Home Blog Page 100

Independiente : Alma de provincia y de barrio

Por Milena Di Pardo Gigena

Independiente de Chivilcoy es un club con alma de barrio y corazón de provincia que recorre la pasión futbolera de la ciudad. Se ha ganado un lugar en el deporte local y regional, siendo el semillero y hogar de muchas generaciones de futbolistas. 

Pintado de rojo y blanco, como el escudo que llevan en la camiseta, hay un portón negro sobre la Avenida 22 de Octubre 695. Detrás, una pasarela te conduce al “Parque Rojo”, pero antes, a la izquierda, está “La barra del zanjón nº4”. Es el lugar donde se juntan los pibes del barrio blanco, los que se conocen todos con todos, los que quieren ver a su equipo campeón. Ahí, entre charlas y risas, sentados en las mesas bajo los árboles, se preparan para alentar, compartiendo una botella cortada con fernet y coca.

Son los mismos pibes que, antes de cada partido, se juntan a “escabiar”, los que no necesitan planear mucho porque ya saben dónde encontrarse. Con los bombos sonando de fondo y los cánticos en el aire, caminan hasta la cancha, es más que un ritual; es una declaración de identidad, una forma de decir que son de Independiente y que, pase lo que pase, van a alentar hasta el pitazo final.  Esos pibes del barrio blanco, los de la barra del zanjón, llevan en su sangre el orgullo de ser hinchas de Independiente de Chivilcoy. Y no importa cuántos kilómetros recorren, ni cuántos sean, siempre van a estar ahí, acompañando al equipo.

Ahora sí, llegamos al “Parque Rojo”, ese lugar que las familias disfrutan cada sábado con bailes y donde los jugadores almuerzan después de los entrenamientos y antes de los partidos. Detrás de ese espacio pintado de rojo, blanco y negro, con poca luz y mucho calor por la cocina, está el “Grilón”. Este gimnasio es el centro de entrenamiento para muchos deportes, incluyendo el vóley de Independiente. Pero, durante toda la semana en las noches, el Club Racing Chivilcoy realiza sus prácticas de básquet, en esa misma cancha.

Muchos se sorprenderán al escuchar eso: ¿Independiente y Racing compartiendo instalaciones? ¿El clásico rival? Sin embargo, no hay rivalidad sino un acuerdo entre las dirigencias de ambos clubes. Así, mientras Racing entrena básquet, el vóley de Independiente y los futbolistas, en días de lluvia, también hacen uso del gimnasio. Es un espacio donde conviven las distintas pasiones deportivas de la ciudad, sin importar los colores.

Saliendo por la puerta izquierda del “Grilón”, encontramos la pileta de verano, que durante el año suele estar con el agua verdosa y algo descuidada, pero cuando llega noviembre, comienzan a prepararla para recibir a los chicos de la colonia del CAI. Avanzamos un poco más y nos topamos con el pasillo que lleva a la gloria. Antes de llegar, a la derecha, está la puerta del vestuario, el lugar donde se formó Facundo Tumbesi, actual capitán del equipo en el Federal A. Nacido en la institución, Tumbesi no duda en reconocer la importancia del club en su vida: “Independiente es mi segunda casa, viví muchas cosas buenas y malas. Pasan los años y los valores que se inculcan son siempre los mismos: compañerismo y respeto”. Allí, en ese vestuario, se forjó su carácter y comenzó el sueño de representar los colores con orgullo.

Ahora sí, unos pasos más por la oscuridad aparece la escalera iluminada por el sol. La vista se abre y ahí está el estadio “Raúl Orlando Lungarzo”. Inaugurado en 1933, con una capacidad para 4.000 personas, es sin duda la joya del club. Las paredes guardan ecos con grandes historias, goles que siguen vivos en la memoria de los hinchas y figuras que alguna vez pisaron el césped sagrado. Detrás, la cancha auxiliar, más antigua y sin tanto glamour, es donde se llevan a cabo las prácticas de fútbol o las entradas en calor antes de los partidos oficiales.

Al salir de la cancha auxiliar, nos encontramos con tres canchas de handball, donde chicos y chicas entrenan a diario, y los fines de semana se llenan de energía con la emoción de la competencia. Detrás de ellas, se alzan dos canchas de fútbol 5, un punto de encuentro para quienes buscan disfrutar del deporte y pasar un buen rato entre amigos. Continuando el recorrido, ya casi llegando a la salida del club, nos reciben las tres de tenis, impecablemente revestidas en su clásico color naranja, teñido por el polvo de ladrillo, que las hace brillar bajo el sol.

Volviendo por la misma pasarela, está la pensión, donde algunos jugadores del club viven mientras persiguen su sueño.  Pero antes de irnos, no podemos dejar de mencionar a una figura clave en los últimos años de Independiente: “Rambo”. Sereno y utilero del club desde hace 16 años dice:: “Independiente es mi casa, es todo para mí. Pasó más tiempo acá que en mi propio hogar”.

Al salir del club, pasamos frente a la Secretaría y la Tienda Oficial, aunque no hay mucho que ver ahí, solo la parte administrativa. Lo importante está al cruzar la calle, donde se encuentra el Predio de Inferiores de Independiente, el semillero del club. En esas instalaciones crecieron muchos de los talentos que hoy siguen su camino en otros equipos. El predio cuenta con tres canchas de entrenamiento y un gimnasio. A la izquierda de la entrada, está el buffet, que guarda más de 30 trofeos ganados por las inferiores.

