martes, junio 9, 2026

Un partido de ensueño

Por Genovese Malena

Escuché el silbatazo que indicaba el inicio del partido. Mantuve la mente tranquila, analicé el juego y empecé a dar indicaciones y a pedir la pelota. Se la pedí a Enzo (Fernández), quien me la pasó y comenzó a subir por el medio. A su izquierda estaba “Fideo” (Di María), quien también subía como loco al área. El clima del estadio era espectacular. Todos silbaban y gritaban. Todos esperaban que esa jugada, que en mi mente ya había funcionado, resultase en gol. Pasé a uno, me saqué de encima al marcador, pateé el centro y…nadie cabeceó. La pelota siguió de largo y se fue al lateral.

Arrancamos de nuevo y me acomodé en mi posición, tratando de sacarme la marca. Miré hacia atrás para pedirle la pelota a Enzo, pero vi algo que por un segundo me dejó sin reacción. El que vi no era Enzo, no era el número 24. Vistiendo la 11, estaba el “Loco” Houseman. No ví ese rostro en ningún lugar que no fuese la televisión. Estaba impactado, pero no tenía tiempo para quedarme pensando en aquello que había ocurrido, por lo que reaccioné y volví al juego; no era momento de analizar esa extrañeza que había sucedido a mis espaldas.

Se la pedí al “Loco”, levanté la cabeza para buscarlo a Juli (Álvarez) y lo que vi casi que me hizo seguir de largo y tropezarme con la pelota. Quien estaba jugando en la delantera conmigo no era Julián. Ni tampoco estaba usando la 9. Vi al número 14 pararse poco más atrás del punto penal; me hacía señas para que le metiera el pase hacia atrás. Sin tiempo -otra vez- para procesar la extraña y repetida situación, metí el centro. Lo que vieron mis ojos en ese momento no tenía, ni tiene, explicación alguna, pero fue así. “El Matador” le pegó un zurdazo con la cara interna del pie, y la pelota entró. Corrimos a festejar y, en ese momento, me fundí en un abrazo con quien había sido el mejor jugador del Mundial de 1978.

Era el minuto 35 del segundo tiempo, íbamos ganando 1 a 0. Veo, desde el mediocampo, cómo el delantero rival hace un enganche y lo pasa de largo al “Cuti” (Romero). Me imaginé lo esperable. Ya estaba pensando en la próxima jugada para intentar revertir el empate. Pero, nuevamente, otra cosa me sorprendió. Apareció corriendo desde el arco un jugador que nunca había visto, al menos no en una cancha compartiendo equipo. Un loco con vincha que le cortó el ataque al delantero y se fue jugando con la pelota hasta la mitad de la cancha. No lo podía creer. En mi mente reviví los mejores momentos del “Loco” Gatti.

Una vez más, no tenía tiempo para procesar esa jugada, y mucho menos quién la había realizado. El partido estaba a punto de terminar y teníamos que mantener el resultado. Faltaba poco. No se había detenido mucho el encuentro, por lo que no se iban a adicionar tantos minutos. Había que resistir. En el minuto 43, un defensor me intenta barrer y me lleva con él. Nos dan un tiro libre y comencé a acomodar la pelota, estaba seguro de que iba a patearlo yo. Hasta que una mano me tocó el hombro y, al girarme, supe que tenía que ceder el tiro.

Acomodó la pelota dos veces y la puso de frente hacia él; yo estaba al lado observando. Hizo -exactamente- cuatro pasos hacia atrás y se paró. No miró ni al arquero, ni a la barrera, ni a nosotros. Su postura y energía lo decían todo por sí mismos. No hacía falta convencer a nadie de que iba a clavarlo. La cinta de capitán, la número 10. Estaba seguro de que lo convertiría, después de todo, él me había enseñado a patear tiros libres.

Sonó el silbato y empezó la carrera. Pateó con la cara interna del pie izquierdo. Le pegó de rosca y buscó el ángulo superior del arco. Entraba, estaba seguro de que sí. Recordé en mi mente los mejores momentos del “Pibe de Oro”. Estaba a punto de entrar. Y, en ese momento, cuando iba corriendo a abrazarlo y agradecerle, de algún modo, todo lo que había hecho por los argentinos, sonó la alarma; me desperté.

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