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Los hermanos caboverdianos que enfrentará Argentina

Por Casandra Lacabe

Los hermanos, Laros y Deroy Duarte, nacieron en Países Bajos pero decidieron representar a Cabo Verde por sus raíces familiares. Ambos nacieron, se criaron y dieron sus primeros pasos futbolísticamente en Róterdam antes de representar internacionalmente a los Tiburones Azules, que están participando por primera vez en un Mundial de fútbol. 

Deroy, tiene 26 años, es el menor de los dos pero fue el primero en debutar con Cabo Verde, el 22 de marzo de 2022, fue en un amistoso contra Guadalupe donde los caboverdianos se impusieron por 2-0. Acumula 36 partidos jugados con el conjunto caboverdiano, incluyendo el Mundial que se está compitiendo y aún no ha marcado ningún gol. Por su parte, Laros, de 29 años, hizo su debut oficial en Cabo Verde por la Copa África de Naciones 2023, disputada en enero y febrero del 2024. Hasta el momento, tiene 21 partidos jugados con su selección y a diferencia de su hermano tiene 3 goles, 2 oficiales y 1 en un amistoso.

Sin embargo, también se enfrentaron en la máxima categoría, cuando Laros jugaba para el FC Groningen y Deroy en el primer equipo del Fortuna Sittard, fue el primer duelo directo en partidos de liga en noviembre del 2021 y febrero del 2022.

Cabo Verde disputará los 16avos de final el viernes 3 de julio con Argentina, defensora del título, y tuvo una sorpresiva actuación en la fase de grupos. Empató todos los partidos, la primera fecha sin goles ante España, contra Uruguay 2-2 y cerró la ronda contra Arabia Saudita por 0-0.

La disputa de poder que los futbolistas pagan con sus físicos

Por Lucas Grosso

En el Mundial de Qatar, aproximadamente 30 jugadores se lesionaron para la cita (entre ellos Karim Benzema, último ganador del Balón de Oro antes del torneo) la cual se disputó entre el 20 de noviembre y el 18 de diciembre de 2022, en el ecuador de la temporada europea, por lo que la mayoría de los futbolistas venía arrastrando una gran fatiga. 

Sobre el campeonato actual no hay una cifra sobre la cantidad exacta de lesionados, ya que ningún cuerpo técnico quiere revelar las debilidades de su equipo, pero se estima que la suma ronda 30 futbolistas entre los que se lo perderán completamente y quienes lo van a jugar con ciertas molestias. Hay que tener en cuenta que recién acaba de terminar la fase de grupos y que la cantidad de encuentros en la competencia aumentó, por lo que es esperable que la estadística supere a la de hace cuatro años.

Según cifras de Howden Professional Sport, una aseguradora especializada en gestión de riesgos deportivos, en las cinco ligas de mayor relevancia en Europa (inglesa, española, italiana, alemana y francesa), en el año 2024 se produjeron 4.123 lesiones en 4232 partidos, promediando prácticamente una por partido. En comparación, en 2020 ese número era 3504. 

¿Qué causó ese aumento?

Una de las competencias que alimentó este caos en el calendario fue el Mundial de Clubes, en el que participaron 32 instituciones, propuesta impulsada por Gianni Infantino ante la negativa popular respecto a organizar el de selecciones cada dos años. Muchos jugadores estaban descontentos con el nuevo campeonato. Por ejemplo, Raphinha dijo: “En ningún momento nos preguntaron a los jugadores si queríamos renunciar a nuestras vacaciones”. El mes en el que la mayoría de las ligas descansan, fue designado para crear un torneo que a futuro generará millones de dólares para la FIFA.

Pero los campeonatos predilectos de la Federación presidida por Gianni Infantino no son los únicos que aumentaron su volumen de encuentros. Es una tendencia que también se está adoptando en confederaciones continentales como la UEFA, presidida por Aleksander Ceferin, quien sobre el aumento de cupos para el Mundial de naciones dijo: “Tenemos una gran cantidad de partidos que no son atractivos en lo absoluto”. Pareciera que no recuerda que en la institución que dirige desde 2016, se creó la Nations League durante su mandato, torneo que en una de sus zonas enfrenta a Gibraltar, Malta y Andorra. Lejos de ser un comentario despectivo a estas selecciones, lo que refleja en su accionar es que no es una crítica fundamentada en el espíritu competitivo, sino basada en la imposibilidad de seguir recaudando dinero a través de campeonatos propios durante una parte del año.

 Las tres competencias del viejo continente (una de ellas, la Conference League, disputada por primera vez en 2021), aumentaron su duración considerablemente. Anteriormente se disputaban 6 fechas de fase de grupos en la Champions y Europa League. Pasando la fase inicial, eran 7 partidos hasta una eventual final. En el caso de las inferiores a la Liga de Campeones, contaban con una ronda preliminar antes de los octavos de final entre los segundos de cada grupo y los terceros de la competencia inmediatamente superior.

Hoy esos números mutaron a 8 enfrentamientos en la primera mitad y, en el peor de los escenarios, 9 en las rondas eliminatorias al añadirse un repechaje entre el noveno y el vigésimo-cuarto clasificado. 

Pasar de 13 a 17 partidos no parece un cambio tan tremendo, pero hay que tener en cuenta que cada partido de un certamen internacional es igual a una semana en la que un equipo disputa 2 (o hasta 3) contiendas en 7 días. Es decir, que se pasó de prácticamente 3 meses de desgaste de más de un partido por semana a más de 4.

