Santiago Mare y la importancia de liderar en silencio

Por Juan Delgado

Desde las canchas de Regatas en Bella Vista a la capitanía de Los Pumas Seven. Aprendió que liderar no significa estar por encima de los demás, sino lograr que todos se sientan parte de una familia.

“Es uno de los recuerdos más felices que tengo en mi vida”. Mientras hablaba, una sonrisa imborrable apareció en su rostro, como si volviera por unos segundos a esos inicios en Bella Vista.

Los gritos de la hinchada, las camisetas azules y amarillas embarradas con manchas de sangre, el olor a pasto mojado mezclado con sudor y el ruido de la pelota ovalada golpeando contra los botines de los jugadores. Con apenas seis años, todo eso ya formaba parte de su rutina.

A pesar de su corta edad, su vida comenzaba a girar en torno a ese mundo. Se despertaba pensando en el partido del fin de semana, iba a primaria con las ganas de salir para ponerse la ropa de entrenamiento y que su papá, quien le abrió las puertas del club Regatas, lo llevara a pasar el rato con sus amigos en una cancha.

En esos años los días iban cambiando y nada era igual, excepto una cosa. Porque al dormirse, el sueño de llegar a la Primera se repetía todas las noches.

Con el tiempo el predio de Bella Vista, aquel lugar que parecía inmenso, terminó siendo solo el punto de partida para algo mucho más grande. Con apenas 19 años debutó en la máxima categoría y ese mismo año llegó el primer llamado de Nicolás Lobbë, coordinador de las juveniles, para formar parte de los Pumitas.

“En ese momento ni lo asimilás, de chico no caés”, recordó. Y algo de cierto hay en esa frase porque lo de “no asimilarlo” parece aún, 10 años después, llevarlo dentro.

Parado a un costado de las canchas en Casa Pumas, donde terminó hace unos minutos el entrenamiento del equipo, Santiago Mare habla con tranquilidad. No apura sus palabras ni parece incómodo con las preguntas, simplemente fluye. Escucha, recuerda y deja ver una sonrisa cuando la conversación vuelve a sus primeros pasos en el deporte.

Actualmente una de las cosas que lo distinguen es su fuerte personalidad y eso mismo notó su entrenador Santiago Gómez Cora, porque fue gracias a su manera de ser que en 2024 le otorgaron el timón del barco en los Pumas Seven y fue nombrado capitán del equipo.

Desde aquel infante que cumplía sueños al Mare de 29 años que defiende a su amada nación en cada partido portando la cinta en el brazo y la “10” en la espalda (con todo lo que significa ese número en la Argentina), pasaron unos diez años. Se lee rápido, pero en ese tiempo no atravesó solo partidos de rugby, cada momento fue una enseñanza constante de quién era y quién podía llegar a ser, una muestra de carácter y cambios.

El golpe de realidad lo tuvo en 2016 cuando debutó en el Mundial M20 con Los Pumitas en Inglaterra. Allí, el seleccionado se hizo con la medalla de bronce y fue el puntapié para toda una generación de jóvenes. Especialmente para él, porque ese país europeo le demostró que lo imposible solo es aquello que no se intenta.

Tres años más tarde, una pandemia arrasó con todo lo que venía construyendo a nivel deportivo. Casi una temporada entera encerrado en su hogar, pero con la mirada puesta en los Juegos Olímpicos de Tokio.

El 26 de julio se dio inicio a la competencia y, a 18 mil kilómetros de su hogar, se encontró luchando por su objetivo. El torneo finalizó con otro sueño cumplido al derrotar a Reino Unido y hacerse con una nueva e histórica medalla de bronce.

Si Inglaterra le enseñó que podía pertenecer al Seven, Tokio le mostró que ya formaba parte.

Las respuestas salen rápidas cuando de esa época se trata y tampoco piensa demasiado porque los recuerdos aparecen solos. Habla de sus compañeros, del sueño cumplido y del impacto que tuvo para un deporte que hasta ese entonces no era reconocido en su país.

