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La noche en que Parque Patricios se volvió un pedazo de Asunción

Por Ezequiel Mirochnik

En un bar del sur porteño, entre chipás, camisetas albirrojas y conversaciones mezcladas entre castellano y guaraní, la victoria de Paraguay sobre Turquía en el Mundial fue mucho más que un resultado. Durante noventa minutos, Parque Patricios dejó de parecer Buenos Aires y se convirtió en una pequeña tribuna paraguaya.

La primera sorpresa de la noche llegó antes del partido. Eran las ocho y media y el barrio seguía con el movimiento habitual de cualquier día de semana. Los colectivos pasaban por Caseros, los autos doblaban apurados en la esquina de La Rioja y las luces del Hospital Garrahan seguían encendidas como siempre. Sin embargo, a medida que uno se acercaba a los bares de la zona, algo cambiaba. Las camisetas rojas, blancas y azules empezaban a aparecer entre los abrigos y las bufandas. Algunas eran nuevas. Otras parecían haber sobrevivido a varios mundiales. Y había una que se repetía bastante: la de Salvador Cabañas, como si el tiempo hubiera decidido quedarse detenido en algún punto entre Sudáfrica 2010 y esta Copa del Mundo.

Entré a Baum Parque Patricios unos cuarenta minutos antes del comienzo del partido. Pensé que iba a encontrar un ambiente parecido al de cualquier transmisión mundialista, pero bastó con recorrer el salón para darme cuenta de que la noche tenía otra energía. En una mesa del fondo, cuatro hombres discutían si la selección podría superar la fase de grupos. Cerca de la ventana, una familia entera compartía una picada mientras una mujer acomodaba unos chipás que había llevado desde su casa.

Lo más llamativo era escuchar las conversaciones. Algunas eran completamente en castellano. Otras mezclaban palabras en guaraní y terminaban en una carcajada que hacía imposible entender el resto.

Había chicos nacidos en Buenos Aires que hablaban con tonada porteña y padres que seguían conservando el acento de Asunción o Encarnación. Parque Patricios hace años que convive con una enorme comunidad paraguaya y eso se siente en las calles, en los negocios y hasta en las canchas de fútbol cinco. Pero aquella noche era diferente. Aquella noche parecía que el barrio había decidido hacer visible algo que normalmente convive en silencio.

Ramón, de 63 años, vive hace más de tres décadas en Parque Patricios y llegó con una camiseta de Olimpia que, según él, “ya pasó por varios mundiales”. Mientras acomoda una gorra gastada sobre la mesa, observa alrededor y sonríe. “Acá somos de Huracán y de Paraguay. Las dos cosas. Mis hijos nacieron en Buenos Aires, pero en casa nunca dejamos de hablar guaraní”, cuenta antes de levantar la vista al momento de que los equipos aparezcan en la tele.

Cuando aparecieron los equipos en la pantalla, el murmullo empezó a desaparecer. Algunos se pusieron de pie para escuchar el himno. Otros grabaron un par de segundos con el celular. Y hubo un hombre que se llevó la mano al pecho con una emoción que parecía imposible de esconder. Nadie lo miró raro. Al contrario. Era evidente que todos entendían perfectamente lo que significaba ese momento.

El gol llegó tan temprano que muchos ni siquiera habían terminado de acomodarse. La reacción fue inmediata. Una cerveza se volcó sobre la mesa de al lado, un mozo frenó en seco para mirar la pantalla y dos desconocidos terminaron abrazados como si fueran amigos de toda la vida. Desde una de las mesas salió un grito que recorrió el salón entero.

—¡Paraguay nomás!

Y por unos segundos, Baum dejó de ser un bar de Parque Patricios para convertirse en una tribuna improvisada.

El festejo de la Albirroja en el 1-0 ante Turquía. (APF)

Los abrazos aparecieron por todas partes. Una señora se secó las lágrimas mientras sonreía. Un chico de no más de diez años golpeaba la mesa con las manos. Y un hombre de pelo blanco, que hasta ese momento había permanecido en silencio, levantó su vaso de cerveza como si estuviera brindando por algo mucho más importante que un gol.

Brenda, de 24 años, nació en Buenos Aires, pero toda su familia vive en Encarnación. Entre abrazo y abrazo, trata de responder los mensajes que no dejan de llegarle al celular. “Mi abuela está allá y me manda audios durante todo el partido. Cuando juega Paraguay es como sentir que toda la familia está más cerca”, dice mientras muestra una videollamada llena de caras sonrientes y felicitaciones.

Con el correr de los minutos, el enfrentamiento empezó a volverse más complicado y el clima del bar cambió. Las bromas desaparecieron y las conversaciones se hicieron más cortas. La tensión se podía ver en detalles mínimos. Un hombre movía la pierna sin parar. Otro se agarraba la cabeza cada vez que Turquía cruzaba la mitad de la cancha. Una mujer mandaba audios por WhatsApp a una hermana que seguía el partido desde Encarnación.

En una de las mesas, un grupo de amigos que se había pasado la previa riéndose dejó las hamburguesas prácticamente intactas.

Fue ahí cuando empecé a mirar menos la televisión y más a la gente. Porque la verdadera historia estaba ahí. En el abuelo que abrazaba a su nieto después de cada despeje. En los albañiles que todavía tenían restos de pintura en la ropa y habían ido directamente desde el trabajo. En un repartidor de aplicaciones que se quedó quince minutos parado en la puerta para ver el final del primer tiempo. En una pareja joven que había llevado a su bebé vestido con una camiseta diminuta de la selección paraguaya.

Uno de los que había llegado directamente desde el trabajo era Miguel, de 40 años. Todavía tenía manchas de pintura en el pantalón y las manos ásperas de una jornada larga en una obra de Barracas. “No podía verlo solo en casa. Estos partidos se sufren acompañados. Además, siempre aparece alguien conocido. Somos una comunidad grande”, dice antes de volver rápidamente la mirada a la pantalla, como si cualquier distracción pudiera traer mala suerte.

Durante el entretiempo las mesas volvieron a llenarse de conversaciones. Se hablaba del partido, claro, pero también de otras cosas. Un hombre contaba que hacía veinte años que vivía en Buenos Aires y que nunca había dejado de volver a Paraguay para Navidad. Otro explicaba que sus hijos habían nacido acá, pero que igual les enseñó a hablar algunas palabras en guaraní porque no quería que perdieran el vínculo con sus abuelos.

Una mujer se reía mientras mostraba fotos de su familia en Caaguazú y decía que seguramente estarían sufriendo más que ella.

Gloria, que llegó al país hace dos décadas, escucha las conversaciones de las mesas vecinas y sonríe. “Uno se acostumbra a vivir lejos, pero nunca deja de extrañar. Por eso noches como esta son especiales. Es como sentirse un ratito en casa”, dice mientras acomoda una pequeña bandera paraguaya sobre la silla.

La segunda mitad fue una tortura. Todo avance turco generaba un silencio inmediato y cualquier rechazo de la defensa se festejaba como si fuera otro gol. En la barra, un señor con una camiseta vieja de Cerro Porteño se persignaba cada vez que Turquía se acercaba al área. Un chico se tapaba los ojos antes de las pelotas paradas. Y un hombre que durante todo el partido había permanecido serio no pudo evitar levantarse y gritarle al televisor como si los jugadores pudieran escucharlo desde el otro lado del mundo.

Nadie prestaba atención al celular. Nadie hablaba de trabajo. Nadie parecía preocupado por el día siguiente. Durante esos noventa minutos, el mundo terminaba en esa pantalla.

