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La rica historia de Argentina en los Juegos Paralímpicos

Por Franco Schipizza

Si se habla de los deportistas nacionales, la mayoría de las personas piensa en los Juegos Olímpicos, la competencia más importante del mundo que reúne a los mejores en cada disciplina. Sin embargo, a la par hay otra que no tiene el reconocimiento que merece: los Juegos Paralímpicos. En esta participan quienes tengan una discapacidad física, intelectual, motora o sensorial, en la cual también se enfrentan los más destacados.

Durante la historia del deporte adaptado, Argentina tuvo actuaciones inolvidables y mantiene un medallero glorioso que supera, por más del doble, a lo conseguido en los Olímpicos. Desde su primera edición en Roma 1960 hasta Río de Janeiro 2016, se han obtenido un total de 156 preseas, 31 de oro, 61 de plata y 64 de bronce.

En la segunda edición de los Juegos Paralímpicos, Tokio 1964, Argentina logró su récord de mayor cantidad de medallas: 37, entre ellas seis de oro. Además, en ese año triunfaron quienes hoy son los más ganadores para el país con la suma de todos los Juegos: los atletas Silvia Cochetti, Jorge Diz y Susana Olarte. La primera mencionada lidera la tabla con 13 podios (cinco oros), su colega Diz la sigue con diez y Olarte con nueve (cuatro oros). Alzaron esos puestos en sólo dos certámenes, el histórico en Japón y Tel Aviv 1968.

A pesar de que en Tokio se logró la máxima cantidad de podios, en Israel se alcanzó el mayor número de primeros puestos en una competencia. Con las asombrosas actuaciones de Olarte (tres), Cochetti (dos), Dina Galíndez (dos), Miguel Ángel González, Susana Masciotra y Helvio Aresca, Argentina ganó diez doradas, nueve en atletismo y la restante en natación (Aresca). Además, se cosecharon 20 entre plata y bronce.

Los grandes resultados quedarán marcados, especialmente porque Argentina ni siquiera estuvo cerca de volver a ganar esa cantidad de medallas. En las seis ediciones posteriores a Tel Aviv, se obtuvieron diez oros, lo mismo que en Israel. Además, en los tres primeros Juegos de la historia se festejaron 73 podios, o sea, un promedio de 24 por certamen. En los siguientes doce, sólo 83 preseas: casi 7 en cada participación marcan una clara decadencia en las performances.

Elsa Beltrán, ganadora del bronce en Toronto 1976 junto al equipo de básquet, explicó las dificultades que tenían y cómo afectó al rendimiento: “Todo se hacía a pulmón, no existían becas así que el arreglo de las sillas muchas veces lo debíamos pagar nosotras. Trabajábamos y entrenábamos, incluso hacíamos más de dos deportes. Los primeros Juegos fueron muy buenos en cuanto a cantidad de medallas, pero con el correr de los años se bajó el rendimiento y el resto de los países se potenciaron”.

Para la edición de Nueva York/Stoke Mandeville (Reino Unido) 1984, primer Juego en tener actividad en dos sedes distintas, Argentina estaba todavía muy golpeada por la reciente Guerra de Malvinas. Debido a eso, sólo llevó al equipo de atletismo a Estados Unidos, ya que allí participaban los deportistas con parálisis cerebral. En cambio, en Inglaterra se enfrentaban los atletas con silla de ruedas. Esa ausencia generó un gran retroceso.

En la siguiente edición, Seúl 1988, los atletas argentinos acudieron con normalidad, pero los buenos resultados estaban cada vez más lejos. Beatriz Greco, ganadora de una medalla de plata y una de bronce en natación, explicó la diferencia con respecto a los rivales: “En ese momento era muy difícil, no contábamos con ayuda económica. Debíamos trabajar y después entrenar, no podíamos dedicarnos solamente al deporte. Los extranjeros vivían para practicar y se veía reflejado en las posiciones. Considero que siempre se verá afectada la cantidad de podios alcanzados en comparación con otros países evolucionados”. Además, sobre el poco apoyo que recibían confesó que pasó desapercibida cuando volvió de Corea del Sur.

Ya en la época contemporánea, Silvio Velo, capitán de los Murciélagos y referente a nivel mundial, ganó una medalla de plata en Atenas 2004 y dos de bronce, en Beijing 2008 y Río 2016. “Llegar a los Juegos es una satisfacción enorme, es lo máximo que un deportista puede anhelar. Es una sensación muy linda cuando estás en uno de ellos y en mi caso tuve varias oportunidades, desde que el fútbol para ciegos es paralímpico, disputé todas las ediciones”, expresó el integrante de la Selección Argentina. Además, comentó sobre lo que cuesta llegar a donde está: “Si estás enfocado en ser importante en el ambiente, debés tener una disciplina. Se tienen que dejar muchas cosas de lado. Me he perdido juntadas de amigos, pero es lo que uno eligió”.

Facundo Arregui, nadador rosarino que supo ganar muchas medallas y premios en su trayectoria, participó en la edición de Río 2016 y no pudo trepar al podio, pero sí recibió un reconocimiento y así expresó su felicidad: “Haber cumplido el sueño de representar hasta el día de hoy a la Selección nacional a nivel mundial, es de las cosas más hermosas que me han pasado en la vida. Un Juego Paralímpico es la cita máxima a la que cualquier deportista aspira y haber vivido esa experiencia con un diploma que lo acredita, me llena de satisfacción y orgullo”.

Beatriz Greco evaluó la actualidad del deporte adaptado: “Tenemos buenos preparadores que están a la altura de las circunstancias, pero hay pocos entrenamientos y competencias fuera del país que por falta de financiación no se pueden llegar a cabo. Ni hablar de la escasez de elementos para poder practicar sin falencias”.

La actuación argentina en los Juegos Paralímpicos decayó con el paso de los años y en eso, la inacción de algunos gobiernos que desprotegieron al deporte sumada a la difícil situación económica vivida históricamente por el país, tuvieron mucho que ver. Sin embargo, la pasión está más fuerte que nunca y los deportistas seguirán intentando llevar la bandera a lo más alto.

Jorge Lencina, contra la sombra del pasado

Por Hernán Bourdieu

Sacrificio, humildad y esfuerzo, son algunas de las cualidades que describen a Jorge Lencina, judoca cordobés nacido el 26 de marzo de 1976 y que hoy ostenta un particular hito: es el único deportista argentino en participar en los Juegos Olímpicos y Paralímpicos, debido a una enfermedad que afecta su visión. Ganador de cinco medallas de bronce, dos de plata y una de oro, contó acerca de sus logros, objetivos y la sanción que recibió en el año 2016 producto de dar positivo en un test de doping.