Este es el lugar donde los pibitos, con toda la ilusión, esperan ansiosos la hora de ir a entrenar. Aquí es donde muchos de los jugadores más destacados de Chivilcoy comenzaron a escribir su historia.

Terminamos nuestro recorrido, pero esto ha sido solo un día en el club.  hemos explorado los diversos deportes que no solo se practican aquí, sino que también unen lazos entre jugadores, familias y toda la comunidad. Porque eso es Independiente. La figura de “Rambo”, con sus años de dedicación, simboliza ese lazo profundo que une a todos los que pasan por aquí. Mientras las historias de los futbolistas emergen en cada rincón, el Predio de Inferiores se erige como un símbolo de esperanza y futuro, donde nuevas generaciones comienzan a soñar en grande.

Rugby Club Los Matreros: un club de Morón en Morón

Por Tobías Fava

Ubicado desde hace unos años en el barrio Sere de Castelar se encuentra un club que viste de cuadrados grandes de color rojo y blanco, Rugby Club Los Matreros. No es un barrio fuera de lo común, con la excepción del polideportivo Gorki Grana, un lugar histórico por su pasado como centro clandestino de la última dictadura cívico militar. Luego de eso es un barrio de lo más común en el conurbano bonaerense, de clase media, con sus calles algunas sanas y otras no tanto, sus kioscos que salvan cuando falta una Coca en la cena y todo lo que te esperarías de un barrio normal. Desde hace poco menos de diez años que “Los Treros” tiñen las tardes del barrio los sábados haciendo que la gente se acerque a ver a la Primera de rugby y hockey medirse contra los mejores de la provincia. Pese a estar en “el borde” de Barrio Seré, Matreros logró amalgamarse. Su fachada algo moderna, con cemento pintado de color arena y maderas oscuras en los portones, desentona de las casas limítrofes pero no con el barrio general. Antiguamente tenía su sede de entrenamiento en el centro de Morón y su sede de competición en lo profundo de Moreno. Hoy habiendo unido ambas cosas en Castelar hay más caras nuevas. Y como todo club, tiene política, y en la política interna el presidente es Leandro Ugartemendia, quien además se postuló para intendente de Morón en las últimas elecciones. Pese a cargar con la estigmatización de que el rugby y el hockey son elitistas, Matreros, al igual que muchos otros clubes fuera del Top 12, recibe gente de todos los ámbitos sociales. Desde aquel que llega de camisa en una camioneta alta gama, hasta el pibe que va caminando porque vive cerca y el que va en bondi, todos comen en el mismo buffet, entrenan en el mismo gimnasio y se abrazan igual viendo como aumenta o desciende el marcador local. 

Con una típica distribución las puertas te reciben con un gran escudo en lo alto y te metes directo al estacionamiento. A tu derecha te recibe la cancha 3, usada más que nada para entrenamientos e inferiores. Mirando a la izquierda está la mejor cancha, la número 1, el piso donde la Primera hace de local. Pasando el ingoal de la cancha principal vas a ver dos cosas que atraen rápidamente al ojo, un lago artificial lleno de vida, y el buffet, el corazón de todo club. Que no solo es un buffet, porque se transforma rápidamente en una sede de torneos de truco para “los viejos del club”, o un grupo de debate sobre si el rugby o hockey sigue siendo el mismo que en otras épocas. Es la sede social dentro del predio. A la izquierda a la misma altura del buffet se encuentra la única cancha de hockey de tamaño completo, donde las chicas entrenan y juegan cuando toca en casa. Detrás del buffet se encuentra el área de tercer tiempo, donde los equipos comen después de los partidos y se arman las cenas de fin de año, el gimnasio, y más canchas de entrenamiento.

El 2 de abril de 2016 Matreros oficializó su nueva y actual sede deportiva, el predio “Doctor Alfredo Quesada” tras más de 30 años sin ser locales en Morón. Social y deportivamente fue el avance más grande de este club en años ya que abrió la puerta a montones de personas que no podían entrenarse en Morón para luego jugar en Moreno. Mientras que hace 10 años no se podían hacer 3 equipos de plantel superior de rugby, hoy hay 120 jugadores, pudiendo conformar hasta 6 equipos con suplentes. Las chicas de hockey prácticamente no tenían lugar en Moreno, con una sola cancha y que estaba en malas condiciones. Contando infantiles, juveniles, y plantel superior hay más de 430 jugadoras de hockey y más de 700 jugadores de rugby, siendo que hace 10 años estos números eran de casi la mitad. Es evidente que Los Matreros no solo revolucionaron el barrio Seré, sino que también a todo Morón con su vuelta, y la zona también engrandeció al club.

Club Social y Deportivo Columbia: toda una vida junto a vos

Por Maite Galarza

Al llegar al Club Social y Deportivo Columbia se forma un pasillo larguísimo alrededor de mi auto. Los pibes se ponen a jugar a la pelota en medio de la calle, haciendo arquitos con las zapatillas. Los colectivos de la línea 100 y 299 pasan y pisan las zapatillas que forman el arco.

