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Responder con hipocresía lo que se denunciaba con nombres propios

Por Juana Enrico

En 1979, Buenos Aires amaneció empapelada con una afirmación tan breve como autoritaria: “Los argentinos somos derechos y humanos”. Un lema diseñado desde el Estado. La dictadura encabezada por Jorge Rafael Videla había decidido responder con hipocresía lo que se denunciaba con nombres propios.

El 6 de septiembre llegó a Buenos Aires una delegación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, parte de la Organización de los Estados Americanos. Durante dos semanas escuchó cinco mil quinientas ochenta denuncias formales de desapariciones, secuestros, y apropiaciones. Cada persona que cruzaba esa puerta traía una historia peor. La ausencia se volvió expediente; el archivo creció con una persistencia silenciosa, casi administrativa. Mientras tanto, la ciudad seguía su ritmo.

Ese ritmo tenía su propia banda sonora tipográfica: la calcomanía oficial multiplicándose. Reorganizar un reclamo en autobombo no era exclusivo de 1979. Joseph Goebbels, responsable de la propaganda del Tercer Reich, había desarrollado técnicas similares para mantener la ilusión del triunfo: durante la Primera Guerra Mundial proyectaba en cines escenas inventadas de victorias alemanas. Décadas antes de que la propaganda se repitiera durante la guerra de Malvinas, Argentina aplicaba a escala local y con fines distintos la misma lógica: la consigna “Los argentinos somos derechos y humanos” convertía un reclamo de protección en aplauso nacional.

El deporte funcionó también como pantalla. Mientras los ojos de la gente se fijaban en estadios y ceremonias (los Juegos Olímpicos de 1936 en Berlín, el Mundial 78 en Argentina) se naturalizaban las atrocidades que se consumaban tras los muros: interrogatorios, desapariciones, silencios impuestos. La celebración del Mundial, con la transmisión que recorría el planeta, funcionó como demostración de orden y normalidad, mientras a menos de un kilómetro la ESMA operaba como centro de detención clandestino. La operación no cambiaba los hechos; cambiaba la manera en que se percibían.

Cuando la comisión publicó su informe en 1980, describió violaciones sistemáticas y generalizadas a los derechos fundamentales. El gobierno de facto rechazó el documento y habló de una “campaña antiargentina”. La frase de las calcomanías ya había hecho su trabajo.

Hay algo particularmente elocuente en esa inversión mínima de palabras. No era un juego literario: era propaganda. Cambiar el orden altera el sentido; lo que debía proteger a los individuos frente al poder se convierte en autoelogio. La identidad absorbe la crítica. La consigna no necesitaba gritar: operaba con tersura calculada. Porque el terror, cuando busca legitimarse, no siempre apela al estruendo: a veces elige la sintaxis.

Las palabras no son inocentes. Tampoco son neutrales. En 1979, bastó invertir la secuencia de dos términos para intentar torcer el relato de una época. La historia, sin embargo, terminó por colocarlos en su sitio y mostrar la verdad que la manipulación buscaba ocultar.

Entre la raqueta y la resistencia: la historia de Daniel Schapira

Por Valentina Gómez Focht

Una red lo separaba de su rival cada vez que pisaba una cancha, pero nada lo separó del terror de todo aquel que pensaba en la década de los 70´, los militares. Daniel Schapira se crió entre polvo de ladrillo. Se formó en Gimnasia y Esgrima (GEBA) hasta 1968 y luego en el Club Comercio y San Lorenzo, a pesar de ser gran hincha de Racing.

Cuando tuvo edad suficiente comenzó a transmitir a los más pequeños todo su conocimiento y pasión sobre el tenis en DAOM y luego en Maccabi. Siempre se destacó en su disciplina llegando a ubicarse en el top 10 nacional en tres ocasiones diferentes y jugando contra Guillermo Vilas antes de que éste despegara su carrera en Australian Open de 1974.

Pero el tenis no era lo único que enseñaba: “Daniel fue mi profesor de tenis en el club Macabi, pero era mucho más que eso. Al costado de la cancha, a la sombra, nos hablaba de política, de filosofía. No lo hacía con un fin partidario: nos hacía pensar. Nos llevaba a mirar las clasificaciones de los torneos porque decía que ahí estaba el verdadero tenis, lejos de los oropeles, lejos de la fanfarria”, contó Oscar Pinco en una nota para Los Andes, revista mendocina. 

Fuera de la cancha también era excepcional. Estudiaba derecho en la UBA y, gracias a su compromiso e intelecto logró ser  ayudante de cátedra de Derecho Constitucional, a cargo de Rodolfo Ortega Peña, quien fue asesinado por la Triple A en 1974, y Eduardo Luis Duhalde. 

Además estuvo un tiempo en Córdoba como cuadro de la Juventud Universitaria Peronista, donde recibió tres balazos por parte de las fuerzas militares. Sin embargo, escapó y llegó a Buenos Aires en tren, con un yeso y en silla de ruedas. Su familia intentó convencerlo de que se retirara del país, pero se negó rotundamente ya que decía que defendía sus ideales y derechos y que no iba a traicionar a sus compañeros. 

A pesar de ser perseguido político y tener que mantener distancia de su familia para protegerlos, llamaba a su hermano a diario para saber cómo estaban y seguir de cerca su actividad tenística. Ese maestro, que lo fue hasta el final, fue secuestrado por un grupo de tareas el 7 de abril de 1977 cuando viajaba en colectivo por San Juan y Boedo. 

