Home Blog Page 35

El liderazgo detrás del silbato

Por Agustina Sequeira y Camila Pérez Fernández

Fue nombrado en el 2006 por la Federación Internacional de Historia y Estadística del Fútbol (IFFHS) como árbitro del año y es recordado por la polémica final de Alemania 2006. Horacio Elizondo es considerado como el mejor árbitro de la historia de Argentina y uno de los dos únicos argentinos en dirigir la final de un Mundial.

El quilmeño cuenta con una trayectoria de más de 1800 encuentros dirigidos, entre los que destacan 11 superclásicos y 23 clásicos. A nivel nacional fue el encargado de arbitrar el último partido oficial de Diego Armando Maradona y es el árbitro con más partidos entre Boca y River, con un total de 11 encuentros.

En el plano internacional, Elizondo arbitró 150 encuentros en total, de los cuales 22 fueron partidos de Eliminatorias, en especial las europeas convirtiéndose en el primer árbitro sudamericano y único argentino en dirigir allí; también dirigió tres finales de la Copa Libertadores y cinco partidos del Mundial 2006, es el único árbitro de la historia en dirigir la apertura y cierre de un Mundial.

Junto con Néstor Pitana en 2018, fue uno de los dos árbitros argentinos en dirigir la final de un Mundial. En su caso, fue seleccionado en Alemania 2006, donde Italia se coronó como tetracampeón luego de ganarle en la tanda de penales a Francia. Ese día Elizondo expulsó a la gran figura de ese Mundial, el francés Zinedine Zidane, en el último Mundial que jugó antes de retirarse.

En tiempos donde no existía el VAR, tras un cabezazo del mediocampista en el pecho de Marco Materazzi durante el tiempo suplementario como reacción al insulto proveniente del defensor italiano, el argentino tomó la decisión, luego de hablar con el cuarto árbitro, de sacarle la tarjeta roja.

Tras su amplia trayectoria y sus acertadas decisiones, Elizondo traspasó las fronteras del fútbol y desde su retiro en diciembre del 2006 transmite todo su conocimiento del mundo de las decisiones, el liderazgo y el trabajo en equipo.

Después de retirarse del arbitraje profesional, continuó ligado al fútbol desde roles de dirigencia y capacitación. Luego de una extensa trayectoria como árbitro internacional, pasó a desempeñarse como instructor y director arbitral en diferentes países. En Argentina trabajó dentro de la AFA, donde ocupó cargos vinculados a la formación y la conducción del arbitraje nacional. Con el paso de los años, comenzó a desarrollar proyectos internacionales de asesoramiento arbitral.

En 2023, la Federación Boliviana de Fútbol (FBF) lo eligió para liderar la Comisión Nacional de Árbitros tras las denuncias sobre una presunta red de corrupción de partidos en la temporada de ese año de la División Profesional boliviana. Su llegada tuvo como objetivo reorganizar y recuperar la credibilidad del arbitraje en el país. En mayo de 2024 se retiró del cargo debido a su cargo en Costa Rica

Desde septiembre de 2024 hasta principios de 2025 fue presidente de la Comisión Arbitral de Costa Rica. Allí llevó a cabo un proyecto de profesionalización del arbitraje. Elizondo dejó una huella importante en el arbitraje de Costa Rica, especialmente por su liderazgo en la implementación del VAR.

Hoy 20 años después y con 62 años llega a la Copa del Mundo pero no es su rol habitual sino como técnico de los árbitros de México, esto fue gracias a que formó parte de un proceso que inició la Federación Mexicana de fútbol y además ya cuenta con experiencia en ese rol, ya que fue instructor de árbitros de Paraguay y Costa Rica. Y en Argentina fue director nacional de arbitraje.

Del seleccionado mexicano solo dos árbitros fueron los elegidos por la FIFA para dirigir en este Mundial.

Katia Itzel que por su destacada trayectoria internacional, su excelente técnica y su capacidad de dirigir torneos masculinos, es una de las únicas seis mujeres elegidas para arbitrar en esta Copa del Mundo. Si bien ya tuvo experiencia en torneos de alto nivel, ya que formó parte del cuerpo arbitral de los Juegos Olímpicos París 2024 y ha sido rankeada entre las mejores árbitras del mundo, este será su debut en un Mundial.

Por otro lado César Ramos, quien es uno de los árbitros más experimentados en México, es árbitro internacional desde hace más de diez años y este será su tercer Mundial consecutivo en el que va a dirigir.

Otro 24 de junio, una historia que sigue escribiéndose

Por Blanca Duarte y Thiago N. Etchegaray

El 24 de junio tiene un lugar especial en la historia argentina, no es una fecha más. Es el día en que se recuerda a Carlos Gardel y sus legendarios tangos. El día en que nacen hombres como Osvaldo Zubeldía, Juan Román Riquelme y Juan Manuel Fangio, que marcaron una huella imborrable en el deporte argentino. Cómo no nombrar a quien dejó la vida por la patria, el gran Sargento Juan Bautista Cabral, o al escritor Ernesto Sábato, lírico y emocionante como ningún otro. Nombres que dejaron su marca en la historia en aquello que hicieron. Y también, en 1987 en Rosario, es el día en que nació Lionel Andrés Messi Cuccitini.

Tal vez por eso resulta tan difícil encontrar las palabras justas. Porque Messi parece reunir un poco de todo lo que admiramos. Tiene el cariño popular que acompaña a Gardel generación tras generación. La obsesión y el hambre por superarse de Zubeldía. La sensibilidad para inventar algo distinto que tantas veces mostró Riquelme con sus pinceladas de fútbol. Y la grandeza de Fangio, capaz de ser el mejor sin necesidad de decirlo. Pero al mismo tiempo, Lionel no se parece a nadie.

Porque mientras los homenajes suelen mirar hacia atrás, él obliga a mirar hacia adelante. Hoy cumple 39 años y sigue escribiendo páginas nuevas. Llega a este cumpleaños compitiendo su sexto Mundial, llevando otra vez la camiseta argentina sobre los hombros e intentando dejarla en lo más alto (sí, otra vez). Llega después de marcar los tres goles en el debut ante Argelia y de convertir los dos tantos del triunfo frente a Austria. Cinco goles en apenas dos partidos. Cinco goles que alimentan la ilusión de todo un país y que lo convierten en el máximo goleador en la historia de la Copa del Mundo, otro récord en una lista interminable, incluso de los negativos: el jugador con más penales errados (3) en los Mundiales, marca que lo convierte aún más humano y que demuestra que no está exento de malos partidos.

Los años lo convirtieron en un veterano de mil batallas. Pero hay algo que el tiempo todavía no pudo quitarle: el entusiasmo de un pibe. La alegría por competir. Las ganas de seguir desafiándose. La ilusión de volver a empezar cada torneo como si todavía tuviera algo que demostrar.