Estacioné sobre Roma 3730, Monte Chingolo, Lanús, donde se ubica el club, e ingresé al lugar. Me recibió la gente del buffet con una increíble atención. Al costado se ve la primera cancha, donde estaban entrenando algunas categorías, y en una de las mesitas del buffet se encuentra un grupo de señores jugando al truco, entre ellos Pedro y Leandro Schmidt, padre e hijo que llevan una vida dentro del Columbia. Con ascendencia italiana, Leandro Schmidt, tesorero suplente, llegó al club a jugar Fútbol por el año 1990, cuando tenía tan solo 4 años. Su “Nono” lo impulsó a realizar el deporte, ya que eran vecinos de la zona y concurren al lugar a diario, tras haber migrado desde Italia siendo muy jóvenes. 

El Club Social y Deportivo Columbia fue fundado el 2 de diciembre de 1927 por un grupo de vecinos italianos, en su momento eran colectividades extranjeras que llegaban con el objetivo de crear un club que tuviera fútbol. Con el correr de los años, hicieron la pileta, el gimnasio, entre otras obras. Leandro creció y evolucionó junto al club: “El progreso de Columbia siempre fue sinónimo de familia, por años albergó gente y educó chicos. De aquí salen buenas personas. ¡Columbia es un ejemplo!”, expresó el joven. 

Actualmente, Columbia cuenta con dos canchas de cemento, un buffet, un quincho con parrilla, un gimnasio, una pileta que, en verano, alberga una colonia para niños y una pileta climatizada que funciona durante todo el año. Además, se practican deportes como taekwondo, patín y handball. Dentro del Gimnasio hay una tienda que vende artículos para natación, ropa deportiva, entre otras cosas. También está el salón de fiestas que cuenta con una capacidad para 130 personas, que incluye baños, cabina de DJ, catering, luces, pantalla, etc. Este salón está alquilado durante todo el año, generando un ingreso extra para el club.

Por su parte, Pedro Schmidt también forma parte de la comisión directiva, siendo uno de los vocales por su antigüedad y vínculo con el lugar. Paga la cuota social como grupo familiar para 8 personas, que tiene un valor de $4.000 mensuales, ya que sus hijos y nietos forman parte y practican deportes dentro de las instalaciones. Está unido al Columbia desde los 18 años que iba a bailar, allá por los 70s. Así se financió el club en sus comienzos además de la cuota social. Ha pasado sus cumpleaños, los de sus familiares y muchos campeonatos de Fadi ganados por sus hijos en los años 1983 y 1986. Es prácticamente una vida que fomenta a más personas a formar parte: “A las futuras generaciones les pido que no dejen de venir, que sigan frecuentando, inclusive después de finalizar el Fadi a los 13 años. Me encantaría que colaboren con la comisión, el club y su gente”, expresó Pedro.

En sus comienzos, Columbia contaba solo con fútbol; lo siguiente fue la pileta, que tuvo como primer guardavidas en la historia del club a Angel Roberto Bassi, quien comenzó a concurrir por el año 1945, cuando tenía 11 años y practicaba fútbol en canchas que en ese momento eran de tierra, hasta que se convirtió en guardavidas e incluso recuerda haber salvado a un niño de ahogarse en la pileta.

Hoy, Ángel tiene casi 90 años y forma parte de la Comisión Directiva como vocal, el mayor desafío para ellos comienza cuando llegan las boletas de luz, gas, etc. 

En Columbia los domingos se realizan bingos y rifas para recaudar más fondos. Ángel concurre todos los días de 18:00 a 21:00 hs. Es como un hogar, y por esa razón siempre está predispuesto a lo que se necesite: “Para mi, en el Columbia esta mi segunda familia. Aquí encontré un hogar y amigos desde los 11 años. Sin dudas, una vida. En mi época jugábamos Pelota- Paleta; ahora ya no existe, pero ver a los niños en un club totalmente nuevo y renovado es muy gratificante”, expresó. 

El Club Social y Deportivo Columbia no solo es un lugar de práctica deportiva, sino un pilar fundamental de la comunidad, donde generaciones de familias han forjado lazos inquebrantables. A través de su historia, demostró ser un espacio de inclusión, crecimiento y pertenencia. Los testimonios de Leandro, Pedro y Ángel reflejan la profunda conexión emocional que tienen con el club, evidenciando cómo el deporte trasciende el mero ejercicio físico para convertirse en un vehículo de valores y enseñanzas. A medida que nuevos niños se suman a esta historia, el legado de Columbia perdura, enriqueciendo la vida de quienes lo eligen como su segunda familia. Así, el club es un testimonio de comunidad y tradición, preparado para abrazar a las futuras generaciones en su misión de fomentar el deporte y la camaradería.

 

Colegiales: hogar y deporte

Por Lucas Huerga

Para muchos una segunda casa. Para tantos otros, su principal hogar. Es allí en donde cientos de niños, y de no tan niños, pasan sus días dentro de un mismo establecimiento. Practicar un deporte, hacer amistades, pasar tiempo en familia, esa es la esencia de un club de barrio. Asimismo es como su nombre lo indica: club social y deportivo. A lo largo y lo ancho del país podemos encontrar miles de asociaciones civiles sin fines de lucro, cuya intención es brindarle a la gente una oportunidad de vivir, de formarse, de socializar y de fomentar el deporte. Uno de ellos se encuentra en el barrio porteño de Colegiales, y haciendo honor al lugar en donde nació, sus fundadores lo llamaron Club Deportivo y Social Colegiales.