Fue trasladado a las ESMA donde lo castigaron por defender su forma de pensar tirándole dardos venenosos para “ver si realmente hacian daño”. Cuando ocurrió este hecho, su mujer, Andrea Yankilevich, estaba embarazada de un mes. Daniel nunca llegó a enterarse de que iba a ser padre. Su hijo nació en cautiverio durante la dictadura, pero luego fue restituido a su abuela. Hoy, ese hijo, que también se llama Daniel, milita por la memoria y los derechos de los niños nacidos en cautiverio dentro de la organización H.I.J.O.S.

Guillermo Vilas, en un homenaje a Schapira.

Schapira fue una  gran persona dentro y fuera de la cancha y nunca podrá recibir el suficiente reconocimiento por haber luchado hasta con su vida por compartir todos sus ideales y pasiones. Aun así Racing lo intentó nombrándolo como uno de los 46 “socios eternos”, al igual que Maccabi y San Lorenzo.  

Por su parte, la Asociación Argentina de Tenis, le rindió homenaje tan sólo en 2005 y 2006 con la Copa Daniel Schapira. Mientras que en Italia, Raul Brambilla y Alessandro Mastroluca investigaron y escribieron la historia de Shapira en el libro  “dónde está Daniel Schapira”. Además de su relato nos dejaron una verdad que a 50 años de la dictadura mucha gente no comprende y ellos sí: “Un país sin memoria, sin verdad y sin justicia es un país bárbaro. Ustedes, en Argentina, saben bien que una persona muere sólo cuando nadie la recuerda”. 

Cada 18 de octubre se celebra el Día del Profesor de Tenis, en conmemoración del nacimiento de este gran maestro, no solo del deporte sino también de la vida. Recordar a Daniel Schapira, y a los 29.999 restantes, es una responsabilidad del pueblo argentino que va mucho más allá de cada 24 de marzo. Ellos dieron su vida por un país más justo, y la única manera de honrar ese legado es sostener su memoria todos los días y cumplir una promesa inquebrantable: Nunca Más.

El equipo de la Memoria

Por Matías Huentelaf y Valentina Gómez Focht

Entre 1976 y 1983, en la etapa más oscura de la historia argentina, 30.000 personas fueron desaparecidas por la dictadura cívico-militar en Argentina. Fueron historias arrancadas de sus casas, de sus familias, de sus sueños. 220 de ellos eran deportistas federados o chicos y chicas que soñaban con serlo algún día. Tenían botines embarrados, camisetas transpiradas, cronómetros en la mano e ilusiones intactas que el gobierno de facto les arrebató. Todo esto a través de un plan sistemático de secuestros, torturas y asesinatos que logró que muchos de ellos nunca más volvieran. Nunca más abrazarán a sus compañeros. Nunca más pisaron una cancha.

Entre esos 220 deportistas había 152 jugadores de rugby (17 de La Plata Rugby Club), 19 futbolistas, 13 ajedrecistas, 10 nadadores, 5 basquetbolistas, 4 voleibolistas, 3 boxeadores, 2 ciclistas y también atletas, hockistas, andinistas, gimnastas, jugadores de tenis, ping pong, waterpolo, yachting y tenis criollo

Muchos militaban en el Partido Comunista Marxista Leninista, la Juventud Peronista o la Unión de Estudiantes Secundarios. Eran estudiantes universitarios, trabajadores, adolescentes. Como Alicia Alfonsín.

Ella tenía 16 años cuando fue secuestrada el 23 de noviembre de 1977. Jugaba al básquet en el Club Colegiales. Estaba embarazada de cinco meses. Su hijo Juan, nació en cautiverio y fue apropiado por Luis Falco miembro de la Policía Federal y su esposa. Ese bebé creció sin saber quién era, sin saber quién había sido su madre. Recién el 26 de enero de 2004 recuperó su identidad: era Juan Cabandié. 

En 2011, su apropiador recibió 18 años de prisión por apropiación de menores y supresión de identidad. 

Adriana Inés Acosta tenía 22 años. Jugadora de hockey del Club Lomas, había integrado la preselección argentina para el Mundial de Cannes de 1974. En 1978 fue secuestrada y llevada al centro clandestino “El Banco”, en Ezeiza. Nunca más se supo de ella. Se cree que fue víctima de los “vuelos de la muerte”, arrojada al Río de la Plata. En 2009, la cancha de hockey sintético del CeNARD fue nombrada “Adriana Acosta” porque el nombre es su memoria y nombrar es resistir al olvido.

Miguel Sánchez era atleta, poeta y militante. Lo secuestraron el 8 de enero de 1978 en la puerta de su casa, en Berazategui. Nunca volvió. Sus compañeros contaron que estuvo detenido en un centro clandestino llamado “El Condorito”. Pero su memoria sigue corriendo. Cada año, la “Carrera de Miguel” recorre calles en Buenos Aires, Tucumán, Berazategui, Bariloche y hasta en Roma, donde nació como homenaje en el año 2000. Miguel no pudo cruzar más metas, pero hoy miles corren por él.

