Por Naomi Coronel
En la fe católica, hoy 1º de noviembre, se celebra el Día de Todos los Santos,
jornada reservada por la iglesia para honrar a las almas que alcanzaron la gloria
eterna, los martirios ejemplares y la gracia divina. Sin embargo, él no está sentado
en un banco de madera, ni huele la cera derretida, ni escucha el eco grave de un
órgano de fondo. Él está de pie, apoyado contra un paredón de ladrillos a la vista en
la esquina de la calle, envuelto en una humareda densa y grasa que desprende el
olor a carbón, al asado y a las hamburguesas que se mezclan con el reconocido olor
a pólvora de las bengalas de colores.
A su alrededor, una marea de miles de personas avanza a paso lento, casi
apretando los cuerpos contra las vallas como si marcharan en busca de un milagro
que los salve de todo lo demás. Para él y para todos los que comparten esa marea,
la devoción no se evaporó con la llegada de la modernidad ni se perdió en la apatía
del siglo actual. La fe argentina no desapareció: simplemente reorganizó sus altares,
cambió de templo y trasladó sus rezos de la tranquilidad litúrgica de la parroquia de
barrio al fuerte y retumbante sonido de la cancha.
Observa el mundo y entiende la vida a través de los ojos de un creyente de tribuna.
Sobre la espalda lleva puesta una camiseta desteñida que heredó de su padre, una
prenda que desconoce el lavarropas y desiste de suavizantes y jabones porque
lavarla -asegura con gravedad y la solemnidad de un sacerdote- sería equivalente a
“limpiar la suerte” y profanar las memorias acumuladas en aquel mezclado de tela.
En el bolsillo interno de la campera guarda uno de sus tesoros más preciados, aquel
que lo conecta con el plano de lo intangible: un pedazo de trapo deshilachado que
perteneció a una bandera legendaria de los años noventa. Estos no son
simplemente recuerdos materiales ni coleccionismo barato: son reliquias laicas,
pequeños amuletos tangibles que toca con sus dedos fríos de la mano derecha
cada vez que siente que el partido se complica, que un árbitro cobra en contra o que
el destino vuelve a ponerse esquivo frente al club que tanto adora.
En la arquitectura de su mentalidad no existe margen para la contradicción entre lo
celestial y lo terrenal. Sabe perfectamente cómo se compone el panteón de sus
creencias. En la cúspide de este altar laico habitan los dioses mayores: el culto
mitológico y eterno a Diego Armando Maradona, esa divinidad imperfecta, humana y
desafiante capaz de obrar el milagro con la zurda o con la mano frente a los
gigantes del planeta; y la devoción mística y redentora de Lionel Messi, el mesías
paciente que, tras años de penitencias colectivas, finales perdidas y rezos cruzados
en madrugadas lejanas, terminó por regalarle a su generación la gracia de la gloria
eterna.
Pero cuando el agua llega al cuello, cuando el cronómetro aprieta y el equipo se
juega la vida en una sola jugada, sus oraciones en voz baja no buscan la inmensidad del cielo. Se dirigen a su santo patrono en particular: ese ídolo de la infancia que usaba la camiseta número diez en la espalda, el héroe terrenal de su club al que le habla en un murmullo entre dientes antes de que se ejecute un tiro libre decisivo. Entiende que cada club del país es, en el fondo, un santuario con su propia imaginería: los de Boca le encomiendan la salud de su alma a Riquelme o Palermo; los de River buscan la protección de Labruna o Gallardo; los de Independiente respiran bajo el manto sagrado de Bochini, y en las calles de Rosario aún se le prende una vela invisible al “Trinche” Carlovich, venerado como un santo pagano cuyo mito se transmite por revelación oral de padres a hijos.
El viaje para estar hoy parado frente a los molinetes no fue gratis ni milagroso. Su
propio cuerpo lleva impresas las marcas de los sacrificios que exige esta religión:
las horas de sueño cambiadas por viajes interminables en micros de larga distancia
sin aire acondicionado, los ayunos involuntarios comiendo galletitas al costado de
una ruta provincial y las deudas financieras asumidas sobre el cierre del mes con la
única justificación de pagar una entrada. Sabe que el fútbol argentino no entiende
de devociones gratuitas ni de creyentes de ocasión; es una fe profundamente
retributiva que funciona bajo la lógica de la penitencia.
En su memoria permanece intacta la imagen de aquella tarde agónica en la que su
equipo jugaba noventa minutos dramáticos para evitar el abismo del descenso.
Recordó la sensación del aire faltante en los pulmones, el nudo ciego en la garganta
y la desesperación de mirar al cielo sin saber a quién pedirle ayuda. En ese instante
de fragilidad absoluta, cerró los ojos entre la multitud y formuló una promesa. Un
pacto sagrado pronunciado en voz baja, empeñando su palabra ante lo invisible a
cambio de un “milagro” deportivo.
Y cuando el milagro finalmente ocurrió, cuando la pelota cruzó la línea de gol en el
minuto noventa y cuatro desatando la locura y la salvación, el compromiso no se
saldó con simples palabras de agradecimiento. Cumplió con el rigor de un monje:
semanas después de la hazaña, caminó los sesenta kilómetros bajo un sol
abrasador hasta la Basílica de Luján vistiendo con orgullo la camiseta de su equipo,
fusionando el dolor de las ampollas en los pies con la gratitud popular a los colores.
Días más tarde, dejó que una aguja con tinta negra le grabara en la piel de las
costillas la fecha exacta y la hora de aquel gol, transformando su propio cuerpo en
un altar permanente. Pasó, además, meses enteros sin cortarse el pelo ni la barba,
aceptando la mirada extrañada de los desconocidos como el precio justo por la
gracia recibida.
Ahora, mientras la marea humana lo empuja lentamente hacia la boca de acceso y
el murmullo del estadio empieza a retumbar en el centro de su pecho como el eco
de un órgano, acomoda la camiseta heredada sobre el torso y sonríe. La Iglesia
católica recordará hoy a los santos que habitan en el cielo, pero él sabe con la
certeza absoluta de los creyentes que en las tribunas de la Argentina la salvación se sigue pidiendo desde la tierra, tocando la tela de una camiseta gastada y esperando que la pelota vuelva a entrar para que el milagro se repita una vez más.