No necesariamente se precisa de una muchedumbre para formar un club barrial, y de esa manera lo adoptó el club Colegiales. Una modesta institución, en la cual lo primero que se observa al ingresar es el buffet y restaurante, en donde además se realizan shows musicales. Allí se reúnen los socios cuando le dan una pausa a las actividades, y es donde la amistad fluye entre todos y todas. Continuando con la vida dentro del club encontramos la que quizás sea la parte más importante, o por lo menos donde hay una mayor concentración de gente: la cancha de básquet. Piso de parquet, con los detalles pintados de blanco y negro, los colores que representan al club. El básquet es la actividad principal de Colegiales, y es habitual ver en las inmediaciones a chicos que lo practican, según indica su uniforme. Además, recorriendo la manzana, podemos observarlos haciendo la “entrada en calor” antes del partido. 

El concepto de hogar se puede entender de diferentes maneras. En este caso se habla de un lugar donde el punto de encuentro es el deporte, pero la intención es brindar una oportunidad de crecer, de divertirse y de generar vínculos. Por ello, el club también cuenta con un espacio de ocio, apartado de las disciplinas. Subiendo por algunas escaleras está la sala de billar, donde los socios pasan el tiempo de una forma más descontracturada. Además, observamos otra sala donde lo primero que se ve es que el piso se divide en dos: una parte de madera, y la otra está cubierta por lonas azules, y es allí donde se realizan las actividades de artes marciales, gimnasia y danza. 

Para finalizar, es importante contar lo que se transmite recorriendo un club, en este caso Colegiales. Son espacios donde hay mucha gente, pero que no deja de ser un lugar ameno. Si te tocó ser parte en una edad temprana, el recorrido te traslada a esa infancia en la que pasaste tardes y noches jugando y corriendo, pero sobre todo divirtiéndote. Es por esto que la existencia de las instituciones barriales son esenciales en nuestro país. Ocupan un rol que muy pocas actividades o lugares logran ocupar. Mantienen viva la esencia del deporte, algo fundamental teniendo en cuenta la coyuntura de la cultura argentina.

AVeFA: el deporte como hogar

Por Florencia Lemme

Si sos del barrio de Boedo, probablemente conozcas, por fuera al menos, “La Plaza de los Vecinos”, uno de los pocos espacios verdes en la zona, que como bien menciona su nombre, reúne a todos los cercanos a él, sin importar el rango etario, con el objetivo de promover una comunidad barrial. Fue creada y levantada a raíz de la carencia de un lugar verde en el barrio y gracias al esfuerzo inagotable y el trabajo incansable de los mismos vecinos, quienes sin esperar ninguna remuneración ni reconocimiento a cambio, han sido pioneros de este pulmón de encuentro y disfrute, que a día de hoy, continúa portando y honrando cada uno de los nombres de aquellos que formaron parte del origen de este lugar y seguirán siendo los responsables del nacimiento de una familia vecinal.

Para adentrarnos en su historia, debemos remontarnos al lejano 1895, cuando en esta misma ubicación se encontraba la escuela Florentino Ameghino, que fue luego demolida en 1981 por las topadoras de la última dictadura promovida por el gobierno del intendente de facto Osvaldo Cacciatore con el objetivo de construir una autopista, proyecto que luego quedó detenido; tiempo después, ese terreno baldío colmado de desequilibrio ambiental fue pedido por las familias que, impulsadas por la iniciativa para la construcción de una plaza, limpiaron el espacio e idearon en diciembre de 1985 lo que hoy se conoce como la flamante Asociación Civil de Vecinos Florentino Ameghino (mejor conocida como AVeFA), una asociación vecinal sin fines de lucro que, además de brindar actividades deportivas, cede de forma gratuita sus espacios a las escuelas públicas de todos los niveles para educación física y actos escolares, como también promueve la realización de actividades socio-culturales abiertas a todo el barrio. Al mismo tiempo, prestan espacio para una escuela y funciona como centro de práctica para la carrera de trabajo social, que también cuenta con un centro educativo primario abierto a jóvenes y adultos.

A su vez, AVeFA también da lugar al trabajo por la Memoria, Verdad y Justicia recordando en su frente a ex estudiantes de aquella antigua escuela que fueron detenidos desaparecidos por el Terrorismo de Estado.

Producto del esfuerzo del vecindario, se convirtió paulatinamente en un lugar formado por una comunidad que lleva como bandera la identidad barrial, fomentando el establecimiento de lazos históricos y sociales en el barrio y la construcción de vínculos de familia y amistad que, a través de los años, construyen y defienden con alma y corazón este sentimiento de pertenencia pintado de azul y verde.

Llena de vida, plagada de colores que resaltan entre la rutina de caminar por las sombras de los edificios del barrio, la primera Placita de Boedo nos recibe con un “paseo” que lleva el nombre de Sara Vaamonde, la fundadora del mismo, donde podemos encontrar una  gran arboleda y a un costado el Vivero de Nativas, la huerta mantenida por la misma comunidad que busca inculcar la preservación y el cuidado de la naturaleza.

Una vez adentrados en la plaza, nuestra primera mirada topa con una calesita, que sigue el patrón colorido y alegre del espacio y es muy utilizada por los más chicos -y también por los más grandes-  quienes en el afán de acompañar, se quedan a un costado disfrutando de las carcajadas de los niños al intentar -o incluso, agarrar- la sortija en alguna de sus tantas vueltas. 

