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Renacer Albirrojo: la larga espera de Paraguay y el regreso de una ilusión

Por Blanca Duarte

Dieciséis años pueden parecer una eternidad. Alcanzan para que un chico termine la escuela, para que alguien empiece una carrera, consiga trabajo o forme una familia. En Paraguay también alcanzaron para que una generación entera creciera sin ver a su selección en una Copa del Mundo y para que la ilusión empezara a desgastarse. No todas las clasificaciones se viven de la misma manera: algunas confirman una costumbre; otras llegan después de tanto esperar que terminan significando mucho más que un simple pasaje. Después de más de una década mirando desde afuera, Paraguay volvió a sentirse parte de la fiesta más grande del fútbol.

Si hay una imagen que todavía sigue viva en la memoria de muchos paraguayos es la del penal que Óscar “Tacuara” Cardozo no pudo convertir ante España. Aquella tarde en Sudáfrica 2010, la Albirroja estuvo a un paso de meterse entre los cuatro mejores del mundo. Antes, había terminado primera en un grupo que compartía con Italia, Eslovaquia y Nueva Zelanda, y había eliminado a Japón en octavos de final. Fue la mejor actuación de Paraguay en una Copa del Mundo y, sin saberlo, también el inicio de una larga espera. Nadie imaginaba entonces que pasarían 16 años para volver a ver a la selección paraguaya en el escenario más importante del fútbol.

Al principio fue una decepción. Con el paso del tiempo, el verdadero golpe fue ver cómo la ausencia empezaba a convertirse en costumbre. Eliminatoria tras eliminatoria, la frustración empezó a ocupar el lugar de la ilusión. Los proyectos no prosperaban, los resultados no llegaban y la distancia entre la selección y los hinchas se hacía cada vez más evidente. Paraguay seguía pendiente de su selección, pero ya no con la misma esperanza de otros tiempos.

“Esa ausencia de resultados hizo la desconexión emocional que se generó durante varios años con nuestra selección”, explica Jessica Santacruz, exfutbolista de Olimpia y de la selección paraguaya. Con el paso del tiempo, el entusiasmo fue apagándose y el sentido de pertenencia comenzó a resquebrajarse. “Cuando empezábamos a ganar, empezábamos a tener el sentido de pertenencia con el equipo, el que es algo nuestro, algo propio. Paraguay, cuando logra eso, vuelve a unirse de una manera muy especial y única”, sostiene.

La llegada de Gustavo Alfaro encontró a Paraguay en uno de sus momentos más delicados. La eliminación en fase de grupos de la Copa América 2024 había vuelto a sembrar dudas sobre el presente del equipo y el futuro parecía incierto. Sin embargo, el entrenador argentino logró cambiar el rumbo sin modificar demasiado los nombres. Con una base de futbolistas que ya formaba parte del plantel, recuperó la competitividad y, sobre todo, devolvió la confianza.

Desde su lugar como periodista, Lorenzo Figueredo también fue testigo del desgaste que sufrió el vínculo entre la selección y los hinchas. “La gente ya no creía en la selección, acompañaba poco”, recuerda. Incluso, cuenta que en algunos partidos el plantel modificaba sus recorridos para evitar los silbidos antes de llegar al estadio. Pero el cambio fue tan repentino como inesperado. “Hasta antes de Alfaro, Paraguay estaba afuera y sin esperanza por cómo jugaba. Nos sorprendió a todos”, admite. Con la clasificación, ese escenario se transformó y el entusiasmo volvió a instalarse alrededor de la Albirroja.

Asimismo, Figueredo considera que este regreso se vive con más intensidad que el de Sudáfrica 2010. En aquel entonces, Paraguay llegaba a su cuarta Copa del Mundo consecutiva. Clasificar era motivo de orgullo, pero también algo habitual. Esta vez fue diferente. Después de años de frustraciones, muchos pensaban que la espera se extendería una vez más. Por eso, cuando finalmente llegó la clasificación, el festejo tuvo algo de alivio, de sorpresa y de recompensa.

Pero quizás la mejor forma de entender lo que significa este regreso sea escuchar a quienes nunca habían vivido algo parecido. La historia de Mirtha Ramírez da cuenta de eso: tenía apenas dos años cuando Paraguay disputó su último Mundial. Creció viendo Copas del Mundo sin la Albirroja y preguntando por qué su país nunca estaba ahí. “Mis familiares me decían que Paraguay hacía años que no lograba clasificar y que era triste no ver a tu país en un torneo tan grande”, recuerda.

A medida que fue creciendo, la posibilidad de volver empezó a parecer cada vez más lejana. Los resultados no ayudaban y la ilusión convivía con la desconfianza. “Pensaba que aún era muy lejano poder ir al Mundial, pero sí se pudo“, cuenta. Para ella, esta clasificación tiene un valor imposible de comparar con cualquier otra experiencia futbolera. “Será la primera vez que veré a mi país presente”, dice. Una frase simple que resume lo que sienten miles de jóvenes paraguayos que acompañaron a la selección durante años sin verla competir en la máxima cita del fútbol. 

Para Santacruz, esa emoción acumulada ayuda a explicar por qué este regreso se vive de una manera tan especial. “Tiene sufrimiento, lucha, decepción y llantos. Después de 16 años regresar no tiene precio“, asegura. También cree que este momento puede dejar una huella más profunda: volver a despertar sueños en los más chicos, impulsar el fútbol local y recordarles a los paraguayos que la selección todavía tiene la capacidad de unirlos.

Cuando Paraguay salga a la cancha para enfrentar a Alemania, habrá nervios, ansiedad y expectativas. Habrá un resultado, como ocurre en cada Mundial. Pero el verdadero significado de este regreso empezó a construirse mucho antes del pitazo inicial. Está en quienes esperaron desde el penal de Tacuara para volver a ilusionarse. En quienes crecieron preguntando por qué su selección nunca estaba en los Mundiales. En quienes dejaron de creer y volvieron a ponerse la camiseta.

Después de 16 años, Paraguay dejó de mirar desde afuera. Y, para muchos, eso ya es motivo suficiente para celebrar.