No se puede ignorar que los encuentros que se agregan en torneos como la Champions League o el Mundial de Selecciones, pueden ser de vital importancia para la carrera de un deportista, por lo que no es sencilla la decisión de perderse un partido con la excusa de que están fatigados.

Este aumento constante no tiene otra explicación más que el beneficio económico, ya que cada vez que los actores salen a la cancha, se forma un espacio más en el que vender publicidades, entradas (constantemente encarecidas) y, lo que más porcentaje del ingreso tiene, mayor recaudación por los derechos televisivos.

Pero este factor tiene una aclaración: las transmisoras no pagan un monto fijo por cada fecha: no todos los partidos valen lo mismo. Los canales que televisan los enfrentamientos no ven tanto rédito económico si una de las fechas pone a competir a dos equipos sin interés por parte del público.

Esto quiere decir que el valor por partido baja, y aunque el fútbol no es una ciencia exacta, se puede considerar que el valor deportivo también lo hace al incluir clubes y selecciones que no dan la talla en torneos con rivales de máxima exigencia.

La cifra prevista de la Federación Internacional de Fútbol para recaudar finalizado el campeonato mundial es de 12.000 millones de dólares, como contrapunto, la cifra en 2022 alcanzó los 7.500 millones, según El Economista.

Obviamente este crecimiento no solo es producto del aumento de 64 a 104 enfrentamientos, también tienen buena parte de la responsabilidad el excesivo precio de las entradas (para el cual la FIFA desarrolló un sistema en el que actúa como intermediario y aún en las reventas entre terceros percibe un porcentaje) y los seis minutos de publicidad que se añaden en el evento de mayor resonancia deportiva durante cada partido debido a los “cooling break”. 624 son la cantidad de minutos de publicidad que suman los 104 encuentros de este certamen, como para tener una idea de cuánto dinero extra se genera en las arcas de la asociación civil sin fines de lucro que regula el fútbol con esta simple adición de 3 minutos de descanso por tiempo. 

La pausa de hidratación es un caso que a la FIFA le calzó justo. Para el Mundial de Clubes 2025, FIFPRO (el sindicato que defiende los intereses de los futbolistas), le solicitó a la entidad internacional que agregue descansos para los atletas durante cada mitad. 

Pero la idea viene de más atrás todavía, en el Mundial de Brasil 2014 habían sedes que contaban con altas temperaturas: como Manaos, Fortaleza o Recife. El Tribunal Laboral Brasileño le impuso a la FIFA que le otorgara una pausa a los deportistas en partidos que superaran los 32°. En caso de no cumplirla, debían desembolsar 90.000 dólares.

Se ve que desde la asunción de Gianni Infantino la federación supo aprovechar bien las exigencias de agentes externos, esta vez trayendo 3 minutos de descanso con espacio publicitario para las transmisiones televisivas. De las cuales la organización con base en Suiza no percibe un peso, pero obviamente a la hora de vender los derechos, la FIFA sabía que las ganancias de los canales iban a aumentar, por lo que los derechos se vendieron más caros.

Ante la posibilidad de recaudar tanto dinero, cada espacio libre en la agenda es una disputa en la que federaciones mundiales, continentales y nacionales se debaten quién recaudará más dinero, y consecuentemente, más poder.

La voz de un profesional

Pero el actor más perjudicado en todo este sistema es nada más ni nada menos que el dueño del deporte: el futbolista. Porque sí, a pesar de que sin hinchas no es lo mismo, durante la pandemia se demostró que los que realmente tienen la pelota no son otros que los veintidós que salen a la cancha.

Sobre esto se refirió Fernando Signorini (histórico preparador físico de Diego Maradona durante 11 años (1989-94) y luego integrante de su cuerpo técnico en Sudáfrica 2010) en la última charla de IPIDEP: “El fútbol es una construcción social, una expresión cultural de las clases populares avasalladas por el negocio. Hoy el Mundial muestra el color, la música, los hoteles 5 estrellas, sostenidos en los chicos que nacen en la pobreza. ¿Hay que agradecerles a Trump y a Infantino? No, a los pibes de las villas”.

Pero, ¿es plausible que los futbolistas renuncien a los contratos millonarios que sus clubes y sponsors les propinan por participar en una cierta cantidad de partidos? Signorini también se expresó al respecto: “El fútbol de hoy es para dominarnos. El himno, el cooling break, todo es por publicidad. Los jugadores no tienen idea del poder que tienen, pero les hace falta solidaridad”. 

Entonces, solo queda preguntarse:

¿Los planteles deberán extenderse, y por ende, los clubes asumir una mayor erogación de dinero?, nosotros los espectadores ¿Vamos a seguir mirando todo torneo que se nos ponga enfrente y alimentar esta vorágine? 

 

Los Pumitas inician su camino en el Mundial M20 de Georgia bajo un nuevo formato

Por Eliseo Damonte

El seleccionado argentino juvenil de rugby, se prepara para su debut en el Mundial M20 de 2026 con sede en Georgia, competencia que comenzará este sábado 27 de junio. El conjunto nacional integra el Grupo C y tendrá su primer partido frente a Estados Unidos en el estadio Avchala a partir de las 6:00 hs de Argentina.

