La física del aire y los refugios de plástico

Por María Jorge

A los ocho años, tras la muerte de su padre, Emily Ciancaglini aprendió a deslizarse sobre unos patines prestados que no tenían frenos. Hoy, entre los últimos finales de Psicología y los giros dobles en la pista, desmiente la idea del pasatiempo pasajero y construye su vida alrededor de una certeza: esta disciplina nunca fue una etapa, sino el lugar donde refugiarse del mundo.

Hay un milímetro en el codo, una desviación mínima en la inclinación del brazo, que decide si un cuerpo se sostiene en el aire durante dos vueltas completas o si cae estrellado contra el piso. Emily Ciancaglini lo sabe sin necesidad de consultar un manual. Para ella, el patinaje artístico en el estilo libre no es la levedad luminosa que percibe el público desde la tribuna, sino una ecuación implacable de matemática, física y química. Una rutina donde la gravedad no perdona el titubeo.

A los 24 años, en un departamento de La Plata, que levantó con la misma tenacidad obstinada con la que entrena, Emily habita un orden riguroso. Cada mañana apaga la alarma, esquiva la pantalla del celular, se lava la cara con agua fría, abre las ventanas de par en par y se sienta a estudiar. Le quedan apenas cinco exámenes finales para recibirse de psicóloga y sabe que las primeras horas del día son las más limpias para la memoria. Pero cuando la tarde cae, el silencio del estudio se rompe. Se pone la malla, el maquillaje y enciende la cumbia a todo volumen: una cábala eléctrica que le sacude los nervios antes de poner un pie en el club.

Nació el 12 de noviembre de 2001 en Adolfo Gonzales Chaves, un pueblo bonaerense de casas bajas, donde quedó su infancia, su madre Dorita, sus tres hermanos mayores Ezequiel, Eric y Enzo, y la ausencia de su padre, Alejandro, quien falleció cuando ella tenía ocho años. Fue en ese abismo infantil donde esta pasión apareció por primera vez. Su madrina la impulsó a probar y una amiga, Gina, le prestó su primer calzado sobre ruedas: unos objetos de plástico rígido, sin frenos. Como ya sabía andar en rollers, la niña Emily comenzó a desplazarse con una destreza inexplicable para quienes la miraban. Esta práctica no fue solo un deporte descubierto tras probar sin éxito la gimnasia, el vóley o el básquet; fue un escondite tibio para atravesar el duelo.

Aquel refugio, sin embargo, estuvo a punto de colapsar años más tarde. Cuando su profesora Natalia la promovió a la categoría B, donde los saltos se duplican y la técnica se vuelve despiadada, la autoexigencia se convirtió en una trampa. En plena competencia, una falla técnica quebró su confianza. Sintió el peso del juicio y la decepción ajena. Abandonó las clases en sexto año de la secundaria y poco después la pandemia congeló las pistas por casi dos años. Intentó canalizar la energía en el gimnasio, probó calistenia, pero nada lograba engancharla: se aburría. En su cabeza no había lugar para otra disciplina. Fue en el espacio de la terapia donde comprendió que aquella parálisis no era solo el miedo a un salto fallido, sino el eco de pérdidas más antiguas que necesitaban ser nombradas.

El regreso a la pista en 2022 exigió desarmar nudos profundos. Volver a competir en 2024 significó exponerse nuevamente a la vulnerabilidad absoluta de estar sola en el centro de la pista, bajo la mirada de los jueces. No le fue bien. Pero en 2026, durante una competencia en Las Flores junto a Lula, su joven entrenadora de 19 años a quien admira, y sus amigas del interior, el cuerpo volvió a responder. Al ejecutar con fluidez aquella figura que años atrás la había paralizado, sintió que recuperaba a la niña que rodaba sin frenos.

Cuando en su entorno intentaron etiquetar su pasión como una etapa que ya debía cerrar, Emily se plantó. En el gimnasio del club observa a mujeres de casi 40 años aprender maniobras complejas y reafirma su convicción: el patín, no es una fase juvenil, sino una forma de habitar el mundo. Mientras prepara sus últimos finales, sueña con unir la psicología deportiva y se debe a sí misma el regreso a un torneo Nacional. No para demostrar nada a nadie, sino para disfrutar, al fin, de la libertad que conquistó en el aire.

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