Nunca fue solo un partido

Por Gabriel Milian Scuri

En la previa del partido entre Argentina e Inglaterra del Mundial de 1986, el entrenador Carlos Bilardo declaró, en un inglés bastante precario, que aquel cruce era “solo fútbol”. 

Cuarenta años después, en la antesala de un nuevo enfrentamiento entre ambos seleccionados, la frase se hizo presente.

El seleccionado argentino se metió en las semifinales del Mundial 2026 tras vencer a Suiza por 3-1. La prensa, que palpitó incluso desde antes de triunfar ante la Rossocrociati el duelo ante Inglaterra, le consultó a Lionel Scaloni sobre el significado de este encuentro. “Es solo un partido de fútbol, eh. No busquemos otra cosa”, respondió.

Fue sincero desde su opinión. Conciso. Le quitó cualquier tipo de peso extrafutbolístico al enfrentamiento contra The Three Lions. Pero, en esta, toca que gran parte del pueblo argentino difiera con el seleccionador nacional. Aunque, quizá, de aquí hasta el miércoles, el oriundo de Pujato logre visualizar lo que pasa en las calles de su patria, o en los alrededores de los estadios, donde la gente salta, casi que de manera coordinada, y al unísono entona: “El que no salta es un inglés”. 

En las casas argentinas, llenas de grupos de amigos y mesas con cervezas, las voces pedían jugar con Inglaterra. Hay algo en lo emotivo que interpela al medirse ante quien nunca va a ser un seleccionado más, sino una parte de la representación de un país que, a lo largo de los años, se ha obsesionado con quitarle (y quitarnos) al mundo lo que no le es propio.

Desde las invasiones en 1806 y 1807, hasta la insistencia por reconocer como suyas unas islas que quedan a la vuelta de la esquina de Ushuaia. Que fueron heredadas. Que fueron siempre territorio argentino. Y que lo seguirán siendo.

En las redes sociales la gente se pronuncia con imágenes de Maradona, Rattín o flyers publicitarios. En el Obelisco brota la emoción y la esperanza de que el ladrón reciba un cachetazo de revés. Una vez más.

Nunca será solo un partido de fútbol, para una tierra en la que este deporte se utiliza como motor para cuando la panza está vacía o las ilusiones rotas que deja la vida te destrozan el alma. La pelota funciona para la Argentina como una curita que tapa cada uno de los raspones que se impregnan en la piel.

Nunca será solo un partido porque el fútbol nunca será solo fútbol. Ni para Scaloni, que, quizá, en cada sueño que tiene, fantasea con una victoria. Se le viene a la mente su gente. Su pueblo. Que, al igual que gran parte del país, saltan junto a la hinchada para no ser ingleses.

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