Por Thiago Maison
La Selección de Cabo Verde hizo historia en el Mundial 2026. No sólo por su carácter de revelación al clasificar de la fase de grupos y haber puesto en vilo la continuidad de Argentina en el certamen en el partido por los dieciseisavos, sino también por permitirle al pequeño archipiélago tener una visibilidad global que jamás logró tener.
Una travesía utópica que duró exactamente un mes y que significó mucho más que un avance deportivo. La diáspora marcó el histórico plantel que viajó a Estados Unidos, ya que cerca de un millón de caboverdianos decidieron emigrar para progresar económicamente ante la escasez de empleo en el archipiélago africano.
Solamente 12 futbolistas de los 26 convocados para disputar la cita máxima nacieron en Cabo Verde e incluso 24 de ellos jamás jugaron en la liga local, la cual es amateur y no frenó la competencia durante la Copa del Mundo. Aún así, el sentido de pertenencia siempre marcó a cada uno de los encargados de gestar la épica en el continente americano, porque el sueño no era simplemente romper las barreras futbolísticas. Era abrirle paso a un rayo de luz en la oscuridad.
Arribaron a Estados Unidos el 3 de junio a puro baile, con la ilusión más encendida que nunca y sin nada que perder ante dos selecciones campeonas del mundo como España y Uruguay, ni Arabia Saudita, una nación con un rendimiento que en los últimos años venía en alza.
Desde allí, el mundo del fútbol comenzó a caer perdidamente en los ojos de un grupo humano que parecía estar en un viaje de egresados. Con la alegría como estandarte, pero con una oportunidad dorada que caía sobre su espalda, Cabo Verde logró jugar de igual a igual con sus tres primeros rivales. A veces entendiendo que atacar no era lo ideal, pero sí esperar su momento de salir a la caza, y otras en las que tomaron la lanza para herir con transiciones rápidas, habilidad pura con la pelota al pie y el corazón como arma principal.
Vozinha, su arquero de 40 años, se viralizó inéditamente en redes sociales debido a sus espectaculares actuaciones que, también, lo llevaron a lo más alto de los Power Rankings de FIFA. Pero los Tiburones Azules no vieron este suceso como un incremento de seguidores cualquiera. Sino que vieron en él el primer paso hacia la reinvención de un país que necesita, y mucho, de la llegada de terceros para progresar.
Una vez superada la primera fase, llegaba Argentina en la ronda de 32. Un duelo que simbolizaba el trampolín definitivo para una eventual llegada de inversores al archipiélago, ya que enfrente se encontraba la vigente campeona del mundo. Los caboverdianos en su tierra y fuera de ella imploraban por una pizca de suerte que delimitara su futuro.
Y vaya que no la tuvieron, porque no fue casualidad, sino causalidad. Llevaron a la Albiceleste al alargue y perdieron por 3 a 2 con un rendimiento sensacional que incomodó constantemente a los dirigidos por Lionel Scaloni. Se ganaron el respeto del mundo entero al entrar al terreno de juego sin temores y una irreverencia necesaria en el fútbol. Murieron de pie tras decidir que vivir de rodillas no era una opción.
Luego de la derrota en el resultado y de la victoria espiritual, fueron aplaudidos por el estadio entero y ovacionados por su nación. Se fueron como futbolistas y, el cinco de julio, día de su independencia, regresaron a su tierra como héroes y leyendas totales. La felicidad rebalsaba a cada caboverdiano que se acercó al aeropuerto de Praia, la capital, para recibir al ya memorable equipo que disputó el Mundial 2026.
Las sonrisas en cada uno de los integrantes del plantel y cuerpo técnico eran sumamente genuinas. Sabían que le dieron una alegría inmensa a su país después de tanto sufrimiento y que la oportunidad de crecimiento está al caer. Se prevé que lleguen inversores al archipiélago y que, por ende, Cabo Verde crezca en todos los ámbitos posibles, con un horizonte ideal: el tan ansiado final de la diáspora y el regreso a su suelo de los allí nacidos para criar a sus hijos y compartir la cotidianeidad con sus familias.