Durante años imaginamos este momento de otra manera. Pensamos que a esta altura estaríamos recordando sus hazañas, como si ya hubiera terminado su recorrido. Pero, una vez más, Leo volvió a romper todos los pronósticos. Volvió a sorprendernos. Mientras el tiempo avanza para todos, él sigue encontrando la manera de emocionar. Por eso este cumpleaños no se trata solamente de celebrar una fecha, sino de agradecer.

Agradecer al chico que salió de Rosario persiguiendo un sueño detrás de una pelota. Agradecerle al capitán que nunca dejó tirados a los suyos. Al futbolista que soportó derrotas, críticas y desilusiones hasta llevar a la Argentina a lo más alto. Y también al hombre que, después de muchas caídas se levantó para ganar todo y que, aun así, sigue encontrando motivos para competir y querer más. Agradecerle a Lionel, pese a cargar con la mochila más pesada que supo cargar alguna vez un mortal, su lucha incansable por resistir hasta el final para cosechar (al fin) los frutos de la victoria. Un animal competitivo que llegó a la cima del mundo.

En una fecha atravesada por tantos nombres que dejaron su huella vale recordar a Juan Bautista Cabral. Y aunque las comparaciones no son exactas, hay algo que los une: su entrega por Argentina y la decisión de dejar la bandera en lo más alto. Messi lo hizo a su manera, mediante gambetas, asistencias, goles y una fidelidad inquebrantable (que se mantuvo a pesar de los momentos más duros de su carrera) a la Selección durante más de dos décadas.

Hay ídolos que marcan una época. Messi hace tiempo que dejó de pertenecer solamente a una. Los que lo vieron debutar todavía lo disfrutan. Los que crecieron con él ya lo cuentan entre los grandes recuerdos de sus vidas. Y los más chicos aún siguen descubriéndolo mientras el 10 maravilla al planeta fútbol con sus milagros. Leo marcó su legado en todas las generaciones.

Quizás ahí esté la verdadera dimensión de su historia. No en los números, aunque los tenga todos. No en los títulos, aunque los haya ganado todos. Ni siquiera en los récords, aunque siga derribándolos cuando muchos creen que ya no queda nada por conquistar. La grandeza de Lionel Andrés está en otra parte. Está en haber sostenido la excelencia durante más de dos décadas. En haber cargado con expectativas que ningún otro futbolista conoció. En haber atravesado derrotas, críticas y desilusiones sin dejar de intentarlo. En haber llegado a la cima y quedarse allí. Está en haberse convertido en el parámetro de lo inimaginable.

Y en ese punto, cuando ya parece que todo está dicho, aparece otra forma de entender su historia.

El 24 de junio también nació Ernesto Sábato. Un hombre que dedicó su vida a buscar palabras capaces de contener emociones, contradicciones y sueños. Alguien que entendió que lo importante no siempre es explicar, sino lograr que algo quede resonando en quien lo lee. Tal vez por eso la coincidencia no sea casual. Porque hay personas que encuentran su forma de dejar huella a través de lo que escriben, y otras que lo hacen desde lo que hacen sentir. 

Messi eligió otro lenguaje. No escribe novelas ni ensayos. Compone sus obras con una pelota en los pies. Lo suyo no se lee: se vive. Se recuerda en una gambeta, en un pase imposible o en un gol que queda guardado para siempre en la memoria de millones de personas.

Y como ocurre con todo aquello que deja huella, el paso del tiempo no lo desgasta, lo vuelve más grande.

Quizás por eso este pibe de 39 años trasciende los récords, los títulos y hasta las comparaciones. Porque mientras muchos de estos héroes de nuestra historia pertenecen al recuerdo, él continúa construyendo su presente. Y tal vez sea la mejor manera de entender este nuevo 24 de junio: no como el cumpleaños de una leyenda del pasado, sino como otro capítulo de un libro que se niega a terminar y con más historias por contar.

El pibe de 39

Por Jorge Acevedo

El 16 de junio de 2006 un tal Lionel Andrés Messi esperaba su momento sentado en el banco de suplentes. Tenía apenas 18 años, el pelo casi por los hombros y la “19” en la espalda. Todavía no era el mejor del mundo, tampoco el capitán ni el emblema de una generación. Era un chico al que señalaban como el futuro.

En el Mundial de Alemania, ese futuro se hacía presente. Messi daba sus primeros pasos en una cita mundialista, debut y una historia de amor que hasta hoy sigue latente.

La selección argentina goleaba a Serbia y Montenegro por la segunda fecha del grupo C en la Copa del Mundo. El partido estaba resuelto cuando José Pekerman miró hacia el banco y tomó una decisión. A falta de quince minutos, llamó a Messi. El joven rosarino ingresó por Maxi Rodriguez y pisó por primera vez el césped en un Mundial. Nadie lo sabía en ese entonces, pero aquel cambio abrió una historia que atravesaría dos décadas y seis Mundiales.

Porque aquel chico no entró para cumplir. Entró para dejar una marca. En apenas unos minutos asistió a Hernán Crespo y luego convirtió el sexto gol argentino. Debut mundialista, asistencia y gol. Como si quisiera presentarse ante el planeta de una sola vez, se convirtió en el jugador más joven en marcar un gol para la selección, uno de los muchos que haría representando a su país.

Veinte años después, la escena parecía imposible.

El 16 de junio de 2026, la vigente campeona del mundo debutó en el Mundial. Con muchas expectativas ya que Argentina nunca pudo ganar en su estreno luego de ser campeones del mundo. El mismo Lionel Messi salió a la cancha en Kansas con el pelo un poco más corto y la “10” en la espalda. Dos décadas después de aquel estreno en Alemania seguía ocupando el mismo lugar: el centro de la escena.

A los 38 y casi 39 años, cuando la lógica del fútbol suele hablar de despedida, Messi eligió responder con tres goles ante Argelia y alcanzó la marca de Miroslav Klose como el máximo goleador en la historia de los Mundiales con 16 goles. A diez minutos del final dejó el campo ovacionado por miles de argentinos que se pusieron de pie para despedirlo. Como si supieran que cada función puede ser una de las últimas. Como si quisieran agradecerle veinte años de magia en apenas unos segundos de aplausos.

Seis días después la selección afrontó su segundo partido en fases de grupos, y como si lo anterior fuese poco, lo volvió a hacer. A 40 años de los dos goles del Diego a los ingleses, por esas casualidades del destino, Leo marcó un doblete ante Austria, convirtiéndose en el máximo goleador en la historia de los Mundiales con 18 goles.