 

Una clase de sufrimiento

Por Diego Collado

El programa educativo hoy era distinto: se sufría, pero en conjunto. Noventa minutos de fútbol para englobar un acontecimiento que se paraliza cada cuatro años. Emoción, enojo y desesperación; tres sustantivos enlazados para describir la sintonía de lo que se venía.

El colegio es una de esas cosas que uno tiende a querer pasar rápido, superarla, ser adulto. El recuerdo que queda intacto es cuando te preguntan acerca de quéestabas haciendo cuando llegaba la época de Mundial en el colegio.

En el Instituto Superior Palomar de Caseros (El Shul, otra forma de llamarlo), ubicado en el partido de Tres de Febrero hoy no era un día más. No se seguía la rutina cotidiana, había otro ambiente. Se genera solo, no hace falta aclararlo, jugaba la Selección Argentina. Vaya si requiere una organización previa movilizar a todos los cursos al salón de los actos. El ruido daba contexto a la situación que se estaba por venir, prolijo y al pie de la letra, cada curso iba con su profesor y se ubicaba a lo largo y ancho para aprovechar todo el espacio.

Las estrofas del Himno Nacional Argentino sonaban entre aplausos y gritos tapando así el ruido ambiente que desprendían los parlantes. Camisetas celestes y blancas por donde sea que mires. Se acomodaron en el piso como pudieron, hombro con hombro, buscando el mejor ángulo hacia la pantalla gigante. El proyector parecía viejo. Con esfuerzo colgaba del techo, emitía el encuentro con una nitidez más que aceptable.

La dirección había cedido ante la fiebre mundialista: por las paredes caían hileras de guirnaldas hechas a mano, banderas argentinas y pañuelos que los más chicos agitaban como si estuvieran en la tribuna de un estadio. Sin embargo, la atención no era igual para todos. Mientras un grupo de alumnos vivía con nerviosismo y los puños apretados, algunos se encontraban en otra sintonía. Para muchos, el partido era la excusa perfecta para tomarlo como hora libre.

“A mí el fútbol no me va ni me viene, la verdad”, expresaba Salvador, de tercer año, mientras vigilaba de reojo su celular.

La prohibición del uso de celulares se convertía en un caso que no se estaba cumpliendo. Era una batalla perdida de antemano. Los chats de Whatsapp y TikTok eran protagonistas principales. La atención iba y venía en ráfagas cortas.

En el fondo, tres chicos de primer año, sentados en ronda con las piernas cruzadas, desplegaban pilones de figuritas. Intercambiaban con velocidad, aprovechaban la oscuridad para conseguir las restantes con el fin de completar el álbum.

Las mismas maestras que el día anterior ejercían orden en el aula, hoy caminaban entre las filas con la cara pintada con franjas celestes y blancas. Cada curso había recibido la consigna de llevar algo para compartir: los paquetes de papas fritas, bizcochitos de grasa y botellas de gaseosas iban de mano en mano.

La selección pisaba el área rival y los que de verdad miraban, hicieron un silencio abrupto. El sufrimiento escolar cambiaba de eje, ya no se trataba de aprobar. Se percibía cierta tensión. Iban apenas ocho minutos de juego cuando el árbitro señaló que había penal para Argentina. Los celulares dejaron de importar. Lionel Messi acomodó la pelota. Era la oportunidad de abrir el marcador temprano. Pero el fútbol tiene eso, así como te da alegrías, te las puede quitar. El remate se fue desviado y todo seguía igual.

El desmoronamiento fue generalizado. Todo lo que era festivo, se volvió denso. Verónica, una de las maestras de primaria y preceptora de secundaria me dijo al oído: “Estos chicos están acostumbrados a verlos ganar siempre, ya no se acuerdan lo que es sufrir como nos tocaba a nosotros”.

La cámara enfocó la tribuna y aparecieron dos figuras emblemáticas del deporte nacional: Emanuel Ginóbili y Mario Alberto Kempes. En ese preciso momento se hizo evidente la brecha generacional: la mayoría de los jóvenes miran con indiferencia. “¿Quiénes son?”, preguntó un alumno en voz alta. Fue perfecto para que Martín (tincho para la mayoría), el profesor de educación física, se diera vuelta a explicarle: “El de la izquierda es el mejor jugador de básquet de nuestra historia, y el otro nos dio el primer Mundial en el 78”. Por un instante, era una clase improvisada de deporte.

A los 38 minutos, Messi recibió e hizo su clásico movimiento y la clavó junto al palo. Todos saltaron del piso y el grito de gol explotó. En medio del caos del festejo, Alicia, maestra de geografía, arrojaba puñados de caramelos que caían sobre la multitud de alumnos, la recompensa de una dulce espera. La voz del relator, Pablo Giralt, trajo el dato de color que encendió de nuevo todo: con ese tanto, Messi se convertía en el máximo anotador en la historia de los mundiales al alcanzar los 17 goles.

En el segundo tiempo regresó el sufrimiento. Austria presionaba y la ventaja de un solo gol se sentía frágil. Fue en ese tramo donde emergió la figura de Emiliano “Dibu” Martínez que metió una de esas atajadas que lo caracterizan. Para esta nueva camada, el arquero es un superhéroe a la par de los delanteros: “Yo empecé a atajar por él”, decía Thiago, mostrando con orgullo sus guantes gastados.

El reloj avanzaba con una lentitud insoportable hasta llegar al minuto 94. El conjunto europeo volcado al ataque perdió la pelota, la contra argentina fue letal y Lionel, una vez más, selló el partido con un gol agónico. El 2-0 no solo significaba los tres puntos, sino asegurar matemáticamente la clasificación, en este formato, a los 16avos de final. Los gritos de desahogo taparon el timbre que anunciaba el final de la hora.

Los jóvenes se levantaban del suelo, sacudiéndose el polvo de las galletitas consumidas, tirando los paquetes vacíos y atesorando los últimos caramelos en los bolsillos como trofeos de una tarde que les quedará para el recuerdo. Profesoras y maestras recuperaron el tono docente para ordenar y guiar a la multitud de regreso a las aulas, donde los pizarrones todavía conservaban cuentas matemáticas sin terminar.