El calendario de la fase regular para el equipo argentino se completará con dos compromisos de alta exigencia ante los seleccionados de Inglaterra e Irlanda. El objetivo principal de Los Pumitas en esta edición será igualar o mejorar la medalla de bronce obtenida en el certamen de 2025.

La principal novedad organizativa de esta edición es la ampliación del cupo de participantes. Por primera vez desde el año 2009, el Mundial Juvenil contará con 16 equipos en lugar de los 12 que compitieron en los últimos años. Esta modificación permitió la clasificación al cuadro principal de las selecciones de Fiji, Estados Unidos, Japón y Uruguay. Por su parte, Sudáfrica llega al torneo como el campeón defensor.

El torneo se divide en cuatro grupos de cuatro equipos cada uno. Tras disputarse las tres fechas de la fase regular, la totalidad de los seleccionados ingresará a una fase eliminatoria de reclasificación, lo que garantiza que cada país dispute un total de cinco partidos a lo largo del certamen.

Las llaves eliminatorias se ordenarán estrictamente según la posición obtenida por cada equipo en su zona. A las semifinales por el título clasificarán únicamente los ganadores de cada uno de los cuatro grupos; de allí saldrán los finalistas y los aspirantes al tercer puesto.

Por su parte, los seleccionados que finalicen en el segundo lugar de sus respectivas zonas disputarán la reclasificación intermedia por los puestos del quinto al octavo. En tanto, los equipos que terminen en la tercera ubicación competirán del noveno al duodécimo lugar, mientras que aquellos que ocupen el cuarto y último puesto de sus grupos se enfrentarán en la reclasificación final para definir las posiciones de la decimotercera a la decimosexta plaza.

 

La pelota redonda: la vida para Diego Placente

Por Valentín Gerez, Francisco Gomila y Lisandro Torres

La historia del entrenador argentino que utilizó un recital de su banda de rock favorita para jugar un Superclásico.

Diego Placente camina por el predio de Ezeiza con un café en su mano derecha, una carpeta bajo su brazo izquierdo y sus auriculares negros en su bolsillo. Al llegar a su despacho, se sienta a analizar partidos de los futuros convocados para la Selección Argentina sub 20 de cara al próximo torneo sudamericano. En ese momento se pone sus audífonos, abre Spotify y suena de fondo La Mosca y La Sopa, el disco que lo acompaña desde sus 15 años, cuando fue a ver a Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota por primera vez.

La emblemática banda liderada por Carlos “el Indio” Solari y Skay Beilinson siempre formó parte esencial de la vida del entrenador argentino. Desde su adolescencia, el nacido en Villa Bosch un 24 de abril de 1977 se apoyó principalmente en el fútbol y la música, y adoptó las misas ricoteras como un espacio para desahogar las penas que a veces el fútbol no le permitía descargar con la misma soltura. Un tipo tranquilo, de perfil bajo, de 1,76 metros, que en la cancha supo ser un defensor aguerrido pero prolijo, y como entrenador se muestra muy enfocado en la formación y educación de los chicos.

“Se venía el Boca – River y yo tenía algunas amarillas, y justo tocaban Los Redondos en River. Había pegado una patada y no me sacaban amarilla, faltaba poco, y entonces hice la típica del lateral. Así fui al recital y me limpié para el Superclásico, había matado dos pájaros de un tiro”, contó en una entrevista para TyC Sports en 2022. Esto ocurrió durante un River – Vélez en el Torneo Clausura 2000, cuando jugaba de zaguero central izquierdo y vestía la banda roja. También dijo en la misma entrevista que le hubiese gustado ser músico, pero que nunca dominó los instrumentos.

Hoy, esa intensidad que vivió en los pogos ricoteros, la traslada a sus equipos y al día a día. Mientras los jóvenes promesas de la sub 20 charlan y toman mate en el micro, Placente cierra los ojos y escucha Un Ángel Para Tu Soledad. La guitarra de Skay y las frases del Indio le recuerdan a aquellos días dorados, en los que saltaba con una gran euforia junto a sus amigos y miles de fanáticos más. Porque Los Redondos para él no son solamente una banda de rock, sino también una forma de vida.

 

Gill, el arquero que puso las manos y el corazón

Por Serena Pettovello

Que lindo es cuando el fútbol da revancha. 

Orlando Gill atajó dos penales y llevó al Paraguay de Gustavo Alfaro a la clasificación. No fue un camino sencillo el que le tocó atravesar al arquero de 26 años. 

Cuando nació su hijo, tuvo que venderlo todo para darle de comer: la ropa del club en el que jugaba en ese entonces, su camiseta de la Sub 20, incluso sus botines. En Paraguay no encontraba su lugar y tuvo que marcharse. De Sportivo San Lorenzo pasó a la Reserva de San Lorenzo de Almagro, donde se ganó el puesto y empezó a llamar la atención. Las lesiones de Facundo Altamirano y Gastón Chila Gómez le abrieron una puerta al equipo de la primera división. 

La oportunidad terminó de consolidarse en la pretemporada de 2025, cuando se ganó la confianza de Miguel Ángel Russo y San Lorenzo desembolsó 500.000 dólares por el 50% de su pase. 

Con ese presente llegó el llamado de Gustavo Alfaro para las eliminatorias sudamericanas de cara a la Copa del Mundo, a la que lograron clasificar en la penúltima fecha. El debut estuvo lejos de ser el esperado: recibió fuertes críticas tras el partido frente a Estados Unidos. Sin embargo, respondió siendo figura ante Alemania, en la definición por penales que clasificó a Paraguay. 

