Pablo Minguez, el contador público que nunca imaginó ganar una medalla con Los Gladiadores

Por Santiago Varas

En 2025, recién a los 27 años, Pablo Minguez disputó su primer Mundial con Argentina. Este año ganó el Campeonato Sur-Centro en Asunción y se colgó la medalla dorada en los últimos Juegos Suramericanos disputados en Santa Fe, siendo uno de los tres jugadores cedidos del extranjero. Nacido en San Luis, hoy es una pieza clave en el cambio generacional de Los Gladiadores, pero también es contador público.

Hace un tiempo analizó dejar el handball tras lo exigente que era trabajar ocho horas, entrenar todos los días y luego jugar los partidos. “Yo a la Selección la veía muy lejana, no la veía como un sueño”, cuenta. Y revela: “Cuando fui preseleccionado pensaba en disfrutar de entrenar, total ya me iban a cortar, pero lo hice bien y el entrenador lo valoró”.

– ¿Qué siente un contador público cuando es convocado para disputar, recién a los 27 años, un Mundial para la Selección de su país?

– Es una felicidad increíble. El momento de recibir la remera con tu nombre, tu número, cantar el himno argentino, estar con los chicos…

– ¿Cómo te enteraste de la convocatoria?

– Me agregaron a un grupo de WhatsApp que decía “Selección Argentina” y cuando vi que estaban Pedro Martínez o Juan Saco, pensé: “Ah, la mierda”.

– Y te convertiste en uno de los referentes en los últimos Suramericanos…

– Se jugó sin los profesionales y sentí raro ser uno de los referentes. Jugar en casa fue de lo más lindo que viví. El cariño de los santafesinos fue tremendo y terminar ganando, encima con dos partidos apretados, fue muy lindo.

– Con Los Gladiadores también ganaron este año el Torneo Sur-Centro en Asunción tras vencer en la final a Brasil. ¿Qué significan estos dos logros?

– Cada torneo lo vivo pensando que es el último porque no sabés si después vas a estar, nadie tiene nada fijo. Al Sur-Centro fuimos sin ser candidatos, porque Brasil en los papeles era mejor que nosotros, y haber ganado demostró que estamos a la altura y que podemos luchar para ir a los Juegos Olímpicos.

– El próximo año se disputan el Mundial en Alemania y los Panamericanos en Lima, ¿cómo se están preparando?

– Todavía no tenemos nada confirmado, depende de la financiación, de que nos paguen y de que nos den los pasajes, porque hay que juntarse a entrenar casi un mes antes y aún no sabemos nada.

– En el Mundial compartirán grupo con Francia, Kuwait y Brasil, ¿qué expectativas tienen?

– El Mundial no es algo que nosotros podamos ir y decir: “Che, vamos a pelear arriba”. No se puede porque no tenemos el nivel de Francia, por ejemplo. Sí le podemos ganar a Kuwait, y a Brasil en un buen partido también. Después te cruzás con Noruega o España y están varios pasos delante tuyo.

 – Recientemente pasaste del Caserío Balonmano de Ciudad Real, de Primera división, al Pozuelo Balonmano, de Tercera, ¿a qué se debió ese cambio?
– Decidí quedarme en la ciudad. Yo sabía que Caserío no me renovaba, pero estoy acá con mi pareja y trabajando como contador público, entonces dije: “Si hay otro equipo en la ciudad que pueda pagarme, además de jugar en lo mío y estar juntos con mi pareja, me quedo”. Prioricé la estabilidad.

 – ¿Qué cambia entre un equipo de Primera y uno de Tercera?
– Si bien la liga es de menor nivel, a veces el nivel se lo pone uno, manteniéndose o superándose físicamente, rindiendo mejor, haciendo cosas que la jerarquía y la experiencia de haber jugado en Primera te permiten.

 – En 2019 tuviste que irte de San Luis a Buenos Aires para concentrarte para el Mundial Junior, ¿cómo fue ese momento?

– A mitad de mi carrera de contador público, con 20 años, me surge el llamado. Me instalé en Morón y me recibió Dorrego Handball de la mejor manera. Con bajos recursos económicos, con las poquitas becas que intentaba conseguir y trabajando en un boliche los fines de semana para llegar a fin de mes, fueron años de lucha. Estaba con más ganas de dejar el handball que de seguir.

 – Y en 2024 surgió la chance de jugar en el Eppan Handball Löwen de Italia…
– Sí, cuando estaba con esas intenciones de bajar un cambio, justo llegó la oportunidad. Mi novia me dijo que me acompañaba y dijimos: “Bueno, vamos”.

– ¿Y hoy cómo lo manejás?
– Por suerte estoy en una empresa que me gusta mucho, trabajo cuatro horas y mi jefe es flexible cuando me toca viajar a los partidos. Me apoya mucho y me da vacaciones, ‘home office’, así que puedo combinar.

 – ¿Qué diferencias notás con las ligas europeas?

– Buenos Aires tiene muy buen nivel y la liga de Italia quizás tenía el mismo o un poquito menos, pero tienen dinero, pueden llamar a los jugadores que quieran. En Argentina no tenemos esa financiación pública de los municipios, como acá sucede en Europa. Yo terminé jugando en el mejor club argentino, saliendo campeón de todo y no cobré nada. Pagaba mi cuota como cualquier otro.

 – ¿Cómo mejorarías ese desarrollo en Argentina?
– El deporte tiene que saber venderse. Primero, que la parte pública aporte a cada equipo: acá el principal sponsor es el ayuntamiento. Y segundo, cuidar más a las selecciones. A nosotros la beca que nos dan es solo cuando disputamos torneos, mientras que otros deportes tienen una beca anual.

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