Por Maialen Vallez
Dejando atrás la fría mañana de julio en Buenos Aires, al cruzar por la puerta de Faixa Preta Academy, en Remedios de Escalada, solo en cuestión de segundos el lugar te recibe con una naturalidad que sorprende. La gente te abre las puertas como si te conociera de siempre, amable y creando un ambiente relajado, como cuando estás con tus amigos de toda la vida. De fondo, la música, cumbia o electrónica, siempre cambia pero nunca falta. Desde Karina, Rodrigo o Los Palmera hasta David Guetta, para aclimatar y ponerle ritmo a cada rincón de la academia.
El gimnasio es amplio, abierto e iluminado, al entrar, uno no sabe a dónde mirar. Un perfume dulce, parecido al algodón de azúcar, se mezcla con el aire y la transpiración del entrenamiento de jiu-jitsu. Al frente del gimnasio se encuentran las maquinarias. Las pesas suben y bajan, mientras el mate pasa de mano en mano al igual que los chistes constantes y espontáneos.
Mientras uno avanza, la mirada se va directamente al fondo, al corazón del lugar, el tatami, que ocupa la mayor parte del salón. En este, su entrenador Sebastián Chahpazian observa mientras dos luchadores de jiu jitsu hacen sparring. Se mueven de un lado a otro buscando posiciones y el hueco para intentar controlar al rival. Hay técnica, contacto, fuerza, pero con paciencia en cada movimiento, que parece tener un propósito. Con la cumbia todavía sonando de fondo, los atletas en las máquinas y las voces mezclándose con el ambiente, la atención está puesta en los dos hombres sobre el tatami enfrentados bajo la mirada de su entrenador. Justo en ese lugar es donde parece cobrar sentido cada esfuerzo, la disciplina y las horas de entrenamiento sin importar que llueva, haga frío o hagan 40 grados.
“Lo que más me gustó desde el inicio, desde faixa blanca cuando empecé, fue la posibilidad de superarme todo el tiempo; si bien ahora soy faixa preta, cinturón negro, veo que no existe techo y que la superación es continua”, menciona la campeona del Sudamérica No Gi 2023, Bianca Giannini, sobre su pasión sobre el jiu-jitsu. Además declaró que es una forma de vida, es lo que más ama ya que además de competir se dedica a dar clases y arbitrar, lo lleva a diario en todo lo que hace.
Cada color de la faixa simboliza una etapa diferente dentro del proceso de aprendizaje. El blanco representa los primeros pasos, se aprenden las posiciones, técnicas básicas y fundamentos de defensa. El azul refleja una mayor comprensión de las habilidades esenciales, junto con la mejora del control y capacidad para aplicarlas en el combate. El violeta marca una etapa de mayor desarrollo en la que se empieza a ver el estilo propio y una visión estratégica. El marrón representa el perfeccionamiento técnico y la preparación para transmitir los conocimientos. Finalmente, el negro simboliza el alto grado de dominio, que es acompañado por la madurez, disciplina y comprensión marcial.
El jiu-jutsu fue creado entre los siglos XV y XVII en Japón por los samuráis ya que necesitaban otro método de defensa cuando no podían utilizar armas. Esta disciplina evolucionó gradualmente en varios estilos, tal como el judo, en la que su fundador Jigoro Kano lo modernizó y estructuró para elaborar un deporte que se encuentre centrado en la flexibilidad al igual que la eficacia, originando el judo Kodokan. Uno de sus expertos, Mitsuyo Maeda, se especializó en las técnicas de suelo. Era “el hombre de las mil luchas”, el gran maestro del jiu jitsu tradicional que fue enviado a una gira por América a mediados de 1900 para expandir sus conocimientos sobre esta arte marcial.

El jiu jitsu es un arte marcial híbrida japonés que significa “el arte de la flexibilidad y suavidad”. Se basa en aprovechar la fuerza de tu oponente combinando técnicas de lucha cuerpo a cuerpo con palancas, estrangulaciones, luxaciones, barridas e inmovilizaciones. Hoy existe su versión moderna: el jiu jitsu brasileño (BJJ). En este el combate predomina en el suelo, agregando la implementación de llaves, ángulos, presión y sincronización para buscar la sumisión del oponente mediante la técnica al igual que agarres de contacto cercano.
“Es un ajedrez que constantemente está evolucionando”, asegura el cinturón negro Ángel Maturán, entrenador y dueño de Rise Gimnasio. También agregó que es muy integral, y que se aprenden cosas, como la movilidad, que sirven para el día a día, tanto para la persona que compite como para la que solo lo entrena.
Puede practicarse con o sin gi (kimono). Aunque ambas modalidades tengan los mismos principios, cada una representa diferentes formas de agarre, técnicas y estratégias, haciendo que el deportista desarrolle distintas habilidades y se adapte a cualquier situación de combate. El gi se centra en tener una posición dominante, controlar al oponente y usar la progresión para derribar al otro mediante la sumisión. Además, sirve como una extensión del cuerpo que pueden usar en tu contra, lo que añade mayor complejidad a las maniobras. Por otro lado, el no gi (con su propio tipo de vestimenta) hace hincapié en el control del cuerpo, la velocidad y adaptabilidad. Sin agarres de ropa, aporta emoción con reglas de sumisión adicionales y combates más rápidos con constantes cambios de posición utilizando tanto la fuerza como la técnica.