Cuando llegó el pitazo final, el bar explotó por segunda vez. Esto no era sorpresa. Era un alivio. Era felicidad. Era la sensación de seguir vivos en el Mundial. Los abrazos volvieron a multiplicarse y por un instante daba la impresión de que todos se conocían desde siempre. Un hombre grande se secó los ojos sin ninguna vergüenza. Una mujer se puso a cantar. Desde una mesa empezaron a aplaudir y el resto del salón terminó acompañando.

Entonces alguien puso música paraguaya desde un teléfono y la escena terminó de volverse extraña y hermosa al instante. Porque estábamos en Buenos Aires. Afuera seguían pasando los colectivos de siempre y las luces del barrio seguían siendo iguales. Pero dentro del bar había otra cosa. Había una nostalgia compartida. Una alegría que parecía venir desde varios lugares simultáneamente.

Antes de despedirse, Ramón levantó el vaso y observó la pantalla ya apagada. Afuera, Parque Patricios volvía lentamente a su rutina. Sonrió y, casi como si se hablara al espejo, dejó una frase que resumió mejor que cualquier resultado lo que había pasado aquella noche.

—Uno se va de Paraguay, pero Paraguay nunca se va de uno.

¡Es hora de levantarse, querido!

Por Gabriel Milian Scuri

En noviembre del 2020, el mundo era azotado por el coronavirus y, aún así, la Premier League seguía su curso, pero con las tribunas vacías. Arsenal recibía al Wolves. Raúl Jiménez, número nueve del visitante, intercambió algunos mensajes con su papá, como de costumbre, y salió a reconocer el campo de juego. Volvió al vestuario y a partir de ahí, no recordó más nada.

En la soledad del Emirates solo se escuchaban los golpes a la pelota. En un tiro de esquina gunner, el centro fue al primer palo. El brasilero David Luiz tomó carrera en aquella dirección. Raúl Jiménez también. Chocaron cabezas. Retumbó en todo Londres. Los dos cayeron desplomados. El defensor recuperó la consciencia. El mexicano no. El silencio era ensordecedor. Los médicos corrían. Sus compañeros lo asistían sin saber qué hacer. Desesperación.

Fractura de cráneo con daño óseo y hemorragia cerebral fue el diagnóstico. Entró en cirugía. La sala de espera del hospital era un calvario para Daniela, la esposa de Raúl. Cargaba en brazos a Arya, su bebé qué había nacido hacía cuatro meses. En aquel momento, los especialistas ya no sólo anhelaban que pudiera volver a jugar, sino que saliera con vida. Que pudiera caminar. Subir una escalera. Ser padre.

Daniela iba en el auto cuando le entró una llamada. Era Raúl. A pesar de que repetía las mismas preguntas una y otra vez, lo que generó la risa de ella, el alivio fue total. La recuperación se hizo dura. Le costaba masticar la comida y el encierro forzoso, y no solo por la pandemia, lo obligó a descansar.

A las semanas volvió al centro de entrenamiento. Le sonrió a sus compañeros como si no hubiera pasado nada. Con su carisma, los hizo sentir que no tenían motivos para quejarse. Raúl habló con uno de los médicos del Wolves y, mientras caminaba a tropezones, le dijo que no tenía dudas de que volvería a jugar.

Es junio de 2026. El estadio Azteca da inicio, por tercera vez, a una Copa del Mundo. México le gana 1-0 a Sudáfrica. Corre el minuto 66. Raúl Jiménez, que perdió a su padre tres meses atrás, juega de espaldas. Da dos pasos hacia adelante para escapar de la marca de los Bafana Bafana. Controla, descarga y el juego se abre a la derecha. El área lo llama y va.

Roberto Alvarado levanta la cabeza y revolea la pelota en busca del segundo tanto mexicano. Es tan perfecto el centro que Jiménez no tiene que despegarse del verde césped. Aplica un gesto técnico digno de un goleador e infla la red después de un frentazo.

Llora. Porque su primer grito mundialista es un cóctel de tristeza y alegría. Lo bautizó: resucitar. Llora, mientras lanza un beso al cielo, porque sabe que su padre no está. Llora. Porque pudo darle a la pelota con la enorme cicatriz que lleva como recordatorio de que casi lo pierde todo. Y de que está más vivo que nunca.

Lumumba Vea: el hincha que se convirtió en símbolo de un país

Por Lautaro Palavecino

Durante años permaneció inmóvil en una tribuna, rezando por su selección y honrando la memoria de un héroe nacional. Hoy, aquel hombre que parecía una estatua acompaña a la República Democrática del Congo en el Mundial 2026.

Hay hinchas que viven el fútbol cantando, saltando o sufriendo cada jugada como si fuera la última. Y después está Michel Nkuka Mboladinga. Quizás su nombre no resulte familiar para muchos, pero basta mencionar a Lumumba Vea para que aparezca una imagen difícil de olvidar: traje elegante, gafas oscuras, un brazo levantado hacia el cielo y un cuerpo inmóvil en medio de una multitud que canta, baila y se mueve sin descanso. Mientras miles de personas vibran alrededor suyo, él permanece quieto. Como una estatua. Como un monumento. Como un recuerdo que se niega a desaparecer.

Patrice Lumumba permanece inmóvil antes del partido de octavos de final de la Copa Africana de Naciones. Estadio Príncipe Moulay El Hassan de Rabat, 6 de enero de 2026.

Aunque el mundo lo descubrió durante la Copa Africana de Naciones, la historia de Lumumba Vea había comenzado mucho antes, en las tribunas de Kinshasa. Fanático del AS Vita Club, uno de los clubes más importantes de la República Democrática del Congo, Michel asistía regularmente a los partidos vestido de manera formal y adoptando una postura que llamaba la atención de todos los que lo rodeaban. Su parecido físico con Patrice Lumumba era tan llamativo que los propios hinchas comenzaron a llamarlo por ese nombre.

Patrice Lumumba en Bruselas, 26 de enero de 1960.

Porque Patrice Lumumba ocupa un lugar especial en la historia congoleña: fue quien inauguró el cargo de Primer Ministro del Congo independiente en 1960 y uno de los grandes líderes anticoloniales de África. Su lucha por la libertad de su país lo transformó en un símbolo nacional y su asesinato, apenas un año después de asumir el cargo, marcó una de las páginas más dolorosas de la historia africana. Décadas más tarde, Michel decidió mantener viva esa memoria recreando la imagen de la estatua de Lumumba ubicada en Kinshasa. El brazo levantado, las gafas, la postura firme y el silencio no es una actuación improvisada: sino un homenaje permanente.

Estatua dedicada a Patrice Lumumba en Kinshasa.

Sin embargo, el significado de su personaje iba mucho más allá del recuerdo histórico. Para Michel, permanecer inmóvil durante los partidos también representaba un acto de oración. Su mano extendida hacia adelante simbolizaba la paz y el deseo de un futuro mejor para una nación que ha atravesado décadas de conflictos. Mientras los futbolistas luchaban dentro del campo, él sentía que podía acompañarlos desde la tribuna, enviando fuerza espiritual y esperanza. Por eso nunca hablaba, nunca celebraba de manera exagerada y casi nunca rompía la postura. Su ritual estaba cargado de convicción.

