“El”, la patria y la rutina de lo extraordinario

Por Azul Ramos

Las calles de Buenos Aires se tiñen de celeste y blanco, no solo por el Día de la Bandera, también por el Mundial que está disputando la selección nacional. Entre cantos, emociones y recuerdos, hay un extra que hace este Día de la Bandera y este Mundial un tanto más especial: es el último.

Es sábado 20 de junio y el sol ilumina a la República Argentina. Lo hace con una intensidad distinta sobre la Ciudad de Buenos Aires, particularmente sobre la intersección de las avenidas 9 de Julio y Corrientes, donde el celeste y blanco se adueña del paisaje. El cielo, las nubes y el sol parecen haberse puesto de acuerdo y se visten con los colores de la bandera argentina.

En esta fecha se recuerda el fallecimiento del General Manuel Belgrano, creador de la enseña patria que fue izada por primera vez a orillas del río Paraná, en Rosario, el 27 de febrero de 1812, en plena lucha por la independencia. Este año, la efeméride tiene un ingrediente adicional. Argentina disputa una nueva Copa del Mundo y, según todos los indicios, será la última vez que Lionel Messi vista la camiseta albiceleste en un Mundial.

Entre los miles de argentinos que se acercan al Obelisco hay uno que lleva la bandera sobre sus hombros, como una capa. Se llama Julián, tiene 68 años y observa el movimiento con una sonrisa tranquila. Ante la pregunta sobre qué tiene de especial este Día de la Bandera, hace una pausa y respira profundo, como si inhalara una sustancia de orgullo: “Creo que el hecho de que nuestra selección esté jugando un Mundial ya lo hace especial. Pero todavía más especial es saber que puede ser el último del ‘10’”.

El número dejó de ser un dorsal hace mucho tiempo para convertirse en una identidad. Es jerarquía, talento, liderazgo y creatividad. Es historia. Y desde hace más de dos décadas tiene un dueño.

“Que lleve la número 10 significa dedicación, entrega, amor por la patria y resiliencia sobre todas las cosas”, afirma con la seguridad de quien no necesita argumentar lo evidente.

Argentina es un país futbolero. Algunos dicen que se trata de pasión; otros, de una forma de vivir. Cada cuatro años, esa pasión parece acumularse como una energía imposible de contener, hasta explotar cuando llega un Mundial. Las calles se llenan de banderas, los balcones se cubren de camisetas y las conversaciones, inevitablemente, terminan en fútbol.

Frente al Obelisco, sentado sobre el césped y compartiendo mates, está Amadeo Muñiz, de 26 años. Lleva una escarapela en el pecho y mira a su alrededor.

“Hoy es un día especial no solo por ser una fecha patria. Estar viviendo un Mundial nos hace tener la patria a flor de piel. Y encima es el último Mundial del maestro”, ceba un mate, sonríe y recibe otra pregunta: “¿Considerás que la pasión es algo que caracteriza al pueblo argentino?”.

Respirando, al parecer, la misma sustancia de orgullo, como lo hizo Julián, responde: “El argentino es apasionado en todo lo que hace, pero mucho más cuando se trata del fútbol. ¿Vos viste lo que fue en 2022? La gente hacía cualquier cosa por estar en Qatar. Vendían autos, joyas, escuché hasta casos de personas que vendieron departamentos para viajar. Y todo valió la pena”.

Hace una pausa breve y su voz se quiebra.

“Porque no fue solamente ganar una Copa del Mundo después de 36 años. Fue verlo a él levantarla. Para nosotros nunca hubo dudas de quién era Messi, pero el fútbol había sido injusto muchas veces con él. Esa estrella terminó de convertirlo en la ‘leyenda’ que hoy es”.

Los ojos de Amadeo se humedecen. Se acomoda la manga de la campera y, en su antebrazo erizado, se hace visible la emoción que intenta disimular.

Las agujas del reloj marcan las tres de la tarde. El sol ya no pega con la misma fuerza, pero eso no detiene la llegada de la gente. Familias enteras, grupos de amigos, chicos pintados de celeste y blanco y adultos que vuelven a sentirse niños.

