Por Blanca Duarte G
Cuando Fernando Wilhelm colgó los botines vistiendo la mística camiseta verde y blanca del Club Social y Deportivo Pinocho a sus 43 años, el futsal argentino no perdió a su jugador más inteligente; solo lo vio cambiar de rol. El eterno capitán que levantó la Copa del Mundo en Colombia 2016 entendió que su cuerpo había dicho basta tras más de dos décadas de carrera. Su cabeza, sin embargo, seguía corriendo a una velocidad inalcanzable. Por eso, su salto como director técnico al banco de suplentes del Club Franja de Oro no fue una decisión improvisada para llenar el vacío del retiro, sino la evolución natural de un hombre que siempre pensó el juego para los demás.
Quienes lo vieron jugar lo recuerdan parado en el centro de la cancha, con los brazos abiertos como un director de orquesta, ordenando la defensa sin mirar la pelota, anticipando el movimiento del rival dos segundos antes. No necesitaba correr con desesperación; su juego era un ejercicio de geometría pura y tranquilidad. Hoy a sus 44 años, esa misma esencia se replica bajo su conducción en el club de Nueva Pompeya. “Es una persona que vive todo al 1000% y eso nos contagia a transitarlo de esa manera”, reconoce Agustín Maldonado, primer capitán del equipo, sobre un inicio de ciclo que despertó respeto, ansiedad y emoción. Ya sin gastar las suelas contra el parquet, comenzó a pararse al borde de la línea lateral, con la mirada fija en el 40×20 y con esa calma de ajedrecista que siempre caracterizó su manera de entender el deporte.
La Primera B de AFA se transformó entonces en su nuevo laboratorio en este 2026, año de su debut absoluto como entrenador. Al frente de Franja, su liderazgo ya no se traduce en un pase entre líneas o en un cruce, sino en la paciencia con la que mueve sus piezas en la pizarra táctica. En su primera temporada, posicionó al equipo puntero por el ascenso directo, con Vélez como escolta inmediato, e ilusiona a toda la comunidad franjista con un objetivo claro: llegar a la máxima categoría del futsal argentino.
En ese recorrido, el plantel dio muestras de carácter en compromisos determinantes: ganó los dos clásicos barriales ante Miriñaque y uno frente a Nueva Estrella, y logró un resonante triunfo 4-3 frente a Argentinos Juniors, en un duelo contra el equipo entonces dirigido por otro héroe nacional, Alamiro Vaporaki. “A Fer no se le escapa nada. Una sola palabra para definirlo es inconformista, porque sabe que siempre podemos un poco más”, describe el segundo capitán, Giuliano Marteletti.
Para el plantel de Pompeya, la llegada del Balón de Oro mundialista fue una sorpresa que transformó la mentalidad diaria del club. “Está presente en cada detalle y registra absolutamente todo; eso nos obliga a estar siempre metidos y concentrados”, analiza Maldonado sobre la intensidad que el entrenador transmite en cada indicación. Pero esa obsesión por el detalle no nació de un día a otro, sino de una trayectoria en la que el conocimiento del juego se convirtió en su principal herramienta.
Antes de volcarse de lleno al futsal, Wilhelm jugó federado durante tres años al voley en el club BANADE de Martínez. Sin embargo, a los 16 años decidió regresar a su primer amor: la pelota de medio pique. Se probó en el Club Glorias, donde ingresó directamente a la cuarta división y, con tan solo un partido en tercera, ascendió a Primera. De allí pasó a River, donde integró la camada que conquistó los torneos de 2002 y 2003— los últimos títulos oficiales de Primera en la historia del club —antes de coronarse también en Pinocho en apenas seis meses. Esta chapa ganadora hace que todo el grupo preste mucha más atención a cada corrección. “Fer tiene una mirada muy aguda, si tiene que parar el entrenamiento cinco veces por el mismo error lo hace; todo el tiempo busca la mejora individual”, expone Marteletti.
Esa exigencia la perfeccionó en Europa donde conquistó 13 títulos. Su perfil de estratega se moldeó consagrándose con el Arzignano Grifo, Marca Futsal y Asti Calcio en Italia; una racha ganadora que mantuvo intacta al cruzar a Portugal para dar la vuelta olímpica con el Benfica, antes de volver a Italia para aportar su experiencia en Pescara y Napoli. Finalmente, su paso por el FC Split de Croacia en 2020 marcó su última experiencia europea, la cual se vio interrumpida por la pandemia.
Su liderazgo y logros con la Selección Argentina terminaron de consolidarlo en un emblema —mundial y nacional— de la disciplina. Recibió el Premio Olimpia de Plata en tres ocasiones: 2002 (la primera edición entregada al futsal), 2004 y 2016. Esa inteligencia táctica, que hizo destacarlo, hoy aparece en los momentos más calientes de los partidos. “Algo muy reconocible que tiene es cómo lee y entiende el partido para darnos las herramientas necesarias para poder seguir compitiendo al máximo”, sostiene Maldonado. Fuera de la rigidez de la competencia, ese perfil serio y detallista se desarma naturalmente. Los referentes del plantel coinciden en que Wilhelm combina la concentración del trabajo con la apertura para charlar, reírse y compartir códigos futsaleros en el vestuario, convirtiéndose en una oportunidad de aprendizaje para los más chicos.
La transición de los grandes escenarios de élite al ritmo físico y la paridad de la segunda división presentaba un gran desafío, pero el balance inicial demostró que el juego se piensa igual en todos lados. El excierre logró imponer con éxito una propuesta fiel a su estilo como jugador: hacer correr la pelota en lugar de las piernas, defender con la mirada y adueñarse de los espacios a través del orden. Se adaptó rápido a las mañas de la categoría, cambió la cinta de capitán por la pizarra y confirmó que los verdaderos estrategas nunca se retiran del todo.