Observar a estos nenes (ya no tan nenes…) con los ojos fijos en el proyector, te hace entender que ver el Mundial en la escuela es uno de esos momentos donde el tiempo pareciera detenerse. Al mirar las aulas de fondo, comprendí que pocos se acuerdan de una clase cualquiera un martes de junio, pero todos, (o en su mayoría) guardarán en la memoria el lugar exacto en el que estaban cuando Messi clavó ese gol en el último minuto.

El fuego de Maseko

Por Nicolás Tracchia

Todo nació de un pase quirúrgico de Moremi, una asistencia por abajo que atravesó toda el área. Thapelo Maseko frenó la pelota con la zurda para perfilarse en un movimiento instantáneo, un recurso técnico impecable y típico de un extremo invertido que sabe enganchar hacia su perfil hábil. Sin dudar, sacó un bombazo potente al primer palo que dejó sin respuesta al arquero, quien nunca se esperó ese remate furioso. Su conquista contra Corea del Sur, aquel único tanto de Sudáfrica que hizo temblar el estadio de Monterrey, es hasta ahora una de las historias más emotivas que nos regala el Mundial 2026.

En ese instante en que la pelota infló la red, el atacante puso punto final a 662 días donde el destino parecía haberlo dejado en el olvido. Con solo 22 años, vivió en carne propia los altibajos del profesionalismo. Luego de debutar en la selección absoluta con apenas 19 y brillar en Mamelodi Sundowns, el equipo más grande de su país, una lesión inoportuna en los isquiotibiales lo frenó de golpe en su mejor momento. De estar en la cima, fue relegado a la reserva, lejos de los focos y de la gloria que apenas empezaba a saborear.

“Sentía que el fuego que llevaba dentro se estaba apagando. Seguía entrenando como si mi vida dependiera de ello, pero por dentro me sentía vacío”, confesaba el jugador en una entrevista para Prime Sport antes del Mundial, al recordar el peso de aquel tiempo de oscuridad. No fue un proceso que enfrentó en soledad: el apoyo incondicional de su familia y el acompañamiento de sesiones de terapia fueron los pilares fundamentales que le permitieron no bajar los brazos cuando el camino se cerraba y todo parecía perdido.

Ese período de sombra, donde su identidad se escurría entre los dedos en el anonimato de la espera, lo empujó a un exilio necesario en Chipre. Al llegar al AEL Limassol, se encontró con una liga mucho más física y exigente de lo que muchos creen, obligándolo a adoptar un programa específico para fortalecer sus zonas débiles y recuperar la confianza. Cada práctica fue un ejercicio de perseverancia para volver a ser aquel futbolista que deslumbraba, una pelea contra el desánimo que tuvo su punto final contra los coreanos. Tras el gol, no solo clasificó a su país a los dieciseisavos de final para enfrentar a Canadá, sino que cerró ese ciclo de angustia que arrancó el día que el cuerpo le dijo basta, recordándonos que la gloria no radica solo en los trofeos, sino en la entereza de seguir insistiendo cuando el mundo ya lo daba por terminado.

Haití quedó afuera del Mundial, sus madres siguen luchando por sobrevivir

Por Juan Pablo López

Cincuenta y dos años de espera. Un lapso casi tan extenso como los 54 años que le tomó a la NASA reanudar sus exploraciones sobre el suelo lunar. Esa fue la prolongación del tiempo que debió aguardar Haití para volver a disputar una Copa del Mundo, evocando aquel lejano 1974 cuando el gol de Emmanuel Sanon derribó el invicto del arquero italiano Dino Zoff. En 2026, el regreso de los Granaderos al torneo más importante del planeta se concretó, pero bajo un libreto sumamente paradójico: un XI titular compuesto por futbolistas nacidos, criados y formados a lo largo y ancho de Europa y Norteamérica luchó por defender en la cancha los colores de un país en el que, en muchos casos, jamás habían estado.

Mientras esta selección de la diáspora representaba el orgullo de una nación frente a potencias como Brasil, Marruecos y Escocia, las fronteras reales del territorio haitiano continuaban expulsando a sus ciudadanos. Según datos publicados por las Naciones Unidas, los grupos armados controlan actualmente más del 80% de Puerto Príncipe, sumiendo a la capital en una situación de excepción cotidiana que ha desarticulado la vida civil y el acceso a la salud básica. Frente a este colapso, más de 535.000 haitianos, que representan cerca del 70% de los extranjeros residentes en la República Dominicana según datos de Naciones Unidas, optan por vivir en la clandestinidad. Es allí, fuera de los estadios, donde se libra la verdadera batalla por la supervivencia: la de las madres haitianas que intentan dar a luz en el exilio.

Quizás uno de los sectores más críticos que hoy demuestra la severidad de la crisis migratoria es el sanitario. Porque de acuerdo con datos de Riess (Archivo de Información y Estadísticas del Servicio Nacional de Salud), los nacimientos de mujeres haitianas en hospitales públicos dominicanos disminuyeron aproximadamente un 60% en el último periodo. El Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) señala que este descenso responde al temor generalizado a las deportaciones masivas impulsadas por el gobierno dominicano de Luis Abinader. Ante el temor a los operativos migratorios, una cantidad indeterminada de mujeres embarazadas prefiere dar a luz de forma secreta en lugares de condiciones de salubridad básicas.

El director del SJM, el padre Germain Clerveau, ha denunciado que esta falta de atención médica profesional en partos asistidos por familiares o parteras improvisadas ha provocado el fallecimiento de madres y recién nacidos debido a infecciones y hemorragias. Existe una marcada cifra negra en estos registros, ya que las muertes nunca se denuncian por temor a represalias migratorias. También, el SJM recogió testimonios de mujeres embarazadas detenidas por las fuerzas de seguridad, dentro de los centros de asistencia o inmediatamente después de recibir el alta médica, y expulsadas de forma exprés sin posibilidad de solicitar visados de residencia. Ante este panorama, monseñor Pierre-André Dumas, en nombre de la Conferencia Episcopal, ha recordado que si bien la República Dominicana es libre de gestionar sus fronteras, «las soberanías nacionales no pueden eludir la dignidad humana y negar el derecho al acceso a la asistencia sanitaria pública de urgencia». 