Apenas un mes y medio antes, también había destacado en la definición desde los doce pasos por la semifinal del Torneo Apertura frente a River, pero el fútbol le pegó una mala pasada y fueron eliminados. Aquella noche no alcanzó y la eliminación dejó un sabor amargo. Esta vez fue diferente. Esta vez, las atajadas sí tuvieron premio. Quizás porque el destino tenía mejores planes para Orlando Gill. 

Porque el fútbol, a veces, encuentra la manera de devolver algo de todo lo que les quitó a algunos. Y si alguien merecía una revancha, era ese chico que un día tuvo que desprenderse de lo poco que tenía para que a su hijo no le faltara un plato de comida. Hoy, esa historia encontró su recompensa bajo los tres palos y con todo un país abrazándolo. Con argentinos festejando su victoria. Con los chicos del fútbol infantil del

Ciclón abrazándose, emocionados por ver a su arquero tocando el cielo con las manos.

La foto que se hizo realidad: el regalo de una nieta para sanar el tiempo 

Edited in Tezza with: AGAVE, Focus, & Grano

Por Lola Fernández 

El pedido de Pedro fue el motor de una transformación absoluta para Lola, su nieta, que comprendió que debía mover cielo y tierra para lograr que su abuelo pudiera decir presente en el clásico ante San Lorenzo. El histórico hincha, regresó al estadio después casi cuatro décadas de ausencia prolongada y, al volver a pisar la tribuna de lo que él considera su segunda casa, se vio invadido por una emoción incontenible que se tradujo en lágrimas de alegría al reencontrarse con su historia. 

La pasión es un sentimiento que no entiende de fronteras, colores ni rangos etarios. Por eso, cuando un individuo decide entregar su corazón a una institución, es consciente de que se trata de un pacto para toda la vida. Los verdaderos futboleros comprenden que la asistencia a la cancha es un ritual sagrado; sin embargo, debido a las vicisitudes de la vida y las circunstancias personales, es posible abandonar este hábito que parece tan cotidiano pero que guarda un valor sentimental incalculable. 

Esta fue la realidad de Pedro, un fanático de Boca de 82 años que cargaba con la nostalgia de no pisar La Bombonera desde hacía 40 años. El hombre, movido por un deseo profundo de volver a sentir la vibración de las tribunas del Estadio Alberto J. Armando, le realizó una solicitud inesperada a su nieta, una joven de apenas 19 años que, al igual que él, vive el fútbol como una parte fundamental de su identidad. 

Pedro le pidió a su nieta que le hiciera una foto con inteligencia artificial en La Bombonera para poder sentir, aunque fuera de forma virtual, que estaba presente en la cancha. Esa fue la frase que terminó de conmover profundamente a su nieta, quien, desde su mirada de joven apasionada por el deporte, entendió que detrás de esa petición tecnológica se escondía una necesidad humana mucho más profunda y dolorosa por el paso del tiempo. 

Después de haber concretado la creación de la imagen mediante el uso de inteligencia artificial, Lola le dedicó a su abuelo un mensaje esperanzador asegurándole que pronto harían que aquello fuera una realidad. Y cumplió con su palabra. Tras haber difundido la historia de su abuelo a través de sus redes sociales, logró gestionar el acceso al clásico 

contra San Lorenzo y le concedió a Pedro el sueño postergado de volver a pisar la cancha del club de sus amores. 

Lola recordó que, cuando su abuelo le hizo aquel pedido, experimentó una tristeza profunda, ya que él siempre fue un futbolero de ley que asistía al estadio con sus hijos hasta que la dinámica familiar se dispersó. Explicó que, tras la crisis de los años 80, el ahora jubilado perdió su empleo y le resultó imposible mantener la cuota social, por lo que el deseo de regresar al club era una deuda pendiente que ella quería saldar desde hacía tiempo, aunque no contaba con los medios ni las posibilidades para concretarlo. 

Por su parte, Pedro confesó que le solicitó a su nieta esa imagen porque siempre bromeaban sobre los alcances de la inteligencia artificial. Explicó que, en realidad, le pidió que hiciera una simulación en el estadio un poco por diversión, pero sobre todo, impulsado por una nostalgia que le quemaba por dentro y que lo acompañaba desde hacía años. 

Para lograr obtener las entradas, la joven explicó que su carrera de periodismo deportivo, que cursa actualmente en su segundo año, le permitió desarrollar una red de contactos y generar trabajos que facilitaron el sueño de su abuelo. Relató que, a través de un tweet, compañeros de la facultad y conocidos de otros clubes la ayudaron a viralizar el caso, hasta que un colega le confirmó que tenía un contacto cercano que podía facilitarle las entradas, por lo que no dudó en avanzar con la gestión. 

Lola agregó que, más allá de las coberturas de campo que realiza por amor al periodismo, trabaja como animadora de eventos y logró ahorrar durante mucho tiempo con el único objetivo de comprarle esas entradas a su abuelo. Manifestó estar convencida de que invirtió el dinero en algo de lo que jamás se arrepentiría, sintiéndose plena por haber conseguido un objetivo para alguien a quien ama profundamente y que, según ella, hizo todo por ella desde que era una niña. 