La fama internacional llegó durante la Copa Africana de Naciones disputada en Marruecos. En un torneo conocido por el color de sus hinchadas, los tambores, los bailes y la energía inagotable de las tribunas africanas, las cámaras encontraron una imagen completamente diferente. Entre miles de personas en movimiento aparecía un hombre inmóvil, inalterable, como si estuviera hecho de piedra. Las transmisiones comenzaron a enfocarlo una y otra vez. Las redes sociales hicieron el resto: las imágenes se viralizaron, los usuarios compartieron su historia y su figura llegó a los medios de diferentes países. En cuestión de días, Lumumba Vea pasó de ser una figura conocida en su país a convertirse en uno de los personajes más reconocibles del fútbol internacional.

Sin embargo, el momento que terminó de conquistar al mundo no fue aquel en el que permaneció inmóvil, sino aquel en el que dejó de hacerlo. Durante un partido decisivo de la selección congoleña, la eliminación llegó de manera dolorosa y, por primera vez, el hombre que parecía una estatua mostró su costado más humano. Se quitó las gafas, bajó el brazo y rompió en llanto. La imagen recorrió el planeta porque, detrás del personaje, apareció algo con lo que cualquier aficionado podía identificarse: el amor incondicional por unos colores y el dolor de ver cómo un sueño se escapaba.

Quizás por eso, cuando la República Democrática del Congo consiguió su clasificación al Mundial 2026, muchos entendieron que Lumumba Vea también formaba parte de esa historia. Con el apoyo de jugadores, dirigentes y autoridades, fue incorporado oficialmente a la delegación que acompaña al equipo durante la Copa del Mundo. Después de algunas dificultades administrativas y problemas relacionados con sus permisos de viaje, la situación terminó resolviéndose y Michel ya forma parte de la experiencia mundialista con todos los gastos cubiertos por la federación.

Su presencia en el Mundial tiene un valor difícil de medir. No estará allí por haber marcado goles ni por haber levantado trofeos. Tampoco por ser una celebridad. Estará allí porque, durante años, representó algo que muchas veces resulta más poderoso que cualquier resultado deportivo: la identidad de un pueblo. Mientras las cámaras lo enfocan en las tribunas de Estados Unidos, México y Canadá, millones de personas observan al hombre de las gafas oscuras y el brazo levantado. Pero para los congoleños significará mucho más.

Verán a alguien que eligió transformar una tribuna en un lugar de memoria, que utilizó el fútbol para honrar la historia de su país y que encontró en el silencio una forma de hacerse escuchar.

Por eso la historia de Lumumba Vea es mucho más que la historia de un hincha viral. Es la historia de un hombre que decidió mantener vivo un legado, de una selección que lo adoptó como uno de los suyos y de un país entero que hoy vive el Mundial acompañado por uno de sus símbolos más inesperados. Porque, a veces, el fútbol regala historias imposibles de planificar. Historias en las que los protagonistas no siempre están dentro de la cancha.

Historias como la de Michel Nkuka Mboladinga, el hombre que se quedó quieto durante años y terminó llegando más lejos de lo que jamás imaginó.

Pausa de concientización: en pleno Mundial, en México marchan por los 135.000 desaparecidos

Por Ignacio Mazzo

Familiares y organizaciones civiles iniciaron movilizaciones y campañas de visibilización masiva en la Ciudad de México y Guadalajara desde el 11 de junio, coincidiendo con la inauguración de la Copa Mundial de la FIFA. El objetivo de estas acciones es exponer ante la comunidad internacional la magnitud de la problemática de las desapariciones en el país, cuya cifra oficial supera los 133.000 casos según las instituciones del Estado, mientras que los monitoreos recientes de los colectivos civiles ya estiman más de 135.000 personas desaparecidas hasta el 19 de junio.

De acuerdo con los datos oficiales del Registro Nacional de Personas Desaparecidas y No Localizadas, dependiente de la Secretaría de Gobernación, la estadística nacional superó este mes los 133.000 registros acumulados. El informe de junio de la Red por los Derechos de la Infancia en México señaló que uno de cada siete menores de edad reportados como desaparecidos en el país sigue sin ser localizado. Por su parte, el observatorio Red Lupa, perteneciente al Instituto Mexicano de los Derechos Humanos y la Democracia, detalló en su último balance que el 42% de los casos totales se concentra en cinco estados: Estado de México, Tamaulipas, Jalisco, Michoacán y Nuevo León. Además, la misma organización alertó que los servicios forenses registran más de 83.000 cuerpos y restos humanos sin identificar.

Las manifestaciones callejeras comenzaron formalmente antes y durante el día del partido inaugural entre México y Sudáfrica. Notas de los portales informativos Animal Político y Corriente Alterna de la UNAM documentaron que el 11 de junio las fuerzas de seguridad bloquearon el avance de una marcha que intentaba llegar al Estadio Azteca. Esa misma noche, según reportes de Infobae México, se generó una controversia en el Ángel de la Independencia cuando aficionados que festejaban la victoria de la selección utilizaron lonas de búsqueda de personas para cubrirse de la lluvia, lo que provocó altercados verbales con familiares de las víctimas y agresiones físicas a reporteros de televisión que registraban el hecho.

Las acciones de protesta continuaron el domingo 14 de junio con eventos alternativos en espacios públicos de la capital y el interior del país. Medios locales reportaron la realización de la “Cascarita por la Memoria”, una jornada de partidos de fútbol informales donde los manifestantes jugaron con camisetas de la selección con los rostros de sus familiares. En el entorno digital, la Fundación para la Justicia y el Estado de Derecho difundió las etiquetas #UnEstadioDeDesaparecidxs y #LaCopaSinEllxs, una campaña que busca dimensionar la escala de la problemática mediante la analogía de que el número total de víctimas en México equivale a llenar por completo más de dos estadios mundialistas de gran capacidad.

Entre el 18 y el 19 de junio, las movilizaciones sumaron un componente internacional con la incorporación de la Red Regional de Familias Migrantes en las marchas de la Avenida Reforma en la Ciudad de México. Esta protesta estuvo encabezada por la activista hondureña Ana Enamorado, quien busca a su hijo desaparecido en Jalisco desde 2010. Los colectivos explicaron a los medios extranjeros que una parte de las víctimas en territorio mexicano corresponde a personas migrantes procedentes de Honduras, El Salvador, Guatemala, Nicaragua y Colombia. A partir de estos últimos monitoreos de las organizaciones civiles, la estimación total de casos se elevó a más de 135.000 personas desaparecidas.

La estrategia de las familias actuales busca replicar el método utilizado por las Madres de Plaza de Mayo durante el Mundial de Argentina 1978. Aprovechar la presencia de cadenas de televisión internacionales para romper el bloqueo informativo local.

Messi: dos goles, nuevo récord y homenaje al 22 de junio

Por Juan Pablo Romano

Hay tardes que parecen un partido más. Y hay otras que pueden convertirse en historia. En algún lugar del AT&T Stadium de Dallas, millones de miradas apuntan hacia el mismo hombre. Pasaron veinte años de aquel joven que debutó en un Mundial con la camiseta argentina. Dos décadas de goles, títulos, récords, momentos lindos para recordar y otros quizás no tanto. Sin embargo, la historia todavía tiene espacio para una página más.

Esta tarde, la Selección Argentina se mide ante Austria por primera vez en su historia y en el Mundial de Estados Unidos, México y Canadá de 2026, por la segunda fecha de la competición. Un partido clave para la clasificación, pero también una cita con el destino para un rosarino llamado Lionel Messi.

El capitán argentino ya conquistó todo lo que un futbolista puede soñar. Levantó la Copa del Mundo, ganó El Balón de Oro, Champions, rompió récords y construyó un legado que atraviesa generaciones. Pero hoy, una nueva marca aparece. Un solo gol lo separa de convertirse en el máximo goleador de la historia de los Mundiales. 