El “10” y capitán de la selección argentina, por si algunos se preguntaban en qué condiciones llegaba a su sexto Mundial respondió de esta forma, jugando al fútbol. Haciendo lo suyo, a lo que nos tiene acostumbrados, la rutina de lo extraordinario.

Veinte años separan aquellas dos imágenes. En una aparece un chico, de pelo largo, que entra al campo con los ojos llenos de ilusión. En la otra, un campeón del mundo que abandona la cancha bajo una ovación y dueño de récords que parecían inalcanzables.

Entre aquellas dos imágenes pasó una vida. Cambió el número de la camiseta. Cambió el peinado. Cambiaron los compañeros, los entrenadores y los estadios. El único que permanece es Messi.

Porque dos décadas después de su debut mundialista, el pibe de 18 años sigue estando ahí. Hace 20 años era el futuro, hoy a los 39, sigue siendo el presente.

Permanece Messi, pero también la sensación de privilegio. La sensación de estar viendo a Lionel Andres Messi Cucittini mientras todavía juega al fútbol. Y quizás por eso cuesta tanto imaginar el fútbol cuando ya no esté ahí.

¿Colombiano o ecuatoriano? El caso que pudo dejar a Ecuador sin Mundial

Por Matías Cohen

El 5 de mayo de 2022, a poco más de seis meses del inicio del Mundial de Qatar, la Federación de Fútbol de Chile presentó una denuncia ante FIFA contra Byron Castillo y la Federación Ecuatoriana de Fútbol. La acusación apuntaba directamente a la identidad del futbolista: Chile sostenía que Castillo había nacido en Colombia y que utilizó documentación falsa para representar a Ecuador durante las Eliminatorias Sudamericanas.

La denuncia cayó como una bomba en Sudamérica. Ecuador cababa de clasificarse al Mundial tras terminar cuarto en las Eliminatorias, mientras que Chile había quedado eliminado. Si FIFA aceptaba el reclamo y le daba por perdidos a Ecuador los partidos en los que participó Castillo, la tabla podía modificarse por completo. Chile soñaba con meterse en Qatar desde los escritorios. Perú, que había terminado en repechaje, también siguió de cerca el caso y luego se sumó a las apelaciones.

El foco de toda la discusión estaba puesto sobre Byron Castillo. Según la denuncia chilena, el futbolista no era ecuatoriano sino colombiano, nacido en Tumaco, Nariño. Además, aseguraban que incluso su fecha de nacimiento había sido adulterada. Mientras en Ecuador defendían la legalidad de toda la documentación, desde Chile presentaban informes, certificados y hasta investigaciones judiciales realizadas años antes dentro del propio territorio ecuatoriano.

La situación escaló todavía más meses después, cuando apareció un audio difundido por el Daily Mail en el que supuestamente se escuchaba a Castillo reconociendo haber nacido en Colombia y admitiendo inconsistencias en sus documentos. El material recorrió el continente y volvió a instalar la idea de que Ecuador podía quedarse afuera del Mundial a semanas de Qatar. Sin embargo, la Federación Ecuatoriana cuestionó la validez del audio y sostuvo que nunca pudo comprobarse de manera oficial que la voz fuera del jugador.

Mientras el debate explotaba en medios, redes sociales y programas deportivos, Byron Castillo atravesaba uno de los momentos más difíciles de su carrera. El propio futbolista reconoció públicamente que pensó en abandonar el fútbol por toda la presión generada alrededor del caso. También habló de insultos en los estadios y de una situación que, según él, “venía de años”.

El primer fallo importante llegó el 10 de junio de 2022. El Comité Disciplinario de FIFA rechazó la denuncia chilena y dio por cerrado el caso. Para el organismo, Byron Castillo era elegible para jugar con Ecuador y no existían motivos suficientes para aplicar sanciones deportivas. Chile apeló inmediatamente la decisión y Perú acompañó el reclamo. Sin embargo, el Comité de Apelaciones de FIFA volvió a fallar a favor de Ecuador en septiembre de ese mismo año. Pero la historia no terminó ahí. Chile y Perú llevaron el caso al Tribunal de Arbitraje Deportivo, el TAS, la máxima instancia judicial del deporte mundial. Allí el conflicto tomó otra dimensión. Ya no solo se discutía si Castillo podía jugar para Ecuador, sino también si la Federación Ecuatoriana había utilizado documentación irregular durante las Eliminatorias.

Finalmente, el 8 de noviembre de 2022, el TAS emitió el fallo definitivo. El tribunal concluyó que Byron Castillo sí era elegible para representar a Ecuador, por lo que la clasificación al Mundial no se modificaba y la selección seguía dentro de Qatar 2022. Sin embargo, el TAS también determinó que la Federación Ecuatoriana había utilizado un documento con información falsa. Por eso, Ecuador recibió una sanción de tres puntos menos para las próximas Eliminatorias rumbo al Mundial 2026 y una multa económica de 100 mil francos suizos.

El castigo terminó siendo menor a lo que pretendían Chile y Perú, que buscaban directamente la exclusión de Ecuador del Mundial. Byron Castillo, por su parte, no recibió una sanción deportiva individual. Aun así, la polémica alrededor de su nacionalidad lo persiguió, incluso, después del fallo.

Ecuador disputó el Mundial de Qatar sin ningún problema, aunque Castillo finalmente no integró la lista definitiva de convocados. La Federación Ecuatoriana evitó exponer el caso en plena Copa del Mundo y decidió dejar afuera al jugador que, durante meses, puso en duda la clasificación.

Noventa minutos en contra

Por Luna Lorenzo

Mientras el Mundial descubre nuevas figuras, también se convierte en el escenario de las últimas funciones de una generación que marcó una época. Entre estadios llenos y nuevas promesas, algunos futbolistas disputan algo más que una Copa del Mundo: juegan contra el reloj. 

El tiempo del estadio marca los noventa minutos. El de ellos marca otra cosa.

En cada Mundial nacen héroes. Un pibe desconocido convierte un gol inesperado, una selección sorpresa elimina a una potencia y una nueva generación se abre paso entre los flashes. Así funciona el fútbol. Así funciona el tiempo. Pero mientras el Mundial 2026 busca a sus próximos protagonistas, hay otra historia que se desarrolla en paralelo: la de los futbolistas que saben que cada partido puede ser el último con su selección.

No hace falta que lo digan. Se nota en los gestos.

En la forma en que observan el himno antes del encuentro. En los segundos que se quedan mirando las tribunas cuando termina el calentamiento. En los abrazos que duran un poco más de lo habitual.

Durante años fueron el presente del fútbol. Acumularon títulos, derrotas, lesiones, récords y elogios. Crecieron bajo la mirada de millones de personas y se acostumbraron a convivir con la presión. Sin embargo, ni la fama ni el talento pudieron negociar con el tiempo. El Mundial 2026 les recuerda una verdad incómoda: ninguna carrera es eterna.