Si continuamos en el recorrido, nos vamos a encontrar con un patio de juegos, el cual se encuentra un tanto solitario por las mañanas pero todas las tardes, más puntualmente una vez finalizado el horario escolar de los más pequeños, se plaga de  ellos y de los adultos que van a disfrutar del espacio y de las sonrisas de los niños que encuentran la felicidad en lo simple; en ir a patear una pelota con los demás, sean o no conocidos, en trepar los árboles de los que se encuentra rodeada la plaza o también, en tirarse a jugar en la arena hasta ensuciarse los uniformes y/o delantales para luego correr del reto de los mayores.

Detrás de esta plaza colmada de cariño expresado a través del cuidado de los vecinos, podremos encontrar una de las mejores canchas de fútbol 5 de la ciudad, testigo de incontables triunfos deportivos.

Ubicada en la Avenida Independencia 4224 hace más de 35 años y sostenida con la responsabilidad y el trabajo solidario como punto de partida, resulta ser parte de la historia de vida de cientos de familias que, de generación en generación, continúan habitando cotidianamente sus espacios y disfrutando la diversidad del establecimiento, creando lazos sociales que están en constante crecimiento. 

Los autores de esta historia vecinal, definen AVeFA como una familia donde la participación de cada uno de ellos es fundamental y el interés primordial está ligado a “la gratitud de ver la plaza llena de gente y la posibilidad de que, cualquiera que se acerque, sea parte de este proyecto”. 

Es así, que si pasas por Independencia y Muñiz, vas a escuchar gritos de gol de AVeFA en los que se va a oír reflejada la voz de aquel grupo de vecinos que supo ser -y formar- una familia que cumplió un sueño.

El trabajo desinteresado y la firme convicción de que los objetivos pueden alcanzarse, le dio felicidad a cientos de personas que hoy disfrutan de una vida plena, ligada al deporte y la cultura, y se sienten orgullosos de formar parte no solo del club, si no del barrio en el que residen.

Unión Marchigiana: el semillero de Caballito

Por Pedro Lujambio

Al ingresar al siempre ruidoso Club Social y Deportivo Unión Marchigiana, a la izquierda puede verse el pequeño gimnasio, a la derecha el buffet, y más al fondo, el lugar donde sucede la magia: la cancha de baby fútbol por la cual bien se podría apodar “el semillero de Caballito” a este club. Grandes cantidades de chicos —incluso más de los que caben, quizás— entrenan toda la semana para luego, el fin de semana, competir.

Pero, ¿por qué “el semillero de Caballito”? Unión Marchigiana, asentado en el barrio desde 1936, funciona como filial del club más grande del barrio, Ferro Carril Oeste. Varios de los niños que hoy al pasar por Nicasio Oroño 457 se oyen correr, tirar pelotazos y gritar, si tienen un nivel superior a la media en “Marchi” pasarán, por recomendación de los entrenadores (algunos trabajan en ambos clubes), a entrenar en las inferiores de Ferro. Cualquier persona que pase puede dar cuenta ya que, a la derecha de la entrada sobre la que se lee pintado en la pared “C.S. y D. UNIÓN MARCHIGIANA” junto a su escudo rojo y blanco, se encuentra de la misma forma el escudo de Ferro Carril Oeste.

Theo Ortiz, ex jugador del club y vecino del barrio, señaló que, pese a que tiene algunas actividades más, lo central es el fútbol. “Arriba tiene mesas de ping-pong, en alguna ocasión usaron la cancha, que es de cemento, para hacer patinaje… pero lo central es el baby fútbol, ahí van muchísimos, muchísimos chicos”, explicó Ortiz.

Ortiz, que es de la categoría 2008, jugó desde los 5 hasta los 12 años en Unión Marchigiana. En esa canchita repleta de banderas y fotos en las que predominan el verde, blanco y rojo —los colores de Italia, país del cual llegaron los fundadores del club, más precisamente de la región de Le Marche, por eso “Unión Marchigiana”— muchos han hecho sus primeros pasos en el fútbol y el caso de Ortiz no es excepción. “Ahí aprendí todo, desde el control de la pelota de chico hasta de más grande llegar a entender más el juego”, explicó el joven mientras mostraba su camiseta de “Marchi” de hace unos años que, contrario a lo esperado, cuenta con mayoría de negro y apenas un poco de los colores italianos.

De todos esos niños que se acercaban a Nicasio Oroño entre Avellaneda y Aranguren, a menos de tres cuadras del Estadio Arquitecto Ricardo Etcheverri (Ferro), algunos lograron, llegados los doce años, cuando el baby fútbol se termina y el deporte se vuelve un tanto más “serio” y competitivo, continuar con su carrera y pasar a entrenar en el predio rodeado por las calles Yerbal, Martín de Gainza, Avellaneda y el Puente Caballito.