En el debut de este Mundial, ante Argelia, logró convertir un hat-trick que permitió la victoria y se convirtió en el máximo anotador en la historia de los Mundiales con 16 goles, igualando al delantero alemán Miroslav Klose, quien luego lo felicitó al argentino tras elogiarlo como “el mejor jugador de todos los tiempos”, en un diario local Süddeutsche Zeitung. 

La expectativa crece en cada rincón del mundo. En las tribunas, en los hogares y frente a las pantallas. Porque ya no se trata solamente de un partido más. Se trata de la posibilidad de presenciar otro capítulo inolvidable en la carrera de uno de los deportistas más importantes de todos los tiempos.

Mientras Argentina busca su lugar en la siguiente ronda, el mundo espera. Espera un gol, espera un récord, espera otro momento para recordar.

Y cuando el árbitro marque el inicio del partido, la historia volverá a ponerse en marcha.

Apenas cinco minutos después, Argentina tiene la primera gran oportunidad de la tarde. Penal. El estadio contiene la respiración. Messi toma la pelota. Frente a él está el arquero austriaco -Alexander Schlager- y la posibilidad de romper el récord. Corre, remata… pero se va por el costado del palo izquierdo. El récord deberá esperar.

La búsqueda continúa. A los 18 minutos, el capitán vuelve a tener una ocasión clara, Austria resiste y la ansiedad comienza a crecer. Cada minuto que pasa aumenta la sensación de que la historia está cerca, aunque todavía se hace desear.

Y a los 31, llega una imagen difícil de creer. Messi deja atrás al arquero, queda frente al arco vacío y cuando todo parece listo para el festejo, un defensor austríaco aparece en el área y evita el gol. Todo el estadio se lleva las manos a la cabeza. El récord parece escaparse una vez más. Pero los grandes momentos no desaparecen. Solo esperan su instante.

Es entonces, que siete minutos después, Argentina vuelve a atacar. La pelota llega a Messi dentro del área a través de una jugada típica que siempre protagonizó el 10 argentino a lo largo de su carrera. La redonda inicia en los pies del hombre del Inter de Miami en la mitad de la cancha y envía un pase para Thiago Almada que encara hacia el arco rival. Como en sus inicios en Vélez Sársfield, el Guayo conduce con su pierna derecha y pasa a tres cuartos de cancha. A su izquierda, escala rápidamente Facundo Medina que se prepara para tirar el centro al área y poder abrir el marcador del partido. Al recibir el pase, el futbolista del Olympique de Marsella y que de chico juntaba cartones en Villa Fiorito para poder vivir, envia un centro preciso a la “medialuna del área” que pasa entre las piernas de Almada y le cae servida a él, al Mesías. 

Como en sus épocas como jugador del Barcelona, tras un pase atrás de Jordi Alba, Messi no duda, patea. Esta vez no hay rebote salvador, ni arquero que lo impida. El remate termina en el fondo de la red y el estadio explota. Sus compañeros corren a abrazarlo. El mundo entero se pone de pie. Ya no es solamente un gol. Es el gol que convierte a Lionel Messi en el máximo goleador de la historia de los Mundiales.

La celebración recorre las tribunas, los bancos de suplentes y millones de pantallas alrededor del planeta. Una vez más, el capitán argentino encuentra la manera de escribir su nombre donde nadie lo había hecho antes.

Pero la historia todavía guarda un último capítulo. Cuando el partido parecía terminado y el reloj marca los 95 minutos, Messi vuelve a aparecer. Una nueva jugada. Una nueva definición. Dos goles. Dos momentos para la historia. Y quizá, lo más curioso, es la fecha del encuentro: 22 de junio. 

Uno de los pocos días del calendario en los que Messi nunca había convertido a lo largo de toda su carrera como profesional. Después de cientos de partidos y de goles, el capitán argentino terminó conquistando también ese rincón que aún permanecía vacío.

Entonces la memoria viaja inevitablemente cuarenta años atrás. También era 22 de junio. También era un Mundial. También era una tarde, pero con una hora de diferencia en el inicio del partido, que quedará para siempre en la historia del fútbol argentino.

En 1986, un tal Diego Armando Maradona marcaba ante Inglaterra dos de los goles más famosos de todos los tiempos: la Mano de Dios y el Gol del Siglo. Detrás de ellos, existe una connotación sentimental y política para Argentina, ya que no fue solo un partido que le permitió al combinado de Bilardo avanzar a las semifinales de un Mundial, sino que jugaban por la memoria de unos pibes que dieron la vida por la patria en la Guerra de Malvinas en 1982. 

El primer gol del Diego refleja una especie de revancha social y de una manera inédita, con la mano. Decían que era trampa, que no valía, pero aquella trampa fue a un país que hizo trampa invadiendo nuestro territorio y que cuatro años antes había hecho trampa cometiendo un crimen de guerra hundiendo el Ara General Belgrano. 

Y qué sabio fue el destino, que un villero de un metro 65 se encargó de vengarse de la manera más sana posible. Les devolvió lo que es ser engañado con una trapa que no mata. En un deporte que se juega con los pies, el gol lo hizo con la mano. Para que cinco minutos después, realice el mejor gol de todos los tiempos en los Mundiales, se convierta en un héroe para todos los argentinos y que, por un momento, permitió que la justicia se disfrace de picardía.

“El revivió el esfuerzo que hicimos cada uno”, confesó un Veterano de Malvinas sobre aquel partido.

Dos jugadas eternas que ayudaron a construir una de las páginas más recordadas de los Mundiales y que gracias a ese momento, todos los 22 de junio se conmemora el Día del Futbolista Argentino.

Hoy, cuatro décadas después, otro argentino vuelve a firmar un doblete inolvidable en la misma fecha. 

Distintas generaciones. Distintos escenarios. Distintos protagonistas. Pero la misma sensación. La sensación de estar viendo historia.

 

 

Yo juego para vos, mamá

Argentinian midfielder Diego Maradona (C) dribbles past three English defenders on June 22, 1986 in Mexico City during the World Cup quarterfinal soccer match between Argentina and England. Maradona scored two goals, the first one with his left hand as he jumped for the ball in front of goalkeeper Peter Shilton, as Argentina beat England 2-1. (Photo by STAFF / AFP) (Photo credit should read STAFF/AFP/Getty Images)

Por Alen Franco

N.d.R: Este texto no fue escrito por el protagonista sino por el autor desde la piel de Diego Maradona en base a entrevistas, testimonios, declaraciones de la leyenda del rock nacional sumado a escasas licencias poéticas que no alteran la esencia de su mensaje.

Busco la pelota alta y me van con una plancha. Me dan un indirecto a favor. Minuto 89´. Gritaba el estadio lleno. Unos a favor, otros en contra. Le dejo la pelota en mitad de cancha a Oscar (Ruggeri) para que saque. Ya lo teníamos, estábamos 2 a 1. Le estábamos ganando a esos asesinos. Eran esos hijos de puta que mataron a nuestros pibes. Le agradezco siempre a Dios que los muchachos me hayan entendido. Porque ahora está el video de cómo grito, pero yo no lo hice por la cámara, eh. Realmente era ese sentimiento que había que tener, porque no era solo fútbol. Nosotros tenemos los colores de la bandera. Representamos a la bandera y al país. Teníamos que entender que estábamos hablando por los pibes que ya no estaban. Igual te digo que ninguno estaba nervioso. Y si alguno lo estaba, no nos mostrábamos así. Todos firmes para jugar.