– ¿Cuál fue tu motivación para aspirar a participar en los Juegos Olímpicos y Paralímpicos?

-Todo empezó a los 8 años que decidí practicar judo. Era chico cuando clasifiqué a mi primera competencia internacional y eso fue lo que despertó mi pasión por este deporte. Además me motiva mucho la competencia y la gente que tengo a mi alrededor (familia, amigos y profesores). Me incentivaba mucho ver cómo competían Francisco Morales y su hermano, Carlos, quien me enseñó a practicar judo. Esta gente te alienta todo el tiempo para que no aflojes y no te caigas, eso me inspiró muchísimo.

Jorge Lencina padece de glaucoma queratocono, una deformación en la visión que no permite diferenciar rostros y nubla la vista. Ésta enfermedad la comenzó a sufrir previo a los Juegos Olímpicos de Pekín, por lo que decidió participar en los Paralímpicos de dicha ciudad, luego de que su entrenador lo convenciera. Tuvo la posibilidad de competir en 3 certámenes olímpicos (Atlanta 1996; Sídney 2000 y Atenas 2004) y en 3 paralímpicas (Pekín 2008; Londres 2012 y Río 2016).

– ¿Cómo era entrenar en tu juventud?

-Hay que pasar por muchos sacrificios, nada es fácil en la vida. Los viajes que hacíamos los
teníamos que aprovechar al máximo porque antes no podíamos recorrer tanto, entonces
había que saber valer las oportunidades. Poder clasificar ya es un logro para nosotros.
Además, tenés cuatro años para ingresar en un grupo reducido que participa en los Juegos
Olímpicos y Paralímpicos. Para lograrlo necesitás de mucha dedicación y sacrificio, lo
máximo a lo que aspira un deportista amateur es participar en los Juegos Olímpicos.

-Por el lado de los Juegos Olímpicos y Paralímpicos, ¿qué sentiste cuando ganaste dos medallas de bronce, Pekín 2008 y Londres 2016?

-Es muy gratificante lograr la clasificación a unos Juegos pero meter un podio y ganar una
medalla es una sensación indescriptible. Ahí es cuando te das cuenta y valorás todo el
apoyo que recibiste de la gente que te quiere y rodea. Además, resaltás que el sacrificio
realizado finalmente dio su resultado. Recuerdo cuando en Atenas 2004 logré quedar 7mo,
fue una sensación única.

A pesar de tantos logros y alegrías, el cordobés vivió un duro momento en Río 2016 cuando dio positivo en un test de doping por haber ingerido una droga llamada “clomifeno” y fue suspendido por dos años. Lencina había tomado dicha droga porque sufre de azoospermia (falta de espermatozoides) y con su mujer querían tener un hijo, además, el judoca desconocía la prohibición del Clomifeno en el deporte.

-¿Cómo pudiste salir adelante después del doping en Río 2016?

-Fue algo muy triste y una mancha grande en mi carrera, hasta último momento le
quisimos demostrar a la Agencia Antidopaje que no busqué obtener un beneficio
deportivo, de hecho fue una de mis peores competencias. A pesar de esto, tuve que asumir
la responsabilidad y decidí no bajar los brazos, continuar entrenando y dando clases
porque es lo que más me gusta. Por suerte fueron solamente 2 años porque no tenía
antecedentes previos. Al principio llegué a pensar en no luchar más, pero luego reflexioné y
yo quería retirarme por la puerta grande, luchando.

-¿Recibiste apoyo de FADEC (Federación Argentina de Deportes Para Ciegos) o de alguna federación?

-Yo a este país le di mucho de mí y siempre traté de hacerlo de la mejor manera, pero que
te den la espalda es una sensación muy fea. Uno trata de llevar la situación, nada es fácil,
más acá porque el exitismo siempre prevalece. En Argentina lo que menos protegemos es
al deporte y al atleta, FADEC se desligó completamente de mí. No te tienen bien valorado,
distinto son los casos en Brasil y Europa, donde al primero que defienden es al deportista,
como debería ser.

-¿Cuál fue la respuesta de la FADEC?
-Cuando ocurrió lo del doping envié una carta a FADEC disculpándome por lo sucedido, pero nunca recibí una respuesta. Mientras siga la misma gente en la federación sé que no voy a recibir ninguna respuesta. Cuando te va bien, todos se cuelgan de tus podios, pero en las situaciones difíciles no te premian, no quieren salir en tu foto ni te apoyan. Yo solo quería la posibilidad de subirme a la colchoneta y hacer lo que más me gusta, y poder bajarme de ella sin que me corran.

Aunque Lencina no recibió ninguna respuesta de la Federación del Deporte Para Ciegos, lejos está de rendirse y por eso continúa entrenando y dando clases a chicos que aspiran a poder cumplir sus sueños como judocas, mientras que espera una contestación por parte de las autoridades.

-¿Cómo estás en la actualidad? 

-La situación de pandemia que estamos viviendo es atípica. pero no nos queda otra que
afrontarla. En este momento tengo a cargo a Agustín Gil, una joven promesa para los
próximos Juegos. Me gusta estar pendiente de mis alumnos y trato de transmitirles un
poco de todo lo que me tocó vivir.

-¿Qué opinás de la decisión de posponer los Juegos Olímpicos y Paralímpicos?

-Me pareció lo más lógico, es una situación mundial donde no se puede jugar con eso, fue
una decisión acertada. Es un parate importante porque muchos chicos venían con un nivel
muy interesante. Luego de esto, hay que ver cómo se pueden reorganizar para mantenerlo.

-¿Te queda algún sueño pendiente como judoca o sentís que pudiste cumplir todos?

-Por suerte cumplí todos los sueños que tenía como judoca. Por razones de la vida seguí
participando en paralímpicos por un tema de visión. Me quedaría pendiente salir por la
puerta grande, un reconocimiento haciendo mi último torneo. Poder decir: ‘Me voy por
donde yo quiero y no por un tecnicismo que no merecía’, pero bueno, la FADEC no me deja
competir por lo que desconozco como seguiré.