La historia de los Mundiales está llena de finales de ciclo. Pelé se fue en México 1970 levantando la Copa. Diego Maradona tuvo su última función en Estados Unidos 1994. Zinedine Zidane cerró su recorrido mundialista en Alemania 2006. Cada generación tuvo sus héroes. Cada héroe tuvo un último partido.

Lo particular de este es que parece reunir varias despedidas al mismo tiempo.

Entre los futbolistas más veteranos del torneo aparecen nombres que definieron una era. Lionel Messi disputa la competencia con 38 años. Cristiano Ronaldo llegó a los 41. Luka Modrić atraviesa el torneo con 40. Son jugadores que comenzaron sus carreras profesionales cuando muchos de sus compañeros actuales todavía cursaban la escuela primaria.

Si existe un apellido capaz de resumir esta generación, es Messi.

El capitán argentino llegó a Norteamérica para disputar su sexta Copa del Mundo. Debutó en Alemania 2006 con apenas 18 años. Veinte años después sigue jugando el torneo más importante del planeta. Entre aquel primer partido y este presente pasaron 28 encuentros mundialistas, un nuevo récord que se suma a su trayectoria.

Y como si fuera poco eligió empezar este Mundial escribiendo otra página histórica.

El 16 de junio, en Kansas City, Argentina debutó frente a Argelia. La expectativa estaba puesta en saber cuánto podía aportar un futbolista que se encuentra a días de cumplir 39 años. La respuesta llegó en forma de exhibición. Messi convirtió los tres goles del triunfo argentino y firmó el primer hat-trick de su carrera en una Copa del Mundo. Argentina ganó 3 a 0 y el capitán volvió a ocupar el centro de la escena.

Pero esa actuación fue apenas el inicio. Seis días más tarde volvió a ser determinante ante Austria: marcó los dos goles de la victoria argentina y elevó su cuenta personal a cinco tantos en apenas dos partidos.

Con esas conquistas alcanzó los 18 goles mundialistas y se convirtió en el máximo goleador en la historia de las Copas del Mundo. También se transformó en el primer futbolista en disputar seis Mundiales y en el jugador de mayor edad en marcar un hat-trick en la competencia.

Algo parecido ocurre con Cristiano Ronaldo. También alcanzó la marca de seis participaciones mundialistas y continúa siendo una referencia para Portugal. Su carrera atravesó más de veinte años en la élite y lo convirtió en uno de los nombres imprescindibles para entender el fútbol del siglo XXI.

Luka Modrić representa otro caso singular. El croata, de 40 años, sigue siendo el cerebro de una selección que sorprendió al mundo durante la última década. Su presencia en este Mundial es la continuidad de una historia que parecía terminada varias veces y que siempre encontró una página más para escribir.

Neymar también forma parte de esa generación que se resiste a abandonar el escenario. A los 34 años disputa su cuarta Copa del Mundo y llegó al torneo después de atravesar uno de los períodos más difíciles de su carrera. Una grave lesión de rodilla sufrida en 2023 lo mantuvo alejado de la selección brasileña durante más de dos años, pero logró regresar a tiempo para integrar la lista de Carlo Ancelotti. Su presencia en Estados Unidos, México y Canadá excede cualquier análisis sobre su actualidad futbolística: con 79 goles en 128 partidos es el máximo goleador de la historia de Brasil y uno de los futbolistas más influyentes que produjo el país en las últimas décadas. 

En los entrenamientos ya no corren igual que antes. El cuerpo empieza a enviar señales que durante años permanecieron ocultas.

Sin embargo, hay algo que sigue intacto. La experiencia.

En los vestuarios se transforman en otra cosa. Los más jóvenes los escuchan porque crecieron viéndolos por televisión. Los observan con la misma admiración con la que antes ellos observaban a sus propios referentes.

“Ellos tienen la capacidad para leer los momentos, es algo que no se mide con estadísticas. Por eso son distintos”, expresa con los ojos llorosos Lautaro, un chico de 26 años que mira el partido entre Argentina y Austria con sus amigos en un bar de Don Bosco. 

Y mientras eso ocurre, el fútbol mira hacia adelante.

Kylian Mbappé continúa escalando posiciones entre los máximos goleadores mundialistas. Jude Bellingham lidera el recambio inglés. Lamine Yamal representa el futuro de España. Son nombres destinados a ocupar el lugar central cuando la generación de Messi, Ronaldo, Modrić y Neymar abandone definitivamente el escenario.

El ciclo se repite. Siempre se repite.

Dentro de algunos años, cuando se recuerde este Mundial, tal vez lo más valioso no sean los números. Ni los goles. Ni las marcas históricas. Ni el campeón. Tal vez lo que permanezca sea la imagen de cuatro gigantes compartiendo una misma Copa del Mundo mientras el tiempo intenta alcanzarlos.

Messi. Ronaldo. Modrić. Neymar.

Nombres que definieron una era. Una generación. Y acompañaron la vida de millones durante más de veinte años.

Y por eso cada partido tiene un significado distinto. Porque los noventa minutos en cancha terminan. 

Pero las leyendas encuentran otro lugar para seguir jugando: los recuerdos de millones que crecieron junto a ellos.

La noche en que Parque Patricios se volvió un pedazo de Asunción

Por Ezequiel Mirochnik

En un bar del sur porteño, entre chipás, camisetas albirrojas y conversaciones mezcladas entre castellano y guaraní, la victoria de Paraguay sobre Turquía en el Mundial fue mucho más que un resultado. Durante noventa minutos, Parque Patricios dejó de parecer Buenos Aires y se convirtió en una pequeña tribuna paraguaya.

La primera sorpresa de la noche llegó antes del partido. Eran las ocho y media y el barrio seguía con el movimiento habitual de cualquier día de semana. Los colectivos pasaban por Caseros, los autos doblaban apurados en la esquina de La Rioja y las luces del Hospital Garrahan seguían encendidas como siempre. Sin embargo, a medida que uno se acercaba a los bares de la zona, algo cambiaba. Las camisetas rojas, blancas y azules empezaban a aparecer entre los abrigos y las bufandas. Algunas eran nuevas. Otras parecían haber sobrevivido a varios mundiales. Y había una que se repetía bastante: la de Salvador Cabañas, como si el tiempo hubiera decidido quedarse detenido en algún punto entre Sudáfrica 2010 y esta Copa del Mundo.

Entré a Baum Parque Patricios unos cuarenta minutos antes del comienzo del partido. Pensé que iba a encontrar un ambiente parecido al de cualquier transmisión mundialista, pero bastó con recorrer el salón para darme cuenta de que la noche tenía otra energía. En una mesa del fondo, cuatro hombres discutían si la selección podría superar la fase de grupos. Cerca de la ventana, una familia entera compartía una picada mientras una mujer acomodaba unos chipás que había llevado desde su casa.