El Cabezón se la jugó atrás a Nery (Pumpido), y ahí la tuvo hasta casi los 90. Pelotazo a que la pelee Jorge (Valdano). La ganó el inglés pero se fue al lateral para nosotros. Ya estaba el tiempo cumplido pero el botón no pitaba el final. No importaba, pedí la pelota y se la tiré al Negro (Enrique) que lo veo correr. El aire estaba re pesado. No sé cómo pero se fue hasta al córner a toda velocidad a bancarla. Mientras él la tenía yo me iba acercando para ver si la podía agarrar. Mientras me acercaba miré la tribuna y vi a la gente. Había ingleses casi desnudos que usaban su bandera como calzón. Raro. Casi irrespetuosos. 

En eso la perdió Héctor y la agarró Shilton. Que llorón Shilton. Me acuerdo todavía como me pedía que confesara la mano en el primer gol. ¿Mira si voy a regalar un gol en un Mundial? Igual fue de cabeza eh, no la toco con la mano. Ahí la revienta casi hasta nuestro arco y gana de arriba El Cabezón. Qué defensa que teníamos, ninguno te dejaba tirado. Con ellos a la guerra. Y te repito, estábamos en guerra. Teníamos que hacerlo por las Malvinas. 

Yo estaba en mitad de cancha cuando veo al árabe (en realidad el árbitro Ali Bin Nasser es de Túnez) pitar el final. Qué horrible suenan los silbatos de fútbol, pero qué lindo fue ese sonido agudo con el que explotamos todos los argentinos. Giraba buscando a quien abrazar, era una alegría enorme la que se sentía. De repente ya me rodeaban los camarógrafos con todos sus flashes. Entre las luces lo veo a Oscar, imaginate la sonrisa lo gigante que era si ya su cabeza es enorme. Lo abracé y ahí sentí solo desahogo, habíamos defendido como corresponde al país. Yo en la cancha me bancaba todas las patadas y golpes, pero el golpe que habíamos sufrido como país me dolía mucho más. Era un tema sensible para mí. Y no solo eso, la gente siempre hablaba mierda de mí. Muchos periodistas decían que jugaba mal y yo estaba con el tobillo hecho una pelota pero dejaba todo por jugar. 

Nos empezamos a ir para el lado de los bancos y lo veo a José María (Muñoz) acercarse y ahí lo que me hizo me quebró. La victoria era para mi país, pero mi alegría se la dedicaba siempre a una sola persona. El Gordo lo sabía y me acerca el micrófono con el que andaba para decirme: “Saludá a tu mamá”. Pensé que me jodía pero me repitió que le hable. 

Con desconfianza dije “Hola, má…”, pero era verdad. Ahí estaba ella del otro lado de la radio para responderme. Su voz diciéndome “Hola, mi amor” me partió el alma. Yo la quería al lado mío a mi vieja. Todo en mi vida siempre fue gracias a ella y todo lo que hizo. “Tota, te amo”, me salía decirle. Empezaba a quebrarme más así que pedía perdón para el que me escuchaba y a José María que estaba ahí. Los momentos donde mejor me va son en los que quiero a mi mamá conmigo. Y más porque sé que si yo sufro por lo que dicen, La Tota sufre el doble. Cuando le atacan al nene ella la pasa mal. Pero ese día “el nene” la rompió. Solo le hablaba al micrófono para decirle que la quiero, que todos los goles que hice son para ella. Y escucharla decirme que me ama es hermoso. Y ella me seguía cuidando a miles de kilómetros. Si me dijo: “Andá a descansar, hijo, que hoy me hiciste la madre más feliz del mundo”. Y, ¿cómo le explico yo? ¿Cómo le explico a la viejita que todo es por ella? Puedo putearme con ingleses, pelearle a los brazucas, irme contra los corruptos de la FIFA. Pero es como le dije en ese momento: “Yo juego para vos, mamá”.

Mi corazón siempre latió por ella, por mi reina, mi novia, mi vida eterna a mi amada Tota. Para toda la vida. Nos vemos en el cielo mamá.

 

Fuentes:

https://www.infobae.com/2011/11/24/618839-la-emotiva-carta-que-diego-maradona-le-dedico-su-madre/

https://www.clarin.com/deportes/murio-diego-maradona-video-emotiva-charla-dona-tota-mundial-86_0_91TPaBHin.html

https://www.plus.fifa.com/es/player/797d23f9-e0dd-403c-9009-0b7c13526745?catalogId=3e760034-8966-404b-9c4c-214a2dec6bf1&entryPoint=Default

Los no campeones de los campeones: Gatti, Russo, Lo Celso, González y Correa

Por Faustino Licursi Tamazián

Vestir la camiseta de tu selección en una Copa del Mundo representa el sueño más grande para la mayoría de los futbolistas. Cada cuatro años aparece la oportunidad de cumplirlo, aunque a veces, en cuestión de segundos, una lesión puede dejar a un jugador fuera de la cita más importante de su carrera.

Este es el caso de Leonardo Balerdi, quien era uno de los 26 convocados por Lionel Scaloni para defender el título en el Mundial de 2026. Sin embargo, un desgarro en el sóleo derecho sufrido durante un entrenamiento en Estados Unidos obligó al defensor del Olympique de Marsella a abandonar la concentración y ser reemplazado por Marcos Senesi.

En la historia de la Selección Argentina existen varios casos de futbolistas que quedaron al margen de dicho torneo y debieron ver desde afuera cómo sus compañeros levantaban el trofeo más anhelado. En Argentina 1978, México 1986 y Qatar 2022 hubo jugadores que, pese a formar parte del proceso o llegar con chances de ser protagonistas, se quedaron a las puertas de la gloria.

En el Mundial de 1978, el equipo dirigido por César Luis Menotti no disputó las Eliminatorias Sudamericanas por ser el país anfitrión. Durante los años previos al torneo, Hugo Orlando Gatti fue el elegido para defender el arco Albiceleste en los amistosos y se perfilaba como titular para la Copa del Mundo.

A pesar del estilo arriesgado del “Loco”, Menotti confiaba plenamente en él. Pero cuando comenzaba a definirse el plantel mundialista a mediados de 1977, una lesión en la rodilla y una posterior operación cambiaron el panorama.

A raíz de esa situación, Gatti no se sentía en plenitud física ni mental para afrontar la exigente preparación previa al Mundial y se lo comunicó al entrenador. Así lo explicó el “Flaco”: “Gatti no renunció, pero provocó mi decisión. Me acuerdo textualmente de sus palabras: ‘Mirá, César, no estoy ni física ni anímicamente en condiciones de hacer la pretemporada con la Selección. Prefiero pasar un mes en Boca y volver recuperado, con todo’”.

Tiempo después, el arquero defendió su postura: “Sigo pensando que nadie me entendió, ni siquiera Menotti. Para mí hubiera sido fácil quedarme en el plantel, jugar en una pierna si me ponían o si no, cobrar los premios. Y hubiera sido campeón del mundo. Pero yo elegí irme porque pensaba que era lo mejor”, explicó.

Menotti sostenía una versión diferente de lo sucedido y aseguró que el médico de la Selección, Adolfo Fort, consideraba que Gatti estaba en condiciones de entrenarse. “Lo aparté del plantel, había perdido la prioridad. Sus razones eran atendibles, pero a mí no me servían, no me resultaban válidas”, recordó.

Este episodio le abrió las puertas a Ubaldo Fillol, quien se adueñó del arco argentino y fue una de las figuras que conquistó la primera estrella.

Ocho años después, de cara a México ’86, el gran ausente fue Miguel Ángel Russo. El mediocampista se había convertido en una pieza clave dentro del ciclo de Carlos Bilardo y entre 1983 y 1985 disputó 17 partidos con la Selección Argentina.

