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El día que un jeque bajó al campo de juego y anuló un gol en pleno Mundial

jeque Fahid Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah
jeque Fahid Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah

Por Santino Lomastro

El 21 de junio de 1982, el estadio José Zorrilla de Valladolid fue escenario de una de las escenas más absurdas e increíbles de la historia de los mundiales. Francia, que contaba con Michel Platini, el mejor jugador europeo de ese momento, goleaba a Kuwait. Pero entonces apareció un hombre vestido con túnica blanca y turbante, que bajó desde el palco, caminó hacia el árbitro y cambió una decisión en plena Copa del Mundo.

Francia llegaba golpeada: había perdido 3-1 contra Inglaterra en el debut y necesitaba ganar para seguir con vida. Kuwait, dirigido por un joven Carlos Alberto Parreira, campeón del mundo en 1970 como ayudante de campo y, más adelante, en 1994 como entrenador principal de su Brasil natal, venía de empatar con Checoslovaquia y todavía soñaba con la hazaña.

El partido comenzó parejo, pero rápidamente los franceses impusieron su jerarquía. Bernard Genghini abrió el marcador, Platini anotó el segundo tanto y Didier Six puso el 3-0. El conjunto de Oriente Medio descontó a través de Abdullah Al-Buloushi.

En Valladolid, los galos dominaban. Hasta que llegó el minuto 78. Platini recibió la pelota y filtró un pase perfecto para Alain Giresse. Los jugadores kuwaitíes se quedaron quietos. El delantero avanzó y definió sin oposición: era el cuarto para la selección europea.

Los defensores comenzaron a protestar desesperadamente. Decían haber escuchado un silbato proveniente de la tribuna y creyeron que el árbitro había detenido la jugada. Algunos levantaban las manos; otros rodeaban al juez soviético, Miroslav Stupar. Los franceses no entendían nada. “Nosotros no escuchamos ningún silbato”, recordaría Giresse para Canal+ Francia.

jeque Fahid Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah
jeque Fahid Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah

Desde el palco oficial se levantó furioso el jeque Fahid Al-Ahmad Al-Jaber Al-Sabah, hermano del emir de Kuwait, presidente de la federación kuwaití y figura central del deporte en su país, además de un militar con enorme influencia política. Esa tarde creyó que le estaban robando el partido a su selección.

Comenzó a hacer gestos a sus jugadores para que abandonaran la cancha. Como no le respondían, decidió intervenir personalmente. Giresse comentó cómo vivió aquel momento: “Cuando él baja al campo, la Guardia Civil española que estaba en el terreno de juego se abrió y lo dejó pasar. Fue hasta el árbitro porque escuchó un silbato en la tribuna. Nosotros no entendíamos nada. Capaz que nos quitaba los otros tres goles y, de la nada, íbamos perdiendo 1 a 0”.

La imagen parecía una escena surrealista: un dirigente vestido de blanco caminando entre futbolistas y árbitros en pleno Mundial. Se acercó a Stupar y comenzó una discusión intensa. Según distintas reconstrucciones, amenazó con retirar al equipo si el gol era validado.

El árbitro soviético dudó. Miró a los jueces de línea, observó a los jugadores kuwaitíes, que seguían protestando, y finalmente tomó una decisión. Los franceses quedaron paralizados por la incredulidad. Nadie entendía cómo una invasión al campo podía modificar una decisión arbitral ya tomada.

El histórico periodista francés Jacques Ferran escribió años después en L’Équipe que aquello había sido “una rendición del arbitraje ante el poder”.

El partido se reanudó con bote neutral, pero Francia respondió rápido. Apenas un minuto más tarde, Maxime Bossis marcó otro gol. Esta vez no hubo protestas ni jeques: el 4-1 subió definitivamente al marcador.

Después del partido, el episodio recorrió el mundo. La FIFA sancionó económicamente al jeque y castigó severamente al árbitro Miroslav Stupar, que nunca volvió a dirigir un partido internacional de importancia.

El propio Fahid Al-Sabah intentó justificarse tiempo después al declarar: “No obligué al árbitro”. Según su versión, simplemente defendió a sus jugadores porque consideraba que habían sido confundidos por el silbato. Pero casi nadie creyó que aquella anulación hubiera ocurrido sin la presión de un hombre tan poderoso.

La historia del jeque tendría, además, un final dramático. Ocho años después, en 1990, Irak invadió Kuwait durante la Guerra del Golfo. Mientras la mayoría de su familia real escapaba del país, él decidió quedarse. Participó en la defensa del Palacio Dasman y murió durante los combates contra las tropas iraquíes de Saddam Hussein.

El Buenos Aires Fan Fest festejó al igual que Kansas City

Por Magalí Robledo

La Plaza Seeber fue testigo de una noche perfecta para la Selección Argentina que ganó 3-0 ante Argelia en el debut de la Copa del Mundo 2026.

Una vez más. Como cada cuatro años. Miles de personas dejaron de lado sus ideologías políticas, la economía inestable del país y se reunieron para decir presente en una nueva misa de fútbol: la Copa del Mundo. Aquella que une pasiones y corazones, y representa la cumbre de la gloria eterna.

La ciudad de Buenos Aires aportó su granito de arena para que todo fuera una fiesta. Activó su modo hincha y presentó varios puntos para realizar el Fan Fest, entre ellos la Plaza Seeber -en Av. del Libertador y Av. Sarmiento- donde miles de personas asistieron para poder ver, a través de una pantalla gigante, el debut de la Selección Argentina ante Argelia a las 22 por el grupo J del Mundial 2026.

En la tarde-noche fresca de miércoles, con apenas once grados, el cielo despejado y una brisa que todavía no hacía sentir su presencia, alrededor de las 19 fueron llegando los primeros hinchas al lugar. Familias con los más pequeños, parejas adolescentes o grupos de amigos, iban ingresando lentamente. Nadie se quería perder este momento.

Si bien en la plaza había una zona de “food stocks” muchos llegaron con sus mochilas o bolsas para sobrevivir a una noche fría y cargada de fútbol.

