Por Lola Fariña Villaverde
Desde hace décadas, había una voz que insistía, que se negaba a aceptar el silencio, el olvido y la impunidad. Este domingo, Taty Almeida emprendió su última ronda. Sin embargo, su voz seguirá girando alrededor de la Plaza y de la memoria colectiva. Supo transformar el dolor en lucha. La desaparición de su hijo Alejandro, lejos de llevarla al silencio, la convirtió en una de las referentes más importantes de los derechos humanos en Argentina.
Su historia estuvo atravesada por contradicciones y transformaciones profundas. Ella provenía de una familia militar y se crió en un ambiente completamente ajeno a la militancia política. “Yo no tenía idea de la militancia de Alejandro”, recordaba. Fue después de su desaparición cuando comprendió el significado de aquello que tantas veces se había dicho con desprecio. “No hay que tenerle miedo a la palabra militancia. Militancia es compromiso”, enseñó.
Durante años caminó con un pañuelo blanco anudado sobre la cabeza. Un nudo pequeño, sencillo, convertido en símbolo. Hoy, para muchos, la noticia de su partida deja otro nudo, uno en la garganta. Quizás ambos estén hechos de lo mismo: memoria y la decisión de no olvidar. Porque si algo sostuvo Taty durante toda su vida, fue la convicción de que recordar es una forma de hacer justicia. Defendió hasta el último día la idea de que un pueblo que olvida corre el riesgo de repetir los episodios más oscuros de nuestra historia, y que la verdad no es solamente una demanda de las Madres, sino una condición indispensable para construir memoria.
“Voy a hablar parada porque, a pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las locas seguimos siempre de pie”, dijo alguna vez. Y esa frase resume mejor que cualquier otra quién fue Taty: una mujer que nunca dejó de estar de pie.
Cuando le preguntaron cómo le gustaría ser recordada, respondió con la sencillez de quien nunca se creyó más importante que la causa que defendía. Dijo que en ella estaban todas las Madres. Dijo que imaginaba a Alejandro riéndose y diciendo: “Miren en qué se convirtió la gorilita”. Y pidió algo más: que la recordaran con alegría, tratando de transmitirla a quien estuviera caído.
Quizás esa sea la mejor forma de despedirla. Con el dolor inevitable de su ausencia, pero también con la certeza de que hay personas que permanecen incluso después de partir. Gracias, Taty, por enseñarnos que amar también es resistir. Y que la única lucha que se pierde es la que se abandona.