También fue desaparecido Rodolfo Walsh, ajedrecista, socio de Estudiantes de La Plata, periodista y escritor. Frente a la censura creó la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA) y denunció lo que estaba pasando cuando casi nadie podía hacerlo. El 24 de marzo de 1977 difundió su “Carta Abierta a la Dictadura Militar”, donde expuso la represión, las torturas, las desapariciones y el verdadero plan económico detrás del terror. Un día después fue emboscado, herido de bala y secuestrado. Lo llevaron a la ESMA. Desde entonces, su cuerpo permanece desaparecido.

El deporte no estuvo al margen del terrorismo de Estado. No hubo “guerra”. No hubo “excesos”. Hubo un plan sistemático de persecución y exterminio. Y cuando aparece el negacionismo, lo que intenta es borrar estas historias, minimizar el horror, volver a desaparecerlos en la memoria colectiva.

Recordar a esos 220 deportistas desaparecidos es defender algo mucho más grande que un resultado o una medalla. Es defender la memoria frente al olvido, la verdad frente a la mentira, la justicia frente a la impunidad porque cada cancha, cada pista, cada club de barrio guarda una ausencia.

Y porque en Argentina hay una frase que no es consigna vacía, sino promesa colectiva:

NUNCA MÁS.

Buenos Aires Herald, el mensajero en la Argentina del horror

Por Lucas Sotelo

Robert Cox tenía cinco años cuando escuchó por primera vez sobre el fascismo. Era 1938 y las bombas nazis de la Luftwaffe caían todos los días sobre Londres, hogar del pequeño Bob, hijo de Edward John Cox. Edward, desde sus trece miembro del Ejército, fue mensajero a caballo en la Primera Guerra Mundial y patrullero callejero en la Segunda. Robert, marcado por la prematura muerte de su padre y su posterior mudanza a la localidad costera de Frinton-on-Sea, conoció el periodismo a sus catorce como repartidor de diarios. Años después, ya con un bagaje acumulado como redactor de notas necrológicas en el East Essex Gazette, fue contratado como criptógrafo por la Marina Real británica para la Guerra de Corea, preludio de la Guerra Fría. Pudo morir en la altamar. Pero el ya mayor Bob quería más que un par de medallas de combate. Y así, tras responder a un aviso clasificado en el World Press News, es como llegó en 1959 a la Argentina del peronismo proscripto y la presión militar legitimada quien, desde 1968, cambiaría por completo la historia del Buenos Aires Herald como su director. El mensajero en tiempos de gritos ahogados y de horrores silenciados.

Antes de Cox, el Herald era un “espectador de una obra de la que se sentía ajeno”, como escribe Sebastián Lacunza, periodista político y último director del diario desde 2013 hasta el cierre de su redacción en julio de 2017, en el libro “El testigo inglés”. En sus páginas, Lacunza repasa luces y sombras durante la existencia de este medio conservador-liberal, fundado cien años antes de que la dictadura de Jorge Rafael Videla asestara el golpe de los golpes el 24 de marzo de 1976. Cercano a los sectores militares por su distancia y repudio hacia “el terrorismo de izquierda” de Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), el Herald apoyó en primera instancia a la Junta. Pero cuando “la gente dejó de aparecer”, Cox -como cuenta en “El mensajero”, documental dirigido por el cineasta australiano Jayson McNamara quien, además, produjo una película sobre la vida de Nora Cortiñas- “no vio otra posibilidad que convertirse en periodista otra vez”. Y así, con el apoyo incondicional de Peter Manigault, dueño del diario, su medio empezó a publicarlo todo cuando no se publicaba nada.

Tapa del Buenos Aires Herald del 27 de mayo de 1976. El título: “Chicos secuestrados siguen desaparecidos”.

Por supuesto, esta decisión no estuvo exenta de presiones -a veces indirectas, otras mucho más directas- de parte de los sectores de poder. Desde la prohibición inicial a dar voz a los “hechos subversivos” hasta las amenazas de Carlos Pablo Carpintero, secretario de información pública, al editor escocés Andrew Graham-Yooll (“dejate de joder o te la vamos a dar”). Graham-Yooll, criado en Ranelagh -sur del conurbano bonaerense- y amigo personal del secuestrado Haroldo Conti, tuvo que exiliarse junto a su esposa en Londres. Desde tierras inglesas prosiguió su ya firme colaboración con Amnistía Internacional, que realizó una misión en el país entre el 6 y el 15 de noviembre de aquel oscuro 76’. Los militares, a través de medios afines, calificaron la visita del organismo de derechos humanos como una “campaña antiargentina” y afirmaron vínculos con el comunismo y los sectores guerrilleros. A contramano de todos, Cox defendió a AI, “una organización terriblemente incomprendida”. El informe final, presentado en marzo de 1977, contabilizó trescientos sesenta y cinco desaparecidos entre el golpe y enero de ese año. Serían treinta mil.