-El mate va a ser nuestro mejor aliado hoy. Nos va a mantener calentitos un rato- comenta al pasar un joven de unos veinte años.

Los niños con sus camisetas celestes y blancas, brillos en sus rostros, banderas y trompetas, fueron los primeros en ponerle color y alegría a la noche. Pero no eran los únicos. La pasión y el fanatismo no entienden de edades: tanto madres, padres, abuelas y abuelos también acompañaban con la bandera de Argentina colgando por sus espaldas, transformando un rincón palermitano en una verdadera tribuna.

Ph: @lindaenvivo

Y si de tribuna hablamos, no podían faltar ellos: los vendedores ambulantes. Café, gaseosas, agua, papas fritas, pochoclos. Tenían todo lo necesario para que los presentes pudieran disfrutar de la mejor manera el partido sin moverse demasiado desde sus lugares.

Pero, ¿cómo estaba distribuido el lugar? Frente a la pantalla gigante había dos sectores principales: el más cercano con unos puff azules, donde algunos se recostaban o extendían mantas sobre el pasto; y uno más alejado donde empezaban a distribuirse unas reposeras de plástico amarillas.

Ph: @somoscorta

Además de eso, estaban las zonas para jugar por premios o disfrutar jugando a la pelota, como en el barrio.

Con el entretiempo del partido de Irak contra Noruega de fondo en la pantalla, el ambiente comenzó a cambiar. El murmullo crecía, los cuerpos se acercaban y desde lejos empezaban a escucharse los primeros bombos y redoblantes. Lentamente alguien comenzó a entonar: “Muchachos, ahora nos volvimos a ilusionar”.

Eso sí. Se podrán imaginar que cada vez que Lionel Messi aparecía en la pantalla, el público estallaba.

El tiempo corría. De a poco, pero corría. Los minutos pasaban y la ansiedad se podía palpar en el aire.

-No estaba nerviosa, pero ahora que no falta nada sí- entre susurros se escuchaba a una chica hablar con su amiga.

Podía ser la realidad de muchos en el lugar. Y es que el clima mundialista se sintió recién a días de comenzar el Mundial.

21.57. Uno de los momentos más emocionantes de la noche. El Himno Nacional Argentino.

Todos de pie. Segundos antes de que se entonaran las primeras estrofas, un silencio se apoderó de la plaza. Uno cargado de emoción y esperanza compartida. La Selección Argentina es sentimiento. Convicción. Pasión. La fe de un país cae sobre sus hombros y el aliento de millones de personas.

Ahora sí, el himno. Se cantó como un grito sagrado, lleno de energía y optimismo.

Todos acomodados en sus lugares. Algunos no perdieron el tiempo y ya con comida en sus manos -hamburguesas o panchos- se prepararon para vivir el debut de Argentina en el Mundial 2026.

22.02. Sonó el silbato y arrancó el partido. Nadie tenía el celular entre sus manos. Todos estaban atentos. ¡Y menos mal! En un lapso de tres minutos fueron anulados un gol para cada lado… El de Argentina se podrán imaginar como se gritó. Apenas se podía escuchar cuando el relator Gustavo Kuffner dijo que estaba anulado.

Por más frío que se sintiera en el ambiente y aunque muchos estuvieran tapados hasta la cabeza, todos sentían otra cosa: el calor de una pasión capaz de hacer olvidar cualquier temperatura.

22.19. Esta vez el grito no fue en vano. Llegó el primer gol del Mundial de la mano del mejor jugador del mundo. La gente no dudó ni un segundo: todos se levantaron de sus lugares. Los abrazos no tardaron en llegar. Gritos por todos lados. El ruido de las trompetas acompañaba desde el fondo, mientras las banderas y las porras eran agitadas sin parar.

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-¡El enano está loco!- expresó un hincha entre risas.

-¡Está más vigente que nunca!- sumó otro.

Sin demasiado sufrimiento, más allá de los gritos cada vez que un jugador se acercaba al área, terminó el primer tiempo. Apenas el árbitro pitó el silbato muchos aprovecharon para ir al baño, otros a comprar y ¡ojo! hasta se pusieron a saltar como si de calentar para el segundo tiempo se tratara, para entrar en calor, combatir el frío y mantener encendida la energía.

Cada uno volvió a su lugar, como si de una cábala momentánea se tratara, y comenzó la segunda mitad.

Ph:@lindaenvivo

Al principio, pequeños susurros se escuchaban acompañando el juego. La atención estaba repartida entre la pantalla y las voces de todos hasta que, de repente, sin aviso, de miles de gargantas se desprendió un grito al unísono:

-¡GOOOOOOOOL!-

El segundo de Argentina. El segundo de Messi.

Uno ve jugar a esta selección y dice “uf, cuánto tuvieron que pasar los jugadores e hinchas de anteriores camadas para poder verlos disfrutar así dentro del campo de juego”. Porque ahora son un espectáculo. Nadie imaginaba vivir un debut mundialista con tanta tranquilidad.

23.39. Como si todavía se pudiera gritar más fuerte, llegó el tercero del capitán que descolocó a todos. Nadie lo veía venir. La expresión de asombro en todos era genuina. Con este gol, Messi igualó el récord de Miroslav Klose de 16 goles en copas del mundo.

¡Y te lo quieren seguir discutiendo…!

A los 80 minutos del partido, el diez se retiró del campo de juego para dejarle su lugar a Nico Paz. Los aplausos no tardaron en llegar al compás de la reverencia “Messi… Messi… Messi”.

Y como si se tratara de una escena ya escrita, una ráfaga de viento llegó de manera inesperada para hacer que la bandera celeste y blanca flameara en el aire, como una última postal de una noche que quedaría guardada en la memoria de todos los presentes.

Con el capitán fuera de la cancha, poco a poco algunos hinchas comenzaron a retirarse del lugar sin molestar a quienes decidieron quedarse hasta el final.

Cuando el árbitro pitó el final del partido, volvieron una vez más los aplausos. Cada persona presente emprendió la vuelta a sus hogares de manera tranquila y ordenada.

La fiesta argentina no se vivió solo en Kansas City, Estados Unidos, sino que también tuvo su capítulo especial en Buenos Aires, en la Plaza Seeber.