Como en otras artes marciales, utiliza un sistema de cinturones para representar el progreso técnico y mental del competidor. Depende de las habilidades en combate, sus conocimientos, el tiempo, dedicación, condición física y experiencias.
En 1914 Mitsuyo Maeda se instaló en Brasil, donde conoció a Gastão Gracie, un hombre de negocios con mucha influencia. Fascinado por sus habilidades, le pidió formar a su hijo Carlos, quien se convertiría en uno de sus alumnos más famosos. Maeda le enseñó a usar la fuerza de su oponente a su favor, técnicas eficientes para derribar a un rival sin importar el peso, la altura, llave o estrangulación. Fue tanta su atracción que en 1992 abrió la primera academia en Río de Janeiro buscando formar la tradición familiar y adaptándolo a la realidad de las calles del país. Pasó todos sus conocimientos a sus hermanos y durante estos años, el que empezó a destacar fue el menor, Helio.
La gran mayoría de los que prueban el jiu-jitsu no continúan lo suficiente como para siquiera realizar el primer ascenso de nivel. Según un posteo en Instagram de 2023 de Vieyra Jiu Jitsu, academia de Entre Ríos, se estima que sólo el 10% de los cinturones blancos pasan a faixa azul. Mientras que el 1% de ellos llegan a conseguir un cinturón negro. Al ser un proceso lento, requiere de mucha paciencia y persistencia, ya que se calculan 12 años, 1 mes y 1 día para obtener una faixa negra.
Debido a la exigencia cardiovascular, incluso si la persona se encuentra en buena forma, después de la primera sesión de sparring terminará exhausta en cuestión de minutos. Se utiliza la fuerza del cuerpo en todo momento, muchos no pueden con ella. Les duelen músculos que ni siquiera sabían que tenían, se sienten agotados, su cuerpo no llega a recuperarse para el siguiente entrenamiento.
Los hermanos Gracie elaboraron un sistema más eficiente para personas más pequeñas o menos poderosas de físico, dando origen al jiu-jitsu brasileño. Buscando demostrar su eficacia y popularizarlo, los Gracie organizaban desafíos abiertos en los que se enfrentaban a luchadores de otras disciplinas. Con tan solo 17 años, Helio se subió al ring por primera vez contra el boxeador profesional Antonio Portugal. En 30 segundos, consiguió su primera victoria de muchas realizando una llave. Otras de sus grandes hazañas fue su participación en la pelea más larga de la historia con 3 horas y 45 minutos, todo en tiempo neto, sin parar.
“A la hora de ir a competencias, los gastos los sustentamos nosotros”, asegura la luchadora de cinturón azul Laura Negri. También dijo que desde los principiantes hasta los graduados se tienen que abastecer ya que no es es un deporte que esté muy apoyado por terceros pero que te pueden llegar a regalar cintas, licras o kimonos si tenes algún título mundial.
No se trata simplemente de un deporte donde todos están abrazados en el piso. Es un deporte mixto, abarcativo y profundamente inclusivo. No entiende de edades ni género, cada vez son más las mujeres que se animan a cruzar la puerta de una academia por primera vez y descubrir un mundo que, además de ser mucho más complejo de lo que parece desde afuera, tiene algo casi adictivo: ya que según dijo Ángel Maturán una vez que empezás, es difícil incluso complicado querer parar.
Con la inmigración, maestros y popularización del deporte, solo fue cuestión de tiempo hasta que a mediados de la década del 1990 llegara a Argentina y se desarrollara de manera estructurada.
Pero, sobre todo, es una disciplina que te enseña a mirar hacia adentro. Una de las primeras lecciones es aprender a dejar el ego de lado. Porque en el tatami, todos son iguales. No importa quién seas, de dónde vengas o cuánto tiempo llevás entrenando. Nadie está por encima de nadie. Tener un cinturón negro como Santiago Furlong, Pablo Laveselli, Ezequiel Delgado o Juan Pablo Vallones no te hace más que nadie sino que es el resultado de un camino lleno de esfuerzo, frustraciones, caídas y aprendizajes. Enseña que siempre habrá alguien más fuerte, más rápido o con algo nuevo para enseñar. Por lo que no se trata de una derrota, al contrario, es una oportunidad para seguir creciendo.
“Creo que así como aplico un montón de factores de jiu jitsu en el tatami, también los aplico moralmente en la vida”, garantiza Bianca Giannini. Con el tiempo, el jiu jitsu se convierte en mucho más que un deporte. En el tatami se aprende el valor del compañerismo, la lealtad e importancia de cómo enfrentarse a cada situación: con tranquilidad, calma y tratando de encontrar la mejor manera de resolverlo, sin entrar en conflicto y priorizando el diálogo.