Lo más llamativo era escuchar las conversaciones. Algunas eran completamente en castellano. Otras mezclaban palabras en guaraní y terminaban en una carcajada que hacía imposible entender el resto.

Había chicos nacidos en Buenos Aires que hablaban con tonada porteña y padres que seguían conservando el acento de Asunción o Encarnación. Parque Patricios hace años que convive con una enorme comunidad paraguaya y eso se siente en las calles, en los negocios y hasta en las canchas de fútbol cinco. Pero aquella noche era diferente. Aquella noche parecía que el barrio había decidido hacer visible algo que normalmente convive en silencio.

Ramón, de 63 años, vive hace más de tres décadas en Parque Patricios y llegó con una camiseta de Olimpia que, según él, “ya pasó por varios mundiales”. Mientras acomoda una gorra gastada sobre la mesa, observa alrededor y sonríe. “Acá somos de Huracán y de Paraguay. Las dos cosas. Mis hijos nacieron en Buenos Aires, pero en casa nunca dejamos de hablar guaraní”, cuenta antes de levantar la vista al momento de que los equipos aparezcan en la tele.

Cuando aparecieron los equipos en la pantalla, el murmullo empezó a desaparecer. Algunos se pusieron de pie para escuchar el himno. Otros grabaron un par de segundos con el celular. Y hubo un hombre que se llevó la mano al pecho con una emoción que parecía imposible de esconder. Nadie lo miró raro. Al contrario. Era evidente que todos entendían perfectamente lo que significaba ese momento.

El gol llegó tan temprano que muchos ni siquiera habían terminado de acomodarse. La reacción fue inmediata. Una cerveza se volcó sobre la mesa de al lado, un mozo frenó en seco para mirar la pantalla y dos desconocidos terminaron abrazados como si fueran amigos de toda la vida. Desde una de las mesas salió un grito que recorrió el salón entero.

—¡Paraguay nomás!

Y por unos segundos, Baum dejó de ser un bar de Parque Patricios para convertirse en una tribuna improvisada.

El festejo de la Albirroja en el 1-0 ante Turquía. (APF)

Los abrazos aparecieron por todas partes. Una señora se secó las lágrimas mientras sonreía. Un chico de no más de diez años golpeaba la mesa con las manos. Y un hombre de pelo blanco, que hasta ese momento había permanecido en silencio, levantó su vaso de cerveza como si estuviera brindando por algo mucho más importante que un gol.

Brenda, de 24 años, nació en Buenos Aires, pero toda su familia vive en Encarnación. Entre abrazo y abrazo, trata de responder los mensajes que no dejan de llegarle al celular. “Mi abuela está allá y me manda audios durante todo el partido. Cuando juega Paraguay es como sentir que toda la familia está más cerca”, dice mientras muestra una videollamada llena de caras sonrientes y felicitaciones.

Con el correr de los minutos, el enfrentamiento empezó a volverse más complicado y el clima del bar cambió. Las bromas desaparecieron y las conversaciones se hicieron más cortas. La tensión se podía ver en detalles mínimos. Un hombre movía la pierna sin parar. Otro se agarraba la cabeza cada vez que Turquía cruzaba la mitad de la cancha. Una mujer mandaba audios por WhatsApp a una hermana que seguía el partido desde Encarnación.

En una de las mesas, un grupo de amigos que se había pasado la previa riéndose dejó las hamburguesas prácticamente intactas.

Fue ahí cuando empecé a mirar menos la televisión y más a la gente. Porque la verdadera historia estaba ahí. En el abuelo que abrazaba a su nieto después de cada despeje. En los albañiles que todavía tenían restos de pintura en la ropa y habían ido directamente desde el trabajo. En un repartidor de aplicaciones que se quedó quince minutos parado en la puerta para ver el final del primer tiempo. En una pareja joven que había llevado a su bebé vestido con una camiseta diminuta de la selección paraguaya.

Uno de los que había llegado directamente desde el trabajo era Miguel, de 40 años. Todavía tenía manchas de pintura en el pantalón y las manos ásperas de una jornada larga en una obra de Barracas. “No podía verlo solo en casa. Estos partidos se sufren acompañados. Además, siempre aparece alguien conocido. Somos una comunidad grande”, dice antes de volver rápidamente la mirada a la pantalla, como si cualquier distracción pudiera traer mala suerte.

Durante el entretiempo las mesas volvieron a llenarse de conversaciones. Se hablaba del partido, claro, pero también de otras cosas. Un hombre contaba que hacía veinte años que vivía en Buenos Aires y que nunca había dejado de volver a Paraguay para Navidad. Otro explicaba que sus hijos habían nacido acá, pero que igual les enseñó a hablar algunas palabras en guaraní porque no quería que perdieran el vínculo con sus abuelos.

Una mujer se reía mientras mostraba fotos de su familia en Caaguazú y decía que seguramente estarían sufriendo más que ella.

Gloria, que llegó al país hace dos décadas, escucha las conversaciones de las mesas vecinas y sonríe. “Uno se acostumbra a vivir lejos, pero nunca deja de extrañar. Por eso noches como esta son especiales. Es como sentirse un ratito en casa”, dice mientras acomoda una pequeña bandera paraguaya sobre la silla.

La segunda mitad fue una tortura. Todo avance turco generaba un silencio inmediato y cualquier rechazo de la defensa se festejaba como si fuera otro gol. En la barra, un señor con una camiseta vieja de Cerro Porteño se persignaba cada vez que Turquía se acercaba al área. Un chico se tapaba los ojos antes de las pelotas paradas. Y un hombre que durante todo el partido había permanecido serio no pudo evitar levantarse y gritarle al televisor como si los jugadores pudieran escucharlo desde el otro lado del mundo.

Nadie prestaba atención al celular. Nadie hablaba de trabajo. Nadie parecía preocupado por el día siguiente. Durante esos noventa minutos, el mundo terminaba en esa pantalla.

Cuando llegó el pitazo final, el bar explotó por segunda vez. Esto no era sorpresa. Era un alivio. Era felicidad. Era la sensación de seguir vivos en el Mundial. Los abrazos volvieron a multiplicarse y por un instante daba la impresión de que todos se conocían desde siempre. Un hombre grande se secó los ojos sin ninguna vergüenza. Una mujer se puso a cantar. Desde una mesa empezaron a aplaudir y el resto del salón terminó acompañando.

Entonces alguien puso música paraguaya desde un teléfono y la escena terminó de volverse extraña y hermosa al instante. Porque estábamos en Buenos Aires. Afuera seguían pasando los colectivos de siempre y las luces del barrio seguían siendo iguales. Pero dentro del bar había otra cosa. Había una nostalgia compartida. Una alegría que parecía venir desde varios lugares simultáneamente.