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El sueño de defender la copa levantada el 18 de diciembre de 2022 ya arrancó. La tercera estrella sigue brillando sobre el escudo argentino.

Una vez más. Como cada cuatro años, comenzó el sueño hacia un nuevo camino mundialista. Y cómo no ilusionarse, si tenemos al mejor jugador del mundo y un equipo que nunca nos dejó a gamba y vuelve a hacer creer a todo un país.

El Mundial para pocos

KANSAS CITY, MISSOURI - JUNE 16: Fans of Argentina show their support during the FIFA World Cup 2026 Group J match between Argentina and Algeria at Kansas City Stadium on June 16, 2026 in Kansas City, Missouri. (Photo by Maja Hitij - FIFA/FIFA via Getty Images)

Sebastián Bidart

En la mesa de un bar, entre vasos de café frío y celulares abiertos con páginas de vuelos, cuatro hinchas argentinos hacen cuentas que nunca cierran. Uno anota precios en una servilleta. Otro compara millas. Un tercero calcula cuántas cuotas le quedan disponibles en la tarjeta. Afuera llueve, pero adentro nadie habla del clima. La conversación gira alrededor de una sola obsesión: llegar al Mundial 2026.

Un hincha con la camiseta transpirada, una bandera atada al cuello y los ahorros de toda una vida puestos en un viaje imposible fue una imagen que durante décadas definió la Copa del Mundo. Una competencia que, además de fútbol, también funcionó como una peregrinación popular. Una fiesta global donde convivían idiomas, culturas y clases sociales.

Pero algo cambió. En 2026, el torneo que organizan Estados Unidos, México y Canadá no solo es el más grande de la historia. También es el más caro. Son 48 selecciones, 104 partidos y tres países anfitriones. Más ciudades, más estadios, más patrocinadores y más millones. También más distancia entre el espectáculo y quienes históricamente le dieron identidad.

Las entradas para la final podrían superar los 6.000 dólares, mientras que algunos paquetes premium ya rozan los 11.000. Cifras impensadas décadas atrás, cuando asistir a una Copa del Mundo todavía era un sueño económicamente posible para gran parte de la clase media futbolera.

Y los costos no se explican solo por las entradas. Para un hincha argentino, asistir al Mundial 2026 puede implicar un gasto total superior a los 25.000 dólares, incluso en un viaje austero. Según estimaciones de agencias de viaje y plataformas como Turismocity, un paquete que incluye vuelos, alojamiento y entradas para la fase de grupos puede rondar los 20.000 dólares, mientras que los pasajes ida y vuelta hacia Estados Unidos oscilan entre 1.300 y 2.500 dólares, dependiendo de la ciudad de destino y del momento de compra. A esto se suma la estadía, que en varias sedes puede superar los 600 dólares por noche en plena competencia.

Los traslados internos representan otro desafío: a diferencia de Qatar 2022, donde todas las sedes estaban concentradas en un territorio reducido, este Mundial se jugará en 16 ciudades distintas, lo que obligará a muchos hinchas a sumar vuelos domésticos, trenes o extensos viajes por carretera para seguir a sus selecciones.

La transformación no ocurrió de golpe. Fue progresiva. Estados Unidos 1994 representó el inicio de la expansión comercial moderna de la FIFA. Francia 1998 consolidó el marketing global y la lógica de los grandes patrocinadores. Corea-Japón 2002 elevó los costos con la primera organización compartida y una infraestructura gigantesca. Alemania 2006 incorporó nuevas tecnologías de control y venta de entradas. Sudáfrica 2010 intentó sostener cierta accesibilidad local con tickets subsidiados para residentes.

Brasil 2014 convivió con protestas por el gasto público y el aumento del costo de vida. Rusia 2018 comenzó a diferenciar claramente entre el público local y el internacional mediante sistemas de precios segmentados. Y Qatar 2022 se convirtió en una experiencia casi completamente premium, con paquetes corporativos, digitalización total y hospedajes inaccesibles para buena parte de los hinchas sudamericanos.

Muchos recuerdan todavía las imágenes de Doha: fanáticos durmiendo en aeropuertos, departamentos compartidos entre desconocidos y campamentos improvisados para abaratar costos. El Mundial 2026 parece llevar esa lógica al extremo.

Por primera vez, además, la FIFA tomó el control total del sistema de venta e implementó precios dinámicos, un mecanismo que modifica el valor de las entradas según la demanda. También habilitó un sistema oficial de reventa con comisiones incluidas.

La consecuencia fue inmediata: entradas revendidas por cifras récord y paquetes exclusivos pensados para un público de alto poder adquisitivo.

Las críticas crecieron al mismo ritmo que la demanda. Pero Gianni Infantino defendió públicamente el nuevo modelo. “Tenemos que mirar el mercado”, aseguró el presidente de la FIFA cuando fue consultado por los precios.

Y fue todavía más lejos al comparar el valor de las entradas con el deporte estadounidense: “En Estados Unidos no podés ir a un partido universitario por menos de 300 dólares”.

El público objetivo también cambió. Empresas, paquetes hospitality, experiencias VIP y turistas deportivos ganan espacio frente al hincha tradicional que ahorra durante años para seguir a su selección.

Aunque en Argentina ocurre algo diferente. Incluso en medio de crisis económicas permanentes, el Mundial sigue funcionando como una obsesión colectiva.

En un encuentro de hinchas organizado en Buenos Aires para compartir estrategias de ahorro y posibles alojamientos, las conversaciones parecen más cercanas a una reunión financiera que a una charla futbolera. Se habla de préstamos, de vender objetos personales, de dormir en micros o de cruzar ciudades enteras para conseguir un hotel más barato.

“Es como si quisieran hacer negocio con nuestra pasión”, dice Soledad Aldao, desarrolladora de software, mientras revisa precios desde su notebook. Cuenta que evalúa vender el auto para poder comprar entradas.