Jorge Lencina es más que un judoca argentino, es un ejemplo de superación, sacrificio y voluntad. A pesar de las adversidades que se le fueron presentando en el camino, su
fortaleza y perseverancia se lograron interponer.  Uno debe luchar detrás de sus sueños aunque el camino sea difícil y hay que agotar todas las instancias posibles para que esos anhelos se transformen en realidad.

De soñar con una medalla olímpica a brindar servicio médico

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Por Melina Kellmer y Sol Pochettino

Susana Rodríguez Gacio es una paratriatleta española, nacida en Pontevedra, que transita el último año de residencia de Medicina Física y Rehabilitación, en el Hospital Universitario de Santiago de Compostela. Actualmente, trabaja allí en el programa de asistencia telefónica, donde se encarga de atender llamadas referidas al COVID-19 e informarles a los pacientes cuándo realizar pruebas diagnósticas. En una situación normal, estaría por disputar los Juegos Paralímpicos de Tokio.

A causa de su albinismo, padece de una discapacidad visual que se mantuvo mucho tiempo estable, pero en los últimos años fue empeorando. En la actualidad cuenta solo con el 5% de visión en un ojo y 7% en el otro.

La disciplina en la que ella compite se desarrolló por primera vez en Río 2016, la cual consiste en 750 metros de natación, 20 kilómetros de ciclismo y cinco de carrera. Su categoría es PT5, donde participan atletas que pueden usar una bicicleta tándem, correr y nadar con un guía. Cuando se entrena en pileta de natación requiere de una persona o un sistema que le avise que está por llegar a la pared. Comenzó a practicarla en 2010.
“En Brasil obtuve el quinto puesto, no fue mi mejor carrera, sin embargo, fue una experiencia impresionante y nunca olvidaré lo que viví allí. Fue mejor que en cualquier sueño”, recordó con emoción Rodríguez Gacio. Respecto a Tokio 2021, declaró que espera lograr una mejor actuación y poder disfrutar del camino, ya que “allí todo depende del estado anímico, de la forma física y de la suerte de cada día”.

Entre las 8 y las 15 trabaja en el hospital y se entrena 21 horas semanales repartidas entre las tres modalidades que forman parte del deporte. También realiza ejercicios destinados a mantener la fuerza y la masa muscular, sobre todo para que la situación de pandemia no afecte en su rendimiento.

Susana, la primera paratriatleta albina, fue campeona del mundo en su categoría en 2018 y 2019, junto con su guía Paula García. A su vez, el año pasado viajó al Mundial de atletismo en Dubai donde quedó cuarta en los 1500 metros y obtuvo una plaza para Tokio. De todas maneras, todavía no está confirmado que será ella quien compita en esta disciplina, ya que es una decisión que se encarga de tomar el Comité Paralímpico Español. En caso de que sea elegida, será la primera deportista española de la historia en participar en dos disciplinas diferentes en un mismo Juego.

La institución nacional ha ofrecido ayuda a los atletas mediante la prorrogación de la duración de becas hasta Tokio, entrega de materiales para entrenar y la creación de una plataforma online basada en apoyo de servicio médico.

Al principio de la epidemia en España, la pontevedresa tuvo que cumplir con un periodo de aislamiento ya que su compañero de trabajo con el que iba al hospital se infectó de coronavirus. “Estuve muy preocupada por haberme contagiado, además, en aquel momento se realizaban menos test que ahora y no tuve oportunidad de hacerlo. Cada día que pasaba sin síntomas era una buena señal y un alivio”, explicó.

Anteriormente ella vivía con dos compañeras que también son médicas, una trabaja en Neumología y la otra en Medicina Interna. Como ambas están más expuestas a posibles contagios, Susana tomó la decisión de mudarse a la casa de sus padres hasta que todo se normalice.

Desde que llegó el virus al país europeo, su rol como médica pasó a ser la prioridad y el deporte quedó más relegado, por eso se mostró a favor del aplazamiento de la competencia internacional desde el primer momento. “Para que se desarrolle un evento tan grande y global tiene que haber un clima de salud, de libertad de circulación entre países y de paz… Ahora mismo no tenemos nada que festejar”, concluyó.

Fernando Batista: “Todos van a querer estar en Tokio”

Por Guillermo Rojas y Daniela von Simons

A falta de un poco más de un año para que comience el fútbol en los Juegos Olímpicos, en 11 de los 14 países que ya tienen la plaza asegurada ha vuelto a rodar la pelota. Fernando Batista, director técnico de la Selección Argentina sub 23, le aseguró a El Equipo que Argentina no va a llegar en desventaja a Tokio a pesar de que los entrenamientos comenzarán cuando todo el país se encuentre en fase 4. Dijo: “Falta mucho para los Juegos, un año. Así que creo que se va a llegar bien”. También se mostró a favor del momento en el que se vuelva a las prácticas: “Hay que volver cuando estén todas las garantías dadas. Hoy estamos en un momento complicado”.

La nadadora Delfina Pignatiello había puesto en duda la continuidad de su carrera si no le permitían volver a entrenar en un corto plazo. Consideraba que podría llegar en desventaja y no iba a representar al país de la mejor forma ya que sus contrincantes ya se están entrenando.

El Equipo le preguntó al Bocha si entendería la decisión de algún jugador de renunicar a los Juegos por sentirse en desventaja respecto a sus rivales: “No creo que eso pase, es más no va a pasar. Son disciplinas diferentes. Todos van a querer estar”.

Batista también respondió si es posible reunir un grupo de jugadores locales y comenzar a trabajar con ellos: “Primero tienen que volver los clubes y luego la Selección. Las competencias no son a corto plazo, así que seguramente la Selección volverá después”.

En Europa ya se encuentran entrenando algunas figuras de la Selección como Leonardo Balerdi, Nehuén Pérez, Alexis Mac Allister, Matías Vargas y Nicolas González, entre otros. De los nombrados anteriormente, solo Pérez y Mac Allister  disputaron el Preolímpico de Colombia que se jugó a principios de año.

De los países ya clasificados los que no están entrenando son: Costa de Marfil, Arabia Saudita y Argentina. En Egipto y Sudáfrica el regreso se ha anunciado hace pocos días.

Mientras que en algunos de los países clasificados de Europa ya se retomaron las principales ligas como en España y Alemania, además de Rumania, mientras que en Francia ya están entrenando nuevamente, por lo tanto, la mayoría de los jugadores que integrarán sus Selecciones para los Juegos de Tokio ya están en actividad.