Y hay algo que llama la atención, porque cada vez que explica aquellos años, siempre vuelve a lo que significó para el grupo y nunca a nivel personal.

Seguramente sea esa visión la que le mostró a Gómez Cora que la capitanía tenía nuevo dueño. Porque incluso cuando habla de los momentos más importantes de su carrera, Mare parece más interesado en los demás que en él mismo.

Eso se mantuvo en toda la charla, pero hubo un episodio en concreto que lo cambió por unos momentos.

Los Juegos en París 2024

No hubo una respuesta colectiva para salir de ese recuerdo o un silencio incómodo. Y ese detalle fue suficiente para entender que aquel episodio mantenía (y aún mantiene) un lugar especial en su memoria. Porque al escuchar esa ciudad, desvió su mirada y miró unos segundos a su alrededor buscando qué decir.

Parece que algo encontró en esa búsqueda de complicidad porque al volver la vista ya tenía la respuesta, pero esta vez más personal.

Esa etapa para él fue de los momentos más difíciles de su vida deportiva porque el ambiente con los hinchas locales fue muy hostil tanto dentro como fuera de los estadios. Aseguró que lo sintieron rápidamente en el primer partido contra Kenia y era consecuencia directa de la final ganada en el Mundial de fútbol en Qatar 2022.

En ese torneo, entendió la importancia de formar una familia dentro del equipo y hacer que todos luchen por lo mismo. Pero sobre todo aprendió a convivir con las adversidades, lidiar con la presión de no ser favoritos y salir de los momentos difíciles todos juntos.

Esa forma única de entender el deporte también explica muchas de las decisiones que toma todos los días fuera de la cancha. Los viajes constantes, la alimentación y las exigencias del alto rendimiento moldearon gran parte de su vida durante el último tiempo, pero nunca se referirá a ellos como un sacrificio porque, para él, no se trata de resignar cosas, sino de acercarse cada vez más a lo que soñó.

Hoy la situación es distinta, una lesión lo obliga a ver la temporada desde otra perspectiva. Algo poco habitual en alguien que aprendió a liderar dentro de la cancha y ahora le toca desde afuera.

Aún con todo eso su rol en el equipo nunca cambió porque sigue participando de todo como uno más. La capitanía no necesita de un líder protagonista, sino de ese silencioso que está para potenciar a sus compañeros.

Con esto finalizó la entrevista. Tras despedirse se marchó al gimnasio para unirse al resto de sus compañeros y perderse en el lugar que parece sentir como su hogar.

Mientras esto ocurre, es inevitable pensar en ese chico de seis años que soñaba con algún día llegar a la Primera de Regatas en Bella Vista. Fue el rugby el que le terminó dando mucho más de lo que él mismo podía imaginar: representar a Argentina y ganar medallas en el máximo nivel.

Sumado a eso, la posibilidad de portar la cinta de capitán que poco tiene que ver con los títulos obtenidos. Porque su liderazgo no se construyó con logros individuales, sino con algo mucho más simple: hacer que quienes lo rodean se sientan parte de algo más grande.

El semillero de Bella Vista

Fundado en 1895, el Club Regatas de Bella Vista nació como una institución vinculada a los deportes acuáticos, pero con el paso de los años encontró en el rugby una de sus mayores identidades.

Actualmente compite en el Top 14 de la URBA (máxima categoría del rugby de Buenos Aires) y se mantiene como uno de los equipos más tradicionales del país.

A lo largo de su historia, el club aportó diversos jugadores a Los Pumas en todas sus categorías. Entre ellos, aparecen los nombres de Santiago Cordero, Francisco Merello, Raúl Sanz y, actualmente, Santiago Mare, el capitán del Seven argentino.

Más allá de los resultados deportivos, el club se hizo fuerte por contar con una gran cantera que saca de sí a los mejores jugadores del circuito.

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