 

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A pocos metros, Matías Celestino escucha en silencio. Tiene 43 años y quiere viajar junto a su esposa y su hijo. Ya agotó tarjetas de crédito, organizó rifas y pidió ayuda a familiares y vecinos. “El Mundial está por encima de cualquier cosa”, dice, casi sin dudar. Las cuentas no cierran, pero la lógica tampoco pasa por ahí. Lo importante es estar.

Las historias de Soledad y Matías no son casos aislados. Para el sociólogo Pablo Alabarces, especialista en cultura futbolera y profesor de la Universidad de Buenos Aires, el fenómeno toca una dimensión más profunda de la identidad argentina. En una entrevista publicada por The New York Times el 6 de mayo de 2026, explicó que la Selección y la Copa del Mundo ocupan un lugar excepcional dentro de la cultura popular del país. Desde esa perspectiva, advirtió que la creciente elitización del torneo puede transformar la experiencia misma de las tribunas. Si los costos expulsan progresivamente a los sectores populares y de clase media, sostuvo, el riesgo no es únicamente económico. También cambia quiénes participan de la fiesta y qué tipo de ambiente se construye en los estadios.

Quizás ahí esté la verdadera transformación del fútbol moderno. No en la cantidad de selecciones y equipos. No en los estadios inteligentes. Ni siquiera en los miles de millones que mueve. Sino en el precio que hay que pagar para sentirse parte.

Mientras la FIFA rompe récords de ingresos y de demanda, en bares, grupos de WhatsApp y reuniones improvisadas por todo el país, miles de argentinos siguen haciendo cuentas imposibles para intentar llegar.

Kylian Mbappé, de Bondy a ser el símbolo de una generación francesa

Por Nazareno López

Kylian Mbappé no es solo uno de los estandartes y líderes de la selección de Francia en el campo de juego, sino también un modelo a seguir para todos los jóvenes de su país. Se ha convertido en un símbolo en los adolescentes de los barrios humildes y para la comunidad inmigrante en el país galo, siendo el portavoz de una gran parte de los afroeuropeos que habitan en Francia.

Criado en Bondy, un suburbio de clase popular en las afueras de París de donde también salieron jugadores importantes como William Saliba y Randal Kolo Muani y donde no sobraba el dinero ni los lujos, pero sí los sueños, mencionó Kylian en una carta dirigida a los jóvenes de Bondy.

Allí vivió toda su niñez junto a sus padres, ambos afrodescendientes, y sus dos hermanos Jirès y Ethan, con los que todas las noches soñaba con ser futbolista en una habitación que estaba plagada de posters de jugadores, los más repetidos: Ronaldo y Zidane.

Kiki se consagró campeón del mundo en 2018 con Francia siendo pieza clave en el equipo de Didier Deschamps. Anotó 4 goles en el torneo y uno de ellos en la final. Con la camiseta número “10” en la espalda como su inspiración Zizou veinte años antes, Mbappé le dio a Francia su segunda estrella. Logró ganar la copa como su ídolo, pero ahora debía ser ese referente en lo extradeportivo para toda la juventud como así lo fue Zidane.

El 30 de junio de 2024, en plena Eurocopa, hubo elecciones legislativas en Francia y tras conocerse el triunfo en la primera vuelta de la extrema derecha Kylian no se quedó callado. Llamó a frenar el avance del partido Agrupación Nacional, comandado por Marine Le Pen, con la cual ha tenido varios cruces. Tras esto, la candidata Le Pen criticó a Mbappé por involucrarse en la política francesa. Según ella, los famosos no deben tomar posición, sino más bien permanecer neutrales, a lo cual Kylian le respondió con críticas a su partido y explicó el peligro que sería para la comunidad afrodescendiente e inmigrante en Francia que ellos alcancen el poder.

No se lo suele vincular a Kylian con algún partido político pero sí con el presidente de Francia Emmanuel Macron, con el cual sostiene una sólida relación al punto de que Macron convenció a Mbappé a quedarse en el PSG en el año 2022.

Mbappé puede decir que así como su ídolo Zidane, se convirtió en un ejemplo tanto dentro y fuera de la cancha. Por sus goles en mundiales, en el Paris Saint-Germain y en el Real Madrid, pero también por ser el portavoz de una comunidad que fue segregada y de Bondy, donde con murales lo recuerdan todos los días y sueñan con lograr lo que él también alguna vez soñó.

La “Pulga” y el “Bicho” que conquistaron el reino del fútbol

Por Mateo Mekler

Cada generación tiene sus propios protagonistas en el mundo del fútbol y nosotros fuimos testigos de una de las rivalidades más grandes que alguna vez existió en la historia de este deporte. Conocidos como la “Pulga” y el “Bicho”, Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, llegaron al punto más alto que un futbolista puede soñar, de diferentes formas pero ambos pudieron brillar y, en estos momentos, están en su último Mundial. Ambos comparten algo en común: un talento enorme y una dedicación que roza la locura para estar en su lugar.

El actual capitán de la Selección Argentina pasó por un problema complejo y costoso tras ser diagnosticado a los 9 años con un déficit de la hormona del crecimiento (GHD), una afección poco común que limitaba el desarrollo de sus huesos y músculos. A sus 11 años tenía una estatura de 1.32 metros, el equivalente a un niño promedio con una edad de nueve. Con su condición parecía imposible poder triunfar en este deporte, pero se sometió a un tratamiento que tuvo un costo total de 35 mil dólares, el cual en un principio lo financió la Fundación Acindar, empresa para la cual trabajaba su padre Jorge Messi, hasta encontrar una forma de pagarlo por otro medio. Finalmente, viajó a Barcelona para probarse en el conjunto “Azulgrana” y conocieron a Carles Rexach, secretario técnico del club, quien quedó sorprendido con su gambeta y decidió que el equipo “Culé” se haga cargo del tratamiento.

Por otro lado, tenemos al pentacampeón de la UEFA Champions League, nacido en el barrio de San Antonio, uno de los más pobres de todo Portugal. Su padre era adicto al alcohol, consecuencia de una depresión profunda tras pelear en la Guerra de Ultramar, en la que algunos territorios africanos querían independizarse del país europeo y lograron su cometido. Cuando su madre Dolores estaba embarazada de él en 1984, al ser consciente del crítico momento económico en el que estaban, decidió ir con un médico para evitar el nacimiento de su hijo por no poder criarlo adecuadamente, pero el doctor rechazó la solicitud.