Al recibir la noticia de que su nieta había logrado el objetivo, Pedro admitió haber sentido una sorpresa mayúscula ante la invitación. Recordó que, en los primeros instantes, pensó que se trataba de una broma y le costaba procesar que fuera real, detallando que en la década del 80, debido a problemas de salud y una situación económica compleja, tuvo que abandonar su asistencia a la cancha, sumado a que sus hijos crecieron y perdieron el interés por acompañarlo. 

Una vez que lograron ingresar al estadio, el abuelo volvió a experimentar las mismas sensaciones de hace 40 años. Comentó que no pudo evitar recordar los momentos compartidos en esa cancha, cuando llevaba a sus hijos Fernando, Daniel y Gabriela, con quienes asistía tanto de local como de visitante; reconoció que, aunque amaban ir a la cancha, con el devenir de los años ese hábito se fue perdiendo en la rutina diaria. 

Lola también explicó lo que sintió al vivir el ingreso a La Bombonera junto a él. Describió la experiencia como algo mágico debido a la carga histórica y arquitectónica del estadio. Aseguró que lo que los une profundamente es la pasión por el fútbol y las reuniones de los domingos para analizar partidos internacionales, y confesó sentir un gran orgullo al verlo tan feliz, a pesar de que él sea hincha de Boca y ella, fanática de Huracán. 

La joven añadió que haber tenido la posibilidad de acompañarlo, después de que él dedicara la mitad de su vida a los colores xeneizes, y escucharlo rememorar historias de su juventud fue realmente conmovedor. Aseguró que ese momento le enriqueció el alma, al recordar que fue su abuelo quien introdujo a toda la familia en este mundo y quien siempre le había manifestado la ilusión de llevarla a ella al estadio.

Para finalizar, ambos ofrecieron su perspectiva sobre el momento imborrable que vivieron este miércoles. Lola enfatizó la importancia de invertir en las personas que uno quiere, disfrutarlas y cumplirles esos sueños que parecen lejanos, reafirmando que, como la vida es un instante, se esforzó por juntar el dinero necesario para cumplir una promesa que tenía pendiente con su abuelo hace mucho tiempo. 

Pedro, por su parte, sostuvo entre lágrimas que le generó una emoción enorme haber compartido ese momento con su nieta, quien siente el fútbol con la misma intensidad que él. “Valoro profundamente todo el esfuerzo realizado por ella y estoy infinitamente agradecido por la oportunidad. Fué un momento inolvidable que voy a guardar en mi memoria por el resto de mi vida”. 

Lo que comenzó como una simple recreación digital, finalmente se consolidó como una realidad tangible tanto para Pedro como para Lola. Él logró revivir las épocas doradas de su juventud, y ella cumplió el sueño de quien siempre la guio. Porque la pasión no conoce de límites físicos, y mucho menos cuando el motor principal es el amor incondicional hacia los seres queridos.

La tarde en la que la memoria se encontró con el fútbol

Por Mateo Abelenda

Ciudad de México, 22 de junio de 1986. El Estadio Azteca está repleto, más de cien mil personas observan cómo Argentina e Inglaterra salen al campo de juego para disputar los cuartos de final del Mundial. En los papeles es un partido de fútbol, sin embargo, en la memoria de millones de argentinos resulta imposible separar ese encuentro de lo ocurrido cuatro años antes en las Islas Malvinas. La guerra de 1982 había dejado una herida profunda en el país, los nombres de los 649 soldados caídos seguían presentes en las familias, en los diarios y en las conversaciones cotidianas. La democracia todavía daba sus primeros pasos y la sociedad argentina intentaba reconstruirse después de uno de los capítulos más dolorosos de su historia. Por eso, cuando el azar puso frente a frente a argentinos e ingleses, el partido adquirió una dimensión diferente.

Desde temprano, la tensión se respiraba en las tribunas del Azteca. Los hinchas argentinos agitaban banderas celestes y blancas y cantaban sin descanso. Del otro lado, los británicos respondían con sus propios cánticos, había provocaciones, cruces verbales y una rivalidad que excedía lo deportivo. Nadie hablaba de revancha militar, pero todos entendían que el contexto estaba presente. Cuando comenzó el encuentro, Argentina jugó como si entendiera el peso de la tarde: Oscar Ruggeri y José Luis “Tata” Brown no regalaron una pelota, Sergio “Checho” Batista corrió hasta el agotamiento, Jorge Valdano presionó en cada sector del campo y, en el centro de la escena, apareció Diego Armando Maradona, el capitán que cargaba con las ilusiones de todo un país.

El primer tiempo fue cerrado y disputado. Inglaterra intentó imponer su juego, pero Argentina respondió con carácter, cada recuperación era celebrada desde las tribunas y cada avance despertaba expectativa. Mientras tanto, en el país austral, millones de personas permanecían frente al televisor. En muchos hogares nadie se movía de su lugar. El partido se vivía con nervios, con ansiedad y con la sensación de que algo importante estaba por ocurrir.

