El talento bajo sospecha: ¿por qué al distinto siempre se le pide que corra?

Por Ramiro Álvarez Cid

Un pase filtrado que no llega a destino, una gambeta que termina en pérdida o una decisión que no sale como estaba prevista pueden despertar murmullos en una tribuna. En cambio, una barrida, una corrida para recuperar la pelota o un duelo disputado con intensidad suelen recibir el aplauso inmediato del público, incluso cuando esas acciones no generan una ventaja para el equipo. ¿Por qué el esfuerzo físico resulta tan fácil de reconocer y el talento necesita demostrar constantemente su valor?

En el fútbol argentino, esta discusión tiene una particularidad. El potrero, el baby fútbol, el enganche y la figura del diez forman parte de una cultura que históricamente valoró al jugador capaz de hacer algo diferente. En los equipos de barrio siempre aparece ese futbolista que hace jugar a los demás, asiste, marca goles y encuentra soluciones cuando el partido se complica. Se destaca por su técnica, su creatividad y su capacidad para resolver situaciones que otros no pueden. Sin embargo, muchas veces, ese mismo jugador queda en la mira cuando no corre o no demuestra lo que se espera de él.

La contradicción está en que el fútbol argentino reivindica al talentoso, pero también suele cuestionarlo por no cumplir con determinadas exigencias físicas. El diez que intenta un pase entre líneas y falla puede recibir más críticas que el compañero que corre durante todo el partido sin conseguir resultados concretos. No se trata de desmerecer el esfuerzo ni de negar la importancia de la intensidad. La pregunta es por qué, en determinadas situaciones, correr parece ser una prueba de compromiso más importante que jugar bien.

Juan Román Riquelme cuestionó esta manera de entender el fútbol en una entrevista con Clarín, publicada en 2013. “Correr, corre cualquiera; jugar al fútbol es más complicado”, afirmó el actual presidente de Boca, quien también destacó la importancia del pase, el control y la elección de cada jugada. Su reflexión pone el foco en una cuestión central: el despliegue físico no garantiza que un futbolista interprete y resuelva correctamente las situaciones del juego. 

El fútbol cambió. La preparación física, la presión alta y la velocidad de las transiciones adquirieron una importancia enorme. Los equipos necesitan que sus futbolistas participen de las distintas fases del juego, reaccionen cuando pierden la pelota y colaboren para recuperar el orden defensivo. En ese contexto, ningún jugador puede quedar completamente al margen de sus responsabilidades. Pero cumplir una función defensiva no significa que todos deban correr de la misma manera ni aportar las mismas cualidades.

El talento y el esfuerzo no son conceptos opuestos. Un futbolista puede presionar, retroceder y colaborar con el equipo sin dejar de ser el encargado de generar juego. La diferencia está en entender qué necesita cada equipo y cómo aprovechar las características de sus jugadores. Hay entrenadores que buscan una presión constante de sus once futbolistas y otros que prefieren liberar a determinadas figuras de algunas obligaciones para potenciar su capacidad ofensiva. El desafío está en encontrar un equilibrio entre las necesidades colectivas y las virtudes individuales.

Además, el talento no se limita a la técnica ni a la capacidad de gambetear a un rival. También está en la cabeza. Leer una jugada antes que los demás, detectar un espacio, anticipar los movimientos del rival y entender cuándo acelerar o darle una pausa al equipo son cualidades que forman parte del juego. Muchas veces, la diferencia no está en correr más que el resto, sino en interpretar mejor lo que sucede y tomar la decisión adecuada en el momento indicado. Esa inteligencia también requiere trabajo y comprensión del fútbol.

Diego Latorre también cuestionó las exigencias que recaen sobre los futbolistas creativos. El exdelantero planteó que al talentoso se le exige más que a otros jugadores y que suele quedar señalado cuando el equipo no funciona. “Hay un resentimiento latente hacia los jugadores talentosos. A los talentosos se les pide admiración, pero también se les exige una cantidad de obligaciones que ojalá se les pidieran a otros jugadores. Del talentoso siempre se espera más y casi siempre es considerado el culpable cuando las cosas salen mal”, expresó. Su reflexión profundiza la contradicción: el futbolista capaz de resolver un partido puede terminar cuestionado cuando el equipo no funciona.

El fútbol europeo también demuestra que la intensidad puede convivir con el talento. Equipos como el Paris Saint-Germain combinan presión alta, velocidad y despliegue físico con futbolistas capaces de asociarse, gambetear y generar situaciones de gol. No se trata de establecer una oposición entre Europa y Argentina, sino de preguntarse cómo conviven las exigencias del fútbol moderno con una cultura futbolística que históricamente le dio un lugar central al jugador diferente.

Lionel Messi es un ejemplo de esa convivencia. Con el paso de los años, su participación en la presión y su despliegue físico cambiaron respecto de otras etapas de su carrera. Sin embargo, su capacidad para asistir, generar ocasiones y resolver partidos continúa siendo determinante. Su aporte no se mide únicamente por la cantidad de metros que recorre, sino también por lo que puede producir cuando tiene la pelota. Un equipo puede organizarse para compensar determinadas limitaciones físicas y aprovechar aquello que su figura hace mejor que casi cualquier otro futbolista.

El problema aparece cuando el compromiso se mide solamente a través de lo visible. Una corrida, una barrida o una pelota disputada son acciones fáciles de reconocer desde la tribuna. En cambio, un movimiento que libera un espacio, un pase que rompe líneas o una decisión que permite superar la presión rival pueden pasar inadvertidos. No todas las contribuciones tienen la misma visibilidad, aunque puedan ser igual de importantes para el resultado.

¿Por qué el fútbol argentino sigue celebrando la cultura del potrero y del enganche, pero tantas veces desconfía del jugador que mejor representa esa tradición? El talentoso también debe esforzarse, defender y adaptarse a las necesidades del equipo. La discusión no pasa por liberarlo de sus obligaciones, sino por entender que su función principal puede ser hacer jugar a los demás, asistir o marcar goles.

Correr es parte del fútbol, pero no es la única manera de ayudar a un equipo. El compromiso no debería medirse únicamente por el despliegue físico, así como el talento tampoco debería servir de excusa para no cumplir una función. El desafío es reconocer que un futbolista puede aportar desde lugares diferentes. Porque, si el jugador distinto tiene que demostrar constantemente que también sabe correr, quizás la pregunta sea si todavía valoramos lo que lo hace distinto.

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