Por otro lado, todavía restan definir dos plazas para los Juegos Olímpicos, las cuales están destinadas a las Selecciones correspondientes a la CONCACAF (Confederación de Norteamérica, Centroamérica y el Caribe).

El penal más gritado del mundo

Por Bautista Olmos

San Pablo, Brasil. Estadio Arena Corinthians. Semifinal de la Copa del Mundo. Argentina contra Holanda. 9 de Julio del 2014. Sí, un 9 de julio en el que todo un país se independizó de la angustia futbolera y se escuchó un grito desahogado en cada rincón de la Argentina tras la ejecución de Maximiliano Rodríguez en la tanda de penales, que nos depositó en la final de un Mundial tras 24 años.

En 120 minutos de puro nerviosismo y fricción las selecciones no lograron quebrar el 0 a 0 y los tiros desde los 12 pasos se tornaron inevitables. Messi, Garay y Agüero tenían un inmenso deseo que les impidió fallar sus tiros y “Chiquito” Romero se transformó en un gigante obrero cuando construyó una pared para detener los bombardeos de Vlaar y Sneijder. El ídolo de Newell’s Old Boys tenía la oportunidad de anotar el 4 a 2 definitivo, comprar el pasaje con destino al Maracaná y escribir con fuego otra página dorada en la historia del fútbol argentino.

“La Fiera” inició una caminata lunar hacia el área que cualquier astronauta rengo hubiese hecho más rápido y que luego el mismo protagonista la catalogó como “los 40 metros interminables”. Eran las 19.44 en todo el país y muchos argentinos se preguntaron con una medialuna atragantada y el mate en mano: “¿Si la mete pasamos, no?”. La ansiedad crecía proporcionalmente cuanto más cerca estaba Maxi de la pelota y a Jesús se le llenó la bandeja del mail ante los innumerables rezos de los hinchas.

Rodríguez arribó a la escena del crimen para finalizar de una vez por todas esta película de suspenso y drama. Allí se encontró con su novia ofendidísima, a la que no le gusta que la traten a patadas y que prefiere que la duerman en el pie. Intentó conquistarla nuevamente con una caricia que explicaba el sueño del pibe de Rosario de conquistar un Mundial. Una caricia a cada corazón albiceleste que latía a la velocidad de la luz y suavemente disminuyó su ritmo cuando colocó la caprichosa en el círculo blanco pintado en el césped. De quinta pasó a punto muerto y el auto de cada espectador clavó los frenos a pura incertidumbre.

Los nueve futbolistas restantes entrelazados en la mitad de la cancha como los aficionados en las tribunas y los fanáticos en frente del televisor. Los suplentes y cuerpo técnico fundidos en un abrazo ya no querían ni ver cuando Maxi puso reversa hasta la puerta del área grande. El número 11 no consiguió mantener la emoción y sus cristales empañados eran un espejo de tantos argentinos optimistas que ya visualizaban el final feliz.

El árbitro advirtió al arquero Cillessen para que coloque sus pies en la línea de cal y evitar un intento de distracción por parte del holandés, digno de un mago que capta la atención de un niño inocente para agarrar la paloma de su bolso. Un trabajador que vive de los abucheos, por eso el turco Cuneyt Cakir soportó un par de insultos más al retrasar el penal varios segundos. Rodríguez necesitó dar pasos al costado debido a que su nerviosismo provocó que ni siquiera pueda aguantar quieto en el lugar como perro que espera que el dueño lance su hueso.

El silbato gritó y ya no había vuelta atrás. La desmedida soledad de dos guerreros enfrentados a combatir en una batalla y defender el orgullo de su nación, con todo el mundo expectante del resultado de la guerra. Allí se encontraban a 16 metros de distancia la espada del delantero y el escudo del portero, en busca de ser el venerable héroe aclamado por sus soldados y ovacionado de por vida por los habitantes de su imperio.

Si el gol es la fiesta de fútbol, entonces Jasper Cillesen ansiaba ser el aguafiestas. Allí estaba frente a su verdugo en la inmensidad de la valla vacía. No pudo atajar los tres penales anteriores  y si persistía esta racha el público olvidaría súbitamente todas sus hazañas y lo condenarían a la desgracia ajena.

y comenzó la infinita carrera de cinco metros. Un auto diseñado para llegar a máxima velocidad al lugar donde espera el objeto tan preciado, llamado “Brazuca”. El volante no titubeó, el motor rugió, el vidrio levemente empañado no obstaculizó la visión del conductor y la rueda izquierda se afirmó para que la derecha arribe con la potencia necesaria para impactar la circular línea de llegada.

La fiera fue el elegido y representó a toda una nación enfermiza de este deporte que anhelaba el abrazo entre la redonda y la red. El empeine de su botín derecho le impulsó una fuerza admirable para besar a su esposa, quien lloraba de emoción y felicidad. El balón inició el vuelo hacia la izquierda del pateador y aterrizó a media altura del arco.

Cillessen no se achicó ante la colosal definición de la semifinal y se transformó en un profeta profesional al adivinar la trayectoria del disparo. Quiso ser el protagonista de un final que no tenía un guión preparado para su participación como actor de reparto. Sus manos estiradas hacia la derecha colocaron guantes de acero demasiado frágiles para semejante misil. Jasper fue para Holanda lo que Juan Bautista Cabral fue para José de San Martín y la intención de enfrentar la bala lo terminó matando pese al sueño de ser el héroe nacional.

La caprichosa continuó su viaje tras hacer escala en las manos del neerlandés y elevó su trayectoria ante la parálisis respiratoria de innumerables aficionados. Su nueva escala sería el travesaño, el cual se localizaba allí por decisión del mismísimo Papa Francisco, quien visitó el estadio en los meses previos y ordenó que se levante unos centímetros para el futuro acontecimiento.

El esférico picó en el poste inferior que sostiene la red y Argentina soñaba con los ojos abiertos. Un estruendoso grito de gol colmó de la Quiaca hasta Ushuaia y unió como pocas veces a toda una nación en un solo abrazo. Solo el deporte y el fútbol son capaces de esto. Maximiliano Rodríguez lo logró con su penal y se tiró de rodillas a abrazar a Serio Romero para festejar el pasaje a la final de la Copa del Mundo.

Tanto en el Obelisco como en el Monumento de la Bandera solo se escuchaban cánticos futboleros y las villas se enriquecieron de sonrisas y festejos. Las Cataratas del Iguazú se inundaron de ilimitados llantos alegres y el cerro dejó de tener siete colores para ser albiceleste. Las ballenas bailaban en Puerto en Mendoza descorcharon infinidad de vinos, el Glaciar Perito Moreno se derritió con los fuegos artificiales y Gualeguaychú era un carnaval de festejos.