Este profundo cisma social explica, precisamente, el carácter de la selección dirigida por Sébastien Migné  La convocatoria se componía de jugadores formados en el exilio que optaron por vestir los colores de las raíces de sus padres y reúne trayectorias diversas: desde figuras nacidas en Francia como Jean-Ricner Bellegarde (mediocampista del Wolverhampton de la Premier League) o Duckens Nazon, hasta el arquero suplente Josué Duverger, formado en Canadá, y el defensor Duke Lacroix, proveniente de los Estados Unidos. En contraposición, los pocos futbolistas formados localmente, como el defensor Woodensky Pierre, moldearon su carrera en Cité Soleil, uno de los barrios más peligrosos de la isla, donde el fútbol opera estrictamente como un mecanismo de supervivencia.

Incluso la indumentaria oficial del equipo se transformó en un terreno de disputa geopolítica y de identidad. Para este torneo, la FIFA obligó a la Federación Haitiana de Fútbol a modificar su camiseta de juego, confeccionada por la marca colombiana Saeta. El organismo rector consideró que el diseño original violaba sus reglas de equipamiento al incluir un homenaje visual a la Batalla de Vertières de 1803, el enfrentamiento histórico donde las tropas haitianas derrotaron al ejército napoleónico para declarar su independencia en 1804. Aunque la federación aclaró que se trataba de un tributo a la resiliencia del pueblo, la FIFA se mantuvo inflexible en su prohibición de exhibir símbolos de corte histórico revolucionario.

La razón por la cual esta diáspora poblacional hoy en día nutre al equipo de fútbol radica en las cicatrices políticas que dejó el siglo pasado, donde el quiebre institucional moderno se profundizó durante el régimen de Jean-Claude Duvalier (1971-1986). Su gestión estuvo signada por la malversación de fondos públicos y crisis económicas severas, como la erradicación forzada de la población de cerdos criollos en 1982 a través del programa norteamericano PEPPADEP, medida que destruyó el sistema de ahorro de la economía campesina y provocó el primer gran éxodo transfronterizo. Esta corriente migratoria se consolidó tras el sangriento golpe de Estado militar que derrocó al presidente electo Jean-Bertrand Aristide en septiembre de 1991, sumergiendo al país en una espiral de violencia que aceleró de forma definitiva la huida de miles de familias hacia Norteamérica y el Caribe, consolidando las redes migratorias que décadas después permitirían a miles de descendientes haitianos formarse en academias extranjeras .

De la euforia reciente por la clasificación al Mundial y por la goleada a Nueva Zelanda en Miami poco o nada se recuerda tras la temprana eliminación del equipo en la cancha  El torneo generó una unificación temporal en la población, pero el contexto político impuso sus condiciones: los jugadores de la diáspora compitieron bajo estrictas excepciones gubernamentales en Estados Unidos, pero sus aficionados en la isla no pudieron viajar debido a las restricciones migratorias de la administración de Donald Trump. Con la competencia terminada, el proyecto deportivo haitiano concluye bajo la premisa de su propia bandera, que afirma que “la unión hace la fuerza”, pero cuyo presente describe a un pueblo fragmentado. Haití se despide del Mundial con futbolistas nacidos lejos de su tierra, mientras en las sombras del exilio, sus madres siguen jugando el partido más difícil por legar un futuro a sus hijos desde el desarraigo.

El negocio y la modernidad juegan con la pelota

MUNDIAL-INFANTINO

Por Mateo Mekler

Para un partido de fútbol todo lo que se necesita son 22 jugadores, dos arcos, un árbitro y la hinchada. Es un juego sencillo, donde la pelota, los futbolistas y el reloj son los gobernadores, pero parece que para muchos no. Una de las cosas que se ven en este Mundial es que los partidos se dividen en cuatro tiempos por la implementación del “cooling break” para, supuestamente, rehidratar a los protagonistas.

La Federación Internacional de Fútbol Asociación (FIFA) decidió implementar la pausa de hidratación a los 22 minutos de juego en cada tiempo, para que los futbolistas puedan tomar agua o alguna bebida energética durante tres minutos. Se presenta como una idea para evitar las altas temperaturas y cuidar el estado físico de los jugadores, mientras que el espectador ubicado frente al televisor se ve obligado a presenciar durante ese lapso anuncios constantes, lo que deja al descubierto una mayor preocupación por los negocios que por los protagonistas del evento, los cuales pierden completamente la sintonía del encuentro y los saca de partido. “No me gustan. Estuve viendo casi todos los partidos y van siempre a los comerciales”, palabras de Virgil Van Dijk, capitán de Países Bajos.

En cada partido, independientemente de dónde se juegue, si hay techo o no, habrá una pausa de hidratación de tres minutos. ”Serán tres minutos desde el pitido inicial hasta el final de cada tiempo”, declaró Manolo Zubiria, director de Torneos de Estados Unidos para este Mundial.

El medio de información financiera Workweek reveló que las pausas de hidratación darán 624 minutos extras de pausa publicitaria, y si se consideran ocho anuncios en promedio por cada espacio publicitario, los canales tendrán 1.664 nuevos lugares para presentar los anuncios. Se estima que las recaudaciones podrían dejar una ganancia cercana a los 500 millones de dólares.

A esto se le puede agregar las situaciones que ocurrieron en las conferencias de prensa, las cuales según lo establecido por la FIFA, debían ser estrictamente en inglés y no podrían realizarse preguntas en ningún otro idioma. La mayor problemática ocurrió con Achraf Hakimi: el capitán de Marruecos, que nació y se crió en España, recibió una pregunta del periodista Rodrigo Ornelas en español, a lo que el moderador de la asociación internacional de esa conferencia intervino y, a pesar de la buena voluntad del jugador de responder igualmente en inglés, no dejó que reciba una respuesta. Actualmente, esa regla se modificó por las polémicas que se generaron y ahora se permitirá que se formulen preguntas en este idioma y en el que hablan los países que están enfrentándose.

El juego se ve afectado cada vez más por las interrupciones y los intereses externos que condicionan al romance que lo caracteriza: la simpleza. Y en medio del ruido, la pelota espera volver a ser algún día la protagonista de su propia historia.

