Por Juana Enrico
La Plaza Dr. Bernardo Houssay, flanqueada por las facultades de Medicina y Ciencias Económicas, es el escenario diario de innumerables postales: el festejo eufórico de quienes se reciben con pintura y papelitos, el bullicio de los chicos que salen del colegio para ocupar las canchas y el color de las ferias artesanales entre semana.
Pero hoy, a cincuenta años de la bautizada Noche de los Lápices, la plaza se convierte en el punto de encuentro donde cientos de estudiantes secundarios se nuclean para marchar hacia la Plaza de Mayo, llevando bien alto el testimonio de una memoria que sigue viva.
Algunos sostienen carteles con la leyenda “la juventud tiene memoria”; otros dibujan sobre el cemento un puño negro que alza un lápiz rojo. En ese gesto, los jóvenes sintonizan con el invierno de 1976 en La Plata, cuando las aulas eran trincheras frente al terror y la censura. Tanto aquella militancia como los reclamos por el boleto estudiantil dialogan hoy con una urgencia distinta, pero igual de firme: defender la educación pública frente al desfinanciamiento y sostener el derecho a aprender sin que el futuro sea un lujo inalcanzable. La historia se pliega en las manos de esta generación y el frío de las diagonales platenses se vuelve pulso vigente.

Sofía cursa su anteúltimo año de secundaria. Tiene puesto ese guardapolvo blanco que es abrigo y marca de identidad para la escuela estatal. Con témpera en la espalda lleva la frase “treinta mil compañerxs detenidxs desaparecidxs presentes ahora y siempre”. Se la nota orgullosa mientras intenta organizar a sus compañeros en ronda, haciéndose lugar entre la multitud que sigue de largo en su apuro cotidiano.
Unos ya se suman a esa columna al ritmo de “a donde vayan los iremos a buscar”; otros se acercan tejiendo conversaciones de a varios, en un murmullo que une. En tiempos donde desde los lugares de poder se valida el desprecio, donde el grito ahoga la escucha y el agravio se confunde con autenticidad, ver la calidez de esta juventud reunida desde el afecto y la memoria tranquiliza el aire. Medio siglo después, es la evidencia más clara de que, siempre y cuando exista alguien dispuesto a recordar, los lápices seguirán escribiendo.





