“La vida es eso, dar todo hasta el final”

Por Nahuel Runca y Juan Pablo Rodríguez

Hay partidos que duran 90 minutos y otros que cargan con el peso de décadas enteras. El último encuentro fue uno de esos. No era solamente un resultado. Había algo más profundo en juego. Una reivindicación histórica. Un sentimiento imposible de explicar fuera de estas fronteras.

Y Argentina estuvo a la altura. Con garra, con unión, con hermandad. Sin darse por vencida jamás. Porque, dicho por el propio Scaloni, la vida se trata de eso: de dar todo hasta el final. De acostarse con la tranquilidad de haber entregado hasta lo imposible y levantarse al día siguiente sabiendo que no quedó nada en el camino.

Desde el principio se percibía que, para ellos, aquello era mucho más que un partido. Era jugar “por los eternos laureles que supimos conseguir”. Era representar una historia que sigue escribiéndose todos los días. Era asumir la responsabilidad de vestir una camiseta que nunca permite la indiferencia. Y lo hicieron como lo han hecho desde que comenzó este ciclo: juntos.

Tal vez por eso esta Selección genera algo distinto. Porque “son indios, en el buen sentido de la palabra”, soltó el entrenador en conferencia. Porque no le tienen miedo a nada. Porque nunca les pesó la responsabilidad. Porque se criaron así, con el gen competitivo, ganador. Porque incluso en la era de las estadísticas, de las redes sociales y de los debates permanentes, logró recuperar una idea que parecía perdida: la de pertenecer. La de sentirse reflejado en once jugadores que corren cada pelota como si fuera la última. La de entender que hay triunfos que trascienden el resultado.

Y es que es el mismo Scaloni quien lo repite cada vez que puede. Habla del grupo. Siempre del grupo. “Este grupo se lo merece”. “Este grupo ha hecho cosas increíbles”. Nunca hay lugar para el individualismo. Nunca hay un “yo”. Desde hace años, la Selección Argentina entendió que sus mayores victorias nacen del “nosotros”.

El domingo habrá una nueva final. Otro capítulo para una generación que ya no tiene nada que demostrar y, al mismo tiempo, parece decidida a seguir desafiando a la historia. El resultado, como siempre, será una incógnita. El fútbol nunca firma garantías. Pero quizá la pregunta siga siendo la misma. “Dicen que el fútbol le debía un Mundial a Messi. ¿Y si le debía dos?”. La pregunta parecía una simple licencia publicitaria, una invitación a soñar con lo imposible. Pero, con el correr de los partidos, empezó a tomar otra dimensión.

Después de Qatar, parecía que ya estaba todo escrito. El mejor jugador de todos los tiempos había levantado la única copa que le faltaba, cerrando una historia perfecta. El círculo estaba completo. La deuda estaba saldada. Sin embargo, esta Selección se encargó de demostrar que todavía quedaban capítulos por contar.

Argentina llegó a esta final mostrando algo que excede cualquier análisis táctico. Hubo fútbol, claro. Hubo momentos de menos brillantez, decisiones acertadas y rendimientos individuales destacados. Pero, sobre todo, hubo carácter. El mismo carácter que convirtió a este equipo en un símbolo de una época. El mismo que le permitió levantarse una y otra vez cuando parecía no quedar nada. A Leo y a los demás.

Si el fútbol le debía un Mundial a Messi, ¿qué le debe, ahora, a este grupo? Porque hace tiempo dejó de tratarse de un solo hombre. Hace tiempo que esta historia pertenece a todos. Y tal vez, el fútbol todavía tenga una última página reservada para una generación que se acostumbró a convertir lo imposible en costumbre.

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