Por Luz Herrero
El 30 de octubre de 1960, en el hospital Evita de Lanús, provincia de Buenos Aires, nació Diego Armando Maradona, hijo de Don Diego y Doña Tota, una familia humilde de Villa Fiorito. Hoy, la calle principal de este hospital se llama Diego Armando Maradona, y se observa un mural en la entrada: “Nació acá Diego A. Maradona”. El 25 de noviembre de 2020, Diego murió en una casa del barrio cerrado San Andrés, Dique Luján, en el partido de Tigre, provincia de Buenos Aires. Tenía 60 años. Al día siguiente se llevó a cabo su velorio. Se estima que debido a las restricciones por la pandemia del COVID-19, entre 500.000 y 1.000.000 de personas comenzaron a acercarse a la Casa Rosada para despedirlo.
El dolor por el fallecimiento del ídolo argentino no tenía banderas; las camisetas de distintos clubes del fútbol argentino se mezclaron en Plaza de Mayo: Boca, River, Independiente, Racing, Estudiantes de La Plata, Gimnasia, San Lorenzo, Huracán, entre tantas otras. No había edades ni clases sociales. Hinchas del fútbol argentino compartieron abrazos, lágrimas y recuerdos.
En las inmediaciones de la cancha de Argentinos Juniors -que desde su inauguración en 2003 se llama “Estadio Diego Armando Maradona”-, club donde debutó profesionalmente el 20 de octubre de 1976, se encuentran múltiples murales dedicados al 10; uno de ellos formado de mosaicos que dice “Tierra de D10S. De la Paternal al mundo”.
En la Bombonera, estadio en el que tuvo dos ciclos como jugador de Boca Juniors (el primero en 1981 y el segundo entre 1995 y 1997, cuando se retiró), se despliega una enorme bandera que el propio Maradona les regaló a los hinchas a principios de los años 90; Diseñada con los colores del club, un corazón en el centro y la dedicatoria “Gracias Diego Maradona”, fue reservada exclusivamente para ocasiones excepcionales como partidos especiales, aniversarios y homenajes.
En la cancha de Gimnasia y Esgrima La Plata, club que dirigió entre 2019 y 2020, una bandera lleva su rostro acompañado por una frase: “Para el pueblo lo mejor”.
En la Fortaleza aparece su rostro sobre la bandera argentina con una pequeña inscripción: “Tripa y corazón. Yo nací en Lanús”.
“El Pibe de Oro”
En Italia, donde Maradona jugó para el Napoli entre 1984 y 1991, tejió una rebelión acompañada por cinco títulos (Copa Italia de 1987, los Scudettos de 1986-87 y 1989-90, la Copa UEFA de 1989 y la Supercopa de 1990). Se los arrebató a los poderosos clubes del norte de Europa. Su huella también quedó instalada en las calles. La imagen es reconocible incluso cuando cambia el lugar, el tamaño, el artista o la técnica. El día de su fallecimiento, aproximadamente 7.000 personas rompieron el toque de queda por la pandemia del COVID-19 para marchar hacia el estadio San Paolo -rebautizado “Estadio Diego Armando Maradona”- y hacia la famosa peatonal del Quartieri Spagnoli para despedir al “Pibe de Oro”.

El principal altar y santuario en Nápoles se encuentra en la misma Quartieri Spagnoli, en la Via Emanuele de Deo. El creador de esta obra fue Mario Filardi, quien lo pintó en 1990 luego de que Maradona saliera campeón con el Gli Azzurri por segunda vez. Tuvo varias modificaciones, con el objetivo de que se mantenga en buen estado la pintura, pero el dibujo está tal cual lo sugirió el autor: Diego en la cancha con la cinta de capitán.
Pero en Argentina, sobre Avenida San Juan y Virrey Cevallos, el artista Martín Ron junto a su equipo en 2022, convirtió el rostro de Diego en parte del paisaje cotidiano, siendo de las muestras de arte callejero más grande del país, midiendo 45 metros de altura por 40 de ancho. Se inauguró el 30 de octubre, cuando Diego habría cumplido 62 años.
¿Por qué Diego?