A los seis minutos del segundo tiempo llegó el primer golpe. Maradona fue a buscar una pelota que había quedado flotando dentro del área, Peter Shilton salió decidido a despejarla y ambos fueron al encuentro del balón, pero en un momento exacto Diego llegó a tocarla con la mano. La jugada ocurrió en una fracción de segundo, los ingleses levantaron los brazos para protestar pero el árbitro, Ali Bennaceur, señaló el centro de la cancha. Entonces, el Azteca estalló en un grito que recorrió miles de kilómetros hasta llegar a cada rincón del país. Cuatro minutos después, Diego recibió la pelota cerca de la mitad de la cancha. Giró y arrancó. Eludió al primer inglés, aceleró y dejó atrás a otro. La defensa inglesa retrocedió sin encontrar la forma de detenerlo. Diego avanzó a toda velocidad, con la pelota pegada al pie izquierdo rumbo a una de las jugadas más recordadas de la historia del fútbol. Durante unos segundos pareció detenerse el tiempo. Los compañeros corrieron a abrazarlo, las tribunas argentinas se transformaron en una fiesta. En Buenos Aires, Rosario, Córdoba y miles de pueblos del interior hubo abrazos, lágrimas y gritos que salieron por las ventanas. Muchos no encontraban palabras para describir lo que acababan de ver, Había sido una obra maestra.

Inglaterra descontó por medio de Gary Lineker cuando faltaban pocos minutos y el final se volvió angustiante, cada centro inglés generaba preocupación, cada despeje argentino era celebrado como un gol. Los segundos parecían no avanzar, hasta que llegó el silbatazo final. Los futbolistas argentinos se abrazaron en el centro de la cancha. Maradona levantó los brazos. Argentina había ganado 2-1 y estaba en semifinales.

Aquella tarde no cambió lo ocurrido Malvinas ni borró el dolor de la guerra, pero le regaló una alegría inmensa a un país que todavía convivía con esas heridas. Por eso, cuarenta años después, Argentina-Inglaterra de 1986 sigue siendo mucho más que un partido de fútbol. Fue una tarde en la que la memoria, la emoción y el talento de Diego Armando  Maradona se encontraron en una misma cancha para escribir una de las páginas más inolvidables de la historia argentina.

Eustáquio, el detective del juego

Por Nazareno López

Canadá sigue en el Mundial. Venció 1-0 a Sudáfrica y se clasificó a los octavos de final por primera vez en su historia. Una camada con futbolistas como Alphonso Davies, Jonathan David y Moïse Bombito, que son nombres comunes para el público futbolero. Pero el héroe no fue ninguno de ellos. El hombre que escribió la página más importante del fútbol canadiense fue Stephen Eustáquio.

Nació el 21 de diciembre de 1996 en Leamington, una ciudad de casi 30.000 habitantes al sur de Canadá. Su apellido lo delata. Sus padres eran portugueses y habían emigrado cuando Mauro, su hermano mayor, había nacido, pero decidieron volver al país luso cuando Stephen tenía 7 años. Allí fue donde apareció el deporte en su vida. Se convirtió en una pasión. Su obsesión con el fútbol era tal que luego de cada entrenamiento en las inferiores del Leiria analizaba en su notebook los secretos para mejorar en su posición. Su hermano Mauro lo destacó como un detective del juego.

Tuvo un breve paso por Cruz Azul, donde solo jugó dos partidos debido a que se rompió el ligamento cruzado anterior de su rodilla izquierda. Luego volvió a Portugal para jugar en el Paços de Ferreira, donde se reencontró con su mejor nivel, tanto que llegó su traspaso al Porto. Actualmente milita en Los Ángeles FC de la MLS. Pero fue en el equipo de los dragones en el que su vida tuvo un revés.

En abril del 2023, previo a un partido ante Santa Clara, Eustáquio salió al campo de juego sin saber de una noticia que todos ya conocían. Su madre Esmeralda había fallecido producto de un cáncer cerebral. En pleno partido, su entrenador Sérgio Conceição lo sustituyó y le comunicó la noticia. Pero otro duro golpe estaba por llegar. Abril de 2024, su padre Armando, que trabajaba a bordo de ferrys, sufrió un dolor en el hombro. Los médicos lo encontraron bien y lo mandaron a su casa. Tres semanas después falleció de un infarto.

Las noticias fueron un baldazo de agua fría. En apenas doce meses,  Eustáquio perdió a su madre y a su padre. El momento más feliz de su vida, el nacimiento de su hija, quedó atravesado por el dolor.

Siempre fue agradecido a su mamá y papá, y para Eustáquio esto fue clave para su carrera en la Selección. Llegó a jugar en las juveniles de la selección portuguesa, donde compartió plantel con grandes jugadores como João Félix y el fallecido Diogo Jota, pero en 2019 decidió representar al combinado de la hoja de maple. “Canadá le dio mucho a mi familia y es hora de devolverle algo”, afirmó.

En noviembre de ese año debutó con Canadá y desde entonces se convirtió en un referente y uno de los capitanes. Ayer, en el SoFi Stadium de Los Ángeles, convirtió su cuarto gol con la Selección y hasta el momento el más importante de la historia del país, que aún le permite soñar en este Mundial.

De una ex estación de servicio al saludo de Messi: la historia del mural que emocionó a un barrio

Por Valentín Gerez

La fila avanza de a poco. Algunos esperan con fibrón en mano, otros observan en silencio el rostro de Lionel Messi que domina la pared. Una familia se acomoda para una foto. Más atrás, una pareja debate dónde dejar su firma. El murmullo es constante. Nadie parece tener apuro, pero la felicidad de dejar su huella en el lugar es imprescindible. Alrededor del mural ubicado en avenida Mitre, de la localidad de Berazategui, entre las calles 13 y 14, ya hay cientos de nombres escritos. Algunos ocupan apenas un rincón. Otros representan a familias enteras. Lo que alguna vez fue la pared de una ex estación de servicio hoy se transformó en un punto de encuentro donde vecinos y visitantes dejan algo más que una firma: dejan su lugar dentro de una historia colectiva.

