Por Juana Enrico
El marcador es un objeto barato, de plástico negro, con una punta de fieltro que exhala un olor penetrante a alcohol y solvente. Inés Arrondo lo sostiene con la misma firmeza con la que empuña el palo de hockey. El trazo inicial es una curva violenta: la columna vertebral de una leona persa. Es una fiera de perfil bajo, nervuda, elegante. Tiene los ojos enmarcados por un delineado de pigmento denso, una marca biológica que le confiere una expresión de vigilia permanente. El dibujo es un órgano nuevo para un equipo que ha decidido dejar de ser dócil para volverse depredador.
La cuenta regresiva hacia Sydney 2000 ya había empezado a descontar sus últimas horas. Faltaban apenas dos días para que el seleccionado femenino de hockey partiera hacia Nueva Zelanda, ese limbo de preparación antes de la Villa Olímpica, cuando Inés se plantó frente al entrenador Sergio Vigil. No llevaba un planteo táctico, sino una revelación: un pequeño papel con la figura de una leona dibujada.
Vigil la miró y, en la firmeza de sus manos y el brillo de su seguridad, leyó el nacimiento de una mística. Fue ese entusiasmo, un fuego que excedía lo deportivo, lo que terminó por desarmar cualquier duda del entrenador. En un último acto de fe antes del despegue, se impuso la misión de que nadie subiera a ese avión sin llevar ese emblema, todavía fresco, estampado sobre el pecho.
Esa fe ciega en su propio instinto tuvo origen en una plaza de Caisamar, Mar del Plata. Primero fue el tenis y después el hockey. Cuando se instaló en Buenos Aires con una bicicleta y un sueño de asfalto, simplemente estaba cumpliendo con su propia naturaleza. Aquel viaje fue la profecía de su temperamento.
De altura promedio y una estructura física que privilegiaba la potencia sobre el volumen, se movía con la austeridad de quien sabe que cada gramo de energía cuenta. Su pelo castaño, siempre sujeto por la urgencia de la competencia, enmarcaba un rostro de facciones claras donde la sonrisa aparecía solo como una tregua breve. Pero era en la mirada donde se leía su verdadera jerarquía. Con la camiseta puesta, la leona del pecho parecía una extensión de su propio carácter: ese escudo, nacido de la fuerza de su puño, fue la armadura con la que salió a ganar territorio. La medalla de plata en esos Juegos fue la confirmación de que el símbolo sobre el corazón las había vuelto un equipo temible.
En 2004, durante el Champions Trophy de Rosario, su cuerpo se volvió un motor desconocido. Jugó con una potencia inusual, “hecha un avión”, sin saber que la biología estaba operando en secreto: Julián, el primero de sus dos hijos, ya disputaba partidos desde la médula. Inés habitó ese cuerpo de frontera donde la maternidad y la alta competencia no eran opuestos, sino una misma descarga de energía.
La cancha mutó, pero la mecánica fue idéntica. El despacho oficial en el CeNARD, el mismo predio al que entraba pedaleando en los noventa, albergó entre 2019 y 2023 su nuevo territorio de cacería. Como primera mujer secretaria de Deporte, nombrada por Alberto Fernández, su firma cobró el mismo peso que aquel marcador negro. Ponerse a la cabeza del feminismo tampoco era una decisión nueva: era el mismo pulso aguerrido de siempre encontrando un nuevo espacio donde golpear.
Ni el tiempo ni los cargos lograron domesticar ese instinto original. Inés sigue siendo el trazo violento, la vigilia permanente y el hambre de quien sale a ganar. Al final, la leona no era solo un escudo: era ella.