Máximo Randrup, periodista y autor del libro ¨Murales de D10S¨, comenzó a hacerse esa pregunta para el primer aniversario de la muerte de Maradona, cuando la revista Josimar de Noruega le pidió que realizara un trabajo sobre el fenómeno que se había multiplicado alrededor de la imagen de Diego. Randrup decidió concentrarse en los murales y comenzó a buscarlos por todo el país. Consiguió al menos uno en cada provincia argentina. En algunas partes encontró una mayor concentración: La Paternal, Villa Fiorito, La Boca, Rosario y La Plata aparecían como territorios donde la presencia de Maradona era especialmente fuerte, pero el fenómeno no terminaba allí.

Había murales también en lugares donde Diego no había dejado una huella futbolística tan directa. Durante esa búsqueda encontró una cuenta de Instagram que publicaba un mural de Maradona por día. Se contactó con Nicolás Reyes, quien administraba la cuenta, y su testimonio terminó formando parte de aquella primera investigación. Tiempo después, ambos decidieron ampliar el proyecto. El resultado fue “Murales de D10S”, un libro que reúne alrededor de 400 murales de Maradona de todo el mundo, dividido en tres capítulos: los lugares donde Diego dejó una huella significativa, el resto de la Argentina y las representaciones realizadas en el exterior.
El mapa terminó siendo mucho más grande de lo que podrían haber imaginado; aparecen murales -nada más y nada menos- que, en los cinco continentes, desde Argentina hasta un refugio palestino y zonas de guerra. Randrup recuerda especialmente ese mural realizado en una zona que había sido bombardeada en Siria. Entre los escombros quedaba una pared parcialmente en pie, donde el artista sirio Aziz Al Asmar decidió pintar en noviembre de 2020, tras la muerte de Diego, sobre las ruinas de una vivienda en la zona de Binnish. Randrup quiso saber por qué. La respuesta del artista fue breve: “¿Por qué no?”. La pared destruida y el rostro de Diego formaban una misma escena, una manera de decir que seguían allí.
“Es un símbolo de resistencia, de que acá estamos, de que seguimos vivos”, le explicó Aziz a Randrup. Ese mural sirve para entender por qué la imagen de Maradona puede viajar de una cancha argentina a una pared en una zona de guerra sin perder su sentido.
Un código que no necesita ser explicado para funcionar
Lucas Amaturo, artista independiente que trabaja con la imagen de Maradona, viajó a Nápoles en 2012. Al presentarse como argentino, descubrió que la conversación podía cambiar inmediatamente. No necesitaba explicar demasiado. Ser argentino alcanzaba para abrir una puerta común. Amaturo dice que, más que de un código, hablaría de una “hermandad maradoniana”. Con una particular explicación, Maradona “tira centros” y hay un grupo de personas esperando para cabecearlos.
La imagen de Diego funciona, entonces, como una contraseña. Amaturo recuerda que a principios de 2026 subió a un colectivo con una remera de Diego. Otro pasajero, llamado Adam, llevaba una gorra con la firma del 10. Se cruzaron miradas, sonrieron y comenzaron a hablar. Cuatro días después estaban comiendo juntos. El hombre era dueño del restaurante “Arte es Mafia”, en Palermo, y estaba por inaugurar un mural de Maradona.
El rostro es el mismo
Facundo Terrés Grimaldi, docente, periodista y escritor de “Un mito llamado Maradona”, ubica un momento fundamental para comprender la transformación ¨de humano a mito¨ y que desde entonces su figura continuó creciendo: el 22 de junio de 1986, en el Estadio Azteca de México, Maradona convirtió dos goles contra Inglaterra en los cuartos de final del Mundial, tan solo tres años después de la guerra que enfrentó a ambos países por la soberanía de las Islas Malvinas. El primero quedó asociado a “La Mano de Dios”. El segundo fue narrado por el periodista uruguayo Víctor Hugo Morales como “el gol de todos los tiempos”. Cuatro décadas después, esas imágenes continúan apareciendo en murales, banderas, camisetas, tatuajes y homenajes.