Uno de esos pibes que iba a pasar el rato a jugar al fútbol recreativamente —porque, más allá de que se entrene y se compita, solo se trata de niños buscando divertirse— es Gabriel Pereira. Hasta hace alrededor de tres años, Pereira iba como cualquier otro, semana a semana, a jugar a la pelota a “Marchi”. Sus gambetas y goles en la ruidosa cancha de cemento del club hicieron que, por sugerencia de los entrenadores, fuera a hacer una prueba en Ferro, club al que llevó su picardía y su engaño aprendido en Unión Marchigiana. Hoy se lo puede ver cada fin de semana con la camiseta del “Verde” siendo una de las figuras del torneo de la séptima división de la Primera Nacional. Este “progreso” conseguido por Pereira podría interpretarse como un “paso al fútbol grande”: el avance al club de renombre gracias a haber tenido un buen desempeño en el clubcito de barrio. Pero no habría nada más equivocado que ese pensamiento: si estos niños ya devenidos en casi adolescentes lograron progresar y empezar a entrenar en las Inferiores, se debe a que en esos dos entrenamientos por semana en Unión Marchigiana los han formado de la mejor manera, no sólo para las competencias que disputaban en ese momento sino también para el futuro. La grandeza no se halla, entonces, solamente en el renombre ni en el estadio lleno, sino que en esa cancha pequeña y sobrepoblada (tanto de niños como de fotos, banderas y familiares) del “semillero de Caballito” también está presente.

El club de las escuelas

Por Lucía Luque

Sobre unas calles llenas de árboles, silenciosas y poco concurridas, dependiendo del horario, se encuentra el club “El Chasqui”, pero ¿por qué dependiendo del horario son solitarias?, bueno porque a la vuelta se ubica uno de los colegios más conocidos de General Pacheco, que es el “Guiñazú”, por lo que a las 7:00, 12:00 y 17:00 horas esas calles solitarias se tornan un caos, ya que hay autos por toda la cuadra, niños que corren de un lado al otro y adolescentes que salen hacía la ruta para volver a sus casas, pero cuando la hora pico finalizá las cuadras de los alrededores vuelven a la normalidad, se parecen a un pueblo del interior a la hora de la siesta, donde todos duermen y no hay ni un perro en la calle.

Se dice que el club está ubicado en un lugar privilegiado de Pacheco, pero te diría que está en una zona que se podría considerar patrimonio histórico, porque a la vuelta se encuentra la iglesia Purísima Concepción, y por detrás de las hectáreas se localiza el castillo del General Pacheco, que fue construido en 1882. Lo curioso es que hay una leyenda, que cualquiera que haya pisado los suelos de esta localidad escuchó, que dice que entre la iglesia y el castillo habría un túnel que los conecta, y además en ese camino subterráneo estaría la cripta de la familia Pacheco. Toda esta historia se suele escuchar por las tardes en club, cuando los chicos que recién están empezando la secundaria, van a hacer educación física y se dicen entre ellos: “Estás parado sobre el General Pacheco”, porque el famoso túnel de la leyenda pasaría por encima del verde césped del Chasqui. Para llegar a la gramilla, primero hay que atravesar la barrera de la entrada, caminar por las piedritas que se encuentran en el camino, mientras la tierra que vuela, por el viento, te acaricia la cara. 

Al lugar lo frecuenta la gente joven, ya que de lunes a viernes las escuelas de la zona utilizan las instalaciones del club para hacer actividad física, con respecto a la clase social que se encuentra es variada, debido a que te podes cruzar con alumnos del Guiñazú y del Mariano Moreno, colegio de chetos dicen las malas lenguas, con sus respectivos uniformes, mochilas jansport de último modelo y en sus manos suelen sostener el teléfono de la manzanita, a su vez hay alumnos de algunas escuelas públicas de la zona, que visten la ropa más barata de alguna feria, sus mochilas con los cierres rotos, muy desteñidas y sus celulares suelen ser los heredados de algún familiar, así que el ancho pasillo de la entrada suele estar lleno de miradas prejuiciosas. Miradas de por qué algunos tienen tanto, y a su vez sentir la actitud de los nenes bien creyéndose sumamente superiores.  

Al club se lo puede dividir en dos sectores en la parte de adelante y la parte de atrás. En la de adelante transcurren las actividades deportivas más comunes, ya que se encuentran las canchas de vóley, hockey y fútbol, aquí los niños suelen pasar sus últimas horas escolares.

A las 17:00 comienzan a llegar los chicos chetos del plantel de fútbol, con sus botineros y camiseta del club. Estos mismos son los que representan al club en el torneo de AIFA. Lo novedoso es que entre esos cogotudos vas a encontrar al hijo de Juan Román Riquelme, Agustín Riquelme, que juega para “el verde”, también lo podes cruzar en la zona limítrofe, entre la parte de adelante y de atrás, esa zona es el gimnasio del club, un espacio super pequeño, pero con demasiada concurrencia. Después de las 18:00 hay gente más grande, que va luego de la jornada laboral y ese cansancio se puede notar en sus caras serias que lo único que quieren es terminar la rutina del gym, para poder ir a descansar. Todo lo contrario a lo que sucede de 14:00 a 17:00 cuando ese espacio es ocupado por quinceañeros que salen de la escuela y van al club del barrio a levantar algunas pesas para poder marcar sus músculos. En esa franja horaria el lugar se carga de mucha más euforia, charlas y risas.

La parte de atrás es mucho más tranquila al igual que el deporte que se practica en ese sector, que requiere mucha concentración, como lo es el tenis. En esa zona se encuentran las canchas de polvo de ladrillo, muy bien mantenidas, con un color naranja en el suelo bien latente y a su alrededor mucha tranquilidad. Lo que separa la parte delantera con la de atrás son unas bajitas y lindas ligustrinas.

Juventud de Belgrano, el club de barrio que dejó el básquet por futsal y vóley

Por Franco Minervini

Al cruzar la vía del tren que atraviesa Belgrano R, una seguidilla de casas modernas indican la cercanía con Colegiales. Sobre estas cuadras, un paredón gris al lado de un portón del mismo color parece desentonar con la esencia del barrio. En realidad, lo enriquece. El club Juventud de Belgrano no destaca por su apariencia, sino por la cantidad de historias que siembra. 