Todos los argentinos nos emocionamos con ese gol y sabemos dónde vimos aquella semifinal el 9 de Julio del 2014, hace exactamente 6 años. El día que volvimos a una final de la Copa del Mundo. El día que nació otro prócer nacional, llamado Maximiliano Rodríguez.

Italia 90: cuando en Argentina no importó perder

Por Juan Segundo Giles

El 9 de julio de 1990, la Selección Argentina retornó al país muy dolida luego de haber perdido la final de la Copa del Mundo de Italia 1990 contra Alemania Occidental el día anterior. Sin embargo, el recibimiento que tuvieron los jugadores argentinos en su llegada al país fue digno de un auténtico campeón, ya que desde el Aeropuerto Internacional Ministro Pistarini hasta la Casa Rosada, donde los esperaba el presidente de la Nación, Carlos Saúl Menem, miles y miles de argentinos aguardaron ansiosos el regreso de los subcampeones del mundo, a tal punto que el trayecto duró cinco horas y media aproximadamente, según las propias palabras de Sergio Goycochea. “La bienvenida está siendo mucho más emotiva que en 1986”, declaró el técnico argentino, Carlos Salvador Bilardo, ese mismo día. A su vez, el delantero Gustavo Dezotti confesó que “realmente no creíamos que nuestro arribo podía ser de esta manera, nos recibieron como campeones”.

Diego Maradona y Carlos Bilardo en el balcón de la Casa Rosada.

Ahora bien, ¿por qué en un país tan resultadista como Argentina, donde “el segundo es el mejor de los perdedores”, el equipo nacional adquirió ese reconocimiento? Para responder esta pregunta hay que remontarse, en un primer momento, a las semanas previas al Mundial de Italia 1990, en las que Bilardo tuvo que dejar afuera de la lista de convocados al defensor central José Luis Brown –lesionado en una de sus rodillas- y al delantero Jorge Valdano – tenía desgarrado el músculo isquiotibial izquierdo-, dos jugadores que habían sido claves en el Mundial de México 1986. “Pasé seis meses nadando y justo me ahogué cuando estaba llegando a la orilla”, expresó Valdano. Por su parte, Bilardo explicó que no lo veía para afrontar un Mundial y que su salida se debía a razones físicas: “Probamos hasta último momento y vi que no estaba para rendir 30 minutos con la intensidad necesaria, como era mi idea”.

Llegado el Mundial, las lesiones de los jugadores seguían causándole un dolor de cabeza al entrenador nacional. A una semana del partido inicial ante Camerún, todos los ojos estaban puestos en Diego Armando Maradona, debido a que se encontraba sin uña en el dedo gordo del pie, producto de los pisotones recibidos durante la temporada europea, y no podía entrenar con normalidad. A su vez, varios campeones del mundo en México ´86, como Jorge Burruchaga, Sergio Batista, Julio Olarticoechea y Ricardo Giusti no llegaban en óptimas condiciones, y Oscar Ruggeri arrastraba una pubalgia que le permitió jugar el primer encuentro de la fase de grupos, pero lo dejó fuera de las canchas hasta el enfrenamiento contra Brasil por los octavos de final.

Maradona recibiendo una patada de Ndip en el primer partido de la fase de grupos.

La dura derrota en el partido inaugural ante el seleccionado africano por 1 a 0, recordado por el bajo nivel futbolístico de los jugadores argentinos, la sistematización de faltas agresivas que implementaron los cameruneses, y la histórica frase de Bilardo: “Si quedamos eliminados, es mejor no regresar a la Argentina y estrellarnos con el avión”, producto de esa caída, no fue todo. El arquero Nery Pumpido sufrió una fractura de tibia y peroné a los 11 minutos del segundo partido, ante la Unión Soviética, luego de chocar contra su compatriota Julio Olarticoechea y fue reemplazado por Sergio Goycochea, quien logró mantener el arco en cero para que su equipo pudiera vencer a los soviéticos por dos goles de ventaja, con tantos de Pedro Troglio y Jorge Burruchaga.

El momento exacto de la lesión de Nery Pumpido tras chocar con Julio Olarticoechea.

Posteriormente, la Selección argentina, tras empatar 1 a 1 ante Rumania en el último juego correspondiente a la fase de grupos, clasificó a la instancia final como una de las mejores terceras. Sin embargo, el equipo argentino se encontraba lejos de ser aquel que había conseguido el anterior campeonato del mundo, ya que el nivel de juego que mostraba era preocupante y las lesiones seguían ocupando un lugar central. Además, lo peor era que su siguiente rival en el cruce de octavos de final sería Brasil, quien había clasificado en primer lugar luego de haber ganado sus tres partidos correspondientes a la fase de grupos y tenía jugadores de gran nivel como Careca y Alemao, ambos compañeros de Diego Maradona en Napoli. 

La Selección de Brasil era la amplia candidata para hacerse con el pase a los cuartos de final y lo hizo notar en el terreno de juego, ya que la “Verde-amarela” doblegó a la Argentina durante 80 minutos, tuvo tres tiros en los palos y generó una gran cantidad de situaciones de gol. 

Pese a ello, uno de los hechos por el que esa Selección aún es recordada no se había escrito todavía. A los 81 minutos, Claudio Paul Caniggia anotó el primer y único gol del partido, luego de una embestida individual extraordinaria de Diego Maradona -no había podido ponerse los botines hasta el día anterior por una importante inflamación en su tobillo izquierdo- desde mitad de cancha que lo dejó solo de cara al arquero rival. “Cuando miré para adelante, vi un rayo que me picaba en diagonal (Caniggia) y al ver que la pelota le pasó entre las piernas a Mauro Galvao (defensor de Brasil) yo solo dije ´Cani te pido por favor que patees´”, narró Diego Maradona en TyC Sports. Por otro lado, “El hijo del viento” manifestó que Maradona había sido el único capaz de ver esa jugada en su cabeza.

