, Messi asumió el liderazgo absoluto del equipo. Pasaron los años y la cinta de capitán se fundió a su brazo. Maradona fue quien, en 2010, le entregó la capitanía en pleno torneo. Pero el camino se volvió una montaña rusa de exigencias brutales y desencuentros.

La mochila se llenaba de piedras con cada torneo, muchos hinchas argentinos le exigían que fuera el Diego de 1986. La eliminación en cuartos de final de la Copa América 2011, las finales perdidas de manera consecutiva (el Mundial de Brasil 2014 y las Copas América de 2015 y 2016) calaron tan hondo que el dolor lo quebró. El 26 de junio de 2016, en las entrañas del MetLife Stadium de Nueva Jersey, un Messi rendido sentenció: “Se terminó para mí la Selección”. Aquella renuncia paralizó a un país que, recién ante la posibilidad de perderlo para siempre, entendió que debía cuidarlo en lugar de juzgarlo.

El guionista de esta historia, aún tenía páginas para escribir. Con la llegada de Lionel Scaloni y una renovación generacional que decidió jugar para él y no por él, el fútbol empezó a saldar sus deudas. Los primeros destellos de este cambio se vieron en la semifinal de Copa América 2019, en la que si bien Argentina perdió ante Brasil por 2-0, la manera de jugar y los cambios de actitud hicieron que la derrota doliera menos y el grupo generara una conexión con la gente. 

El 10 de julio de 2021, el Estadio Maracaná fue testigo del quiebre de la historia: Argentina cortaba una sequía de 28 años y Messi levantaba el título continental, de rodillas sobre el césped, llorando esta vez de pura felicidad.

Ese desahogo fue el combustible sagrado para la obra cumbre de su vida: Qatar 2022. En Medio Oriente se vio la versión más maradoniana y completa de Leo. Con 35 años, lideró a la Scaloneta con fútbol, rebeldía y goles en cada fase eliminatoria. La final contra Francia quedó grabada como el partido más hermoso de todos los tiempos. La imagen de Messi acariciando y luego levantando la Copa del Mundo con la túnica negra cerró el debate definitivo: el fútbol ya era completamente suyo.En 2024 llegó otra Copa América más, pero la deuda ya estaba saldada

Hoy, 200 partidos después, en lo que podría ser su último baile mundialista, que comenzó con un 3-0 a Argelia y con Messi como máximo goleador en mundiales junto a Klose, ese “ya está, ya está”, que le gritó  a la distancia a Antonella y sus hijos, aquel 18 de diciembre, quedará marcado con fuego en los corazones argentinos. Ese pibito que debutó y se frustró, aquel joven que recibió mil críticas e insultos, hasta el punto de querer renunciar en 2016, llegó a la meta soñada. Aunque a esta historia todavía le faltan algunos capítulos más.