Tiempo después, Cristiano encontró en el fútbol una posible vía de escape para él y su familia. En su adolescencia se formó en las inferiores del Sporting Lisboa, tras partir de la Isla Madeira a sus 11 años sin sus padres y en busca de un sueño. Posteriormente, se dio cuenta de que debía mejorar su delgado físico y, con su compañero Semedo se metían por las noches al gimnasio del club que estaba cerrado. Esta situación le trajo varios problemas, debido a los constantes avisos del guardia de seguridad de dicho establecimiento a los directivos del equipo. A sus 15 años, tuvo que operarse a corazón abierto por problemas cardíacos y, después de recuperarse, siguió con sus entrenamientos de manera cotidiana. La situación financiera no había mejorado en esos momentos y con su amigo Fabio Paim iban a un restaurante de comida rápida todas las noches para pedir los alimentos que ya no servían para la venta al público.

La “Pulga” y el “Bicho” recorrieron diferentes caminos para conquistar el reino del fútbol, en el que arrancaron como pequeñas criaturas, pero ambos terminaron convirtiéndose en los reyes de la selva. Vamos a presenciar la última Copa del Mundo en la que los “leones” van a estar presentes, pero su legado e historia van a quedar de ejemplo para todas las especies.

El pasado recreándose en el presente

Por Bautista Salgado

El Mundial 2026 iba a ser el más grande de la historia. Tres países como sedes, estadios enormes, millones de personas viajando… y yo, Bautista Salgado, con 19 años, cumpliendo mi sueño: estar ahí como periodista. No trabajaba para ningún medio importante, no tenía contactos ni nada especial, pero tenía algo que para mí valía más: desde chico quería contar el Mundial, no solo los goles, sino las historias que pasan en cada partido.

El partido que más esperaba era uno solo: Argentina contra Inglaterra. Sabía que no era un encuentro más porque había algo en el ambiente, en la previa y en cómo lo vivía la gente que lo hacía distinto. Era fútbol, sí, pero también era historia, recuerdos y muchas cosas que iban más allá del juego.

Desde el arranque, el partido fue como cualquiera esperaría: intenso, trabado, con roces todo el tiempo. Había faltas, discusiones y mucha tensión en cada jugada. Yo iba anotando cosas en mi libreta, tratando de no perderme nada, sin imaginar lo que iba a pasar. En el minuto 20 hubo un choque fuerte en la mitad de la cancha. Un jugador argentino cayó, y cuando quedó en el piso, me pareció ver algo raro: como si debajo de la camiseta tuviera un uniforme de los soldados de Malvinas. No le di mucha importancia y el partido siguió, pero cuando lo enfoqué con la cámara, noté algo raro en su cara. No era la expresión normal de un jugador, era más seria, más dura, como si estuviera pensando en otra cosa.

Desde ese momento, el partido dejó de ser uno más para mí. Empecé a mirar todo con más atención, buscando si volvía a pasar. En el minuto 40, Argentina atacaba y un volante recibió la pelota cerca del área. Cuando levantó la cabeza, lo vi clarísimo: por un segundo, no era un futbolista, era un soldado. Tenía casco, una mirada firme y un cansancio en los ojos que no tenía nada que ver con un partido. Después volvió a ser el mismo de antes, como si nada. Miré alrededor y nadie reaccionaba. Parecía que solo yo lo estaba viendo.

En el entretiempo no podía dejar de pensar en eso. Revisé fotos, videos, todo lo que tenía, pero no encontré nada raro. Todo se veía normal. Igual, yo estaba seguro de que no lo había imaginado. Algo estaba pasando, aunque no entendiera qué.

Cuando empezó el segundo tiempo, ya no era tan difícil de notar. Cada jugada de Argentina se sentía distinta, como si los jugadores se movieran más pesados, más firmes. En el minuto 55, un mediocampista peleó una pelota y, cuando la ganó, ya no hubo dudas: durante varios segundos no era un jugador, era un soldado completo. Se veía el uniforme, la forma de pararse, la mirada. Esta vez no desapareció enseguida, y ahí entendí que no eran cosas aisladas, sino que se estaban transformando de a poco.

En el minuto 70, todo el equipo empezó a cambiar. Algunos todavía se veían normales, pero otros ya no. Era raro, porque se mezclaban las camisetas con los uniformes, los botines parecían botas y los movimientos ya no eran tan “de fútbol”, sino más duros. No era solo lo que se veía, también era lo que se sentía, como si el partido tuviera un peso mucho más grande.

En el minuto 82, Argentina recuperó la pelota y salió de contra. El delantero encaró y, cuando lo miré, ya no quedaba nada del jugador. Era completamente un soldado. Corría sin estilo, sin lujo, solo con decisión. Definió cruzado y fue gol. El estadio explotó, todos gritaban, pero yo me quedé quieto, porque sentía que no había sido un gol cualquiera.

En los últimos minutos, Inglaterra atacó con todo y Argentina aguantó. Y ahí pasó lo último. Ya no había jugadores, todo el equipo eran soldados. Estaban firmes, resistiendo cada jugada como si fuera algo mucho más importante que un encuentro. Cuando el árbitro terminó el partido, Argentina ganó y, en ese mismo segundo, todo volvió a la normalidad. Los jugadores eran los de siempre, como si nada hubiera pasado.

Miré alrededor y nadie parecía haber visto nada raro. Esa noche, cuando me senté a escribir, entendí que no podía contar exactamente lo que vi, porque nadie me iba a creer. Entonces escribí otra cosa, algo más simple: que hay partidos que no se juegan solo con los pies, sino también con la historia. Que hay camisetas que pesan más que otras y que, a veces, el pasado aparece de alguna forma.

Al otro día, cuando volví a leer lo que había escrito, me quedó una sensación rara. Como si igual no estuviera contando todo. Guardé la libreta y miré la cancha desde lejos, ya vacía, en silencio. Y ahí pensé que capaz esas cosas no están para explicarlas, sino para sentirlas. Porque hay momentos que no se repiten, y que, si te toca vivirlos, ya con eso alcanza.

