Por Thiago Maison
En la élite del fútbol argentino se apuesta por invertir millones de dólares en jugadores de
“jerarquía”. Pero, ¿qué es la jerarquía? Si muchas veces cuando la pelota quema, el equipo
que debería funcionar con estos refuerzos como eje o como finalizadores de jugadas
previamente creadas y fundamentadas en estos nombres de peso, no lo hace porque el
contexto lo abruma o simplemente hay piezas que no encajan en el rompecabezas.
Ahí, cuando las piernas pesan más que nunca y la garganta de los hinchas se desgasta por
gritar de pura impotencia, es cuando aparecen ellos: los pibes. Los chicos con hambre de
gloria y amor por la camiseta. No tienen nada que perder. Sí un prestigio por construir y una carrera por delante. Eso genera que nunca te dejen tirado, sin interesar la institución ni el momento futbolístico.
En Boca, la luz de esperanza radica, además de hacerlo en Leandro Paredes, en Tomás
Aranda y Leonel Flores. Ambos categoría 2007 y de Casa Amarilla. Ni Alan Velasco que
costó diez millones de dólares, ni ninguna otra de las tantas figuras de renombre que tiene
el Xeneize entre sus filas.
En River, Joaquín Freitas es el motor emocional de un equipo que pareciera estar muerto en
vida. Lautaro Pereyra encara y, aunque falle en algunas ocasiones, sigue siendo un potencial receptor entre líneas y en zona ofensiva. Mientras tanto, siete incorporaciones, a
las que podrían sumarse otras dos, intentan sin éxito gravitar y darle un lavado de imagen al Millonario.
En Vélez y Argentinos Juniors se denotan los casos más claros. Semilleros de pura cepa,
sin una economía extraordinaria que les permita realizar fichajes por una cifra económica
exorbitante. En el Fortín ya han debutado juveniles categoría 2009 e, incluso, Thiago
Aguirre le dio la victoria ante Independiente en el José Amalfitani.
Por su parte, el Bicho mueve constantemente sus inferiores y no sólo les otorga un rol
clave en cada torneo al brindarles la confianza necesaria para ingresar en momentos
decisivos, sino que los cuida a un nivel ejemplar cediéndolos a clubes que encajan con su
estilo de juego y personalidad, lo que, por ejemplo, le permitió a Franco Vázquez, defensor
central de 21 años, sumar minutos, volver antes de lo previsto contractualmente y ser una
de las figuras del equipo en nada más ni nada menos que su debut ante Belgrano, en el que no fue regateado y ganó 4 de los 5 duelos que disputó.
Además, el conjunto de Liniers es el cuarto equipo con menor edad promedio en su plantel
y el elenco de La Paternal es el quinto. Pero, ¿quiénes están por delante? Talleres, Defensa
y Justicia y Banfield. Los cordobeses en la goleada 4 a 0 ante Platense alinearon a tres
jugadores Sub 21 y su número diez es Giovanni Baroni, de 17 años. El Halcón, una ya
moneda corriente en la potenciación de futbolistas jóvenes y con una filosofía futbolística
que da lugar a la soltura dentro del campo de juego para aquellos que apenas dan sus
primeros pasos en la élite. El Taladro, una institución muy golpeada económicamente y que
encuentra refugio en los pibes, con Tiziano Perrota, atacante de 19 años, como goleador y esperanza de salvación financiera, sumado a la urgencia deportiva que representa el
descenso y que le demanda a Pedro Troglio, su director técnico, enviar al verde césped a
sus mejores armas ante la imposibilidad de fichar jerárquicamente: los chicos de la casa.
Entonces, quizás, la pregunta ya no sea cuánto cuesta un futbolista, sino cuánto vale el
sentido de pertenencia.
Por supuesto que es sumamente difícil rechazar la llegada de campeones del mundo, de
nombres que hayan pasado por grandes clubes de Europa o de figuras de un nivel de siete
u ocho puntos en alguna otra parte del mundo. Pero un equipo rodeado de ellos no siempre
funciona. Los egos chocan, y los estilos también.
A su vez, algunos de ellos no se sienten identificados al 100% con el club que
representarán a partir de esa eventual transferencia. Y eso, inconscientemente, tal vez,
influye y mucho. Porque en diversos casos se han predispuesto negativamente a resignar
rodaje o arriesgar su gran momento a nivel deportivo para el ingreso de un colega que lo
hizo mejor que él o, simplemente, por una decisión táctica que considera mayor su
influencia en el epílogo del partido que la que podría tener en el amanecer del mismo.
En cambio, los pibes no sólo se forman futbolísticamente en el club, sino que hay un trabajo enorme a nivel humano de todo el personal que conforma la institución, lo que provoca el origen de un sentido de pertenencia arraigado fervientemente en cada uno de ellos, a un nivel mucho más profundo que si el desarrollo se limitara únicamente a lo sucedido dentro del campo de juego.
No les molesta pelear desde atrás ni relojear el cielo desde el suelo y no arriba. Saben
esperar. Saben ganarse el lugar diariamente en silencio, sin la necesidad de comerle los
talones a nadie. Y cuando la oportunidad se les presenta, el hambre de gloria aparece y no
se sacía fácilmente en lo absoluto.
Sus pasos por sus equipos de origen son cada vez más efímeros, en el marco de una
decisión motivada por necesidades o deseos de progresión económica en el corto plazo
debido a salarios bajos respecto al resto de sus colegas o, incluso, incumplimientos en los
pagos.
De todas maneras, mientras están en las filas de la institución que los acogió durante tanto
tiempo demuestran que las agallas para jugar al fútbol no son solamente jugar áspero ni ir al choque, sino que se trata de pedir la pelota, no esconderse o seguir con lo planificado a
pesar de los errores propios de la inexperiencia y el carácter emergente de su carrera.
Por todo eso, pareciera estar resuelta implícitamente la pregunta de cuánto vale el sentirse
identificado con sus raíces futbolísticas: no hay contexto que valga para que sus piernas
paren de correr y de intentar. Aunque el descenso esté al acecho o ser campeón esté más
cerca que nunca, ellos no te dejan tirado. Porque te generan una satisfacción enorme sin
interesar cuál sea el desenlace deportivo. Te representaron a vos, al escudo y a la camiseta, lo que más se pide en el fútbol argentino. Jugar por amor al club y el honor.