Terrés Grimaldi sostiene que existe un código que reúne a quienes celebran a Maradona, a quienes festejan a la persona y a quienes abrazaron al mito en base a sus hazañas dentro de la cancha, con la victoria futbolística y simbólica ante Inglaterra como uno de sus puntos más altos, y sus posicionamientos políticos, sociales y culturales fuera de ella. Ahí aparece una diferencia entre admirar y apropiarse simbólicamente de una imagen.

Se puede admirar a un médico por su carrera, a un músico por sus canciones o a un deportista por sus logros. Pero esa admiración no necesariamente genera pertenencia. Con Maradona ocurre que la relación puede convertirse en identidad. El artista Amaturo cuenta que para quienes tienen una relación más intensa con la figura de Diego, como llevarlo en el cuerpo con un tatuaje, puede convertirse en una especie de acto de fe, compara esa demostración con las formas en que una persona religiosa lleva consigo una cruz o un rosario. Para un maradoniano, una camiseta, un tatuaje o una obra de arte pueden cumplir una función similar: hacer visible una creencia.
El post mortem
Randrup observó que los murales, tatuajes y camisetas no desaparecieron cuando Diego murió. Ocurrió lo contrario. El homenaje que antes podía recibir en vida —cuando él mismo podía ver las banderas, los murales o las camisetas— adquirió una nueva dimensión. La ausencia física generó la necesidad de mantenerlo presente; para Randrup, son una forma de homenaje, pero también una manera de resistirse a la ausencia: “Maradona sigue entre nosotros; como ya no está, es una manera de mantenerlo con vida”.
No se cerró el relato
La imagen comenzó a funcionar como una puerta hacia el pasado. Cuando Diego ya no puede producir nuevas imágenes, las personas reproducen nuevas formas de verlo. Por eso el archivo sigue creciendo. Existen pintadas que no intentan reproducir perfectamente su rostro. Una de ellas, en La Plata, decía simplemente: “Chau, Diego”. No hacía falta dibujarlo. Dos palabras alcanzaban para despedirlo. Terrés Grimaldi considera que las fronteras tampoco alcanzan para explicar su alcance. La figura de Diego puede ser admirada y apropiada en lugares muy alejados de la Argentina.
La construcción de un símbolo popular
El 14 de octubre de 1992 en el centro de la Ciudad de Buenos Aires, mientras un grupo de jubilados marchaban en Tribunales en contra de una decisión presidencial que los perjudicaba, Diego se posicionó y expresó una solidaridad con quienes consideraba perjudicados: ¨Tenemos que ser muy cagones para no defender a los jubilados. A muerte estoy con los jubilados. Lo que les hacen es una vergüenza¨.
Ahí aparece la dimensión que Terrés Grimaldi define como política y social, su figura quedó ligada a un símbolo de quienes pelean por determinadas causas. No porque todos los que lo llevan compartan las mismas ideas, sino porque su figura fue asociada, para una parte de sus admiradores, con una posición de cuestionamiento frente al poder y con una cercanía hacia sectores populares. En 2021, la casa donde nació ubicada en Azamor 523 en Villa Fiorito, fue declarada lugar histórico nacional a través del Decreto 733/2021. Así, la casa, el barrio y el rostro de Diego se enlazan en una misma memoria: la de alguien que alcanzó la cima sin dejar de representar, para muchos, al lugar del que venía.
Cuando una persona elige una fotografía para tatuarse, está eligiendo una historia, un símbolo, una promesa. La reproducción constante de la imagen del astro argentino construye una memoria que no es estática. Randrup comenzó buscando murales para explicar un fenómeno que había crecido después de la muerte de Diego. Encontró cientos. Amaturo empezó dibujándolo porque no podía evitar la necesidad de expresar lo que sentía por él. Terrés Grimaldi observa cómo ese rostro se convirtió en el símbolo de un mito que excede al futbolista. Tres miradas diferentes para una misma pregunta: ¿qué representa la figura de Maradona? Quizá no solamente a Diego, sino a una parte de la propia historia argentina. Un amigo que nunca conocimos o el recuerdo de alguien que sí estuvo cerca de nosotros y que puede decir quién fue y, al mismo tiempo, quiénes son quienes deciden recordarlo. Se convirtió en un rostro para contarnos, una imagen que puede conservar una memoria, pero también puede construir una identidad.