No sé si lo que vi fue real o si me lo imaginé por todo lo que se sentía en ese partido, pero sé que lo viví. Y desde ese día entendí que el fútbol, a veces, puede ser mucho más que un deporte.

El maldito momento de mirar a un costado

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Por Luisina Meccia

Lo vestí por primera vez el 17 de agosto de 2005; era apenas un pequeño joven nacido en  Rosario, con los ojos llenos de emoción y los botines cargados de sueños. Desde ese instante supe que no era uno del montón, sino que iba a representar como nadie nuestra bandera; había algo diferente al sentir su piel, como si supiera todo lo que íbamos a vivir. 

En el camino pasaron muchos años, partidos y finales; millones de lágrimas que me empaparon más que cualquier lluvia y abrazos que quedaron en mi memoria, como el de Diego Armando Maradona. También conocí la gloria, esa que se hizo esperar, pero cuando llegó nos encontró juntos. Y como dice la canción de No Te Va Gustar, llegó ese maldito momento de mirar para un costado, de darnos ese último abrazo representando a la Argentina frente a miles de ellos.

Dicen que el tiempo pasa, el tiempo corre, que disfruten el hoy porque nunca se sabe el mañana, pero yo puedo jurar que las agujas del reloj nunca pasaron, sigo sintiendo lo mismo que el primer día. Cuando salga al campo de juego, cuando el himno empiece a sonar, voy a notar cómo se le eriza la piel debajo mío, cómo respira hondo y aprieta los labios. Yo voy a estar ahí en su última final, pegada a su cuerpo, voy a sentir  cada gota que caiga de su frente, cada latido que se acelere y cada mirada que se dispare al cielo buscando guardar el momento para siempre, porque sé lo que significa, no es un partido más, tampoco una Copa del Mundo más, es la última, y aunque no lo diga en voz alta, esta en la cabeza de todos los argentinos. 

El vestuario huele a concentración, a historia, a una despedida que nadie se anima a nombrar. Escucho los botines, las cintas ajustarse, las voces bajas que intentan calmar la ansiedad, porque sí, todos estaban preparados para verlo crecer pero nunca para decirle adiós. Entonces lo veo entrar, camina tranquilo, como siempre. Pero yo lo conozco, detecto lo que no dice, hay algo distinto en su mirada. Antes de acercarse a mí, se detiene y del otro lado está Lionel Scaloni, director técnico. No hace falta un discurso largo, un simple “disfrutalo” alcanza. Un mensaje claro y directo. Él asiente, se miran, y me lleva a ese abrazo de Qatar 2022 lleno de respeto e historia, pero esta vez suena a una etapa que está por finalizar.

Me toma con sus manos, que siguen siendo las mismas, firmes y seguras. Me levanto y, por un segundo, el tiempo se detiene; como si todo lo vivido pasara frente a nosotros en un instante. Cuando me apoya sobre su cuerpo, lo siento. Salimos al campo y el mundo se vuelve ruidoso. El estadio vibra, las luces, la gente, la bandera celeste y blanca, todo se mezcla en una sola emoción.

Y después, se escucha el himno, respira hondo y de fondo llega el último grito “Messi… Messi…” ese que atraviesa todo. Ese que lo empuja, que lo abraza, que no lo va a soltar nunca. Yo voy a estar ahí, vibrando cada paso, cada tensión, cada pensamiento que no necesita palabras.

Se acomoda la cinta de capitán, mira alrededor y se posiciona. En ese instante en el que todo está por empezar, el árbitro pita el inicio del encuentro.

La mentira más grande de los mundiales

Por Dante Durso

Corea del Norte se coronó como nueva campeona del mundo tras fulminar al Brasil anfitrión en la final. Fue una victoria apabullante por 8 a 1, con un Maracaná repleto de aficionados “chollimas”. Mientras, en el FanFest de Copacabana, el presidente y dictador Kim Jong-un, saludaba a los fanáticos y felicitaba a los jugadores.

En realidad, Corea del Norte ni siquiera clasificó al Mundial.

La Selección inexistente no jugaba en Río de Janeiro, ni en Belo Horizonte, tampoco figuraba en las planillas de la FIFA, sin embargo millones de personas creyeron verla. En el mayor torneo de las naciones los asiáticos humillaron en fase de grupos a Japón con un 7 a 0, a Estados Unidos por 4 a 0, y a China 2 a 0. Mientras que las potencias disputaban el trono, las calles brasileñas respiraban fútbol y los estadios rugían como volcanes, la televisión norcoreana anunciaba que su Selección estaba lista para enfrentar a Portugal en fase de eliminatoria.

Un video subido a Youtube por una cuenta llamada “Korea News Backup” imitaba la estética de los medios de comunicación estatales. Las imágenes mostraban a hinchas celebrando, banderas agitándose al viento y un supuesto informe deportivo que ubicaba a Corea entre los protagonistas del campeonato. La pelota rodó más rápido que la verificación y el caso llegó a medios internacionales que reprodujeron la grabación y sospechaban que se trataba de un régimen que engañaba a sus ciudadanos haciéndoles creer que estaban a un paso de la final ya que parte de la dictadura del presidente Kim es la exclusión total de información fuera del territorio nacional, y el manejo completo de la televisión y redes sociales.

Varios usuarios comenzaron a detectar grietas dentro del video, la sincronización de la voz no coincide con los movimientos de la conductora del noticiero y el dialecto utilizado tampoco correspondía al habitual en las transmisiones oficiales. La gran operación propagandística resultó ser una parodia cuidadosamente diseñada por un canal surcoreano creado originalmente para burlarse tanto de los prejuicios occidentales como de la facilidad con la que circula la desinformación en los medios de comunicación.

Mientras tanto, el verdadero Mundial seguía escribiendo su propia novela. Alemania trituraba a Brasil en aquella semifinal con el inolvidable 7 a 1, Argentina rozaba la gloria en la derrota ante Alemania en la final, con el gol de Mario Gotze en el tiempo suplementario, para igualar a Italia con cuatro copas mundialistas.