El grito de gol más poético de Messi

Por Julieta Landriel

Pocas veces se lo vio a Lionel Messi gritar un gol de la manera en que lo hizo al minuto 95 contra Austria. Su segundo tanto del partido, quinto del torneo, y decimoctavo en Mundiales. La escena explotó desde que remató con zurda después del pase de Paredes y salió a correr como un nene. Uno de 38 años que en dos días cumpliría 39 y jugó desde el arranque con la intensidad que ameritaba. Se cayó al piso, vio cómo la pelota entraba y en el festejo largó pasión, bronca y cansancio. Un gol poético por el simple hecho de ser suyo, coronado con descarga emocional. 

El estadio estalló. En la tribuna vive su carrera: los hinchas no dejaron ni una de sus camisetas sin usar en el estadio. La “19” del Mundial 2006, en el que Diego Armando Maradona festejó desde el palco su debut y primer gol en Mundiales con la Selección (un 16 de junio en Alemania). Seguro que él hasta lo ponía de titular. La del Barcelona, no puede faltar. La del PSG, aunque no fue su etapa más feliz. Y esa rosa que muchos critican, pero lo revitalizó.

Fueron cinco los jugadores que defendían el arco cuando le pegó. Dos justo en la línea en la que rodó el balón. ¿Y el resto de los jugadores argentinos? Inmóviles. Desde la gambeta de Messi arrancada en el punto penal y jugada hacia la izquierda del área chica. Enzo Fernández amagó con acompañar, pero al verlo controlar prefirió quedarse mirando. Como un hincha más. Atrás, Leandro Paredes. El instante previo tenía que estar concentrado por si había otro rebote y a la vez casi saltaba de los nervios. Y Julián Alvarez, el mismo que a los 11 años había nombrado a Messi como su ídolo y al Mundial como su sueño.

El cronista Joaquín Bruno será envidiado. Fue el primero al que miró el ahora máximo anotador en solitario en la historia de esta competencia para gritarlo y chocarle las manos. Qué lujo. El número 10 que logra erizar la piel de todo un país (y del mundo del fútbol). Y de tal resiliencia que, después de errar un penal en el inicio, concluye coloreando la página en un abrazo de más de veinte personas en el campo de juego.

La pelota lo hizo campeón, su humildad lo hará eterno

Por Abigail Quiroz y Iara Montes Pérez

N’Golo Kanté, crecido en un barrio humilde de las afueras de París, fue criado en medio de una familia de inmigrantes originarios de Mali. Tras una infancia llena de golpes y con la muerte de su papá a los 11 años, pasó de recoger basura a convertirse en uno de los jugadores más reconocidos: campeón del mundo con Francia en 2018, figura de Chelsea y campeón de la Champions League en 2021.

A diferencia de muchas estrellas, Kanté no fue considerado promesa desde pequeño. Era bajito y físicamente débil para los estándares del fútbol profesional. El deporte le abrió una puerta pero nada fue sencillo para él, los rechazos llegaron antes que los aplausos. Mientras otros jugadores de su edad estaban en grandes equipos, él jugaba en categorías inferiores de Francia, incluso llamaba la atención su peculiar manera de llegar a los entrenamientos en monopatín, ya que no contaba con un vehículo para movilizarse.

Hasta que llegaría el Mundial Rusia 2018, donde sería un antes y un después en su vida. Aquel muchacho, reservado, se convirtió en una pieza fundamental de la selección francesa que conquistó el mundo. Mientras millones de personas celebraron la consagración de Francia, Kanté sonreía tímidamente detrás de la copa más deseada del mundo. Como si aún le costará entender que ese sueño imposible se había vuelto realidad.

Pero lo más extraordinario no fue el título, lo verdaderamente increíble fue que nada lo cambió. Ni la fama, ni los contratos millonarios y mucho menos las copas ganadas lograron borrar la esencia de aquel chico que aprendió a valorar cada oportunidad que le brindó la vida. Mientras otros se dejaban seducir por los lujos, el mediocampista siguió siendo el mismo hombre sencillo, amable y respetuoso que no se dejó caer por las batallas vividas porque primero había conquistado a sus compañeros y luego al mundo entero.

Hoy ese hombre, quien saluda desde la primera persona a la última que se encuentra en cada partido, o quien se queda a ayudar a los utileros después de un entrenamiento mientras que sus compañeros vuelven al vestuario, conserva intacta la esencia de aquel niño que soñaba en silencio, recordando al mundo que la humildad puede ser eterna.

Porque algunos futbolistas son recordados por los trofeos que ganan. Otros, por los goles que convierten. Kanté será recordado todavía por algo más difícil: demostrar que se puede llegar a la cima sin perder los valores en el camino.

En un deporte donde el brillo suele estar en los reflectores, él eligió brillar desde la sencillez. Porque levantó la Copa del Mundo, pero nunca dejó de tener los pies sobre la tierra. Al final el mayor triunfo de Kanté no fue ser campeón del mundo. Fue seguir siendo él mismo.

La FIFA se vende al mejor postor

Por Nazareno López

El Mundial 2030 tiene varios tintes históricos, no solo por el factor de ser el centenario de la primera Copa del Mundo, sino también por la cantidad de anfitriones que tendrá el certamen: seis países serán las sedes del torneo: España, Portugal y Marruecos albergarán casi en su totalidad el campeonato, mientras que Argentina, Uruguay y Paraguay tendrán un partido cada uno. Aún no se sabe si contará con 64 selecciones como quiere la CONMEBOL, para que los tres sudamericanos puedan disputar su grupo en su respectivo país, o si la FIFA mantendrá los 48 actuales.

La decisión del ente presidido por Gianni Infantino de contar con seis sedes diferentes fue criticada por hinchas, dirigentes y periodistas. Las distancias entre países como principal factor y cómo esto podría afectar al rendimiento de los jugadores. También recibió críticas Alejandro Domínguez, presidente de la CONMEBOL, por no sostener la candidatura sudamericana (Argentina, Uruguay, Paraguay y Chile) y conformarse con solo tres partidos. Pero el principal problema y trasfondo que cuenta este mundial no es alguno de los ítems antes mencionados, sino el porqué de tantos países. Y ese porqué tiene nombre y apellido: Arabia Saudita.

A fines del año 2024, la FIFA estaba intentando vender sin éxito los derechos televisivos del Mundial de Clubes 2025. Ninguna empresa estaba dispuesta a pagar los 1.000 millones de dólares que pedía Infantino. Sin embargo, el 4 de diciembre llegó la salvación: DAZN.