Faltaban días para el inicio del Mundial de 1978. Todo el mundo estaba pendiente de la pelota cuando treinta trabajadores de prensa fueron citados en la Casa Rosada. “Deben presentar una imagen perfecta de la Argentina”, consignó Albano Harguindeguy, en aquel entonces ministro del Interior. El Herald siguió publicando. Fue “núcleo de información” aun siendo parte de la “World Cupitis” (Mundialitis). Denunció la desaparición de Julián Delgado, director de El Cronista, y cuestionó la detención de Adolfo Pérez Esquivel, nominado al Premio Nobel de la Paz que ganaría en 1980. Y fue vocero de las “Madres locas de Plaza de Mayo”, presentadas sus vueltas ante el mundo por las televisiones de Holanda, Bélgica y Reino Unido y ante el país por la editorial “Una bomba de tiempo política”. “Es su imagen en las pantallas de televisión lo que dará la imagen de la Argentina durante el próximo campeonato por la Copa Mundial de Fútbol”, vaticinó Bob Cox, “una voz de otro mundo que sirvió muchísimo”, diría años después Estela de Carlotto.

La editorial “Una bomba de tiempo política”, escrita por Cox y publicada en el Herald el 17 de mayo de 1978.

Durante el mes en el que se gestó la primera estrella, Robert Cox disfrutó de “escribir y ver los partidos”. Pensó que “podía haber una chance de que los militares se volvieran decentes y que pararan”. Se emocionó con “las mayores multitudes de la historia argentina saliendo a las calles”. Pero ni el Argentina 3-1 Holanda pudo acallar los gritos que llegaban desde la ESMA. Tampoco evitaron las lluvias de papelitos y de festejos de gol las once gestiones personales o mediante nota de Cox ante Harguindeguy y su segundo, José David Ruiz Palacios. El sol de la victoria militar y deportiva, además, no pudo tapar el bosque de los tres años de recesión económica post-Rodrigazo y del descontento popular. La visita de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) a raíz de la situación de Jacobo Timerman, director del diario La Opinión detenido y torturado por la dictadura, evidenció nuevamente el contraste entre las actitudes serviles de la prensa general y la irreverencia del Herald, “el osado pequeño David”, en particular.

Tapa del Buenos Aires Herald del 26 de junio de 1978. “Argentina gana la Copa”, el título principal.

Pasó el tiempo y al director le pasaron las facturas. El 20 de noviembre de 1979, una carta-amenaza supuestamente escrita por Montoneros y dirigida a Peter, uno de los cinco hijos de Robert y Maud, fue la gota que colmó un vaso lleno de “recomendaciones” para dejar el país. Cox cedió, no sin publicar una última columna en el diario de su vida. “Au revoir” (“hasta luego”) fue el título. Denunció que la amenaza decisiva “vino de esa zona negra de la vida nacional que nadie desafía ni cuestiona”; defendió la existencia de “dos terrorismos”; agradeció a todos los que le habían escrito a raíz de su decisión de marcharse y explicitó su deseo de seguir vinculado al Herald pese a su partida. El 17 de diciembre, Robert Cox se fue “con gran dolor y convencido de que había traicionado a quienes lo habían defendido”. Pero las Madres de Plaza de Mayo, fieles a quien supo abrirles las puertas que todos les habían cerrado, le agradecieron en una solicitada paga en el diario La Prensa. “A Robert Cox: el periodista digno, el hombre íntegro”.

Solicitada de las Madres de Plaza de Mayo, publicada en el diario La Prensa el 18 de diciembre de 1979.

James Neilson tomó la posta en el Buenos Aires Herald. Más frío que su predecesor, con Neilson “cambió el estilo, pero no la sustancia”. Así fue, al menos, hasta que los editores Daniel Newland, Andrew McLeod y Ronald Hansen borraron el nombre de Cox del diario y, con él, los últimos vestigios de su línea. “El Herald parece estar escrito por la Inteligencia naval”, se quejó Bob hacia el editor Ronald Hansen desde Estados Unidos durante la Guerra de Malvinas, en la que acusó al tridente editorial de hacer “el diario de (Emilio) Massera”. Cox no volvería a la Argentina hasta el retorno de la democracia, invitado personalmente por Raúl Alfonsín para su toma del mando presidencial. Poco después, su alejamiento definitivo con Neilson supuso su alejamiento definitivo del Herald. Fue citado como “testimonio crucial” por Julio César Strassera y Luis Moreno Ocampo a declarar en el Juicio de las Juntas en abril de 1985. Descompensado al recordar los horrores vividos en el primer intento, expuso durante cinco horas en el segundo. Encuentros con Videla. La Masacre de los Palotinos. Casos concretos de robos de hijos. Todo eso y más que eso al desnudo en la voz de un hombre que conoció el fascismo a sus cinco años. Y que, como director del Buenos Aires Herald, fue el mensajero en la Argentina del horror.

 

Potrero y gambeta, la devaluación de un estilo

Por Matías Huentelaf

El fútbol argentino históricamente se forjó en los potreros y en los clubes de barrio, llevando consigo ese “estilo criollo” que lo diferenció del resto del mundo. La viveza, la gambeta y el engaño nacieron de esa construcción cultural que llevó a Argentina a formar jugadores de la talla de Diego Maradona, Juan Román Riquelme o Ariel Ortega, entre muchos otros.

Pero hoy, con sistemas cada vez más estructurados y robotizados, ese tipo de futbolistas parece quedar atrapado dentro de esquemas tácticos que muchas veces no favorecen su principal virtud: la improvisación. La gambeta, recurso histórico del fútbol argentino, encuentra cada vez menos espacio. Por eso surge una pregunta inevitable: ¿están los jugadores “mágicos” en peligro de extinción?