La historia reveló algo más profundo que una simple broma viral. No fue Corea del Norte la que quedó expuesta, si no la credulidad global. El engaño funcionó porque encajaba perfectamente en una narrativa construida, es decir, la de un país presentado como un territorio donde cualquier extravagancia parece posible. También el uso de resultados tan exagerados, y pocos goles proporcionados por las selecciones rivales, los cuales fueron en contra según la sátira audiovisual, deja a la vista que en Internet puede llegar todo muy lejos y ser creíble para cualquier persona que no tenga contexto alguno de lo ocurrido. Reflejó menos a la capital Pyongyang que a quienes estaban dispuestos a creer cualquier cosa sobre ella.

Doce años después, el video sigue siendo una reliquia en la era digital. Un recordatorio de que las noticias falsas no siempre nacen para convencer o informar; a veces nacen para reírse y en ocasiones esta risa no la provoca el autor de la broma, sino quienes corren a publicarlo como primicia sin chequear la realidad detrás del caso. Porque aquel Mundial tuvo jugadores destacados, goles históricos, selecciones que cayeron con la cabeza en alto, pero el verdadero vencedor fue la burla que logró driblar a periodistas, portales y espectadores de todo el mundo antes de terminar celebrando, en el área más vulnerable del siglo XXI: la credulidad.

El Mundial que cambió la historia de Colombia

Por Valentino Antonelli

Corrían 28 minutos del primer tiempo y Colombia todavía no encontraba la forma de romper el cero. Del otro lado estaba Uruguay, un rival incómodo. Típica noche sudamericana en pleno mundial de Brasil 2014: pierna fuerte, interrupciones y una sensación de que haría falta una genialidad para abrir el marcador. Y un factor fundamental: Colombia estaba igualando su mejor participación en los mundiales.

Después de una serie de rebotes y despejes, la Brazuca cayó desde el cielo en el pecho de James Rodríguez. En un solo movimiento, controló la pelota, giró y sacó una volea antes de que tocara el suelo. Durante una fracción de segundo, el estadio quedó en silencio. El remate viajó directo hacia el arco, golpeó el travesaño y terminó dentro. Colombia se ponía en ventaja y el mundo acababa de presenciar uno de los mejores goles de los mundiales.

Esta Selección para muchos era la sorpresa del torneo, porque no jugaba un mundial desde Francia 1998. Los colombianos tuvieron que esperar 16 años para volver a ver a su país en una Copa del Mundo. Fue una de las mejores selecciones durante las Eliminatorias, que con la ausencia de Brasil, era la oportunidad para muchos de lograr la clasificación.

Colombia sumó 30 puntos, la primera vez que obtuvo esa cantidad, y quedó segunda, a solo dos unidades de la Selección Argentina. El escenario era ideal, el equipo comandado por José Néstor Pékerman era muy equilibrado. La solidez de su sistema defensivo fue clave para que el equipo terminara con la valla menos vencida: apenas 13 tantos en 16 partidos.

Pero esa no era la única virtud. Su delantero centro era Radamel Falcao, uno de los mejores “nueves” de la época. El “Tigre” fue reconocido con el quinto lugar del Balón de Oro 2013. En las Eliminatorias había marcado nueve tantos en 13 partidos, más goles que Sergio Agüero o Edinson Cavani y mejor promedio de gol que Lionel Messi y Luis Suárez.

Pero cuando todo parecía alineado apareció el golpe más duro. En enero de 2014, durante un partido con el Mónaco, Falcao sufrió una grave lesión en la rodilla izquierda. Durante meses, el país entero siguió de cerca su recuperación. Sin embargo, a pocas semanas del debut, la noticia que nadie quería escuchar se hizo realidad en rueda de prensa. “El cuerpo técnico decidió esperar hasta el último momento y tengo que agradecerle, pero bueno, creo que fuimos sensatos y conscientes de que todavía me falta” afirmó Falcao, minutos después de que Pékerman confirmó la lista de convocados.

Con Pékerman a la cabeza y James como abanderado, Colombia no decepcionó. Siendo cabeza de serie en el grupo C, golearon a los Griegos con un 3-0 contundente. Luego vencieron 2-1 a Costa de Marfil, liderados por Didier Drogba, y en la última fecha golearon a Japón por 4-1.

La ausencia de “El Tigre” parecía capaz de derrumbar las ilusiones de Colombia, pero abrió la puerta para que apareciera otro protagonista. Con apenas 22 años, James Rodríguez asumió la responsabilidad y se transformó en el líder de una generación que estaba decidida a hacer historia.

Con sus dos goles frente a Uruguay, James alcanzó las cinco anotaciones en apenas cuatro partidos. Aquella victoria por 2-0 había llevado a Colombia a un territorio desconocido: Colombia había clasificado a los cuartos de final de un mundial por primera vez. Su técnico, Pékerman, no escondió su felicidad en la entrevista post partido para DIRECTV Sports: “Felicidades a todo el pueblo Colombiano, la gente lo merecía. Siempre buscó esto y estoy contento de haber estado con ellos”.

Lo que para muchos ya era una actuación inolvidable todavía podía transformarse en algo mucho más grande. Del otro lado esperaba Brasil, el anfitrión, y uno de los favoritos. El desafío era gigantesco, ya que Colombia no lograba derrotar a los brasileños desde la Copa América de 1991 y ahora debía intentar romper esa racha en el escenario más complejo imaginable: en Brasil y con un lugar entre los cuatro mejores del mundo en juego.

El 4 de julio de 2014. El Estadio Governador Plácido Castelo, en Fortaleza, tuvo a 65 mil espectadores como testigos de ese enfrentamiento. El golpe llegó temprano. A los siete minutos, Neymar ejecutó un córner preciso al corazón del área y Thiago Silva apareció sin marca para empujar la pelota y establecer el 1-0.

A partir de entonces, el partido se jugó al ritmo del local y Colombia no lograba imponer el fútbol que había demostrado. Para colmo, a los 25 minutos del segundo tiempo quien debía darle esperanza, cometió un error gravísimo. James Rodríguez cometió una falta sobre Hulk a más de 30 metros del arco. David Luiz, ejecutó un tiro inatajable para marcar el 2-0 a favor de la “Canarinha”.