El medio británico adquirió los derechos globales del certamen luego de pagar el monto que había pedido la FIFA, en un movimiento que llamó la atención por el difícil momento que atravesaba la cadena, ya que contaba con pérdidas anuales de más de 1.000 millones de dólares y 7.300 millones desde el año 2019. Pero las dudas se despejaron en febrero del 2025, dos meses después de la firma de DAZN con la FIFA. El PIF (Fondo de Inversión Pública) es un fondo soberano de origen saudí que busca diversificar la economía de Arabia Saudita y mejorar la imagen del país, y que a través de su rama deportiva SURJ Sports Investment, se convirtió en accionista minoritario de la compañía británica inyectando 1.000 millones de dólares.

Según The New York Times, el PIF buscaba negociar con la FIFA los derechos televisivos del Mundial de Clubes y para poder meter en esa negociación la obtención de la sede del Mundial 2034.

¿Pero cuál es la relación entre las multisedes del 2030 y la negociación entre el PIF e Infantino? 

La FIFA establece un criterio de rotación continental para la elección de las sedes. Este factor no permite que una confederación sea candidata si esta fue sede en una de las ediciones anteriores, por este motivo, el Mundial 2034 tendría que ser en la AFC (Asia) o en OFC (Oceanía) sí o sí, porque lo precede el del 2030 que se habrá jugado en tres asociaciones distintas: UEFA por España y Portugal, de la CAF por Marruecos y de CONMEBOL por Argentina, Uruguay y Paraguay. También influye la actual Copa del Mundo 2026 que se celebrará en Estados Unidos, Canadá y México (CONCACAF). Por eso no fue casualidad que el 11 de diciembre del 2024, tan solo 7 días después de que saliera a la luz la venta de los derechos a DAZN, el Congreso Extraordinario de la FIFA anunció los partidos inaugurales del Mundial 2030 en Sudamérica y la confirmación de que la Copa del Mundo 2034 se celebrará en el país saudí.

Qatar 2022 fue el primer mundial en Oriente Medio y el de Arabia Saudita 2034 habrá sido el segundo en dicho territorio, y todo indica que no serán los últimos en estas tierras.

Partido a partido en donde no los hay

Por Matías Cuesta

Es miércoles 17 de junio. Ayer Argentina le ganó 3 a 0 a Argelia por la primera fecha de la fase de grupos del Mundial de Estados Unidos, México y Canadá 2026. Los goles los hizo un solo jugador: Lionel Messi. Hat-trick. Igualó a Miroslav Klose como máximo goleador de la Copa del Mundo. Una exhibición del diez argentino, que parece que no le pasa el tiempo.

Kansas City ya está vacía, son las diez de la mañana y no camina un alma por la calle. La pasión de los argentinos se fue de la ciudad, que parece desierta, algo raro para sus 508.090 habitantes en el área metropolitana. Se ven autos, pero no gente deambulando. “Hoy en día, casi todo el mundo trabaja desde su casa”, dice la cajera del café de turno.

Comienza el viaje a Dallas, donde Argentina tiene dos partidos, faltan seis días para enfrentar a Austria. De camino está Joplin. La última ciudad que atraviesa la Ruta 66 en el estado de Missouri tiene alrededor de 51.000 habitantes.

El primer tramo de la ruta en el estado de Kansas pasa por Galena, que sirvió como inspiración para la famosa película de autos: Cars. Idéntico a “Radiador Springs” -pueblo ficticio de la película- en casi todo sentido: corto, no hay gente por las calles, un solo local abierto y hasta una grúa oxidada, de donde sale el personaje “Mate”. Además, lo ambientaron con personajes, algo que obliga a los turistas a parar.

Siguiendo por la 66, se encuentra Miami, pero no la de Florida. Que, aunque la selección no juegue ahí, sigue lleno de argentinos. La ciudad está en el estado de Oklahoma, tiene una población de 13.000 habitantes y hasta un aeropuerto. Pero sus calles están vacías. A un nivel casi apocalíptico. Un solo café abierto.

En la ciudad de Tulsa no cambia nada por la tarde. Muchos más comercios abiertos; hay más de 400.000 personas en el centro, pero sin personas en los parques ni caminando en las calles. Solo autos estacionados, las cuadras llenas, ni un lugar para dejar el auto. Por la noche hay más movimiento, bares con mesas ocupadas para ver béisbol, no Colombia-Uzbekistán.

Al día siguiente, la Ruta 66 condujo a Stroud: un pueblo de menos de 3.000 habitantes. Si Miami era apocalíptica, Stroud es desértica. Una estación de servicio y una especie de kiosco, con bebidas, golosinas y cartas coleccionables de la NBL, NFL y la NBA. Hay una que sobresale, no por el nombre de Jim Thorpe, sino por el valor: no tenía. Encuadrada en la pared del mostrador donde exhibe las más costosas. “Es el orgullo de Stroud”.

Homenaje a Jim Thorpe en las calles de Stroud

Jim Thorpe fue uno de los deportistas más extraordinarios de la historia por su capacidad de sobresalir en múltiples disciplinas. Practicó atletismo, fútbol americano, béisbol y básquet a nivel profesional. En los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912 ganó las medallas de oro en pentatlón y decatlón; demostró una versatilidad excepcional. En el fútbol americano profesional también se destacó. Fue el primer presidente de la NFL en 1920 mientras jugaba para los Canton Bulldogs de Ohio. Su legado lo convirtió en un símbolo del deporte mundial y en uno de los atletas más completos.

A una hora en auto se encuentra la ciudad de Oklahoma, es tan bonita que te hace olvidar de lo anterior. La soledad de las veredas, los comercios cerrados, edificios abandonados. Todo eso se acaba cuando una ciudad sabe vivir el deporte. Es la casa de los Oklahoma City Thunder, equipo campeón de la NBA en 2025 y finalista de conferencia oeste en 2026.