Efectuado el “milagro” de octavos de final, llegaron dos partidos que bautizaron como “héroe” a Sergio Goycochea: Yugoslavia en cuartos de final e Italia, el local y favorito, en semifinales. El arquero argentino había comenzado como suplente en el Mundial y llegaba con más de seis meses de inactividad, pero la lesión de Nery Pumpido le dio la oportunidad de ingresar y lucirse en un campeonato que le cambió la vida. Luego de dos partidos en los que Argentina no pudo sacarle ventaja a sus rivales, la imagen de Goycochea apareció y depositó a la Selección argentina en la final del mundo al atajar dos penales en cada cotejo. Un nuevo “ídolo” había surgido.

En el encuentro decisivo, Argentina se enfrentó a Alemania Occidental, es decir, el mismo rival con el que había disputado cuatro años antes la final en México, donde Argentina se coronó campeona del mundo, pero esta vez el resultado fue el opuesto.

Al igual que durante toda la copa, Bilardo no contó con su equipo ideal, pero en este caso debido a las suspensiones. Julio Olarticoechea, Sergio Batista y Claudio Caniggia –figura del Mundial- habían visto su segunda tarjeta amarilla en el partido ante Italia y Ricardo Giusti había sido expulsado en el mismo encuentro. “En la final ustedes (Argentina) perdieron jugadores fundamentales y eso incidió en la derrota. Cuando no contás con tus mejores jugadores es muy difícil. Nosotros estábamos muy contentos de que Caniggia no estuviese ese día en la cancha”, exteriorizó el capitán alemán de 1990 Lothar Matthäus. 

Si antes del partido el escenario ya era adverso para la Selección Argentina, todo se agravó aún más cuando gran parte de los 73 mil espectadores que habían ido esa tarde al Estadio Olímpico de Roma –en su mayoría italianos, alemanes y brasileros– silbaron el Himno Nacional Argentino, lo que provocó otro de los episodios más conocidos del fútbol mundial: el enojo de Maradona. Él sentía que los italianos -sobre todo los napolitanos por ser de donde él jugaba- lo estaban traicionando y demostró su furia al gritar: “¡Hijos de puta!”, cuando la cámara lo enfocó.

Con todo ese contexto, igualmente Argentina pudo hacerle frente a Alemania Federal, pero cayó 1 a 0 producto de que a 5 minutos de que finalizara el tiempo regular, el árbitro mexicano Edgardo Codesal cobró un penal a favor de los germanos por una falta polémica de Roberto Sensini sobre Rudolf “Rudi” Völler. Andreas Brehme lo convirtió en el único gol del partido y 16 años después comentó: “El penal que yo marqué no me pareció falta. Fue una entrada correcta, aunque peligrosa por haber sido dentro del área y a tan pocos minutos del final”.

De esa manera, el equipo nacional de 1990 quedó marcado en la historia del fútbol argentino, no por haber perdido la posibilidad de obtener su tercera Copa del Mundo, sino por todo lo que atravesó durante la misma, como haber jugado con una gran cantidad de futbolistas que llegaron en inferioridad de condiciones físicas o que se fueron lesionando con el transcurso de la competición; haber derrotado de una manera agónica a su clásico rival –Brasil- con el gol de Caniggia y la asistencia inolvidable de Maradona con el tobillo del tamaño de una pelota de tenis; los penales atajados por Sergio Goycochea, de quien se tenía mucha incertidumbre respecto a si le alcanzaría el nivel para defender el arco argentino y terminó el Mundial como uno de los grandes protagonistas; la sensación de que se podría haber conseguido algo más si Codesal no hubiese pitado ese penal y el escenario adverso que Maradona y sus compañeros atravesaron en los partidos contra Brasil y Alemania Occidental, en los cuales el público estuvo en su contra. 

Todo ello, sumado a que dentro del plantel se encontraban siete campeones del mundo de México 1986, generó que la sociedad argentina recuerde y reconozca a ese plantel como una de las Selecciones más queridas de la historia del país, aún 30 años después. “El equipo se sobrepuso a todo y mantuvo el prestigio que se había ganado en el Mundial anterior. Por eso la gente nos recibió como campeones, aunque no lo fuimos”, declaró Sergio Goycochea.

El futuro incierto de la Liga Nacional de Vóley

Por Ignacio Toso

Si bien la pandemia por coronavirus puso en 2020 un freno a la información relacionada con el vóley argentino –solo se destaca el pasaje a los Juegos Olímpicos de Tokio logrado por Las Panteras en enero-, hubo sí mucho ruido en el mercado de pases de la Liga Nacional, que fue dada por concluida debido a la crisis sanitaria.

El éxodo de jugadores al exterior, con Europa como destino principal, fue protagonizado por más de 30 jugadores y jugadoras y dejó mucha tela para cortar. Emigrar a países-potencia en el plano deportivo significa un paso importante en la carrera para cualquier deportista, ya que no es ningún misterio que allí se encuentran las mejores instalaciones, los salarios más elevados y el nivel más alto de juego.

España, Francia y, un escalón más abajo, Alemania, son los destinos elegidos por los jugadores que han decidido partir en busca de nuevos y mejores horizontes. El vóley español, por ejemplo, tendrá a 17 argentinos y a ocho más en los staff de sus equipos, entre entrenadores, asistentes, managers, preparadores físicos y médicos.

Nicolás Uriarte y Alexis González, figuras del multicampeón Bolívar, continuarán sus carreras en Francia.

En los últimos años, la Liga argentina mantuvo un buen nivel deportivo, al calor de la presencia de jugadores que integran la Selección mayor y el fogueo paulatino de los más jóvenes, aunque en el aspecto económico y administrativo no todo fuera color de rosa.

“Antes de los Juegos Panamericanos de Lima no teníamos cobertura médica y menos vamos a tener después de esta situación sanitaria”, admitió Facundo Imhoff, jugador de Bolívar y del seleccionado argentino. Además comentó que el apoyo económico de parte del Gobierno hacia el vóley es cada vez más reducido.

Aún así, el futuro no parece tan catastrófico: la Selección masculina u-19 terminó tercera en el Mundial disputado en 2019 en Túnez, en 2017 la u-23 de hombres fue campeona del mundo y, hoy por hoy, el seleccionado femenino mayor está, quizá, en el mejor momento de su historia, tras haber logrado su segunda clasificación consecutiva a unos Juegos Olímpicos con un plantel integrado por muchas jóvenes de no más de 22 años.

Las Panteras consiguieron la clasificación a Tokio en enero y harán su segunda presentación olímpica.

El de esta temporada es un mercado de pases más que inusual y esta situación se puede referenciar con solo un ejemplo: Joaquín Gallego, Gaspar Bitar y Felipe Benavídez, tres jugadores de Obras de San Juan, fueron transferidos, el mismo día, al Boiro de la SuperLiga española.