Pékerman reconoció en una entrevista para DIRECTV Sports en el campo de juego, que descuidaron un factor clave del juego: “Hoy estábamos ante un gran rival y nos hicieron dos goles de pelota parada. Eso acá es muy importante y nos costó recuperarnos.”

El sueño colombiano comenzaba a desmoronarse. A diez minutos del final, Julio Cesar cometió un penal sobre Carlos Bacca. Desde los 12 pasos James Rodríguez marcó el 2-1 final pero a Colombia no le alcanzó para seguir en la Copa.

Dani Alves y David Luiz: consuelo y reconocimiento para James.

En la entrevista post partido para DIRECTV Sports, James admitió estar contento a pesar de la eliminación: “Tantos cracks abrazándome, la verdad que me pone muy feliz pero bueno hay que levantar la cabeza, y decir gracias a Colombia por esto”.

La segunda oportunidad de Qatar

Por Melina Contino

“Todavía estamos un poco atrasados. El país seguirá trabajando para que la próxima vez que Qatar venga a una Copa Mundial, ojalá pronto, podamos competir mejor”. La frase de Félix Sánchez, el ex director técnico español, fue pronunciada en noviembre de 2022 en Independent España, mientras su selección se despedía de su propio Mundial. Qatar acababa de convertirse en el primer anfitrión de la historia en perder sus tres partidos de la fase de grupos y marcharse sin sumar un solo punto.

El 14 de octubre de 2025, Qatar derrotó 2-1 a Emiratos Árabes Unidos y consiguió algo que nunca había logrado: clasificarse a una Copa del Mundo a través de las Eliminatorias asiáticas. Ya no como anfitrión, sino por mérito deportivo. Entre una eliminación que expuso todas sus limitaciones y una clasificación histórica, se construyó el recorrido que llevó al país de la decepción mundialista a la búsqueda de una segunda oportunidad.

El Mundial de 2022 había sido presentado como la gran carta de presentación de Qatar ante el mundo. Durante los doce años que separaron la elección de la sede y el inicio del torneo, el emirato construyó siete estadios desde cero, remodeló uno e invirtió más de 220 mil millones de dólares en infraestructura. Sólo en estadios se destinaron alrededor de 6 mil millones de dólares, convirtiéndose en la edición con mayor desembolso económico.

El Seleccionado qatarí debutó ante Ecuador y se convirtió en el primer anfitrión de la historia en perder el partido inaugural de un Mundial. La derrota por 2-0 marcó el inicio de una campaña que rápidamente expuso sus dificultades para competir al máximo nivel.

Días después llegó el 3-1 frente a Senegal. Con ese resultado, y a falta de un encuentro por disputar, el Seleccionado quedó eliminado en la primera fase, convirtiéndose en el primer anfitrión en quedar afuera tan rápido.

La derrota 2-0 ante Países Bajos terminó de sellar el balance estadístico: tres partidos jugados, tres derrotas, un gol convertido y siete recibidos. El único tanto qatarí en la historia de los Mundiales fue obra de Mohammed Muntari, durante el encuentro ante Senegal.

“No me siento decepcionado ni avergonzado. La Copa del Mundo es la competencia más exigente y sólo unos pocos pueden estar aquí”, aseguró Félix Sánchez en la conferencia de prensa previa al último partido del grupo.

Para Sánchez, la participación en Qatar 2022 no representaba el final: “Si trabajamos en esto día a día, poco a poco estaremos más cerca de este nivel”, sostuvo. Con el paso de los años, sus palabras dieron frutos como el punto de partida de una reconstrucción que llevaría a Qatar a volver a una Copa del Mundo por sus propios medios.

Tres años antes del Mundial, la Selección había conquistado la Copa Asiática 2019, el mayor logro de su historia. Aquel equipo sorprendió al continente al derrotar a Japón en la final y levantar por primera vez el trofeo. Lejos de ser una actuación aislada, el conjunto volvió a coronarse campeón en la edición de 2023, convirtiéndose en la segunda selección capaz de ganar dos Copas Asiáticas consecutivas en el siglo XXI.

Pedro Miguel, uno de los referentes del plantel, habló con la prensa previo a las Eliminatorias. “Tenemos que trabajar duro, jugar bien toda la temporada y llegar de la mejor forma al Mundial”, afirmaba. El defensor destacaba la importancia del respaldo: “Siempre apreciamos el apoyo de la gente. Por nuestra parte vamos a darles todo para que estén contentos”.

Mientras tanto, el contexto también jugaba a favor. La FIFA confirmó que el Mundial 2026 pasaría de 32 a 48 selecciones y Asia aumentaría sus plazas. El continente tendría ocho cupos directos y una vía adicional de repechaje. El escenario abría nuevas posibilidades para selecciones emergentes como Qatar, aunque clasificar seguía sin ser una garantía.

En mayo de 2025 llegó uno de los cambios más importantes del ciclo. El español Julen Lopetegui asumió la dirección técnica del Seleccionado en reemplazo de Luis García. Con experiencia en la selección española y en grandes clubes como el Real Madrid y el Sevilla, aterrizó en Doha con una misión: clasificar a Qatar a la Copa del Mundo. “Nada más llegar, cambié la palabra ‘exigencia’ por ‘sueño’. Estábamos persiguiendo algo que nunca se había conseguido en la historia”, expresó en Coach Voices.

La recompensa llegó el 14 de octubre de 2025. La victoria por 2-1 frente a Emiratos Árabes Unidos le permitió quedarse con el primer lugar de su grupo en la cuarta ronda de las Eliminatorias asiáticas y asegurar su presencia en la Copa del Mundo de 2026. El festejo tuvo un significado especial.

En esta edición, disputada en Estados Unidos, México y Canadá, Qatar se encontró en una realidad distinta. Cuatro años después, en su debut ante Suiza, obtuvo el primer punto en una cita mundialista. El próxima partido será contra Canadá y cerrará su participación en el grupo B contra Bosnia Herzegovina. ¿Logrará acceder a 16vos de final?