lunes, mayo 18, 2026

Vanina Oneto, la goleadora que ayudó a construir el alma de Las Leonas

Por Lola Fariña Villaverde

Era un partido cerrado, tenso, jugado al límite. Argentina se enfrentaba a Países Bajos y necesitaba la victoria para meterse en la final. Había un ritmo áspero y se respiraban nervios. Ese 3 – 1 fue el último resultado a favor del seleccionado albiceleste en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000 (donde consiguió la primera de sus dos medallas olímpicas) y la primera vez que ese grupo de chicas salió a la cancha con una leona estampada en el pecho. Un festejo que duró en la cancha unos segundos pero que condensa una historia. “Fue como si un fuego hubiera nacido, se nos hubiera metido en la piel y el corazón, lo viví como una novela”, declaró Vanina Oneto sobre esos Juegos.

Ese torneo fue la confirmación de lo que se venía gestando hacía años, casi en silencio. Fue la aparición de una nueva generación. Oneto, como símbolo de una transformación, figura bisagra entre épocas, referente tanto en su club, San Fernando, como en la Selección, formó parte de la consolidación de una identidad.

Sus goles llamaban tanto la atención como su pelo rubio: potencia, oportunismo y una presencia constante en el área que la convertían en una amenaza. Con su vincha rosa en la cabeza, que luego sería característica de ella, debutó a los 15 años en el club de la ciudad en la que nació, San Fernando, o como la ex jugadora de Las Leonas lo define: “Mi casa”, donde consiguió la titularidad en Primera División y terminaría saliendo campeón.

 

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En su historia el deporte aparece como herencia. Su padre y sus dos hermanos jugaban al básquet y su madre al tenis, por lo que el deporte siempre fue protagonista en la familia Oneto. El hábito de entrenar, competir y superarse formaba parte de lo cotidiano.

“La Batistuta del hockey” la apodaban por sus números: 148 goles con la Selección. La comparación con Gabriel Batistuta, ex delantero de la Selección Argentina de fútbol no era casual. “Para mí era tremendo que me comparasen con Bati; él no me conocía, pero yo sabía quién era él y me sentía feliz”, recordó la histórica delantera.

Sidney 2000 fue un punto de quiebre en su vida. Antes de que Argentina ganara la medalla de plata en esos Juegos, el hockey no era un deporte masivo en el país, su práctica estaba ligada en gran parte a ciertos clubes y espacios específicos, lejos de la exposición y el alcance que tenían otras disciplinas. Lo que ocurrió en esa competición empezó a modificar esa lógica. De pronto, ese equipo no sólo competía: también empezaba a captar miradas, a generar unión y a instalar al hockey en una conversación mucho más amplia. Pero el quiebre no fue sólo en lo deportivo. Mientras se forjaba esa identidad que pronto sería reconocida en todo el mundo, Vana, como la apodan sus amigos, también atravesaba un cambio personal: ese mismo año se casó con Andrés Findor, médico y padre de sus dos hijos .

Cada gol, cada movimiento dentro del área, no sólo definía jugadas, sino que también la forma que tuvo Vanina Oneto de sentir la camiseta. Su rastro no fue solo un resultado o una medalla, dejó una huella y su nombre quedó asociado a esa irrupción.

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