Actualmente son contados con los dedos de una mano los futbolistas capaces de hacer algo distinto a lo que vemos cada fin de semana en las canchas. Nombres como Hernán López Muñoz —sobrino nieto de Maradona—, Exequiel Zeballos o Claudio Echeverri (quien ya emigró al exterior) representan algunos de esos jugadores capaces de romper la lógica del sistema con una jugada individual.

Las estadísticas también reflejan esa tendencia. Según datos de SofaScore, futbolistas como Sebastián Villa y Jaminton Campaz —que llegaron al país desde otros rincones de Latinoamérica— lideran las tablas de gambetas completadas con un promedio cercano a dos por partido. Sin embargo, siguen siendo excepciones dentro de un torneo donde cada vez se arriesga menos.

“Se ha perdido un poco también por culpa nuestra, de los entrenadores, por querer que nuestros equipos jueguen en ‘modo play’ por decirlo de alguna forma. Los entrenadores hemos quitado un poco eso, el potrero”, señaló Marcelo Méndez, exentrenador de Gimnasia y Esgrima de La Plata.

La comparación con otras épocas resulta inevitable. El fútbol argentino supo tener en sus canchas a leyendas como Ricardo Bochini, Norberto Alonso, René Houseman o el propio Maradona, jugadores que hicieron de la gambeta una marca registrada de nuestro fútbol.

“El gambeteador, el que tiene regate, es el que de alguna manera te saca esa exclamación y el que te emociona, lo que todos queremos ver, queremos ver algo diferente. Y, además, no solo se queda en lo estético, es productivo para el equipo bien utilizado”, sintetizó Fernando Redondo, en una entrevista para Infobae.

Hoy, en cambio, los talentos parecen ser apenas pasajeros. Un juvenil debuta, juega dos o tres buenos partidos y enseguida llega una oferta imposible de rechazar para clubes con economías debilitadas. Así, el público argentino pierde la posibilidad de disfrutar durante más tiempo de lo más valioso que tiene este deporte: esos futbolistas capaces de hipnotizar a una tribuna o a un televisor con una jugada distinta. ¿Qué sería ideal? Demorar su debut en primera y tenerlos más tiempo con nosotros”, propuso Hugo Tocalli, en una nota con LA NACIÓN.

El fútbol argentino parece vivir una especie de devaluación de su estilo. Los entrenadores muchas veces no logran consolidar una idea de juego: dos derrotas consecutivas los dejan al borde del despido y los murmullos empiezan a bajar desde la tribuna. Ese clima permanente de urgencia termina generando un efecto: el miedo a perder suele imponerse.

Las estadísticas también reflejan esa tendencia. En 114 partidos disputados durante el período 2025-2026, la liga argentina registra el mayor índice de empates sin goles entre las principales competiciones del mundo. Un dato que expone un fútbol cada vez más cauteloso, donde el riesgo parece ser un lujo.

A esto se suma un torneo con 30 equipos, un formato que para muchos diluye la competitividad y baja el nivel de exigencia.

“Somos formadores y por eso tenemos un torneo de 30 equipos”, defendió el presidente de la Asociación del Fútbol Argentino, Claudio Tapia. Pero la realidad muestra un panorama más complejo. En los últimos años, clubes como River, Boca o Vélez, junto con algunas ventas puntuales —como la de Carlos Alcaraz desde Racing al Southampton FC— han sido los principales exportadores de talento hacia las grandes ligas del mundo. 

La estructura del campeonato expone una brecha cada vez más grande entre instituciones consolidadas y otras que apenas logran sostenerse económicamente. En ese contexto, predomina el exilio de talento a edad prematura ante la necesidad monetaria, los sistemas de juego rígidos, la urgencia por ganar y el miedo a perder.

 

Messi y Trump: ¿Puede una imagen bajar a un ídolo?

Por Lola Fariña Villaverde 

Un aplauso, un saludo, una sonrisa o una imagen fueron suficientes para abrir un debate que dejó opiniones fuertemente divididas y puso en cuestión al capitán de la Selección Argentina. El encuentro entre Lionel Messi y Donald Trump, presidente de Estados Unidos, reavivó la discusión sobre el vínculo entre la política y el deporte. 

En medio de la convulsión internacional marcada por la guerra en Medio Oriente, Messi se presentó en la Casa Blanca, junto al plantel del Inter Miami, luego de consagrarse campeón de la MLS (Major League Soccer). La escena circuló rápidamente en redes sociales, en medios de todo el mundo y volvió a poner sobre la mesa si este tipo de gestos deben interpretarse únicamente como parte del protocolo que rodea a los eventos deportivos o si inevitablemente adquieren un valor político.

La Casa Blanca suele recibir a distintos equipos campeones de diversas disciplinas profesionales y universitarias, de los cuales algunos, deciden no presentarse. En ese contexto, la situación invita a pensar qué lugar ocupa Messi en ese encuentro: si se trata del capitán de la Selección Argentina, de una de las máximas estrellas del fútbol mundial, del embajador de UNICEF y fundador de la Fundación Leo Messi o simplemente de un jugador que participa de una tradición institucional del deporte estadounidense. También abre la posibilidad que, frente a ese escenario, haberse presentado pudo haber supuesto un riesgo menor que no hacerlo, sobre todo si se consideran posibles intereses futbolísticos y el hecho de que una de las sedes del próximo Mundial, que iniciará en tres meses, es Estados Unidos. La superposición de estos roles desencadena otra discusión: hasta qué punto es posible separar al deportista del personaje público y del referente social que, voluntaria o involuntariamente, también representa.