En el centro de la ciudad hay alrededor de 700.000 habitantes. Al estar en Oklahoma, es muy normal ver personas armadas en las calles. Es uno de los estados más permisivos respecto a la portación. Con 21 años tenés la posibilidad de comprar cualquier arma de fuego sin permiso alguno. También para los alquileres, con solo tu registro de conducir argentino y $60 dólares, podés disparar 30 veces una Glock 9 milímetros semiautomática. Por eso la mayoría de comercios, sean gastronómicos, de entretenimiento o de venta al público, suelen tener un letrero en la puerta prohibiendo el ingreso de armas de fuego.

Viernes 19 de junio, faltan 2 días para que Argentina enfrente a Austria. En Estados Unidos es el Día de la Emancipación. Es un feriado federal que conmemora el fin de la esclavitud en Estados Unidos. Concretamente, recuerda el día de 1865 en que los últimos afroamericanos esclavizados en Galveston, Texas, se enteraron de su libertad. Al ser un día festivo oficial, las oficinas de gobierno, los bancos y el servicio postal cierran sus puertas mientras el país celebra la cultura e historia afroamericana.

Pero el deporte no frena, los Comets, equipo de béisbol de Oklahoma, reciben a los Sacramento River Cats. Los locales vencen 7 a 3 en diez entradas con un 4-0 en la novena y terminan la fiesta con un show de fuegos artificiales conmemorando en familia el Día de la Emancipación.

Ya sábado, Dallas parece Núñez, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, un día de partido por eliminatorias sudamericanas. Por cuadra hay 4 o 5 argentinos de paseo, que recorren el centro de la ciudad. Ubicada en el estado de Texas, que tiene alrededor de 1,3 millones de habitantes, y que el 41% es de origen hispano o latino. Igual, mires para donde mires, hay una remera de Argentina, pocas de Austria.

Caminar por esta ciudad es recorrer un lugar marcado para siempre por la historia. En la Dealey Plaza resulta imposible no imaginar la caravana presidencial avanzando aquel 22 de noviembre de 1963. Está el antiguo depósito de libros desde donde se realizaron los disparos. Sigue siendo uno de los puntos más visitados de la ciudad. El silencio de muchos turistas contrasta con el ambiente mundialista que generan las camisetas de fútbol. Más de seis décadas después, el asesinato de John F. Kennedy es un acontecimiento que conmueve a quien visita Dallas.

Es domingo, y en el Klyde Warren Park los hinchas argentinos organizaron un banderazo para las 15, pero desde las 12 ya se vive la previa del Argentina-Austria. La plaza que está sobre la autopista 366 se transforma en la fiesta más popular de Dallas. Los simpatizantes de la selección no paran de llegar. Copan, a puro bombo y redoblante, un cántico constante que extienden hasta las 20, cuando empieza a bajar el sol.

Es lunes 22 de junio, Argentina le gana 2 a 0 a Austria por la segunda fecha de la fase de grupos de la Copa del Mundo. Lionel Messi fue el autor de ambos y se convirtió en el máximo goleador en la historia de la competición con 18 tantos en 28 encuentros. Otra exhibición del diez argentino; tiene 39, los cumplió este miércoles 24 de junio.

“La Desgracia de Gijón”: el día que Austria arregló con Alemania y eliminó a Argelia del Mundial

Por Juan Franco Gomez Sacks

Es viernes 25 de junio de 1982. En El Molinón, ubicado en Gijón, España, país en el que se desarrolla la Copa del Mundo, se enfrentan Austria y Alemania Federal por la tercera jornada de la fase de grupos. Es uno de los partidos más trascendentales que albergará esta ciudad en el certamen. De un lado, los bicampeones (1954 y 1974), que están obligados a la victoria para avanzar de instancia. Del otro, el Das Team, que llega como único líder del grupo 2 y que arrastra un buen desempeño de la edición disputada en Argentina, en la que compitió hasta la segunda ronda y derrotó, aunque sin chances de clasificar, a su ahora rival. 

Argelia, gran sorpresa de la zona, cumplió con su deber y superó 3-2 a Chile el jueves. Suma cuatro unidades, ya que en su estreno -es su primera participación- venció por la mínima nada más y nada menos que a los alemanes. Aunque cayó con Austria en el segundo compromiso, su triunfo ante el elenco sudamericano lo dejó bien parado como para seguir el camino. Una igualdad, una victoria del combinado de la dupla técnica Latzke-Schmidt o una goleada de Las Águilas por tres tantos o más, le otorgará el pase. En las gradas de la cancha de Sporting, se mezclan españoles, alemanes y austríacos, pero también hay algunos sectores ocupados por fanáticos de Los Zorros del Desierto, atentos y a la espera de un resultado favorable.

40.000 espectadores, cuando el reloj marca las 17.15, presencian el inicio del compromiso. Hay una incertidumbre que merodea por cada rincón del recinto. ¿Será Austria capaz de eliminar a esta potencia en primera fase por primera vez en la historia? Lo cierto es que el equipo que viste de blanco se hace dueño del primer tramo del encuentro. Y tiene las figuras necesarias como para hacerlo los 90 minutos. Harald Schumacher, en el arco, Paul Breitner, en el mediocampo, y el capitán, Karl-Heinz Rummenigge, en el ataque, son algunos de sus estandartes.  

Con el muslo derecho, el delantero Horst Hrubesch envía al fondo de la red un centro de Pierre Littbarski. Con ese grito, Alemania Federal hace los méritos necesarios para ser líder del grupo y avanzar de fase en tan solo diez minutos. Es un resultado con el que ambos pican su boleto a la próxima ronda. Enseguida, el arquero austriaco Friedrich Koncilia le tapa un mano a mano clarísimo a Wolfgang Dremmler. Todo parece indicar que los dirigidos por Juper Derwall no tendrán piedad y ratificarán su candidatura al trono. 

Robert Seeger, relator austríaco y a cargo de una transmisión en vivo para su país, contaría tiempo después: “Conduje desde Madrid hasta Gijón con la ilusión de ver cómo Austria eliminaba a Alemania”. La confianza en ese equipo era muy grande y la ilusión por dejar en camino a un gigante en la primera instancia estaba latente. “Al principio estaba asustado por si nos metían tres”, agregó, ya haciendo referencia al inicio del partido, con un escenario completamente diferente al que deseaba en la previa.