Antes de despedirse, Ramón levantó el vaso y observó la pantalla ya apagada. Afuera, Parque Patricios volvía lentamente a su rutina. Sonrió y, casi como si se hablara al espejo, dejó una frase que resumió mejor que cualquier resultado lo que había pasado aquella noche.

—Uno se va de Paraguay, pero Paraguay nunca se va de uno.

¡Es hora de levantarse, querido!

Por Gabriel Milian Scuri

En noviembre del 2020, el mundo era azotado por el coronavirus y, aún así, la Premier League seguía su curso, pero con las tribunas vacías. Arsenal recibía al Wolves. Raúl Jiménez, número nueve del visitante, intercambió algunos mensajes con su papá, como de costumbre, y salió a reconocer el campo de juego. Volvió al vestuario y a partir de ahí, no recordó más nada.

En la soledad del Emirates solo se escuchaban los golpes a la pelota. En un tiro de esquina gunner, el centro fue al primer palo. El brasilero David Luiz tomó carrera en aquella dirección. Raúl Jiménez también. Chocaron cabezas. Retumbó en todo Londres. Los dos cayeron desplomados. El defensor recuperó la consciencia. El mexicano no. El silencio era ensordecedor. Los médicos corrían. Sus compañeros lo asistían sin saber qué hacer. Desesperación.

Fractura de cráneo con daño óseo y hemorragia cerebral fue el diagnóstico. Entró en cirugía. La sala de espera del hospital era un calvario para Daniela, la esposa de Raúl. Cargaba en brazos a Arya, su bebé qué había nacido hacía cuatro meses. En aquel momento, los especialistas ya no sólo anhelaban que pudiera volver a jugar, sino que saliera con vida. Que pudiera caminar. Subir una escalera. Ser padre.

Daniela iba en el auto cuando le entró una llamada. Era Raúl. A pesar de que repetía las mismas preguntas una y otra vez, lo que generó la risa de ella, el alivio fue total. La recuperación se hizo dura. Le costaba masticar la comida y el encierro forzoso, y no solo por la pandemia, lo obligó a descansar.

A las semanas volvió al centro de entrenamiento. Le sonrió a sus compañeros como si no hubiera pasado nada. Con su carisma, los hizo sentir que no tenían motivos para quejarse. Raúl habló con uno de los médicos del Wolves y, mientras caminaba a tropezones, le dijo que no tenía dudas de que volvería a jugar.

Es junio de 2026. El estadio Azteca da inicio, por tercera vez, a una Copa del Mundo. México le gana 1-0 a Sudáfrica. Corre el minuto 66. Raúl Jiménez, que perdió a su padre tres meses atrás, juega de espaldas. Da dos pasos hacia adelante para escapar de la marca de los Bafana Bafana. Controla, descarga y el juego se abre a la derecha. El área lo llama y va.

Roberto Alvarado levanta la cabeza y revolea la pelota en busca del segundo tanto mexicano. Es tan perfecto el centro que Jiménez no tiene que despegarse del verde césped. Aplica un gesto técnico digno de un goleador e infla la red después de un frentazo.

Llora. Porque su primer grito mundialista es un cóctel de tristeza y alegría. Lo bautizó: resucitar. Llora, mientras lanza un beso al cielo, porque sabe que su padre no está. Llora. Porque pudo darle a la pelota con la enorme cicatriz que lleva como recordatorio de que casi lo pierde todo. Y de que está más vivo que nunca.

Lumumba Vea: el hincha que se convirtió en símbolo de un país

Por Lautaro Palavecino

Durante años permaneció inmóvil en una tribuna, rezando por su selección y honrando la memoria de un héroe nacional. Hoy, aquel hombre que parecía una estatua acompaña a la República Democrática del Congo en el Mundial 2026.

Hay hinchas que viven el fútbol cantando, saltando o sufriendo cada jugada como si fuera la última. Y después está Michel Nkuka Mboladinga. Quizás su nombre no resulte familiar para muchos, pero basta mencionar a Lumumba Vea para que aparezca una imagen difícil de olvidar: traje elegante, gafas oscuras, un brazo levantado hacia el cielo y un cuerpo inmóvil en medio de una multitud que canta, baila y se mueve sin descanso. Mientras miles de personas vibran alrededor suyo, él permanece quieto. Como una estatua. Como un monumento. Como un recuerdo que se niega a desaparecer.

Patrice Lumumba permanece inmóvil antes del partido de octavos de final de la Copa Africana de Naciones. Estadio Príncipe Moulay El Hassan de Rabat, 6 de enero de 2026.

Aunque el mundo lo descubrió durante la Copa Africana de Naciones, la historia de Lumumba Vea había comenzado mucho antes, en las tribunas de Kinshasa. Fanático del AS Vita Club, uno de los clubes más importantes de la República Democrática del Congo, Michel asistía regularmente a los partidos vestido de manera formal y adoptando una postura que llamaba la atención de todos los que lo rodeaban. Su parecido físico con Patrice Lumumba era tan llamativo que los propios hinchas comenzaron a llamarlo por ese nombre.

Patrice Lumumba en Bruselas, 26 de enero de 1960.

Porque Patrice Lumumba ocupa un lugar especial en la historia congoleña: fue quien inauguró el cargo de Primer Ministro del Congo independiente en 1960 y uno de los grandes líderes anticoloniales de África. Su lucha por la libertad de su país lo transformó en un símbolo nacional y su asesinato, apenas un año después de asumir el cargo, marcó una de las páginas más dolorosas de la historia africana. Décadas más tarde, Michel decidió mantener viva esa memoria recreando la imagen de la estatua de Lumumba ubicada en Kinshasa. El brazo levantado, las gafas, la postura firme y el silencio no es una actuación improvisada: sino un homenaje permanente.

Estatua dedicada a Patrice Lumumba en Kinshasa.

Sin embargo, el significado de su personaje iba mucho más allá del recuerdo histórico. Para Michel, permanecer inmóvil durante los partidos también representaba un acto de oración. Su mano extendida hacia adelante simbolizaba la paz y el deseo de un futuro mejor para una nación que ha atravesado décadas de conflictos. Mientras los futbolistas luchaban dentro del campo, él sentía que podía acompañarlos desde la tribuna, enviando fuerza espiritual y esperanza. Por eso nunca hablaba, nunca celebraba de manera exagerada y casi nunca rompía la postura. Su ritual estaba cargado de convicción.

