Por Juan Pablo López
Cincuenta y dos años de espera. Un lapso casi tan extenso como los 54 años que le tomó a la NASA reanudar sus exploraciones sobre el suelo lunar. Esa fue la prolongación del tiempo que debió aguardar Haití para volver a disputar una Copa del Mundo, evocando aquel lejano 1974 cuando el gol de Emmanuel Sanon derribó el invicto del arquero italiano Dino Zoff. En 2026, el regreso de los Granaderos al torneo más importante del planeta se concretó, pero bajo un libreto sumamente paradójico: un XI titular compuesto por futbolistas nacidos, criados y formados a lo largo y ancho de Europa y Norteamérica luchó por defender en la cancha los colores de un país en el que, en muchos casos, jamás habían estado.
Mientras esta selección de la diáspora representaba el orgullo de una nación frente a potencias como Brasil, Marruecos y Escocia, las fronteras reales del territorio haitiano continuaban expulsando a sus ciudadanos. Según datos publicados por las Naciones Unidas, los grupos armados controlan actualmente más del 80% de Puerto Príncipe, sumiendo a la capital en una situación de excepción cotidiana que ha desarticulado la vida civil y el acceso a la salud básica. Frente a este colapso, más de 535.000 haitianos, que representan cerca del 70% de los extranjeros residentes en la República Dominicana según datos de Naciones Unidas, optan por vivir en la clandestinidad. Es allí, fuera de los estadios, donde se libra la verdadera batalla por la supervivencia: la de las madres haitianas que intentan dar a luz en el exilio.

Quizás uno de los sectores más críticos que hoy demuestra la severidad de la crisis migratoria es el sanitario. Porque de acuerdo con datos de Riess (Archivo de Información y Estadísticas del Servicio Nacional de Salud), los nacimientos de mujeres haitianas en hospitales públicos dominicanos disminuyeron aproximadamente un 60% en el último periodo. El Servicio Jesuita a Migrantes (SJM) señala que este descenso responde al temor generalizado a las deportaciones masivas impulsadas por el gobierno dominicano de Luis Abinader. Ante el temor a los operativos migratorios, una cantidad indeterminada de mujeres embarazadas prefiere dar a luz de forma secreta en lugares de condiciones de salubridad básicas.
El director del SJM, el padre Germain Clerveau, ha denunciado que esta falta de atención médica profesional en partos asistidos por familiares o parteras improvisadas ha provocado el fallecimiento de madres y recién nacidos debido a infecciones y hemorragias. Existe una marcada cifra negra en estos registros, ya que las muertes nunca se denuncian por temor a represalias migratorias. También, el SJM recogió testimonios de mujeres embarazadas detenidas por las fuerzas de seguridad, dentro de los centros de asistencia o inmediatamente después de recibir el alta médica, y expulsadas de forma exprés sin posibilidad de solicitar visados de residencia. Ante este panorama, monseñor Pierre-André Dumas, en nombre de la Conferencia Episcopal, ha recordado que si bien la República Dominicana es libre de gestionar sus fronteras, «las soberanías nacionales no pueden eludir la dignidad humana y negar el derecho al acceso a la asistencia sanitaria pública de urgencia».
Este profundo cisma social explica, precisamente, el carácter de la selección dirigida por Sébastien Migné La convocatoria se componía de jugadores formados en el exilio que optaron por vestir los colores de las raíces de sus padres y reúne trayectorias diversas: desde figuras nacidas en Francia como Jean-Ricner Bellegarde (mediocampista del Wolverhampton de la Premier League) o Duckens Nazon, hasta el arquero suplente Josué Duverger, formado en Canadá, y el defensor Duke Lacroix, proveniente de los Estados Unidos. En contraposición, los pocos futbolistas formados localmente, como el defensor Woodensky Pierre, moldearon su carrera en Cité Soleil, uno de los barrios más peligrosos de la isla, donde el fútbol opera estrictamente como un mecanismo de supervivencia.
Incluso la indumentaria oficial del equipo se transformó en un terreno de disputa geopolítica y de identidad. Para este torneo, la FIFA obligó a la Federación Haitiana de Fútbol a modificar su camiseta de juego, confeccionada por la marca colombiana Saeta. El organismo rector consideró que el diseño original violaba sus reglas de equipamiento al incluir un homenaje visual a la Batalla de Vertières de 1803, el enfrentamiento histórico donde las tropas haitianas derrotaron al ejército napoleónico para declarar su independencia en 1804. Aunque la federación aclaró que se trataba de un tributo a la resiliencia del pueblo, la FIFA se mantuvo inflexible en su prohibición de exhibir símbolos de corte histórico revolucionario.

La razón por la cual esta diáspora poblacional hoy en día nutre al equipo de fútbol radica en las cicatrices políticas que dejó el siglo pasado, donde el quiebre institucional moderno se profundizó durante el régimen de Jean-Claude Duvalier (1971-1986). Su gestión estuvo signada por la malversación de fondos públicos y crisis económicas severas, como la erradicación forzada de la población de cerdos criollos en 1982 a través del programa norteamericano PEPPADEP, medida que destruyó el sistema de ahorro de la economía campesina y provocó el primer gran éxodo transfronterizo. Esta corriente migratoria se consolidó tras el sangriento golpe de Estado militar que derrocó al presidente electo Jean-Bertrand Aristide en septiembre de 1991, sumergiendo al país en una espiral de violencia que aceleró de forma definitiva la huida de miles de familias hacia Norteamérica y el Caribe, consolidando las redes migratorias que décadas después permitirían a miles de descendientes haitianos formarse en academias extranjeras .
De la euforia reciente por la clasificación al Mundial y por la goleada a Nueva Zelanda en Miami poco o nada se recuerda tras la temprana eliminación del equipo en la cancha El torneo generó una unificación temporal en la población, pero el contexto político impuso sus condiciones: los jugadores de la diáspora compitieron bajo estrictas excepciones gubernamentales en Estados Unidos, pero sus aficionados en la isla no pudieron viajar debido a las restricciones migratorias de la administración de Donald Trump. Con la competencia terminada, el proyecto deportivo haitiano concluye bajo la premisa de su propia bandera, que afirma que “la unión hace la fuerza”, pero cuyo presente describe a un pueblo fragmentado. Haití se despide del Mundial con futbolistas nacidos lejos de su tierra, mientras en las sombras del exilio, sus madres siguen jugando el partido más difícil por legar un futuro a sus hijos desde el desarraigo.