La coyuntura no parece dejar exentos a los jugadores que habían tenido un gran desempeño en la Liga local, quienes tampoco se pierden la oportunidad de emigrar a Europa con todo lo que eso conlleva. Por ello, el armador titular de la Selección argentina, Luciano De Cecco -que desde el 2011 juega de forma ininterrumpida en Italia-, ha declarado que “el torneo local quedará ‘pelado’ de referentes” y que no está en sus planes retirarse en el país. “La Liga no es sustentable económicamente para muchos equipos que se armaron con jugadores increíbles y firmaron contratos muy difíciles de pagar”, agregó el exjugador del Perugia, quien seguirá su carrera en el Lube Civitanova, de la Liga A italiana.

Aunque se trata de buenas noticias para los jugadores, este tipo de partidas en masa de deportistas con proyección afecta a los entrenadores locales. Pablo Rico, que dirige al seleccionado u-19, aseguró a El Equipo que prefiere que se haga un esfuerzo y se mantengan a los buenos voleibolistas en sus equipos. De esto también se lamentó, y con razón, Fabián Armoa, técnico de UPCN. “Nos financian con el verso de desarrollar y después incitan a los jugadores jóvenes a irse a jugar afuera”, manifestó quien supo ser el técnico del equipo nacional mayor masculino desde 2003 a 2005.

Martín Ramos, capitán de UPCN, deja el equipo tras nueve temporadas y va a vestir la camiseta del Narbonne francés.

El futuro se observa incierto: el torneo más importante del país se quedará sin sus principales figuras, aunque la luz al final del túnel la encienden los buenos valores de las categorías formativas, que atraviesan un gran momento y constituyen el pilar para que Argentina, con seriedad y apoyo económico, pueda convertirse algún día en una potencia del vóley mundial. El camino está iniciado. Ahora vendrá la parte más sinuosa.

Leonardo Di Lorenzo: “La literatura es transformadora”

Por Thomas Somoza

Leonardo Di Lorenzo viste la camiseta de Temperley desde 2013. Más de siete años lo unen al club del sur del Conurbano Bonaerense, pero existe una relación aún más longeva. En ella puede pensarse y entenderse a sí mismo para orientar con claridad qué es lo que desea. Cuenta, en una charla con alumnos y alumnas de Deportea, que la literatura lo transformó, lo mantiene sano y es con lo que puede leerse a sí mismo.

Karl Ove Knausgard es un escritor noruego que tomó notoriedad al publicar, desde 2009, seis novelas que conforman su autobiografía. La saga se llama Mi lucha y despertó controversias porque posee el mismo nombre que la que el genocida austríaco Adolf Hitler publicó en 1925. ¿Qué relación guarda esto con Di Lorenzo? Pues, que en tiempos de pandemia provocada por el coronavirus y, como consecuencia, aislamientos para prevenir el contagio, el exfutbolista de San Lorenzo compró el último tomo que publicó Knausgard en 2011: Fin. Explica, con un tono ameno a través de la videoconferencia, que es un libro de casi mil páginas y el primero que cruza su mente cuando refiere: “De lo último que leí, es donde más me puedo leer a mí mismo. Puedo pensarme de otra manera o desde otro lugar”.

“En un futuro me veo leyendo mucho, pero no creando textos. Es algo para lo que no me siento capacitado. Hoy por hoy, mi relación con la literatura es del lado del lector y disfruto desde ahí. La literatura es transformadora, y eso es lo que hizo conmigo. Pero tampoco me veo haciendo algo desde ese lado porque me cuesta más todavía porque está superalejado del fútbol”, admite y agrega: “Por eso yo hablo tanto o comparto tanto las cosas que leo: porque ese poder de transformación es algo que no tiene precio, no lo puedo explicar. Creo que a partir de ahí es donde pude empezar a ver realmente qué es lo que quiero. Yo jugué al fútbol porque era lo que tenía que hacer, más allá de que a mí me encantaba desde chiquito. Pero nunca me puse a pensar si era lo que quería hacer. A esta altura quiero intentar pensarme y ver qué es lo que yo realmente quiero”.

Tiki Tiki comenzó a leer textos en inglés sobre evolución y religión cuando jugaba en Canadá. En el país norteamericano tuvo un corto paso, en el 2006, en el que jugó seis partidos para el extinto Ottawa Fury —la franquicia fue vendida a Miami Football Club en diciembre de 2019— y estuvo cinco años en Montreal Impact (entre 2006 y 2011), equipo que actualmente entrena el francés Thierry Henry. “Me esforzaba para terminar un libro. Entendía el 10% de lo que el tipo me estaba contando. Pero decía ‘no importa, lo que entienda’ e iba hasta el final”, recuerda. Pero esa acción de ir casi en contra de su voluntad se debe a que, según sus palabras, nunca lo incentivaron a leer ni tampoco “era lo que tenía que hacer”, porque toda la vida le habían dicho que era una pérdida de tiempo.

Di Lorenzo rememora que, en su infancia, nunca asistió en abundancia a cines, circos o a cualquier actividad que suele disfrutar un niño o una niña. “Desde chiquito me pusieron la pelota y me dijeron: ‘vos jugás bien y vas a jugar en primera y en la Selección’. Yo pasé inferiores con eso”, asegura. Incluso le agrega a esa presión que, cuando no jugaba partidos en divisiones juveniles, tenía que dar buenos resultados en la escuela y se sentía abrumado por no saber qué iba a ser de su vida. Pero, en cuanto subió a la primera división, pudo relajarse un poco al pensar que ya había llegado. “El otro día mi viejo me mandó un video de un partido de San Lorenzo, donde yo jugaba, y me vi con inseguridad. Daba un pase y, por más que llegara a destino, me veía con tibieza”, comenta.

El perfil de Twitter del ex Argentinos Juniors y Rafaela, entre otros, posee una foto en la que se puede observar un pañuelo blanco y fondo verde con la inscripción “yo voto por el derecho a decidir”. En el inicio de su usuario yace un tweet fijado del 10 de junio de 2018 en el que escribió: “Soy futbolista y apoyo la lucha de las mujeres por #AbortoLegalYa #NoVotenContraLasMujeres”. “Es muy difícil salir de nuestra burbujita. Sí pasa en el ascenso, donde hay necesidades y urgencias. Hay otra mirada y participación. Se ven chicos que por ahí se expresan o intentan hacer algo porque la sufren”, reconoce. Problemas con los sueldos, malas condiciones para entrenar o el trato al jugador “como un producto” son cuestiones negativas que enumera. Y explica una situación que puede darle sentido a que los futbolistas no se expresen con causas sociales: “Es muy difícil que jugadores de primera división, que de chiquitos ya eran estrellas y tuvieron todo, puedan ver eso. Hay temor a perder privilegios, laburo, chances o algo. Y eso le pasa a los que tienen. Con los que no tienen, ese miedo no está y hay otro compromiso”.