La escena se repitió durante días, pero el mural no tardó mucho en completarse. También se volvió una cábala futbolera, ya que, incluso antes de terminarse, chicos y chicas se acercaban a tocar la pintura con la esperanza de que les tocara la figurita de Messi en los álbumes del Mundial, fotografiarse y escribir su nombre junto a la imagen del capitán argentino. Para muchos era una simple visita. Para otros, una forma de agradecerle a Messi tantas alegrías. Entre quienes recorrían el lugar apareció una vecina que resumió el sentimiento general con una frase sencilla: “Amo la cultura y apoyo totalmente a que hagan estas cosas, más en mi localidad”.

Detrás de esa convocatoria inesperada están Federico Merodo y Leonel García. Amigos y responsables de una idea que nació mucho antes de que la primera firma apareciera sobre la pared. Federico tenía el espacio. Leonel, muralista, tenía la idea. “La municipalidad se copó con este evento, aunque no recibimos plata municipal ni política; todos los recursos y la obra fueron hechos a pulmón”, contó Merodo.

Con el paso de los días, el mural dejó de ser solamente una obra artística. Cada nueva firma lo transformaba un poco más en algo colectivo. Más de 800 personas ya habían dejado su marca cuando la historia empezó a recorrer las redes sociales. Las publicaciones se multiplicaron. Los comentarios también. Cientos de usuarios comenzaron a etiquetar a Messi con la esperanza de que el mensaje llegara hasta él. Y llegó. El saludo del capitán argentino fue el desenlace de una historia construida entre pinceles, vecinos y redes sociales. “Le iba a dar like o algo de eso, pero preferí decirles esto por video”, explicó el diez. Un sueño que parecía lejano terminó haciéndose realidad. Hoy, quienes pasan por el lugar ya no ven solamente una pintura. Ven las huellas de cientos de personas que decidieron formar parte de ella. Y entre todas esas firmas, dispersas alrededor del rostro más famoso del fútbol argentino, permanece la prueba de que una idea nacida entre amigos puede terminar emocionando a un barrio entero.

“El”, la patria y la rutina de lo extraordinario

Por Azul Ramos

Las calles de Buenos Aires se tiñen de celeste y blanco, no solo por el Día de la Bandera, también por el Mundial que está disputando la selección nacional. Entre cantos, emociones y recuerdos, hay un extra que hace este Día de la Bandera y este Mundial un tanto más especial: es el último.

Es sábado 20 de junio y el sol ilumina a la República Argentina. Lo hace con una intensidad distinta sobre la Ciudad de Buenos Aires, particularmente sobre la intersección de las avenidas 9 de Julio y Corrientes, donde el celeste y blanco se adueña del paisaje. El cielo, las nubes y el sol parecen haberse puesto de acuerdo y se visten con los colores de la bandera argentina.

En esta fecha se recuerda el fallecimiento del General Manuel Belgrano, creador de la enseña patria que fue izada por primera vez a orillas del río Paraná, en Rosario, el 27 de febrero de 1812, en plena lucha por la independencia. Este año, la efeméride tiene un ingrediente adicional. Argentina disputa una nueva Copa del Mundo y, según todos los indicios, será la última vez que Lionel Messi vista la camiseta albiceleste en un Mundial.

Entre los miles de argentinos que se acercan al Obelisco hay uno que lleva la bandera sobre sus hombros, como una capa. Se llama Julián, tiene 68 años y observa el movimiento con una sonrisa tranquila. Ante la pregunta sobre qué tiene de especial este Día de la Bandera, hace una pausa y respira profundo, como si inhalara una sustancia de orgullo: “Creo que el hecho de que nuestra selección esté jugando un Mundial ya lo hace especial. Pero todavía más especial es saber que puede ser el último del ‘10’”.

El número dejó de ser un dorsal hace mucho tiempo para convertirse en una identidad. Es jerarquía, talento, liderazgo y creatividad. Es historia. Y desde hace más de dos décadas tiene un dueño.

“Que lleve la número 10 significa dedicación, entrega, amor por la patria y resiliencia sobre todas las cosas”, afirma con la seguridad de quien no necesita argumentar lo evidente.

Argentina es un país futbolero. Algunos dicen que se trata de pasión; otros, de una forma de vivir. Cada cuatro años, esa pasión parece acumularse como una energía imposible de contener, hasta explotar cuando llega un Mundial. Las calles se llenan de banderas, los balcones se cubren de camisetas y las conversaciones, inevitablemente, terminan en fútbol.

Frente al Obelisco, sentado sobre el césped y compartiendo mates, está Amadeo Muñiz, de 26 años. Lleva una escarapela en el pecho y mira a su alrededor.

“Hoy es un día especial no solo por ser una fecha patria. Estar viviendo un Mundial nos hace tener la patria a flor de piel. Y encima es el último Mundial del maestro”, ceba un mate, sonríe y recibe otra pregunta: “¿Considerás que la pasión es algo que caracteriza al pueblo argentino?”.