Estas características pueden producir cierta contradicción al verlo afable y complaciente con una de las figuras más controversiales en la conflictiva actual. La imagen de Lionel Messi junto al presidente estadounidense, tensiona las distintas facetas que conviven en un referente público.

A su vez, el episodio puede leerse desde otra perspectiva, en la del modo en que el poder político se vincula con personas de gran exposición y utiliza su visibilidad, y apoyo, para reforzar o legitimar ciertos actos y decisiones, de forma directa o indirecta. 

En ese cruce de interpretaciones aparece, quizás, el núcleo del debate. No solo qué significa ese encuentro puntual, sino también qué tipo de expectativas proyecta la sociedad sobre sus ídolos deportivos y sí un gesto como éste alcanza para cuestionar, o incluso “cancelar”, a una figura pública.

 

La deportista ucraniana que venció las secuelas de Chernóbil

VAL DI FIEMME, ITALY - MARCH 07: Gold medalist Oksana Masters of Team United States celebrates on the podium during the medal ceremony for the Para Biathlon Women’s Sprint Sitting on day one of the Milano Cortina 2026 Winter Paralympic Games at Tesero Cross-Country Skiing Stadium on March 07, 2026 in Val di Fiemme, Italy. (Photo by Luke Hales/Getty Images for IPC)

Por Mariano Centeno

Cuando Oksana Masters nació, habían pasado tan sólo tres años de la tragedia de Chernóbil, el peor accidente nuclear registrado en la historia, ocurrido en 1986. Producto de una lluvia radioactiva que influyó en los habitantes más cercanos, miles fueron desplazados y otros, durante un largo lapso, convivieron con enfermedades, el miedo y la incertidumbre. Y bajo el techo de la casa de la familia de Oksana -porque aún no llevaba el apellido Masters-, nada pasó desapercibido. Su hogar no logró resistir las fugas y como consecuencia sufrió graves malformaciones congénitas: nació con un sólo riñón, sin tibias, la ausencia de pulgares, la presencia de una pierna más corta que la otra y en cada una de ellas con seis dedos en los pies. Esas fueron las primeras batallas que afrontó, pero que, con el pasó de los años, iban a desencadenar en marcas más grandes.

La situación económica tampoco aportó su grano de arena y sus padres biológicos optaron por dejarla en un orfanato para que Oksana tenga un rumbo diferente. En aquel hogar de huérfanos, ya no sólo los efectos de la tragedia azotaban su cuerpo, sino que también iba a ser víctima de abusos físicos y de la escasez de alimento en el lugar. Así vivió en una residencia donde la presencia del frío cortante era normal, hasta cumplir los siete años, cuando despertó la mirada de una terapeuta de Kentucky, Estados Unidos, llamada Gay Masters quien decidió adoptarla. Desde aquel entonces, Oksana había logrado dejar atrás su pasado para comenzar una nueva vida en Norteamérica. Pero aun así tuvo que afrontar más peleas. Primero la amputación de ambas piernas a los 9 años, luego las múltiples operaciones en las manos.

De todas formas, llegó a tener un vínculo con el deporte, una pasión que movió su vida. El primero fue el remo. Con él consiguió clasificar a los Juegos Paralímpicos de Londres 2012 donde obtuvo la medalla de bronce. Fueron años lúcidos hasta que las lesiones en la espalda emergieron y la llevaron a cambiar de rama. Esta vez al esquí y al biatlón. Desde entonces su palmarés creció sin parar. Formó parte de la delegación estadounidense en Río de Janeiro en 2016,  PyeongChang 2018, Tokio 2020, Pekín 2022, París 2024 y Milán Cortina en 2026. Logro tras logro, obtuvo un total de 20 medallas (15 en citas invernales), convirtiéndose en la atleta paralímpica de invierno más laureada de Estados Unidos.

El pasado sábado 7 de marzo revalidó su título como leyenda paralímpica cuando consiguió la medalla número 20 en los Juegos de Milán Cortina. No se trató de constancia, sino del contexto. Los últimos meses de 2025 fueron complicados. Rodeado de desafíos médicos y nuevas cicatrices en su vida. Donde su calendario personal se vio afectado por cirugías, infecciones, pero sobre todo sufrió una conmoción cerebral. Igualmente, fue en busca de la gloria.  Y en la prueba de Biatlón (deporte que consiste en una carrera de esquí de fondo en la que también hay pruebas de tiro) se impuso con un tiempo de 21 minutos y 21,3 segundos por sobre su compatriota Kendall Gretsch y la alemana Anja Wicket.

“Estoy en shock. No me esperaba esto. Solo esperaba pasarlo bien. Para ser sincera, no esperaba subir al podio, y mucho menos ganar el oro”, revela la parabiatleta asombrada, y continúa afirmando que el premio no es sólo de ella, sino que también es para el resto de atletas paralímpicos que fueron ignorados y a quienes les dijeron que nunca podrán alcanzar grandes logros.