La fama internacional llegó durante la Copa Africana de Naciones disputada en Marruecos. En un torneo conocido por el color de sus hinchadas, los tambores, los bailes y la energía inagotable de las tribunas africanas, las cámaras encontraron una imagen completamente diferente. Entre miles de personas en movimiento aparecía un hombre inmóvil, inalterable, como si estuviera hecho de piedra. Las transmisiones comenzaron a enfocarlo una y otra vez. Las redes sociales hicieron el resto: las imágenes se viralizaron, los usuarios compartieron su historia y su figura llegó a los medios de diferentes países. En cuestión de días, Lumumba Vea pasó de ser una figura conocida en su país a convertirse en uno de los personajes más reconocibles del fútbol internacional.

Sin embargo, el momento que terminó de conquistar al mundo no fue aquel en el que permaneció inmóvil, sino aquel en el que dejó de hacerlo. Durante un partido decisivo de la selección congoleña, la eliminación llegó de manera dolorosa y, por primera vez, el hombre que parecía una estatua mostró su costado más humano. Se quitó las gafas, bajó el brazo y rompió en llanto. La imagen recorrió el planeta porque, detrás del personaje, apareció algo con lo que cualquier aficionado podía identificarse: el amor incondicional por unos colores y el dolor de ver cómo un sueño se escapaba.

Quizás por eso, cuando la República Democrática del Congo consiguió su clasificación al Mundial 2026, muchos entendieron que Lumumba Vea también formaba parte de esa historia. Con el apoyo de jugadores, dirigentes y autoridades, fue incorporado oficialmente a la delegación que acompaña al equipo durante la Copa del Mundo. Después de algunas dificultades administrativas y problemas relacionados con sus permisos de viaje, la situación terminó resolviéndose y Michel ya forma parte de la experiencia mundialista con todos los gastos cubiertos por la federación.

Su presencia en el Mundial tiene un valor difícil de medir. No estará allí por haber marcado goles ni por haber levantado trofeos. Tampoco por ser una celebridad. Estará allí porque, durante años, representó algo que muchas veces resulta más poderoso que cualquier resultado deportivo: la identidad de un pueblo. Mientras las cámaras lo enfocan en las tribunas de Estados Unidos, México y Canadá, millones de personas observan al hombre de las gafas oscuras y el brazo levantado. Pero para los congoleños significará mucho más.

Verán a alguien que eligió transformar una tribuna en un lugar de memoria, que utilizó el fútbol para honrar la historia de su país y que encontró en el silencio una forma de hacerse escuchar.

Por eso la historia de Lumumba Vea es mucho más que la historia de un hincha viral. Es la historia de un hombre que decidió mantener vivo un legado, de una selección que lo adoptó como uno de los suyos y de un país entero que hoy vive el Mundial acompañado por uno de sus símbolos más inesperados. Porque, a veces, el fútbol regala historias imposibles de planificar. Historias en las que los protagonistas no siempre están dentro de la cancha.

Historias como la de Michel Nkuka Mboladinga, el hombre que se quedó quieto durante años y terminó llegando más lejos de lo que jamás imaginó.

Pausa de concientización: en pleno Mundial, en México marchan por los 135.000 desaparecidos

Por Ignacio Mazzo

Familiares y organizaciones civiles iniciaron movilizaciones y campañas de visibilización masiva en la Ciudad de México y Guadalajara desde el 11 de junio, coincidiendo con la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA. El objetivo de estas acciones es exponer ante la comunidad internacional la magnitud de la problemática de las desapariciones en el país, cuya cifra oficial supera los 133.000 casos según las instituciones del Estado, mientras que los monitoreos recientes de los colectivos civiles ya estiman más de 135.000 personas desaparecidas hasta el 19 de junio.

De acuerdo con los datos oficiales del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, dependiente de la Secretaría de Gobernación, la estadística nacional superó este mes los 133.000 registros acumulados. El informe de junio de la Red por los Derechos de la Infancia en México señaló que uno de cada siete menores de edad reportados como desaparecidos en el país sigue sin ser localizado. Por su parte, el observatorio Red Lupa, perteneciente al Instituto Mexicano de los Derechos Humanos y la Democracia, detalló en su último balance que el 42% de los casos totales se concentra en cinco estados: Estado de México, Tamaulipas, Jalisco, Michoacán y Nuevo León. Además, la misma organización alertó que los servicios forenses registran más de 83.000 cuerpos y restos humanos sin identificar.

Las manifestaciones callejeras comenzaron formalmente antes y durante el día del partido inaugural entre México y Sudáfrica. Notas de los portales informativos Animal Político y Corriente Alterna de la UNAM documentaron que el 11 de junio las fuerzas de seguridad bloquearon el avance de una marcha que intentaba llegar al Estadio Azteca. Esa misma noche, según reportes de Infobae México, se generó una controversia en el Ángel de la Independencia cuando aficionados que festejaban la victoria de la selección utilizaron lonas de búsqueda de personas para cubrirse de la lluvia, lo que provocó altercados verbales con familiares de las víctimas y agresiones físicas a reporteros de televisión que registraban el hecho.

Las acciones de protesta continuaron el domingo 14 de junio con eventos alternativos en espacios públicos de la capital y el interior del país. Medios locales reportaron la realización de la “Cascarita por la Memoria”, una jornada de partidos de fútbol informales donde los manifestantes jugaron con camisetas de la selección con los rostros de sus familiares. En el entorno digital, la Fundación para la Justicia y el Estado de Derecho difundió las etiquetas #UnEstadioDeDesaparecidxs y #LaCopaSinEllxs, una campaña que busca dimensionar la escala de la problemática mediante la analogía de que el número total de víctimas en México equivale a llenar por completo más de dos estadios mundialistas de gran capacidad.

Entre el 18 y el 19 de junio, las movilizaciones sumaron un componente internacional con la incorporación de la Red Regional de Familias Migrantes en las marchas de la Avenida Reforma en la Ciudad de México. Esta protesta estuvo encabezada por la activista hondureña Ana Enamorado, quien busca a su hijo desaparecido en Jalisco desde 2010. Los colectivos explicaron a los medios extranjeros que una parte de las víctimas en territorio mexicano corresponde a personas migrantes procedentes de Honduras, El Salvador, Guatemala, Nicaragua y Colombia. A partir de estos últimos monitoreos de las organizaciones civiles, la estimación total de casos se elevó a más de 135.000 personas desaparecidas.

La estrategia de las familias actuales busca replicar el método utilizado por las Madres de Plaza de Mayo durante el Mundial de Argentina 1978. Aprovechar la presencia de cadenas de televisión internacionales para romper el bloqueo informativo local.

