Una clase de sufrimiento

Por Diego Collado

El programa educativo hoy era distinto: se sufría, pero en conjunto. Noventa minutos de fútbol para englobar un acontecimiento que se paraliza cada cuatro años. Emoción, enojo y desesperación; tres sustantivos enlazados para describir la sintonía de lo que se venía.

El colegio es una de esas cosas que uno tiende a querer pasar rápido, superarla, ser adulto. El recuerdo que queda intacto es cuando te preguntan acerca de quéestabas haciendo cuando llegaba la época de Mundial en el colegio.

En el Instituto Superior Palomar de Caseros (El Shul, otra forma de llamarlo), ubicado en el partido de Tres de Febrero hoy no era un día más. No se seguía la rutina cotidiana, había otro ambiente. Se genera solo, no hace falta aclararlo, jugaba la Selección Argentina. Vaya si requiere una organización previa movilizar a todos los cursos al salón de los actos. El ruido daba contexto a la situación que se estaba por venir, prolijo y al pie de la letra, cada curso iba con su profesor y se ubicaba a lo largo y ancho para aprovechar todo el espacio.

Las estrofas del Himno Nacional Argentino sonaban entre aplausos y gritos tapando así el ruido ambiente que desprendían los parlantes. Camisetas celestes y blancas por donde sea que mires. Se acomodaron en el piso como pudieron, hombro con hombro, buscando el mejor ángulo hacia la pantalla gigante. El proyector parecía viejo. Con esfuerzo colgaba del techo, emitía el encuentro con una nitidez más que aceptable.

La dirección había cedido ante la fiebre mundialista: por las paredes caían hileras de guirnaldas hechas a mano, banderas argentinas y pañuelos que los más chicos agitaban como si estuvieran en la tribuna de un estadio. Sin embargo, la atención no era igual para todos. Mientras un grupo de alumnos vivía con nerviosismo y los puños apretados, algunos se encontraban en otra sintonía. Para muchos, el partido era la excusa perfecta para tomarlo como hora libre.

“A mí el fútbol no me va ni me viene, la verdad”, expresaba Salvador, de tercer año, mientras vigilaba de reojo su celular.

La prohibición del uso de celulares se convertía en un caso que no se estaba cumpliendo. Era una batalla perdida de antemano. Los chats de Whatsapp y TikTok eran protagonistas principales. La atención iba y venía en ráfagas cortas.

En el fondo, tres chicos de primer año, sentados en ronda con las piernas cruzadas, desplegaban pilones de figuritas. Intercambiaban con velocidad, aprovechaban la oscuridad para conseguir las restantes con el fin de completar el álbum.

Las mismas maestras que el día anterior ejercían orden en el aula, hoy caminaban entre las filas con la cara pintada con franjas celestes y blancas. Cada curso había recibido la consigna de llevar algo para compartir: los paquetes de papas fritas, bizcochitos de grasa y botellas de gaseosas iban de mano en mano.

La selección pisaba el área rival y los que de verdad miraban, hicieron un silencio abrupto. El sufrimiento escolar cambiaba de eje, ya no se trataba de aprobar. Se percibía cierta tensión. Iban apenas ocho minutos de juego cuando el árbitro señaló que había penal para Argentina. Los celulares dejaron de importar. Lionel Messi acomodó la pelota. Era la oportunidad de abrir el marcador temprano. Pero el fútbol tiene eso, así como te da alegrías, te las puede quitar. El remate se fue desviado y todo seguía igual.

El desmoronamiento fue generalizado. Todo lo que era festivo, se volvió denso. Verónica, una de las maestras de primaria y preceptora de secundaria me dijo al oído: “Estos chicos están acostumbrados a verlos ganar siempre, ya no se acuerdan lo que es sufrir como nos tocaba a nosotros”.

La cámara enfocó la tribuna y aparecieron dos figuras emblemáticas del deporte nacional: Emanuel Ginóbili y Mario Alberto Kempes. En ese preciso momento se hizo evidente la brecha generacional: la mayoría de los jóvenes miran con indiferencia. “¿Quiénes son?”, preguntó un alumno en voz alta. Fue perfecto para que Martín (tincho para la mayoría), el profesor de educación física, se diera vuelta a explicarle: “El de la izquierda es el mejor jugador de básquet de nuestra historia, y el otro nos dio el primer Mundial en el 78”. Por un instante, era una clase improvisada de deporte.

A los 38 minutos, Messi recibió e hizo su clásico movimiento y la clavó junto al palo. Todos saltaron del piso y el grito de gol explotó. En medio del caos del festejo, Alicia, maestra de geografía, arrojaba puñados de caramelos que caían sobre la multitud de alumnos, la recompensa de una dulce espera. La voz del relator, Pablo Giralt, trajo el dato de color que encendió de nuevo todo: con ese tanto, Messi se convertía en el máximo anotador en la historia de los mundiales al alcanzar los 17 goles.

En el segundo tiempo regresó el sufrimiento. Austria presionaba y la ventaja de un solo gol se sentía frágil. Fue en ese tramo donde emergió la figura de Emiliano “Dibu” Martínez que metió una de esas atajadas que lo caracterizan. Para esta nueva camada, el arquero es un superhéroe a la par de los delanteros: “Yo empecé a atajar por él”, decía Thiago, mostrando con orgullo sus guantes gastados.

El reloj avanzaba con una lentitud insoportable hasta llegar al minuto 94. El conjunto europeo volcado al ataque perdió la pelota, la contra argentina fue letal y Lionel, una vez más, selló el partido con un gol agónico. El 2-0 no solo significaba los tres puntos, sino asegurar matemáticamente la clasificación, en este formato, a los 16avos de final. Los gritos de desahogo taparon el timbre que anunciaba el final de la hora.

Los jóvenes se levantaban del suelo, sacudiéndose el polvo de las galletitas consumidas, tirando los paquetes vacíos y atesorando los últimos caramelos en los bolsillos como trofeos de una tarde que les quedará para el recuerdo. Profesoras y maestras recuperaron el tono docente para ordenar y guiar a la multitud de regreso a las aulas, donde los pizarrones todavía conservaban cuentas matemáticas sin terminar.

Observar a estos nenes (ya no tan nenes…) con los ojos fijos en el proyector, te hace entender que ver el Mundial en la escuela es uno de esos momentos donde el tiempo pareciera detenerse. Al mirar las aulas de fondo, comprendí que pocos se acuerdan de una clase cualquiera un martes de junio, pero todos, (o en su mayoría) guardarán en la memoria el lugar exacto en el que estaban cuando Messi clavó ese gol en el último minuto.

Más notas