El retiro del fútbol está cerca para Di Lorenzo, puesto que, a sus 39 años, tenía planeado dejarlo en junio de 2020. Pero, por el hecho de que el coronavirus mantiene al fútbol argentino en suspenso, puede que prolongue sus contactos con la pelota de manera profesional. Sin embargo, nunca podrá retirarse de la literatura, porque es un vínculo que lo hizo vivir una metamorfosis en la que salió de su cuerpo para poner en cuestión el mundo que lo rodea y de la que jamás podrá volver.

Karpov vs Kasparov

Por Lucas Accinelli

La rivalidad que hubo en el ajedrez entre Anatoli Karpov y Garry Kasparov es considerada por muchos analistas como la más grande en la historia de todos los deportes debido a que cada uno representaba las dos posiciones opuestas, tanto sociales como políticas, que la Unión Soviética tuvo durante los últimos años de la Guerra Fría: Karpov llevaba la bandera del estalinismo y las ideas más conservadores de dicha doctrina, mientras que Kasparov simbolizaba esos nuevos ideales del comunismo que vendrían con la Perestroika de Gorbachov.

Las pugnas entre equipos en los deportes son muy comunes. Algunas se producen porque están en la misma ciudad y quieren demostrar quién es el que “manda” en dicha zona y otras porque son los más laureados y quieren ser los mejores. Sin embargo, cuando hay posturas políticas, los enfrentamientos se vuelven mucho más tensos, como es el caso de estos dos ajedrecistas.

Karpov nació en 1951, en Zlatoust. Desde muy chico mostró una gran pasión por el Ajedrez, al que jugaba todo el tiempo, y a los 7 años ya era el mejor de su pueblo. Empezó a competir en torneos organizados alrededor de la U.R.S.S. y a vencer a excampeones. 

En 1972, el estadounidense Bobby Fischer se coronó campeón del mundo tras vencer al ruso Boris Spaski, cuyo resultado implicó que Rusia perdiera su trono en el ajedrez que mantenía desde 1937. El Estado soviético buscó por todo el país a algún jugador que pudiera destronar al americano y, en 1975, Karpov fue el elegido para hacerlo. Sin embargo, Fischer no se presentó al partido y el ruso se quedó con el título de campeón. Su nombre quedó ligado al hombre ideal comunista: de padres trabajadores, ruso, estalinista y era padre de familia.

Durante mucho tiempo, el nacido en Zlatoust estuvo sin un “rival” en el ajedrez. Esto cambió en 1984, cuando jugó en Moscú contra Kasparov, un joven que había nacido en Bakú, actual capital de Azerbaiyán, y era proveniente de una familia judía por su madre y árabe por su padre. Por un lado, estaba el ruso de sangre pura; por el otro, el soviético no ruso. 

El partido se jugó al primero que ganara 6. Karpov llegó a estar 5 a 0 a su favor, pero el azerbaiyano logró ponerse 5 a 3 y parecía que lo iba a dar vuelta. Sin embargo, el presidente de la Federación de ajedrez decidió cancelarlo sin decir la razón. Esto generó más tensión entre los dos, quienes se acusaban mutuamente de haber pedido la anulación del partido.

Se volvieron a enfrentar en septiembre de 1985 en el Teatro Tchainovsky. Sería Kasparov el vencedor del encuentro y se coronaría campeón del mundo con 22 años, el más joven de la historia. Ese mismo año, Gorbachov había asumido como secretario del partido comunista con el objetivo de llevar a cabo la reconstrucción Perestroika y el azerbaiyano sería su símbolo: sangre nueva, el cambio, la nueva generación.

Una rivalidad que siguió durante muchos años, incluso después de la caída de la Unión Soviética. En el balance general, Kasparov quedó primero por sólo dos puntos. A pesar del gran odio entre ambos, se necesitaban el uno al otro para mejorar. Hoy en día, esa enemistad se transformó en respeto mutuo. De hecho, cuando Kasparov fue arrestado durante cinco días en 2008 por haber criticado al gobierno de Vladimir Putin, Karpov fue a visitarlo en la cárcel.

Crespo: fútbol, comunicación y docencia

Por Julián Padrón

Si hay algo que caracteriza a Hernán Crespo en su versión como director técnico es el análisis. Y, dentro de ese pensamiento crítico, es capaz de repasar aspectos de su carrera que, en aquel entonces, no parecieron fructíferos pero que hoy forman parte de su constante desarrollo y aprendizaje.

Un ejemplo clarísimo de esto es su vínculo futbolístico con Marcelo Bielsa, quien lo dirigió en el seleccionado nacional durante el Mundial de Corea-Japón 2002. Claro está que, incluso al día de hoy, la eliminación de aquella Copa del Mundo sigue tocando fibras sensibles en el futbolero argentino.

Fiel a su estilo, Crespo rescata lo positivo y reflexiona sobre lo negativo. Hoy, como entrenador, recupera con otra madurez: “De Marcelo aprendí infinidad de cosas. Su metodología de trabajo permite que mejores singularmente. Después de pasar por él, tenías más conceptos, más cosas. Su trabajo, aunque inusual, era sumamente efectivo”.

Como entrenador, como docente, Crespo agrega: “Cada profesor, después de que los alumnos pasan por su aula, quiere que tengan una mayor sabiduría desde todo aspecto. Se ve que hay un espacio docente mío que me lleva a querer que mis jugadores sean mejores”.

Crespo tomó nota y hoy, junto con su cuerpo técnico, busca adaptar y sumar a las metodologías y filosofías en su rol como entrenador de Defensa y Justicia.

En el final de la entrevista con FICDA, Hernán Crespo hace una reflexión que clarifica sus dichos anteriores: “La vida es como un gran videojuego. Chocás contra un obstáculo y volvés a comenzar, hasta que deja de suceder. Con ingenio, talento y los recursos que poseemos, logramos superarlos”.