Messi: dos goles, nuevo récord y homenaje al 22 de junio

Por Juan Pablo Romano

Hay tardes que parecen un partido más. Y hay otras que pueden convertirse en historia. En algún lugar del AT&T Stadium de Dallas, millones de miradas apuntan hacia el mismo hombre. Pasaron veinte años de aquel joven que debutó en un Mundial con la camiseta argentina. Dos décadas de goles, títulos, récords, momentos lindos para recordar y otros quizás no tanto. Sin embargo, la historia todavía tiene espacio para una página más.

Esta tarde, la Selección Argentina se mide ante Austria por primera vez en su historia y en el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá de 2026, por la segunda fecha de la competición. Un partido clave para la clasificación, pero también una cita con el destino para un rosarino llamado Lionel Messi.

El capitán argentino ya conquistó todo lo que un futbolista puede soñar. Levantó la Copa del Mundo, ganó El Balón de Oro, Champions, rompió récords y construyó un legado que atraviesa generaciones. Pero hoy, una nueva marca aparece. Un solo gol lo separa de convertirse en el máximo goleador de la historia de los Mundiales. 

En el debut de este Mundial, ante Argelia, logró convertir un hat-trick que permitió la victoria y se convirtió en el máximo anotador en la historia de los Mundiales con 16 goles, igualando al delantero alemán Miroslav Klose, quien luego lo felicitó al argentino tras elogiarlo como “el mejor jugador de todos los tiempos”, en un diario local Süddeutsche Zeitung. 

La expectativa crece en cada rincón del mundo. En las tribunas, en los hogares y frente a las pantallas. Porque ya no se trata solamente de un partido más. Se trata de la posibilidad de presenciar otro capítulo inolvidable en la carrera de uno de los deportistas más importantes de todos los tiempos.

Mientras Argentina busca su lugar en la siguiente ronda, el mundo espera. Espera un gol, espera un récord, espera otro momento para recordar.

Y cuando el árbitro marque el inicio del partido, la historia volverá a ponerse en marcha.

Apenas cinco minutos después, Argentina tiene la primera gran oportunidad de la tarde. Penal. El estadio contiene la respiración. Messi toma la pelota. Frente a él está el arquero austriaco -Alexander Schlager- y la posibilidad de romper el récord. Corre, remata… pero se va por el costado del palo izquierdo. El récord deberá esperar.

La búsqueda continúa. A los 18 minutos, el capitán vuelve a tener una ocasión clara, Austria resiste y la ansiedad comienza a crecer. Cada minuto que pasa aumenta la sensación de que la historia está cerca, aunque todavía se hace desear.

Y a los 31, llega una imagen difícil de creer. Messi deja atrás al arquero, queda frente al arco vacío y cuando todo parece listo para el festejo, un defensor austríaco aparece en el área y evita el gol. Todo el estadio se lleva las manos a la cabeza. El récord parece escaparse una vez más. Pero los grandes momentos no desaparecen. Solo esperan su instante.

Es entonces, que siete minutos después, Argentina vuelve a atacar. La pelota llega a Messi dentro del área a través de una jugada típica que siempre protagonizó el 10 argentino a lo largo de su carrera. La redonda inicia en los pies del hombre del Inter de Miami en la mitad de la cancha y envía un pase para Thiago Almada que encara hacia el arco rival. Como en sus inicios en Vélez Sársfield, el Guayo conduce con su pierna derecha y pasa a tres cuartos de cancha. A su izquierda, escala rápidamente Facundo Medina que se prepara para tirar el centro al área y poder abrir el marcador del partido. Al recibir el pase, el futbolista del Olympique de Marsella y que de chico juntaba cartones en Villa Fiorito para poder vivir, envia un centro preciso a la “medialuna del área” que pasa entre las piernas de Almada y le cae servida a él, al Mesías. 

Como en sus épocas como jugador del Barcelona, tras un pase atrás de Jordi Alba, Messi no duda, patea. Esta vez no hay rebote salvador, ni arquero que lo impida. El remate termina en el fondo de la red y el estadio explota. Sus compañeros corren a abrazarlo. El mundo entero se pone de pie. Ya no es solamente un gol. Es el gol que convierte a Lionel Messi en el máximo goleador de la historia de los Mundiales.

La celebración recorre las tribunas, los bancos de suplentes y millones de pantallas alrededor del planeta. Una vez más, el capitán argentino encuentra la manera de escribir su nombre donde nadie lo había hecho antes.

Pero la historia todavía guarda un último capítulo. Cuando el partido parecía terminado y el reloj marca los 95 minutos, Messi vuelve a aparecer. Una nueva jugada. Una nueva definición. Dos goles. Dos momentos para la historia. Y quizá, lo más curioso, es la fecha del encuentro: 22 de junio. 

Uno de los pocos días del calendario en los que Messi nunca había convertido a lo largo de toda su carrera como profesional. Después de cientos de partidos y de goles, el capitán argentino terminó conquistando también ese rincón que aún permanecía vacío.

Entonces la memoria viaja inevitablemente cuarenta años atrás. También era 22 de junio. También era un Mundial. También era una tarde, pero con una hora de diferencia en el inicio del partido, que quedará para siempre en la historia del fútbol argentino.

En 1986, un tal Diego Armando Maradona marcaba ante Inglaterra dos de los goles más famosos de todos los tiempos: la Mano de Dios y el Gol del Siglo. Detrás de ellos, existe una connotación sentimental y política para Argentina, ya que no fue solo un partido que le permitió al combinado de Bilardo avanzar a las semifinales de un Mundial, sino que jugaban por la memoria de unos pibes que dieron la vida por la patria en la Guerra de Malvinas en 1982. 

El primer gol del Diego refleja una especie de revancha social y de una manera inédita, con la mano. Decían que era trampa, que no valía, pero aquella trampa fue a un país que hizo trampa invadiendo nuestro territorio y que cuatro años antes había hecho trampa cometiendo un crimen de guerra hundiendo el Ara General Belgrano. 

Y qué sabio fue el destino, que un villero de un metro 65 se encargó de vengarse de la manera más sana posible. Les devolvió lo que es ser engañado con una trapa que no mata. En un deporte que se juega con los pies, el gol lo hizo con la mano. Para que cinco minutos después, realice el mejor gol de todos los tiempos en los Mundiales, se convierta en un héroe para todos los argentinos y que, por un momento, permitió que la justicia se disfrace de picardía.

“El revivió el esfuerzo que hicimos cada uno”, confesó un Veterano de Malvinas sobre aquel partido.

Dos jugadas eternas que ayudaron a construir una de las páginas más recordadas de los Mundiales y que gracias a ese momento, todos los 22 de junio se conmemora el Día del Futbolista Argentino.

Hoy, cuatro décadas después, otro argentino vuelve a firmar un doblete inolvidable en la misma fecha. 

Distintas generaciones. Distintos escenarios. Distintos protagonistas. Pero la misma sensación. La sensación de estar viendo historia.