En enero de 1986 sufrió un accidente doméstico que puso en duda su participación en la Copa del Mundo. Una caída en la bañera de su casa le provocó una lesión en la rodilla derecha que requirió una intervención quirúrgica. Russo inició la rehabilitación a contrarreloj e incluso volvió a jugar con Estudiantes de La Plata en abril, pero no logró convencer al cuerpo técnico de que estaba en condiciones óptimas.

Para Bilardo, esta fue una de las decisiones más difíciles de su ciclo. “Lo malo fue decirle que no iba al Mundial. Pero él no estaba bien. Fue un dolor muy grande para mí tomar esa decisión”, reconoció.

A pesar de la desilusión, Russo comprendió la decisión del entrenador. “Me dejó afuera del Mundial 1986 y me pareció justa su razón. Carlos me dijo que lo iba a odiar y a insultar, pero me avisó: ‘El día que seas técnico te vas a dar cuenta’. Tenía una razón muy grande”, aseguró.

Su ausencia no impidió que Argentina alzara el trofeo. Con Diego Maradona como máxima figura, el equipo de Bilardo conquistó en México la segunda estrella de su historia.

Finalmente, en la consagración de Qatar 2022 también hubo futbolistas que se quedaron afuera de la Copa del Mundo. El primero en ser baja fue Giovani Lo Celso, quien a solo 21 días del inicio de la competición sufrió un desprendimiento del bíceps femoral de la pierna derecha que lo dejó sin posibilidades de integrar la lista definitiva.

La noticia significó un duro golpe para Scaloni, ya que Lo Celso había sido una pieza fundamental en el mediocampo durante las conquistas de la Copa América 2021 y la Finalissima 2022, y todo indicaba que sería titular en el Mundial.

Las otras ausencias se confirmaron cuando la Selección ya estaba en Qatar. Nicolás González y Joaquín Correa formaban parte de la nómina de 26 futbolistas, pero debieron abandonar el plantel antes del debut.

El jugador de la Fiorentina arrastraba una lesión muscular y sufrió una recaída durante un entrenamiento, por lo que fue desafectado y reemplazado por Ángel Correa.

Por su parte, Joaquín Correa había disputado el amistoso previo al debut e incluso convertido un gol. Sin embargo, terminó ese encuentro con una molestia física. El delantero padecía una tendinitis en una rodilla y, a cuatro días del inicio del certamen, fue sustituido por Thiago Almada.

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Dichas bajas representaron un problema para el cuerpo técnico, que debió rearmar la lista de convocados. Scaloni reconoció la dificultad de tomar esas decisiones, especialmente por tratarse de futbolistas que habían sido parte importante del proceso. “Primero está el equipo, de eso no tengo ninguna duda. Y después pensamos en lo individual. Son chicos que han estado desde el primer día con nosotros. Eso es indudable que pesa. Lo sentimos. Pero al momento de tomar la decisión, la tomaremos pensando en el bien del equipo”, aseguró.

Pese a esas ausencias, Argentina logró mantener la solidez del plantel y conquistó el tercer Mundial de su historia.

El caso de Leonardo Balerdi permite recordar a los futbolistas que vieron frustrado el sueño mundialista a causa de una lesión. Gatti en 1978, Russo en 1986 y Lo Celso, González y Correa en 2022 quedaron al margen de torneos que terminaron con la Selección Argentina en la cima del fútbol mundial. Distintas historias y razones, separadas por décadas, pero unidas por el mismo sentimiento: haber estado muy cerca de formar parte de la gloria.

La última batalla de Luka Modrić, el niño que gambeteó a la Guerra y nunca vendió su sangre

Por Ignacio Secin y Pedro Freire

“No llores porque terminó, sonríe porque sucedió”, así se despedía Luka Modrić del Real Madrid, donde obtuvo 28 títulos en más 12 años. Pero su vida no siempre fue con una pelota debajo del pie. Corría el 9 de septiembre de 1985 cuando la ciudad yugoslava de Zadar, una de las más pobladas de la actual Croacia, lo vio nacer. Su infancia quedó opacada por el horror de la guerra, el dolor y la sangre de quien debe huir para salvar su vida.

En 1991, cuando el pequeño Luka tenía cinco años, estalló la Guerra de los Balcanes, uno de los acontecimientos más sangrientos y letales que se han vivido en suelo europeo, que dejó aproximadamente 200.000 muertos, y millones desplazados de sus hogares, entre disputas étnicas, religiosas y territoriales. 

Los padres y abuelos de Modrić residían en una pequeña y modesta aldea del municipio de Jasenice, en Zadar. Su vida, como la de muchos otros, prescindía de lujos, aquel camino estaba marcado por la humildad y el trabajo silencioso.

Uno de los golpes más fuertes que le dejó la guerra por la independencia de su país, fue la muerte de su abuelo, que era pastor de ovejas y Luka lo acompañaba como pasatiempo. Además de las anécdotas de su abuela Jela, él pasaba mucho tiempo con sus abuelos cuando sus padres trabajaban. Esa ternura y calidez  marcarían el camino en su vida.

Sin embargo, las ovejas que habían acompañado la corta vida de Luka, fueron las que le darían una de las peores noticias en ese momento. A finales de diciembre de 1991, en plena guerra, aquel rebaño llegó sin su pastor. Un grupo de paramilitares serbios lo habían asesinado, el cadáver fue encontrado por el padre de Luka, que en ese entonces transitaba sus 6 años. 

Estas fueron sus palabras en una nota con Tyc Sports hace 3 años: “La guerra me marcó para toda la vida. Formó mi carácter, aprendí a luchar, a ser humilde y a tener los pies en la tierra. Tengo el recuerdo de pasar mucho tiempo con mi abuelo, sobre todo cuando mis padres trabajaban”. Visiblemente emocionado, Modrić agregó: “ Lo recuerdo cada vez que gano algo. Ojalá pudiera ver todo lo que he logrado”. Tiempo después del homicidio, trascendió que el asesino había sido Zeljko Badzo, expolicía serbio y que fue comandante de una unidad policial durante el conflicto bélico. La justicia croata ha iniciado un proceso judicial contra él, pero aún se desconoce su paradero. 

Luego de la inminente pérdida y la ocupación serbia, obligaron a la familia a tener que abandonar su modesta casa. Entre el silencio y el dolor, lograron escapar de la guerra, y refugiarse en la casa del tío de Modrić que se hallaba a 230 kilómetros. Vivieron ahí durante cuatro meses hasta llegar a Zadar, donde encontraron un pequeño refugio para lidiar con la guerra.  

Entre las bombas y misiles que formaban parte del día a día, una melodía rebelde comenzó a ser protagonista, la pelota. Los niños, ausentes de inocencia, encontraron en el fútbol una vía de escape para poder desahogarse. Esa luz al final del túnel fue a la que se aferró Luka Modrić, todos jugaban a la pelota cuando la guerra lo permitía.

El talento y brillo del pequeño no pasaron desapercibidos y a los 10 años hizo la prueba para el Hajduk Split, el equipo más importante de la región. Sin embargo, la suerte todavía no estaría de su lado al ser rechazado por su ligera envergadura y su baja estatura, lo que le obligaría a vivir seis años más en Zadar.

