Por Blanca Duarte
Dieciséis años pueden parecer una eternidad. Alcanzan para que un chico termine la escuela, para que alguien empiece una carrera, consiga trabajo o forme una familia. En Paraguay también alcanzaron para que una generación entera creciera sin ver a su selección en una Copa del Mundo y para que la ilusión empezara a desgastarse. No todas las clasificaciones se viven de la misma manera: algunas confirman una costumbre; otras llegan después de tanto esperar que terminan significando mucho más que un simple pasaje. Después de más de una década mirando desde afuera, Paraguay volvió a sentirse parte de la fiesta más grande del fútbol.
Si hay una imagen que todavía sigue viva en la memoria de muchos paraguayos es la del penal que Óscar “Tacuara” Cardozo no pudo convertir ante España. Aquella tarde en Sudáfrica 2010, la Albirroja estuvo a un paso de meterse entre los cuatro mejores del mundo. Antes, había terminado primera en un grupo que compartía con Italia, Eslovaquia y Nueva Zelanda, y había eliminado a Japón en octavos de final. Fue la mejor actuación de Paraguay en una Copa del Mundo y, sin saberlo, también el inicio de una larga espera. Nadie imaginaba entonces que pasarían 16 años para volver a ver a la selección paraguaya en el escenario más importante del fútbol.
Al principio fue una decepción. Con el paso del tiempo, el verdadero golpe fue ver cómo la ausencia empezaba a convertirse en costumbre. Eliminatoria tras eliminatoria, la frustración empezó a ocupar el lugar de la ilusión. Los proyectos no prosperaban, los resultados no llegaban y la distancia entre la selección y los hinchas se hacía cada vez más evidente. Paraguay seguía pendiente de su selección, pero ya no con la misma esperanza de otros tiempos.
“Esa ausencia de resultados hizo la desconexión emocional que se generó durante varios años con nuestra selección”, explica Jessica Santacruz, exfutbolista de Olimpia y de la selección paraguaya. Con el paso del tiempo, el entusiasmo fue apagándose y el sentido de pertenencia comenzó a resquebrajarse. “Cuando empezábamos a ganar, empezábamos a tener el sentido de pertenencia con el equipo, el que es algo nuestro, algo propio. Paraguay, cuando logra eso, vuelve a unirse de una manera muy especial y única”, sostiene.
La llegada de Gustavo Alfaro encontró a Paraguay en uno de sus momentos más delicados. La eliminación en fase de grupos de la Copa América 2024 había vuelto a sembrar dudas sobre el presente del equipo y el futuro parecía incierto. Sin embargo, el entrenador argentino logró cambiar el rumbo sin modificar demasiado los nombres. Con una base de futbolistas que ya formaba parte del plantel, recuperó la competitividad y, sobre todo, devolvió la confianza.
Desde su lugar como periodista, Lorenzo Figueredo también fue testigo del desgaste que sufrió el vínculo entre la selección y los hinchas. “La gente ya no creía en la selección, acompañaba poco”, recuerda. Incluso, cuenta que en algunos partidos el plantel modificaba sus recorridos para evitar los silbidos antes de llegar al estadio. Pero el cambio fue tan repentino como inesperado. “Hasta antes de Alfaro, Paraguay estaba afuera y sin esperanza por cómo jugaba. Nos sorprendió a todos”, admite. Con la clasificación, ese escenario se transformó y el entusiasmo volvió a instalarse alrededor de la Albirroja.
Asimismo, Figueredo considera que este regreso se vive con más intensidad que el de Sudáfrica 2010. En aquel entonces, Paraguay llegaba a su cuarta Copa del Mundo consecutiva. Clasificar era motivo de orgullo, pero también algo habitual. Esta vez fue diferente. Después de años de frustraciones, muchos pensaban que la espera se extendería una vez más. Por eso, cuando finalmente llegó la clasificación, el festejo tuvo algo de alivio, de sorpresa y de recompensa.
Pero quizás la mejor forma de entender lo que significa este regreso sea escuchar a quienes nunca habían vivido algo parecido. La historia de Mirtha Ramírez da cuenta de eso: tenía apenas dos años cuando Paraguay disputó su último Mundial. Creció viendo Copas del Mundo sin la Albirroja y preguntando por qué su país nunca estaba ahí. “Mis familiares me decían que Paraguay hacía años que no lograba clasificar y que era triste no ver a tu país en un torneo tan grande”, recuerda.
A medida que fue creciendo, la posibilidad de volver empezó a parecer cada vez más lejana. Los resultados no ayudaban y la ilusión convivía con la desconfianza. “Pensaba que aún era muy lejano poder ir al Mundial, pero sí se pudo“, cuenta. Para ella, esta clasificación tiene un valor imposible de comparar con cualquier otra experiencia futbolera. “Será la primera vez que veré a mi país presente”, dice. Una frase simple que resume lo que sienten miles de jóvenes paraguayos que acompañaron a la selección durante años sin verla competir en la máxima cita del fútbol.
Para Santacruz, esa emoción acumulada ayuda a explicar por qué este regreso se vive de una manera tan especial. “Tiene sufrimiento, lucha, decepción y llantos. Después de 16 años regresar no tiene precio“, asegura. También cree que este momento puede dejar una huella más profunda: volver a despertar sueños en los más chicos, impulsar el fútbol local y recordarles a los paraguayos que la selección todavía tiene la capacidad de unirlos.
Cuando Paraguay salga a la cancha para enfrentar a Alemania, habrá nervios, ansiedad y expectativas. Habrá un resultado, como ocurre en cada Mundial. Pero el verdadero significado de este regreso empezó a construirse mucho antes del pitazo inicial. Está en quienes esperaron desde el penal de Tacuara para volver a ilusionarse. En quienes crecieron preguntando por qué su selección nunca estaba en los Mundiales. En quienes dejaron de creer y volvieron a ponerse la camiseta.
Después de 16 años, Paraguay dejó de mirar desde afuera. Y, para muchos, eso ya es motivo suficiente para celebrar.