Desde que el compromiso tocó los 30 minutos, no pasa mucho. Alemania Federal ha bajado su intensidad del arranque. Merece ganar por más, pero no puede sostener ese buen nível con el que apabullaba a su rival. Austria parece desordenada y agotada. Ha pisado el área contraria muy pocas veces y no ha generado remates claros al arco que defiende Schumacher. Se podría decir que se entró en un bache. Lo más destacado es una dura entrada de Dremmler sobre Prohaska, pero poco más. Y, ahora que el árbitro marca el final del primer tiempo, el público empieza a mostrar su disconformidad: ambos equipos se retiran hacia los vestuarios con una cortina de silbidos que se había empezado a originar con un toqueteo del equipo rojo detrás de mitad de cancha.

Los jugadores regresan al verde césped de Asturias para el segundo tiempo. Saben que los fanáticos no aguantarán un desempeño como el de los últimos minutos. Pero poco parece importarles. Ambas selecciones apenas avanzan. Prefieren pasar la pelota de un lado al otro. Sólo hay remates -o mejor dicho intentos- al arco. Todos se van muy elevados, como un tiro libre exageradamente sin fuerza por parte de Rummenigge. Si hubiese que hacer un compilado de las jugadas más peligrosas, este no debería incluir más que algunos pelotazos para avanzar metros o duelos aislados por la posesión del balón. Poco más. Los primeros momentos de este encuentro pertenecen a un partido aparte. Hace rato que dejó de jugarse al fútbol.

Algunas décadas después, Walter Schachner, un rebelde extremo austríaco que no respetaba lo que acontecía y que intentaba ingresar con el balón en el área alemana, citó unas palabras que le había dicho el defensor alemán Hans-Peter Briegel: “Pero hombre, no corras tanto”. Luego de su pretensión por buscar la igualdad, sus compañeros decidieron no pasarle la pelota. No querían echar a perder el plan. Además, fue uno de los dos amonestados de aquella tarde. 

“Vemos que muchas personas están abandonando el terreno de juego”, comenta la televisación española, que muestra su claro disgusto con este segundo tiempo. Con el marcador sin moverse más que por los minutos, se comienzan a ver algunos disturbios en las tribunas. En el córner izquierdo del arco que defiende Austria, hay un pasillo por el que suben efectivos policiales. Es que, ante lo que contemplan, algunos espectadores intentan meterse dentro del campo de juego. “Ya ven, ya ven”, se descarga el relator contra Breitner, el número 3 del conjunto triunfante, cuando no puede controlar una pelota en la medialuna adversaria. “Estamos en el último minuto del aburrimiento”, avisa el comentarista cuando se acerca el pitazo final.

El escocés Bob Valentine determina el final y Alemania celebra su victoria, pero los jugadores de Austria levantan los brazos porque también lograron el objetivo: clasificar a la próxima ronda. El estadio se deshace en chiflidos por parte de un público que se dedicó a cantar en contra de ambos equipos. “¡Fuera, fuera!”, “¡Argelia, Argelia, Argelia!” y “¡Que se besen, que se besen!”, fueron algunas de las letras elegidas. El complemento no fue más que un entrenamiento para dejar el tiempo pasar. Argelia finalizó en el tercer escalón, con la misma cantidad de puntos que los otros dos países por diferencia de gol, pero no pudo seguir en competencia en su primera Copa del Mundo, a pocos días de cumplir los 20 años de su independencia de la colonización francesa, lo que hubiese significado una enorme alegría para esa tierra. ¿Se acuerdan que hablábamos de Robert Seeger? Bueno, a cargo de la emisión en la TV pública austríaca, recomendó ¡apagar la televisión! Eberhard Stanjek, narrador alemán, dejó de relatar el compromiso en señal de repudio. 

El hecho tomó repercusión inmediata. El periódico El Comercio, de Gijón, decidió incluir el partido en dos de sus secciones: Sucesos, en la que había mayoría de noticias de robos, y, lógicamente, Deportes. “Unas cuarenta mil personas, presuntamente estafadas en El Molinón por 26 súbditos alemanes y austríacos” y “Timo a 40.000 espectadores”, respectivamente, fueron los títulos. El ABC español tampoco se quedó atrás y publicó: “Vergonzoso vals austro-húngaro en El Molinón, en perjuicio de Argelia”.

En 2007, Briegel, futbolista alemán, confesó que ese partido había sido arreglado entre ambos conjuntos: “Tomamos la decisión entre todos, ellos y nosotros, de no esforzarnos demasiado en el partido contra Austria”. Si bien la actuación dentro de El Molinón resultó más que evidente, lo cierto es que nunca se había podido comprobar. De hecho, la FIFA, ante el reclamo de Argelia, no pudo tomar ninguna represalia. Se trataba de un vacío legal. “Sólo me puedo disculpar ante los argelinos porque habían merecido clasificarse para la segunda fase”, finalizó el defensor. “Ver a dos grandes potencias rebajándose para eliminarnos fue un homenaje a Argelia. Ellos avanzaron con deshonor, nosotros nos fuimos con la frente en alto”, destacó el defensor Chaâbane Merzekane, integrante del plantel africano, mostrando más orgullo que rencor. 

Este partido marcó un antes y un después en la historia de los Mundiales y se catalogó como “La Desgracia de Gijón”. Fue tanta la disconformidad que la FIFA tuvo que modificar la regla. Para la edición de México 1986, todos los partidos definitorios de la fase de grupos se disputarían en el mismo día y horario, con el fin de evitar arreglos entre selecciones y perjudicar el espectáculo futbolístico. Desde este miércoles 24 de junio, en una nueva edición del máximo torneo a nivel países, se está desarrollando la tercera fecha de la primera fase, con los compromisos de cada zona a la par. Es decir, el cambio se mantiene. Algo que a Argelia le hubiese servido -y mucho- en 1982. Pero todos conocemos este famoso refrán: “El fútbol siempre da revancha”. El próximo sábado 27, el combinado africano enfrentará a Austria en Kansas, desde las 23, con un objetivo claro: vengar el amaño entre los europeos que les impidió avanzar de fase por primera vez. Quien triunfe, obtendrá la clasificación directa como escolta de Argentina. Es un cruce que se disputará en el césped estadounidense, pero que se viene jugando en cada imaginación de los habitantes argelinos desde hace 44 años.