Una vez superado el portón, hay dos opciones para conocer el club: continuar derecho tres metros para visitar el bar o girar a la derecha y abrir una puerta blanca y sencilla. Tan simple como especial, porque esa puerta -situada sobre el corner- invita a pasar hacia la única cancha donde se desarrolla el futsal y el voley del club. Detrás del arco, cuatro filas de gradas negras y de un ancho que respeta las líneas laterales reciben a los espectadores cada fin de semana. Sobre el costado opuesto a la entrada, la pared -mitad celeste arriba y mitad azul abajo- cuenta con una hilera de bancos que recorre todo el recinto. La pintura celeste luce desgastada y, en algunos sectores, las sombras impregnadas de pelotas reflejan las prácticas de los deportistas.

Martes a las 11 de la mañana y el club está vacío, ya que todavía no abrió sus puertas. Sin embargo José, encargado del bar, me invitó gentilmente a pasar mientras prepara tres o cuatro platos simples que componen el menú y, gracias a sus 25 años de experiencia, conoce perfectamente los gustos de los socios: “Pizza para los adultos y sandwiches para los chicos que terminan de jugar muertos de hambre”, explica con una sonrisa. Sin conocerlo, puedo notar el cariño que les tiene a esos jóvenes “muertos de hambre”.  

Encima suyo, un cartel enorme y desactualizado dice “50 Aniversario – Juventud de Belgrano”. En realidad, el 1° de noviembre del 2023 se celebraron los 80 años de existencia de la institución social y deportiva que, aunque el nombre señala al barrio vecino, se ubica en Colegiales: Virrey Avilés entre Freire y Conde. “En sus inicios, nuestro básquet estaba en un nivel altísimo”, me comenta José, mientras se dirige a la entrada, donde un panel repleto de fotos resume la historia del club. Inmediatamente apunta a un recorte de diario -que parecía muy antiguo- sobre dos jugadores disputando la pelota en el aire al comienzo de un partido de básquet. 

“Da comienzo al partido”, se titula en la nota. En ella, también se incluye una imagen con jóvenes deportistas en musculosa que rodean a un hombre de traje que -asumo- sería su entrenador. El epígrafe es poco legible por su tamaño y la pérdida de color propia de un material antiguo. Sin embargo, en su inicio se deja leer: “Equipo de Juventud de Belgrano que en brillante forma logró adjudicarse el Campeonato de Básquetbol ‘Juan Perón’ para no federados”.

Entonces, en busca de más información valiosa, vuelvo a la imágen anterior que dice en su epígrafe quién lanzaba la pelota al aire para iniciar aquel encuentro: Juan Domingo Perón, presidente de Argentina en esos años. La nota había sido publicada en 1953, ya que los campeonatos amateurs se realizaron cerca del Mundial de básquet de 1950 organizado y obtenido por el país. Además de su importancia, destaca por ser la única en blanco y negro, porque alrededor lucen adolescentes en patines -disciplina que tampoco se practica actualmente- y equipos de futsal y vóley, tanto femeninos como masculinos. 

Mientras llegan los primeros miembros al club a las 11:30 de la mañana con sus bolsos, sólo las fotos me acompañan cerca de la entrada. El señor -de unos sesenta años- encargado del bar había regresado a la cocina. Los ingresantes son niños de entre 8 y 12 años que se dirigen directamente a la cancha. Algunos ya preparados para el entrenamiento y otros aún sin los botines, pero todos reaccionaron de la misma forma cuando el dueño de la pelota dispuso sacarla del bolso y empezaron a correr. Ahora sí, Juventud de Belgrano cobraba vida y el silencio se convertía en gritos de gol.

Los Repolleros: Un refugio de tradición, solidaridad y autogestión

Por Nicolás Renedo

En el corazón de la localidad Beccar, en San Isidro, se encuentra el Club Unión y Juventud. Una entidad barrial que aloja alrededor de 15 actividades semanales para el bienestar de sus más de 1000 alumnos y de un sustento económico con el que se lucha mes a mes. Si pasas sobre la calle José Ingenieros las miradas se las lleva el cartel con las iniciales “CUJB” junto al escudo radiantemente iluminado. Una fachada demasiado moderna con ventanal hacia el gimnasio y al bar, la carta de presentación perfecta para derribar cualquier tipo de preconcepto que uno puede tener sobre un club de barrio. El nivel de infraestructura no tiene nada que ver con otras experiencias similares. En este caso, “Los Repolleros” —como se los conoce por su origen entre las quintas de los cultivadores de la col— no tiene parangón y ni siquiera se cruzó el portón principal. 

Eran las 20:00, en un día húmedo y lluvioso que, claramente, no invitaba a salir de la casa. Sin embargo iban y venían personas de cualquier rango etario y social. Emmanuel “Iti” Golemmo, presidente del club, se enorgullece al contarlo debido a la dificultad que conlleva lograr un punto de encuentro y una heterogeneidad entre los socios. Al llegar, estaba en funcionamiento las clases de taekwondo, boxeo y reggaetón, que conserva en sus dos clases semanales alrededor de 150 personas, divididas en tres turnos. Según el Presidente, aquel horario es en el que más gente transita. Durante el camino, los pasillos siguen siendo de los socios. Los chicos de arte se ocuparon de llenar de frases motivacionales un costado de la pared, mientras que del otro lado se observa la Copa del Mundo con los tres años de las consagraciones, y la complementa un mural donde Kempes, Maradona y Messi en modo caricaturesco están de espaldas sosteniendo cada estrella. Justamente tres emblemas que vivieron en sus infancias por clubes de barrio.

