Delfina Villaberde: un corazón que late al ritmo del motor

Por Valentina Gómez Focht

El calor del motor sube a cada segundo. Los nervios, como siempre, están ahí, trepándole por el cuerpo. El corazón late tan fuerte que parece querer salirse del pecho. Todos esperan juntos, inmóviles, sin permitirse ni un pestañeo. El mundo entero se reduce a un semáforo. Y entonces llega el instante: las luces se apagan y la carrera comienza.

Todo empezó cuando Delfina Villaberde era apenas una niña. En su casa los fierros corren por la sangre: tanto su mamá, Soledad Ciaponi, como su papá, Pablo Villaberde, son fierreros. Él corrió durante mucho tiempo en zonales y en el Turismo Pista, y ella todavía conserva el recuerdo de acompañarlo al autódromo. Por eso lo señala como “el culpable de todo”. El culpable de su pasión por los autos, de que sus fines de semana transcurran en un autódromo distinto cada vez y de que sus semanas se vivan frente al simulador, sumando vuelta tras vuelta.

—¿Cómo empezaste en el automovilismo?

—Cuando cumplí 10 años, Papá Noel me regaló un karting. Ese fue mi primer karting y todavía me acompaña: lo uso para entrenar. Después arranqué en un campeonato de karting de alquiler, algo muy tranquilo, durante los veranos. Ahí fue la primera vez que competí.

Delfina corrió en esa categoría hasta los 12 y después hizo un parate que se extendió hasta los 20. Fueron ocho años lejos de la competencia. En 2023 volvió para correr en la Copa Abarth Argentina, una categoría monomarca de velocidad que funciona como escuela para pilotos que vienen del karting y buscan dar sus primeros pasos en el automovilismo profesional. Estuvo tres temporadas, hasta 2025, y en el camino llegó su primer podio, en el Gálvez. Todavía lo recuerda con cariño, por la mística del autódromo y por cómo se dio: en la última vuelta, en la última curva, saltó del cuarto al tercer puesto.

Cuando terminó la temporada 2025, sintió que un ciclo se había cerrado y que necesitaba un cambio. Sabía que quería seguir corriendo, pero las opciones en los campeonatos nacionales de autos con techo son escasas. Entonces se la jugó y dio el salto a un monoplaza. La Fórmula 2 Nacional le dio la bienvenida y debutó el 29 de marzo de 2026 en Neuquén, en la segunda fecha de la temporada.

Monoplaza de Delfina Villaverde en la fecha 9 – San Luis

El cambio se sintió desde el primer momento: otra caja de cambios, tracción delantera en lugar de trasera y, lo peor, un desgaste físico brutal. Tuvo que rehacer su rutina de gimnasio para ganar resistencia y reforzar cuello, antebrazos y abdomen, los músculos que sostienen cada curva. Pero lo más difícil no fue lo físico, sino lo emocional. Delfina define a la Copa Abarth como su escuela, la que le enseñó la lección más difícil: controlar las emociones.

En teoría, el automovilismo parece un deporte de grupo, con equipo y compañeros. Pero cuando llega la hora de salir a pista, quedan solos el piloto y el auto. Ahí empiezan los nervios, los pensamientos intrusivos se abren paso y las emociones se desbordan. Por suerte, Delfina lo tiene bajo control. Su papá, quien la introdujo en este mundo, le enseñó a manejar lo que siente y a convertirlo en rendimiento. Hoy no trabaja con un psicólogo deportivo, pero lo recomienda.

Hay, además, una batalla que se libra lejos de la pista: la del presupuesto. Para ella, es lo que más le cuesta a cualquier piloto a nivel nacional. Mientras uno trabaja arriba del auto para ser competitivo, abajo hay que trabajar igual de fuerte para juntar sponsors que permitan correr el calendario completo. Lo más difícil es llegar a la persona que realmente decide, y no solo al área de marketing. Casi todos los que la acompañaron desde la Copa Abarth siguen a su lado.

Además de las batallas en pista y las económicas, todavía tiene lecciones que aprender. Y hay una que nadie le enseñó y tuvo que aprender sola: a lidiar con el ambiente machista. A sus compañeros no se les exige saberlo todo: si no saben algo, nadie los juzga, porque al ser hombres se da por sentado que entienden. Delfina, en cambio, tiene que soportar que le expliquen cosas que conoce de sobra, como si no pudiera saberlas por ser mujer. Y además escucha cómo cargan a sus compañeros y minimizan su rendimiento deportivo: “Cómo te va a ganar una mujer”, “cómo va a clasificar mejor una mujer que vos”.

Sin embargo su carrera le da felicidades que no se las quita nadie. Como su memorable podio en Rosario del año pasado en donde largó séptima y terminó tercera, con una maniobra de las que se recuerdan. Cuando bajó del auto, le acercaron el micrófono para la televisión y soltó la frase que resume todo lo aprendido: “Todo trabajo da sus frutos”.

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