Por Abigail Quiroz y Iara Montes Pérez
N’Golo Kanté, crecido en un barrio humilde de las afueras de París, fue criado en medio de una familia de inmigrantes originarios de Mali. Tras una infancia llena de golpes y con la muerte de su papá a los 11 años, pasó de recoger basura a convertirse en uno de los jugadores más reconocidos: campeón del mundo con Francia en 2018, figura de Chelsea y campeón de la Champions League en 2021.
A diferencia de muchas estrellas, Kanté no fue considerado promesa desde pequeño. Era bajito y físicamente débil para los estándares del fútbol profesional. El deporte le abrió una puerta pero nada fue sencillo para él, los rechazos llegaron antes que los aplausos. Mientras otros jugadores de su edad estaban en grandes equipos, él jugaba en categorías inferiores de Francia, incluso llamaba la atención su peculiar manera de llegar a los entrenamientos en monopatín, ya que no contaba con un vehículo para movilizarse.
Hasta que llegaría el Mundial Rusia 2018, donde sería un antes y un después en su vida. Aquel muchacho, reservado, se convirtió en una pieza fundamental de la selección francesa que conquistó el mundo. Mientras millones de personas celebraron la consagración de Francia, Kanté sonreía tímidamente detrás de la copa más deseada del mundo. Como si aún le costará entender que ese sueño imposible se había vuelto realidad.
Pero lo más extraordinario no fue el título, lo verdaderamente increíble fue que nada lo cambió. Ni la fama, ni los contratos millonarios y mucho menos las copas ganadas lograron borrar la esencia de aquel chico que aprendió a valorar cada oportunidad que le brindó la vida. Mientras otros se dejaban seducir por los lujos, el mediocampista siguió siendo el mismo hombre sencillo, amable y respetuoso que no se dejó caer por las batallas vividas porque primero había conquistado a sus compañeros y luego al mundo entero.
Hoy ese hombre, quien saluda desde la primera persona a la última que se encuentra en cada partido, o quien se queda a ayudar a los utileros después de un entrenamiento mientras que sus compañeros vuelven al vestuario, conserva intacta la esencia de aquel niño que soñaba en silencio, recordando al mundo que la humildad puede ser eterna.
Porque algunos futbolistas son recordados por los trofeos que ganan. Otros, por los goles que convierten. Kanté será recordado todavía por algo más difícil: demostrar que se puede llegar a la cima sin perder los valores en el camino.
En un deporte donde el brillo suele estar en los reflectores, él eligió brillar desde la sencillez. Porque levantó la Copa del Mundo, pero nunca dejó de tener los pies sobre la tierra. Al final el mayor triunfo de Kanté no fue ser campeón del mundo. Fue seguir siendo él mismo.