En 2004, con 16 años, gracias a su director técnico del club donde Modrić jugó durante su adolescencia, Tomislav Basic, lo recomendó al Dinamo Zagreb y entró a las juveniles del mejor club de Croacia; Tras dos años de cesiones y aprendizaje, con 18 logró consolidarse como pieza clave y cerebro del primer equipo, logrando el trofeo de la liga local en 2006. Además, ese mismo año fue seleccionado para jugar el Mundial de Alemania con su selección. 

Tras tres temporadas con el Dinamo, el Tottenham puso 20 millones de euros para llevarse al niño que sobrevivió a la guerra y que dio sus primeros toques con la pelota entre la sangre y el fuego. Una suma muy elevada por aquel entonces que lo puso en el mapa del deporte rey. En verano de 2012, el sol madrileño llamó a su puerta y lo invitó a la Casa Blanca, el Real Madrid fichó a Luka Modrić por 42 millones de euros. “Vergüenza” titulaban algunas revistas y diarios de la capital española sobre el fichaje del croata, luego de la mala temporada del Merengue.

Con el carácter y humildad que adoptó de sus tierras, Modrić deslumbró al mundo durante trece temporadas en el Madrid. Visión de juego, calidad y determinación fue lo que consolidó al croata como la pieza fundamental y lo hizo uno de los mejores mediocampistas de la historia, levantando seis veces la UEFA Champions League y sus respectivos Mundiales de Clubes. Con su selección alcanzó una final del mundo en Rusia 2018 y un tercer puesto en Qatar 2022, incluso consiguió un Balón de Oro en 2018, rompiendo la hegemonía de Lionel Messi y Cristiano Ronaldo, en 2026, ya con 40 años, y en el ocaso de su carrera, disputará el último Mundial con Croacia en busca de una nueva hazaña y lograr ser campeón del mundo.

Martín Di Nenno, el hombre que volvió a caminar

Por Santiago Prato

Nacido entre paletas y pelotas, ya que sus padres, Marcelo y Roxana, tenían un complejo de canchas de pádel llamado El Solar, ubicado en Ezeiza. Se pasaba incontables horas jugando, aprovechando los entreturnos para pelotear. Era cuestión de tiempo para que todo ese esfuerzo diera sus frutos. 

Su ambición por el deporte lo llevó a comenzar una carrera profesional. Entre 2007 y 2015 formó junto a Franco Stupaczuk una pareja que llamaba la atención en Argentina. Tuvieron una destacada etapa en las juveniles, traducida en la obtención de seis mundiales y sudamericanos y un rápido salto al World Padel Tour. Con apenas 18 y 19 años viajaron a España para competir de forma profesional, donde consiguieron su primer Challenger en Barcelona ante Marcello Jardim y Juan Lebrón. Debido a la ilusión que generaban en los hinchas y en la prensa, la dupla se ganó su cariño y fue bautizada con el nombre de Los Superpibes. El apodo fue tomado de una cuenta de Facebook creada por el padre de El Turquito, donde compartía todos los resultados de su hijo.

Pero en un abrir y cerrar de ojos todo pareció derrumbarse. El 11 de enero de 2016 Martín se dirigía al aeropuerto de Ezeiza junto a Elías Estrella, número uno de Argentina para ese entonces, y Hernán Rodríguez, uno de sus amigos más cercanos, en un Peugeot 207 para disputar un torneo de exhibición en Paraguay. Fue allí cuando un colectivo de línea los embistió de frente, provocando la muerte de sus dos acompañantes.

Esa no fue la única desgracia. Di Nenno, como único sobreviviente al choque,  sufrió fracturas en ambas piernas (fractura del fémur en su pierna derecha y fractura expuesta de la rótula en su pierna izquierda) y tuvo que ser trasladado de urgencia a una clínica, donde estuvo internado en terapia intensiva durante diez días. Tras ser intervenido quirúrgicamente, le notificaron a sus padres que la posibilidad de volver a jugar al padel corría riesgo, significando el final de su carrera. 

Años de esfuerzo, viajes y horas de entrenamiento dedicados a perseguir su sueño, amenazaban con desvanecerse de un día para el otro. Sin embargo, a pesar del pronóstico médico, rendirse no estaba en su cabeza. Luego de tres meses sin poder caminar, logró dar sus primeros pasos con la ayuda de unas paralelas, hasta que de a poco empezó a animarse a trotar, saltar o realizar cualquier movimiento que le exigiera físicamente. 

Tras nueve meses de rehabilitación y esfuerzo sostenido por silla de ruedas, muletas y más elementos ortopédicos, Martín retornó a las pistas. “Nací otra vez con 18 años”, declaró en una entrevista al Diario Olé. Eso sí, las secuelas se quedaron. El accidente le dejó una cojera a raíz de la cual, cariñosamente, sus amigos lo apodan Rengo.

 “Poco a poco, cuando me quise acordar ya estaba dentro de una cancha de pádel”, contó años más tarde. 

La vuelta se coronó con gloria y momentos que vivirán en su corazón para siempre. En 2021 consiguió el Máster de Barcelona junto a Paquito Navarro, ex número 1 del mundo. Tras el encuentro, ante tribunas colmadas y la emoción desmedida del español al escucharlo hablar, pronunció una frase que lo define bajo los valores de pasión, esfuerzo y humildad: “Yo lo único que quería era volver a jugar al pádel, no quería todo esto.”

 En 2022, Di Nenno y Stupaczuk reeditaron la dupla, pero esta vez para defender los colores de su país durante el Mundial de Dubai, Emiratos Árabes Unidos. Con la misma hambre de gloria y química deportiva que hace siete años, derrotaron a Arturo Coello y Alejandro Galán en la final, convirtiéndose así en los campeones del mundo. Esta consagración impulsó a que, un año más tarde, anunciaran el regreso de Los Superpibes, con la que conquistaron seis títulos y terminaron la temporada como la pareja número dos del circuito. 

Hoy, El Rengo reencontró su caminos con Paquito, aquel compañero que le brindó toda su confianza y con quien alcanzó, como él mismo dice, algo más que volver a jugar al padel. 

Ejemplo de perseverancia, resiliencia y amor por su pasión, la trayectoria de Martín es una de las que trasciende la barrera del deporte y deja valiosas enseñanzas de vida. Conquistó mundiales, torneos, Masters y jugó con los mejores del mundo, pero por sobre todo se ganó el respeto de todo aquel que conozca su historia.

El país que se disolvió durante la competición: Checoslovaquia en las Eliminatorias hacia 1994

Por Valentino Franco

La década de 1990 fue un espacio de turbulentos cambios para toda Europa y significó el período más conflictivo allí desde la Segunda Guerra Mundial. Los pueblos que habían elegido unirse entre sí producto de los enfrentamientos bélicos de la primera mitad del siglo XX comenzaban a fragmentarse, luego de casi 100 años de unión, por cuestiones económicas, ideológicas y, sobre todo, de identidad. Lo abrupto del cambio incursionó también en el mundo del fútbol: tres de las 13 selecciones europeas que clasificaron para el Mundial de Italia 1990 ya no existían a la hora de jugarse Estados Unidos 1994. En boga estaba la disolución de la Unión Soviética, Yugoslavia y Checoslovaquia.

La Guerra Fría le pasó factura a las tres naciones. Los soviéticos fueron los primeros en colapsar: el bloque comunista se deterioró, las reformas no ayudaron y se afloró un sentimiento nacionalista a lo largo y ancho del territorio. Para 1991, el equipo que hacía un año enfrentaba a la Argentina en fase de grupos del último Mundial ya no existía. Ahora, en su lugar, habían 15 nuevas Selecciones independientes.

