Por Juana Lusin Santafé
“Es solamente fútbol”, dicen algunos. Y probablemente tengan razón. Pero para los argentinos, cada vez que del otro lado aparece Inglaterra, esa frase pierde fuerza. Ahí, el fútbol se llena de memoria. No porque un partido pueda cambiar la historia, sino porque hay enfrentamientos que nunca lograron desprenderse de todo lo que representan. Es imposible no sentir un nudo en la garganta. Es imposible que no se erice la piel. Es imposible que el corazón no lata diferente. Porque cuando Argentina e Inglaterra se enfrentan en un Mundial, nunca juegan solamente once contra once. También juegan los recuerdos, las heridas, las alegrías y una rivalidad que atravesó generaciones.
El primer capítulo se escribió el 2 de junio de 1962, durante el Mundial de Chile. Argentina e Inglaterra se enfrentaban por primera vez en una Copa del Mundo y, por entonces, el duelo todavía no cargaba con el peso simbólico que adquiriría con los años. Inglaterra se impuso por 3 a 1 y dejó a la Selección al borde de la eliminación. Aquella tarde pasó a la historia porque fue el comienzo de un recorrido que nadie imaginaba. Sin saberlo, ambas selecciones acababan de abrir una historia que, con el paso de las décadas, dejaría de medirse únicamente en goles.
Cuatro años después, todo cambió. En los cuartos de final del Mundial de Inglaterra 1966, la Selección cayó 1-0 en un partido que quedó marcado por la polémica. A los 35 minutos, cuando las tarjetas todavía no existían, el árbitro alemán Rudolf Kreitlein decidió expulsar a Antonio Rattín. El problema fue que el capitán argentino no hablaba alemán y el juez no hablaba español. Rattín se quedó inmóvil, incrédulo, pidiendo un intérprete para entender por qué debía abandonar la cancha. La respuesta nunca llegó. Antes de entrar al túnel, pasó junto a la alfombra roja preparada para el ingreso de la reina Isabel II y se sentó unos segundos sobre ella. Además, como si faltara algo, al pasar junto al córner, estrujó el banderín del Reino Unido en un gesto de bronca que quedó inmortalizado. Lo que ocurrió en Wembley parecía suficiente para que quedara grabado en la memoria. Pero la historia todavía tenía reservado el capítulo más inolvidable de todos.
Veinte años después, el 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca, Argentina e Inglaterra se encontraron otra vez en los cuartos de final. Pero esta vez el partido llegaba cargado de un peso imposible de ignorar. Apenas cuatro años después de la Guerra de Malvinas, el fútbol se convirtió, por un instante, en el escenario donde un país entero volcó emociones que iban mucho más allá del resultado. Entonces apareció Diego Armando Maradona. Primero con la picardía de “La Mano de Dios”. Después, con una obra de arte que todavía hoy parece desafiar el paso del tiempo. “Barrilete cósmico… ¿de qué planeta viniste?”, gritó Víctor Hugo Morales mientras Maradona dejaba ingleses en el camino para convertir lo que se transformaría en “El gol del Siglo”. Argentina ganó 2-1. Aquella tarde no devolvió a los que ya no estaban, no cerró heridas ni cambió la historia. Pero durante noventa minutos le regaló a un pueblo un abrazo que necesitaba. Y, a veces, el fútbol también sirve para recordarnos que, incluso después del dolor, todavía es posible volver a sonreír.
El destino volvió a encontrarlos dos veces más. En Francia 1998, el duelo terminó 2-2 y se resolvió desde los doce pasos, donde Argentina volvió a ganar mientras David Beckham cargaba con el peso de una expulsión que marcaría su carrera. Pero el fútbol, tan cruel como generoso, le tenía reservada una segunda oportunidad. En Corea-Japón 2002, el inglés convirtió de penal el único gol del partido, se tomó revancha y dejó a la Selección de Marcelo Bielsa al borde de una eliminación que terminaría consumándose pocos días después. Dos Mundiales, dos finales distintos y un mismo protagonista. Como si la historia entre argentinos e ingleses nunca dejara cabos sueltos.
Este miércoles volverán a verse las caras. Esta vez, en una instancia en la que nunca se encontraron: semifinales de la Copa del Mundo. No importan los años que pasen ni los partidos que se jueguen, la Selección nunca pisa la cancha sola. Detrás de esa camiseta están los que alguna vez cantaron al ritmo de “el que no salta es un inglés…”, los que se emocionan cada vez que escuchan las estrofas del himno, los que vuelven a mirar imágenes de aquellos que dejaron todo por la patria y entienden que algunos recuerdos nunca dejan de doler.
Entonces, ¿es realmente solamente fútbol? ¿Cómo se lo explicamos a alguien que no entiende lo que verdaderamente significa? Quizás nunca exista una respuesta capaz de explicarlo del todo. Porque hay emociones que no encuentran palabras, solo corazones capaces de entenderlas.