Respirando, al parecer, la misma sustancia de orgullo, como lo hizo Julián, responde: “El argentino es apasionado en todo lo que hace, pero mucho más cuando se trata del fútbol. ¿Vos viste lo que fue en 2022? La gente hacía cualquier cosa por estar en Qatar. Vendían autos, joyas, escuché hasta casos de personas que vendieron departamentos para viajar. Y todo valió la pena”.

Hace una pausa breve y su voz se quiebra.

“Porque no fue solamente ganar una Copa del Mundo después de 36 años. Fue verlo a él levantarla. Para nosotros nunca hubo dudas de quién era Messi, pero el fútbol había sido injusto muchas veces con él. Esa estrella terminó de convertirlo en la ‘leyenda’ que hoy es”.

Los ojos de Amadeo se humedecen. Se acomoda la manga de la campera y, en su antebrazo erizado, se hace visible la emoción que intenta disimular.

Las agujas del reloj marcan las tres de la tarde. El sol ya no pega con la misma fuerza, pero eso no detiene la llegada de la gente. Familias enteras, grupos de amigos, chicos pintados de celeste y blanco y adultos que vuelven a sentirse niños.

Junto a las rejas negras que rodean al Obelisco, el monumento inaugurado en 1936 y que se eleva 67,5 metros sobre la ciudad, un grupo comienza a cantar: “Cada día te quiero más, soy… argentino, es un sentimiento, no puedo parar…”.

Y miles acompañan. La pasión argentina no se explica: se canta, se abraza y se llora.

Mario Leguizamón, con varias capas de abrigo y una camiseta con el apellido Messi estampado en la espalda, también tiene algo para decir. “Tuve el privilegio de vivir los tres Mundiales que ganó Argentina: 1978, 1986 y 2022. Y te puedo asegurar que este lo disfruto como ningún otro”.

Levanta las cejas, parpadea profundo y agrega: “Después de ver jugar a Maradona pensé que nunca iba a ver algo igual. Pero apareció la ‘Pulga’ y te juro por mis nietos que me sigue sorprendiendo todos los días. Que sea su último Mundial me obliga a disfrutarlo. Porque no puedo pedirle más nada. Solo me queda disfrutar de la rutina de lo extraordinario”.

La frase quedó flotando en el aire: la rutina de lo extraordinario. Quizá allí esté la explicación de todo.

A unos metros, Juan Cruz corre alrededor de su mamá, Noelia. Tiene ocho años y una energía inagotable. Ayer no fue al colegio porque tenía fiebre, pero hoy se siente mejor y quiso estar presente.

“¿Viniste a festejar el Día de la Bandera?”, escuchó. “Sí”, responde dando un pequeño salto. “También vine a alentar a los jugadores”, da dos saltos más. “¿Quién es tu jugador favorito?”, escuchó. “Messi. Me gusta cómo juega, cómo grita los goles. ‘El mejor del mundo’. Es como un superhéroe, pero que solo usa la camiseta de Argentina”, dijo con inmediatez.

La admiración se dibuja en su cara con una sinceridad imposible de fingir.

Juan Cruz mira fascinado las banderas, los gorros, las pinturas y las camisetas que lo rodean. Sobre todo las camisetas con un mismo apellido.

Messi. Hay muchísimas. Y cada una parece contar una historia distinta.

Para algunos es “el 10”. Para otros, la “Pulga”. También es el “Maestro”, “el mejor del mundo”, “la leyenda” o simplemente “él”. Porque ya no necesita apellido. Hace años dejó de ser únicamente un futbolista.

Es el chico que se fue lejos para perseguir un sueño y nunca dejó de mirar a la Argentina. Es el hombre que cayó muchas veces y se levantó otras tantas. Es el capitán que lloró derrotas y sonrió victorias. El que soportó críticas, comparaciones y exigencias desmedidas hasta conquistar todo.

Por eso los argentinos sienten que a Messi también les pertenece un poco. Porque en él ven reflejados valores que trascienden al fútbol: la perseverancia, la humildad, el esfuerzo silencioso y la capacidad de volver a intentarlo cuando parece imposible.

“Nunca en mi vida vi algo igual”, expresó Amadeo horas antes. “Rompió todos los récords y sigue haciéndolo. Muy pocos van a comprender el amor que sentimos por él. Pueden decir lo que quieran, pero él responde con fútbol, con humildad y con simpleza”.

Quizás allí radique el motivo por el cual algunos todavía intentan discutirlo. Porque las leyendas incomodan. Porque resulta difícil aceptar que se está siendo testigo de algo irrepetible mientras ocurre. Pero en las calles argentinas no hay dudas.

No importa la edad, el barrio o la historia personal. No importa si alguien vio jugar a Maradona o si recién está descubriendo el fútbol. Hay un consenso que atraviesa generaciones enteras. Lionel Messi ya pertenece a ese lugar reservado para muy pocos: el de los símbolos.

Y en este Día de la Bandera, mientras el cielo y las calles se funden en un mismo color, miles de argentinos vuelven a cantar su nombre. No solo para agradecerle los títulos, los goles o las alegrías, sino porque, de alguna manera, Messi les recordó que los sueños más grandes pueden cumplirse.

Y porque, cuando el tiempo pase, cuando las tribunas se callen y los Mundiales sean apenas un recuerdo, habrá algo que seguirá intacto: la emoción de haber sido contemporáneos de una leyenda que eligió llevar la bandera argentina en el pecho hasta el final.