A 50 años de la Noche de los Lápices: la aventura prohibida que unió a Estudiantes y a Gimnasia

Por Blanca Duarte

“Por suerte todavía aparece en las canchas algún descarado carasucia que se sale del libreto y comete el disparate de gambetear a todo el equipo rival por el puro goce del cuerpo que se lanza a la prohibida aventura de la libertad”, el fragmento escrito por Eduardo Galeano parece describir la esencia misma de los pibes platenses de la década de los 70’. Eran esos “carasucia” rebeldes, pibes que entendían que la libertad no se pedía, se gambeteaba en la calle, en el aula y en la plaza. Pero la madrugada del 16 de septiembre de 1976, la dictadura militar intentó clausurar esa aventura. El chirrido seco de los frenos de los Falcon verdes rompió el silencio de las calles. Hubo un ruido sordo de botas derribando portones, llantos ahogados en la oscuridad y el metal helado de las armas apoyado sobre pijamas blandos. Grupos organizados bajo el mando de Ramón Camps y Miguel Etchecolatz salieron a cazar a los que se salían del libreto. Esa noche, y en los días siguientes, diez estudiantes secundarios, chicos de entre 16 y 19 años que militaban en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) por el Boleto Estudiantil, fueron arrancados de sus camas. Seis de ellos jamás regresaron. Quisieron meter en un calabozo la idea de un mundo libre, y en ese zarpazo atroz, también se llevaron pedazos de la identidad de los clubes de la ciudad.

Porque esos chicos, antes de ser nombres en una bandera de lucha, eran adolescentes comunes que ejercían la libertad en cada picado. Olían a tinta, a cigarrillos compartidos a escondidas en las esquinas y al sudor pastoso de las tardes de potrero. Discutían de política con la misma pasión con la que defendían un lateral. En una ciudad partida al medio por diagonales, sus corazones latían al ritmo de las tribunas de los dos gigantes locales, los únicos espacios donde la palabra libertad todavía se cantaba fuerte. Horacio Ungaro tenía 17 años y era un destacado ajedrecista que vestía con orgullo la camiseta de Estudiantes de La Plata, club al que llegó a representar en torneos interclubes; un estratega que sabía que los peones, cuando se organizan, pueden poner en jaque al rey. Del otro lado, en los tablones del Bosque, el dolor golpeó por partida triple: Francisco López Muntaner, Daniel Racero y María Claudia Falcone compartían los colores azul y blanco de Gimnasia y Esgrima La Plata. Llevaban la mística indomable del Lobo a las aulas. Incluso en el infierno del Pozo de Banfield, encapuchados y maniatados, el fútbol fue la última trinchera de su libertad condicional: el murmullo bajo para saber que el otro seguía vivo. El sobreviviente Pablo Díaz, fanático Pincha, recordaría años después cómo la pasión futbolera les devolvía los nombres en la negrura: “Estábamos enfrentados por el fútbol, pero unidos por una misma causa”.

Se cumplen 50 años de la Noche de los Lápices, la ciudad se une en un eco que demuestra que la aventura no pudo ser prohibida. En un contexto donde la memoria colectiva se defiende en las calles frente a los discursos que pretenden relativizar el horror, los clubes entendieron que su rol trasciende la pelota y que la identidad es un derecho soberano. En un acto de profunda reparación histórica, las comisiones directivas de Gimnasia y Estudiantes se abrieron a revisar sus viejos archivos de asociados. El Bosque y el Uno dejaron de lado los colores para fundirse en un abrazo administrativo y humano: la restitución de los carnets honorarios a los familiares de los jóvenes desaparecidos. Devolverles la condición de socios es arrancar sus nombres de la lista de la muerte para devolverlos al lugar del cual nunca debieron salir: el espacio público, la vida social, los domingos de tribuna en los que se es verdaderamente libre.

Ese trozo de plástico con sus fotos en blanco y negro, entregado a las manos temblorosas de sus hermanos o sobrinos, es la gambeta definitiva de la memoria sobre el olvido. Es el carasucia saliéndose del libreto cincuenta años después. La Plata ya no calla sus nombres y las paredes de los estadios hoy se visten con sus rostros pintados en murales eternos. Medio siglo después de aquella madrugada helada, las canchas argentinas demuestran que el terrorismo de Estado pudo quebrar cuerpos, pero nunca borrar la libertad de sentir una camiseta. Esos pibes siguen alentando en cada rincón, porque sus lápices siguen escribiendo la historia con la fuerza de unos colores que el horror jamás les pudo desvestir.

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