Los Juegos Invernales aún no terminaron y Oksana Masters con 36 años tiene la oportunidad de seguir sumando medallas, de enriquecer su carrera deportiva con la bandera de Estados Unidos sobre sus hombros, pero además de seguir expandiendo su legado por él mundo: una referente que peleó ante las adversidades de la vida, un símbolo de superación que persiguió la gloría tras ser víctima de la mayor catástrofe nuclear del mundo.

La Liga Nacional ingresa en etapa de definiciones

Por Tobías Agostinis

La Liga Nacional está en la parte final de la fase regular y se viene una seguidilla de partidos y definiciones importantes como, por ejemplo, la Supercopa de La Liga, la Copa Islas Malvinas y los Playoffs.

Ferro Carril Oeste, Independiente de Oliva, Obras Sanitarias y La Unión de Formosa, son algunos de los mejores equipos de la temporada que se aseguraron un lugar en la Copa Islas Malvinas, ex Super 20, el próximo 1 y 2 de abril en Formosa.

El Supercampeón se definirá entre Boca Juniors, ganador de La Liga Nacional y del Super 20, e Instituto de Córdoba, subcampeón de ambas definiciones, el 5 de marzo en el Estadio Pretensa Atenas.

También, hay que mencionar a Regatas de Corrientes y Oberá Tenis Club, que hoy estarían clasificando a los cuartos de final junto a Ferro e Independiente, de una gran temporada de exigencia e intensidad, con una amplia rotación y jugadores de alto nivel.

En esta ventana de los clasificatorios de Américas rumbo a la Copa del Mundo FIBA 2027, Pablo Prigioni, actual entrenador de la Selección Argentina, citó a siete jugadores de la máxima categoría del básquet nacional: Agustín Cáffaro (Independiente [O]), Gonzalo Bressan (Olímpico [SdE]), Leonardo Lema (Quimsa), Marcos Delía (Obras Sanitarias), Francisco Cáffaro (Boca Juniors), Javier Saiz (Instituto) y Tayavek Gallizzi (Regatas).

Un gran presente de la Liga en sí, que potencia a los mismos basquetbolistas a ir por más y alcanzar el mejor nivel posible dentro de su equipo y que justamente, el premio en este caso es la posibilidad de representar al país.

No solamente jugadores, sino que incluso algunos integrantes del cuerpo técnico son actuales entrenadores de equipos argentinos: Nicolás Casalánguida, del Xeneize; Pablo Faravel, de Gimnasia de Comodoro Rivadavia; Guido Fabbris, de Obras. Completan el resto del staff Herman Mandole y Pablo Albertinazzi.

La Liga Nacional siempre influye en las preselecciones del entrenador a cargo que esté en el combinado nacional, y hay muchos más deportistas que son muy relevantes durante toda la temporada y que se merecen el llamado para la Selección.

Hay grandes deportistas dentro de la Liga que, tarde o temprano, van a recibir el llamado de Argentina. Algunos que dieron y dan que hablar este año en el certamen argentino, son Emiliano Lezcano, figura en el elenco de Caballito; Agustín Brocal, indispensable en Oberá, Martiniano Dato, alero intenso de gran proyección en Gimnasia (CR), entre otros que se llevan todos los flashes en los partidos.

La temporada afronta el parate debido a esta ventana de partidos de la Selección y volverá con la Supercopa, la Copa Islas Malvinas, la definición de la fase regular y del descenso y los Playoffs. Además de que el conjunto de La Boca y La Gloria jugarán los cuartos de final de la Basketball Champions League Américas, máxima competencia a nivel continental.

Fin de ciclo: Gallardo dio un paso al costado

Por Celeste Benítez

Marcelo Gallardo anunció su renuncia como director técnico de River Plate, a través de un sentido video dirigido a los hinchas, este lunes por la tarde, en el predio de entrenamiento. Ocurrió luego de una racha de cuatro partidos sin ganar en el Torneo Apertura –tres de ellos como visitante y uno como local–, resultados que fueron tan solo las últimas gotas que derramaron un vaso cargado de malos desempeños deportivos y un retorno fallido.

“Volver a recorrer el mundo River me hace sentir en casa y eso es una emoción interna que me reconforta y me da felicidad”, había expresado el Muñeco. Con estas palabras daba inicio a su segundo ciclo en la institución, que comenzó el 10 de agosto de 2024 con una igualdad 1-1 ante Huracán y un estadio repleto de fanáticos que lo recibieron con una inmensa euforia y una gran ovación. El panorama no fue cómodo: tuvo que afrontar los octavos de final de la Copa Libertadores contra Talleres a contrarreloj y con un grupo sin juego que había dejado la gestión anterior. Sin embargo, Gallardo formó el equipo y consiguió el pase a la siguiente ronda. La ilusión resurgió en los hinchas millonarios, que una vez más depositaron su confianza y anhelo en la persona que les dio tantas alegrías. 

Para mediados de octubre, nadie hubiera imaginado que el camino hacia la gloria eterna se vería interrumpido con la caída del club de Núñez frente a Atlético Mineiro en la semifinal, a tan solo un paso de poder jugar nuevamente una final internacional en su casa. A partir de ese momento empezó una temporada deportiva irregular, con victorias, empates y derrotas, algunas con mayor impacto que otras. Los dos triunfos en tres Superclásicos fueron un punto a favor dentro de ese proceso; aun así, la participación insuficiente en el Mundial de Clubes, la eliminación ante Palmeiras y la no clasificación a la edición de la Copa Libertadores 2026 no fueron determinantes para poner fin a la dirección del entrenador, pero sí para cuestionar su continuidad.