El establecimiento defiende a capa y espada su historia. Del otro lado de la entrada se puede ver cómo mantuvieron parte de la antigua puerta, un detalle con el nombre completo del club y la leyenda “Fundado el 20 de junio de 1943 – con personería jurídica”. Además, cuenta con un mural, también realizado por los chicos que hacen arte en el club, de unos 30 metros con imágenes que recorren cronológicamente, a modo de cuento, su vida social desde la fundación y, finalizando este, se encuentra el mástil histórico, donde se iza la bandera únicamente los “días especiales”. 

Clubes así son los encargados de dar una ayuda social a los vecinos desde donde sea. Empezando por una “casita de libros” hecha de madera que fue donada para dejar libros para prestar, leer en el momento, o, si alguna persona quiere llevárselo, deberá intercambiarlo por otro para seguir promoviendo la lectura. Asimismo, una regla que impuso Golemmo es que “cada familia que no pueda pagar la cuota del chico, hay que ponerse la mano en el corazón y dejarlos que vengan igual sin cobrarles”, así se lo comunicó a los profesores de las distintas actividades. “El día que ellos puedan volver a pagar, se hace una raya en el medio y a partir de ahí abonan. Todo lo que pasó antes queda en el olvido”, una clara muestra de solidaridad y agradecimiento para con quienes mantienen vivo al club día a día.

A pesar de los desafíos y cambios en la sociedad, los clubes de barrio permanecen arraigados a su historia y tradición, gracias a la memoria colectiva que perdura hasta los más mínimos detalles. La visita al Club Unión y Juventud de Beccar reveló la esencia profunda de estos lugares emblemáticos — aunque sean de nicho —, donde la pasión y la tradición se entrelazan con la vida cotidiana de la comunidad. Más allá de cualquier competición deportiva, estos clubes de barrio representan un tejido social sólido, un refugio de pertenencia e identidad para sus socios y vecinos.

El color que elegimos para la vida

Por Gustavo Satragno

Suena la campana, cada alumno regresa a su hogar, se cierran las puertas de la escuela y ahí es donde muere la vida de este pueblo. Así sería la vida de Banderaló, al menos para los chicos que están en el primario, si no fuera por la fuerte presencia de los clubes en su sociedad.

Es mediodía, todos los niños vuelven caminando a casa, se debaten entre ellos por quién pasa a buscar al otro para el partido de la tarde, mientras que patean alguna botella que trajo el viento de camino a casa. El almuerzo es rápido, más que nada para evitar que alguien llegue primero que uno a la casa del “amiguito” que juega mejor. No es que eso les asegure tenerlo en el equipo, pero inclina la balanza, nadie quiere traicionar al compañero que lo fue a buscar primero. Mientras los adultos duermen la siesta, el silencio intimidante del pueblo da lugar a la travesía, gomera en el cuello, pedalines en las bicicletas para que nadie vaya caminando, pelota abajo del brazo y rumbo a la canchita. El calor del sol invita a meterse a escondidas al vestuario a mojarse la cabeza, el que llevó una botellita de agua sabe que se condena a hacer de campana, ya que si los ve el canchero corre riesgo el partido. Aún no son las dos de la tarde cuando se pone en marcha el partido, camisetas de todos los equipos, mitad y mitad para cada lado y a jugar. Así es una tarde cualquiera en el Club Atlético Juventud Unida.

A media tarde llega el profesor de inferiores, quien observa el partido de reojo mientras va planificando el entrenamiento del día. Las actividades dan inicio con un orden ya establecido, con las últimas horas de sol arrancan las categorías infantiles, haciendo que lleguen a casa antes de que anochezca, cuando es hora de que entrene “La primera”. El vestuario se convierte en un lugar de charla de mayores. Manos encalladas, remeras salpicadas con pintura, bombachas de campo y alpargatas, todo tipo de laburantes convive en ese espacio de relajación donde las charlas sobre el día de cada uno fluyen mejor que la pelota en el campo de juego. 

Arranca el entrenamiento de los mayores y con ellos, la ilusión de aquellos hinchas que se hacen un espacio para poder ir a ver la práctica. Llega el panadero, el carnicero, algún que otro dirigente y los padres que van a ver a sus hijos perfilarse para tener un lugar entre los concentrados para el domingo. El hincha que no se encuentra en la cancha, está en la confitería del club, donde cada tardecita se arma la mesa de truco por la bebida. El mozo desfila por las mesas desparramando bebidas como si fuera el 5 del equipo, algo que no le es ajeno porque fue un excelente mediocampista en el pasado, solo que ahora vive el club de otra manera. Gancia con soda y limón, Quilmes de litro, alguna que otra ginebra y a fumar afuera, por favor.

El club en el pueblo es más que un simple club, es una manera de vivir, que trasciende todas las edades. Tal vez podría estar cada uno en su casa esperando un nuevo día, pero la felicidad colectiva siempre es mayor que la individual, y eso en Banderaló sí que lo saben.