Junto a las rejas negras que rodean al Obelisco, el monumento inaugurado en 1936 y que se eleva 67,5 metros sobre la ciudad, un grupo comienza a cantar: “Cada día te quiero más, soy… argentino, es un sentimiento, no puedo parar…”.

Y miles acompañan. La pasión argentina no se explica: se canta, se abraza y se llora.

Mario Leguizamón, con varias capas de abrigo y una camiseta con el apellido Messi estampado en la espalda, también tiene algo para decir. “Tuve el privilegio de vivir los tres Mundiales que ganó Argentina: 1978, 1986 y 2022. Y te puedo asegurar que este lo disfruto como ningún otro”.

Levanta las cejas, parpadea profundo y agrega: “Después de ver jugar a Maradona pensé que nunca iba a ver algo igual. Pero apareció la ‘Pulga’ y te juro por mis nietos que me sigue sorprendiendo todos los días. Que sea su último Mundial me obliga a disfrutarlo. Porque no puedo pedirle más nada. Solo me queda disfrutar de la rutina de lo extraordinario”.

La frase quedó flotando en el aire: la rutina de lo extraordinario. Quizá allí esté la explicación de todo.

A unos metros, Juan Cruz corre alrededor de su mamá, Noelia. Tiene ocho años y una energía inagotable. Ayer no fue al colegio porque tenía fiebre, pero hoy se siente mejor y quiso estar presente.

“¿Viniste a festejar el Día de la Bandera?”, escuchó. “Sí”, responde dando un pequeño salto. “También vine a alentar a los jugadores”, da dos saltos más. “¿Quién es tu jugador favorito?”, escuchó. “Messi. Me gusta cómo juega, cómo grita los goles. ‘El mejor del mundo’. Es como un superhéroe, pero que solo usa la camiseta de Argentina”, dijo con inmediatez.

La admiración se dibuja en su cara con una sinceridad imposible de fingir.

Juan Cruz mira fascinado las banderas, los gorros, las pinturas y las camisetas que lo rodean. Sobre todo las camisetas con un mismo apellido.

Messi. Hay muchísimas. Y cada una parece contar una historia distinta.

Para algunos es “el 10”. Para otros, la “Pulga”. También es el “Maestro”, “el mejor del mundo”, “la leyenda” o simplemente “él”. Porque ya no necesita apellido. Hace años dejó de ser únicamente un futbolista.

Es el chico que se fue lejos para perseguir un sueño y nunca dejó de mirar a la Argentina. Es el hombre que cayó muchas veces y se levantó otras tantas. Es el capitán que lloró derrotas y sonrió victorias. El que soportó críticas, comparaciones y exigencias desmedidas hasta conquistar todo.

Por eso los argentinos sienten que a Messi también les pertenece un poco. Porque en él ven reflejados valores que trascienden al fútbol: la perseverancia, la humildad, el esfuerzo silencioso y la capacidad de volver a intentarlo cuando parece imposible.

“Nunca en mi vida vi algo igual”, expresó Amadeo horas antes. “Rompió todos los récords y sigue haciéndolo. Muy pocos van a comprender el amor que sentimos por él. Pueden decir lo que quieran, pero él responde con fútbol, con humildad y con simpleza”.

Quizás allí radique el motivo por el cual algunos todavía intentan discutirlo. Porque las leyendas incomodan. Porque resulta difícil aceptar que se está siendo testigo de algo irrepetible mientras ocurre. Pero en las calles argentinas no hay dudas.

No importa la edad, el barrio o la historia personal. No importa si alguien vio jugar a Maradona o si recién está descubriendo el fútbol. Hay un consenso que atraviesa generaciones enteras. Lionel Messi ya pertenece a ese lugar reservado para muy pocos: el de los símbolos.

Y en este Día de la Bandera, mientras el cielo y las calles se funden en un mismo color, miles de argentinos vuelven a cantar su nombre. No solo para agradecerle los títulos, los goles o las alegrías, sino porque, de alguna manera, Messi les recordó que los sueños más grandes pueden cumplirse.

Y porque, cuando el tiempo pase, cuando las tribunas se callen y los Mundiales sean apenas un recuerdo, habrá algo que seguirá intacto: la emoción de haber sido contemporáneos de una leyenda que eligió llevar la bandera argentina en el pecho hasta el final.

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