Con el inicio de un nuevo año, energías renovadas y un mercado de pases a su disposición, el Muñeco armó el plantel que quiso. No obstante, el rendimiento futbolístico no fue el esperado. Luego de un 2025 adverso, fue la ocasión de volver a barajar y tirar las cartas sobre la mesa para arrancar otra competencia con nuevas metas. Los primeros encuentros fueron correctos: los jugadores mostraron un mejor funcionamiento en la cancha y todo parecía indicar que el equipo había encontrado la forma de afirmarse en el campeonato. Hasta que sufrió una inesperada goleada como local frente a Tigre, seguida de dos derrotas consecutivas en la Liga Profesional y un triunfo agónico en la Copa Argentina que dejaron más dudas que certezas y confluyeron en el fin de una etapa.

Las segundas vueltas no siempre son buenas. Los futbolistas no son los mismos, ni siquiera el técnico es el de antes y este último período no estuvo a la altura de las expectativas de los hinchas. Marcelo Gallardo es parte de River y lo ha demostrado en más de una ocasión con palabras y hechos que se vieron reflejados en la obtención de títulos importantes. El futuro no está escrito y quizás haya otra vuelta en el Monumental para el Muñeco, porque el fútbol siempre da revancha.

Ponte Preta, el club apodado “A Macaca” que levanta la bandera de la comunidad negra en Brasil

Por Santiago Peñoñori

La camiseta titular de la Asociación Atlética Ponte Preta es blanca con una franja diagonal negra. Branca e preta. Los orígenes del segundo club de fútbol más longevo de Brasil son blancos y negros. Sin marginaciones.

El 11 de agosto de 1872 se inauguró en la localidad de Campinas la Estación Central construida por la Compañía Paulista de Ferrocarriles, que buscaba extender la línea ferroviaria de San Pablo hacia el interior del Estado. Al igual que como sucedió en Argentina, el desarrollo de este medio de transporte decantó en la creación de barrios y de clubes. Para unir la ciudad fue necesario hacer un puente y para que los gases del tren no erosionaran la construcción, se la cubrió con alquitrán. El puente se tiñó de negro y el barrio que nació alrededor se apropió del nombre: Ponte Preta.

Es difícil imaginar una barriada feliz en esos años, ya que Brasil aún no le había puesto fin a la esclavitud (fue el último país americano en hacerlo) y era uno de los países que más esclavos había importado en el mundo. En 1888, la Ley Áurea decretó la abolición, pero el país no trabajó en políticas de inclusión e hizo que la inserción de los oprimidos fuera lenta y resistida.

Nueve años más tarde, alumnos de una escuela del barrio Ponte Preta comenzaron a jugar al fútbol en un descampado y dieron el puntapié para que tres años después se fundase la Asociación Atlética Ponte Preta. ¿Qué día? El 11 de agosto, en homenaje a la inauguración de la Estación Central.

Entre los jóvenes pioneros estaba Miguel do Carmo. Un partícipe fundamental en la creación del club, señalado como el primer futbolista negro del país. Puesto en contexto, este hecho tiene una gran fuerza, ya que la lucha contra el racismo aún hoy se mantiene a más de 130 años de la abolición. El club, anfitrión de toda actividad que la población negra organizaba como consecuencia de los vetos que sufría por parte de los blancos, llegó a presentar documentación a FIFA para pedir un reconocimiento internacional por considerarse la primera democracia racial del fútbol brasileño y un ejemplo de lucha contra la discriminación.

Ponte Preta se convirtió para sus hinchas en un club popular de resistencia y tuvo que hacer de lo que la sociedad consideraba como sus defectos, sus principales símbolos. “Ahí viene la macacada”, decían los torcedores de los clubes que recibían la visita de los camiones que trasladaban a los hinchas del club blanquinegro a inicios de los 40. Lejos de ofenderlos, les cedieron un elemento identitario que al día de hoy se mantiene. Las mascotas del club son “La Macaca” y “El Gorila” y sus hinchas cantan cada fin de semana que “los macacos han vuelto”.

El club de Campinas tiene una historia muy rica y no por sus títulos, ya que no ha cosechado ninguno de relevancia en el fútbol brasileño. Estuvo cerca en 2013 cuando perdió la final de la Copa Sudamericana contra Lanús, en lo que fue su primera participación en un certamen internacional. La medalla que sí puede colgarse habla una vez más del amor de su comunidad, la que se encargó de construir el estadio Moises Lucarelli. Con capacidad para 18.000 personas, El Majestuoso fue inaugurado en 1948 gracias al trabajo de hinchas, jugadores y dirigentes, que a través de donaciones y aportando su mano de obra lo pudieron cimentar en poco más de un año.

Entre los hechos más destacados, El Majestuoso fue considerado Patrimonio Cultural de la Ciudad y fue testigo de la incondicionalidad de Donana, una hincha negra que acompañó al club desde 1938 hasta su muerte. Una cristiana devota distinguida como la primera socia colaboradora de la Torcida Jovem da Ponte Preta, que cada fin de semana rezaba y custodiaba la capilla que tiene el estadio en su interior y que con orgullo se hacía llamar Macaca.