Parecido fue el caso de Yugoslavia, aunque con consecuencias mucho más notorias: la República sangró durante un año en el marco de las infames Guerras Yugoslavas para terminar dividida en cinco países. Pero a la sombra mediática de los conflictos independentistas de las anteriores repúblicas se encuentra la desaparición de Checoslovaquia, que no hizo ni el décimo de ruido de las otras. Fue pacífica y, en vez de sangre, apenas se derramó una gota de tinta para decretar los caminos separados de las nuevas naciones: República Checa y Eslovaquia. Aunque dentro del calendario del fútbol, la situación no fue para nada oportuna. Las eliminatorias para la Copa del Mundo ya estaban en curso.

La Revolución de Terciopelo en Checoslovaquia (1989)

La Selección Checoslovaca de fútbol fue, desde siempre, una animadora al título tanto en Mundiales como en Eurocopas. Luego de desprenderse del Imperio Austrohúngaro participó en su primer certamen como territorio soberano para los Juegos Olímpicos de Amberes 1920, edición en la cual alcanzaron la final pero se retiraron en medio de ella al considerar que el arbitraje era parcial en favor de los locales belgas.

El debut mundialista fue en 1934, año en el que perderían la final en tiempo suplementario ante Italia, y tras encadenar campañas discretas, llegaron nuevamente al partido decisivo en Chile 1962. Sin embargo, en Santiago se encontrarían otra vez con la derrota, esta vez frente a la Brasil de Garrincha.

Entre medio de los subcampeonatos checoslovacos, en Europa ya se diagramaba la formulación de un certamen que reuniera a los seleccionados más fuertes del continente, y en 1960 se disputó el primer Campeonato Europeo de Naciones, actual Eurocopa; en ese primer torneo la Selección Checoslovaca se quedó con el tercer puesto.

El equipo no volvió a clasificar al cuadro final hasta 16 años después, para la Euro 1976. Allí, tras dejar fuera en la clasificación a Inglaterra, vencieron a la Unión Soviética en cuartos y a una maltrecha versión de la Naranja Mecánica de Cruyff en semis. La final fue ante Alemania Federal, vigente campeona del Mundo y de la Euro 1972. El título se definió en la tanda de penales, y obra de la famosa ejecución de Antonín Panenka, Checoslovaquia adjuntó su mayor logro futbolístico. No hacían falta más pruebas. Los eslavos no eran ningún equipo de morondanga.

El famoso penal de Panenka a Maier, en la Eurocopa 1976.

El inicio del fin de la potencia

La mención de que Checoslovaquia fue uno de esos países que resultaron de la unión de varios pueblos producto de las guerras no fue en vano. Los checos y eslovacos, si bien pertenecen al grupo de pueblos eslavos, no son los mismos. Más allá de la afinidad por la vecindad territorial, presentan diferencias en sus culturas e idiomas. Una vez independientes de los derrotados austrohúngaros, acordaron unir sus fronteras en un afán de hacerse más fuertes ante posibles ataques de Alemania y Hungría, pero tal como una crónica de muerte anunciada, los alemanes se anexaron finalmente a Checoslovaquia en 1938. Acá es cuando aparece la Unión Soviética, que repele al bando fascista al precio de instaurar un régimen socialista en el territorio eslavo. Algo que sería pan para hoy y hambre para mañana.

Para la década de 1980 la economía checoslovaca, aún bajo la órbita socialista, se debilita al igual que la de los mentores soviéticos. En 1989 ocurre la llamada Revolución de Terciopelo, un movimiento pacífico que se extendió por el -aún- país en exigencia de un cambio de aire hacia el libre mercado. El brazo comunista se vio entre la espada y la pared, y no hubo escape a la dimisión. En la nueva Checoslovaquia postcomunista Václav Klaus fue elegido para conducir una nación que ya estaba encaminada a la división: en Praga y Bratislava los bocetos de futuro eran diferentes, y en el sector eslovaco ya se formaba un Partido Popular por una Eslovaquia Democrática. La población, según encuestas, tampoco aparentaba tener gran disgusto al plantearse los caminos separados. El fin de Checoslovaquia se pedía a gritos.

Tras una serie de negociaciones, Klaus y Meciar, en representación de los checos y eslovacos respectivamente, dieron pie al llamado Divorcio de Terciopelo en 1992, declaración que estableció, finalmente, la independencia de Eslovaquia. Checoslovaquia ya era oficialmente cosa del pasado, pero lo que aún persistía en el presente era la Selección de fútbol.

Tomas Skuhravy, figura de Italia 1990.

¿Qué pasaba con la Selección?

El equipo nunca volvió a repetir un logro de la magnitud de la Eurocopa de 1976, e incluso tuvo grandes decepciones como la no clasificación al Mundial de Argentina 1978. Pese a ello, jamás apartó su bandera del eje de Selecciones competitivas. En Italia 1990 el conjunto eslavo alcanzó los cuartos de final de la mano de un equipo que dio la talla, conformado por jugadores como el arquero Stejskal, Hasek, Kadlek, Kubic y, sobre todos, Tomas Skuhravy, número 9 del Slavia Praga que anotó cinco goles en aquel Mundial. Pero, sin que nadie lo sepa, aquella Copa del Mundo había sido la última competición de Checoslovaquia como país unido.

La Selección tuvo un traspié y falló en clasificar a la Eurocopa de 1992, y lo siguiente a encarar era la clasificación al Mundial de Estados Unidos 1994. En 1991 se estableció que Checoslovaquia competiría en el Grupo 4 contra Rumania, Bélgica, Chipre, Gales e Islas Feroe por dos plazas en la cita. En la primera fecha los checoslovacos perdieron 1-2 en condición de local ante Bélgica, para luego reponerse con un 4-0 ante Islas Feroe y rescatar un punto en Rumania para la tercera jornada. En paralelo a todo este certamen clasificatorio ocurría la ya mencionada ebullición a nivel país, y al anunciarse el vigor de la división desde 1993, la Selección no podía seguir compitiendo bajo el nombre de una nación inexistente.

En conjunto con la UEFA y la FIFA, la Asociación Checoslovaca de Fútbol decidió terminar las eliminatorias bajo el nombre de Representación de Checos y Eslovacos (RCS). Es así que el plantel debió competir en los siete partidos faltantes sabiendo, en su totalidad, quienes seguirán siendo compañeros en sus nuevas Selecciones y quienes jamás volverían a compartir vestuario una vez terminada la competición.

La RCS jugó su primer partido de visitante ante Chipre, encuentro que terminó 1-1. Para la quinta jornada, a la formateada Checoslovaquia le tocaba ejercer de local ante Gales, y la ciudad elegida era Ostrava, en República Checa. El partido terminó en empate, pero el detalle estuvo en las tribunas: por doquier se veían las banderas de las nuevas repúblicas, cosidas en una misma tela o, al menos, muy juntas. Parecía que el pueblo checoslovaco ya había aceptado su fragmentación, y tuvo su último destello de unión producto del fútbol.

Los últimos dos encuentros como local tuvieron como sede Kosice, territorio eslovaco. El saldo fue positivo: victorias ante Rumania y Chipre. El seleccionado llegó a la última jornada en el tercer lugar, a un punto de Rumania y a dos de Bélgica. La consigna era clara: había que vencer a los de rojo en Bruselas para clasificar al Mundial. El batacazo sería mucho pedir y el juego terminó en un pálido empate 0-0, plasmando el resultado del último partido oficial de la Selección Checoslovaca de fútbol. Al libro de las grandes historias mundialistas le acababan de negar el que habría sido uno de sus mejores capítulos: un país ya extinto dentro de la fase de grupos de una Copa del Mundo.