Por Mikaela Monzon
El armador de 21 años fue una de las piezas destacadas del seleccionado argentino que llegó invicto a la final de los Juegos Suramericanos Santa Fe 2026. Chile se quedó con el oro tras imponerse 3-1, pero para José Cejas el torneo significó mucho más que una medalla: fue su debut oficial con la camiseta argentina, el cumplimiento de un sueño y una experiencia que, asegura, marcará lo que viene.
Durante años, José Cejas persiguió ese momento. Estuvo cerca, pero la convocatoria definitiva nunca terminaba de llegar. Hasta este año. “Fue una emoción muy linda, es lo que uno sueña desde que arranca”, cuenta. “Fueron muchos años de procesos, del sacrificio que uno mete, de las horas de entrenamiento. Al final, cuando daban la lista, no quedé esos cuatro años, pero este año se dio. Le seguimos metiendo y me volvieron a llamar”.
“Fue una emoción muy linda, es lo que uno sueña desde que arranca”, cuenta el armador de 21 años. “Fueron muchos años de procesos, del sacrificio que uno mete, de las horas de entrenamiento. Al final, cuando daban la lista, no quedé esos cuatro años, pero este año se dio. Le seguimos metiendo y me volvieron a llamar”.
La oportunidad llegó, además, en un escenario especial: de local y con un estadio repleto en cada presentación. Para Cejas, nunca había habido una experiencia semejante. Y eso hizo que el debut internacional con la camiseta argentina tuviera un condimento todavía mayor.
Argentina llegó a la definición después de una campaña invicta y se encontró con Chile en la final. El clásico terminó con triunfo chileno por 3-1, pero el equipo argentino pudo reaccionar después de perder el primer set y quedarse con el segundo. El partido se hizo cada vez más intenso, con una tribuna que empujó hasta el último punto.
“La gente y el apoyo de ellos son un jugador más en la cancha para nosotros”, resume Cejas.
El público fue uno de los grandes protagonistas de los Juegos. Cejas lo vivió no solamente desde la cancha: también tuvo la posibilidad de recorrer otros estadios y ver cómo las distintas disciplinas recibían el acompañamiento de los santafesinos. “Todos los estadios estaban rebalsados. Lo que me sorprendió fue que no solamente en nuestros partidos, sino en cualquier selección o disciplina, la gente estaba desde las 10 de la mañana hasta que terminaban los torneos”, relata.
En el vóley, esa respuesta se multiplicó. Horas antes y después de los partidos, las tribunas seguían llenas. Y en la final ante Chile, el aliento tuvo un peso especial.
“Contra un clásico rival como Chile, que fue una final durísima, que estén ahí en todos los puntos a pesar del resultado fue lo más lindo para nosotros”, explica.
Para Cejas, la medalla de plata deja sentimientos encontrados. La alegría por haber conseguido un lugar en el podio y por representar a la Selección convive con la frustración de haber quedado a un paso del oro.
“Primero que nada, felicidad. Poder disputar un torneo y conseguir una medalla no es poco para la Selección”, sostiene. Pero reconoce que el sabor amargo todavía está presente.
Esa sensación, sin embargo, no tapa todo lo que significó el torneo. Para el armador, la medalla también funciona como reconocimiento a un largo camino “Se sintió como un premio, un reconocimiento al esfuerzo que uno hace a diario. Es sacrificio, es constancia, es seguirle metiendo cuando no se da”, dice.
Una de las particularidades del seleccionado argentino fue la mezcla de edades. Hubo jugadores muy jóvenes, todavía en pleno proceso de formación, y otros con experiencia en la Selección Mayor. En el medio estuvo Cejas, que encontró en esa convivencia uno de los grandes aprendizajes de la competencia.
La llegada de Germán Gómez, después de su participación con la Mayor en el Sudamericano, fue una de las incorporaciones importantes para el plantel. Cejas remarca el impacto que tuvo el jugador dentro del equipo, tanto desde lo deportivo como desde su experiencia.
“Germán fue clave para nosotros, para el funcionamiento y el rendimiento. Es un jugador muy bueno, con mucha experiencia. Era uno de nuestros jugadores más fuertes y el juego se acomodaba bastante en él”, cuenta.
El equipo también tuvo jóvenes que afrontaron una de sus primeras experiencias internacionales. Y allí apareció otro de los objetivos del proceso: competir, pero también desarrollarse.
“Más allá del resultado, poder medirse con selecciones como Chile o Colombia, que tenían jugadores más experimentados, y competir de igual a igual por un objetivo y una medalla es de lo que más frutos sacamos”, explica Cejas.
El mensaje que les quedó a los más chicos fue claro: la derrota en una final no marca el final del camino. “Hoy no se dio, pero hay que seguirle metiendo, que en algún momento se va a dar. Tienen un camino enorme”, asegura.
Como armador, Cejas ocupó una posición que exige tomar decisiones permanentemente. Leer el juego, interpretar la recepción, elegir al atacante y encontrar el momento indicado. Por eso, muchas veces se habla del armador como el “cerebro” del equipo.
Él acepta la comparación, aunque pone un límite.
“Estratégicamente sí, se podría decir que es el cerebro”, reconoce. “Pero es un deporte en equipo, todos tienen participación. Si tenés un buen armador pero la recepción no te acompaña, no puede hacer nada”.
Durante el torneo, además, tuvo que convivir con una responsabilidad extra: era su primera competencia oficial con la Selección y fue el armador titular durante gran parte del campeonato.
Los nervios estuvieron. También la emoción. Especialmente en un momento que terminó convirtiéndose en uno de los momentos más importantes de toda la competencia: el himno.
“Uno vive emociones, no es que no siente nervios, ansiedad, frustración o felicidad durante el partido. Tiene que controlarlas para que no influyan en el rendimiento”, explica.
Y justamente el himno fue la imagen que eligió cuando se le preguntó qué instante de los Juegos congelaría para siempre. “Sin duda, cantar el himno”.
No fue solamente por ese momento. Fue por todo lo que había detrás: la camiseta, la familia, el estadio lleno, los colores en las tribunas y la sensación de estar viviendo aquello que había imaginado durante años. “Yo nunca había vestido la camiseta de la Selección Argentina en un torneo oficial y mucho menos había sido local”, cuenta. “Son cosas que uno por ahí ahora no procesa, pero que son muy lindas”.
La fortaleza del equipo no estuvo solamente en la cancha. En un torneo corto y de mucha intensidad, compartir momentos fuera del vóley también terminó siendo importante. Mate, truco, partidos de otras disciplinas y encuentros con otros seleccionados argentinos fueron parte de la experiencia.
El plantel compartió hotel con la Selección de fútbol y tuvo la oportunidad de acompañarla desde las tribunas. Para Cejas, esos momentos ayudaron a generar un grupo unido.
Con la Selección de fútbol, asegura, se generó principalmente un vínculo de compañerismo nacido de una misma identidad. “Ahí es la Selección Argentina, sea de la disciplina que sea, estamos todos unidos”, explica.
Y también estuvo la familia. Después de la final, fueron ellos los primeros a los que Cejas buscó para compartir lo que acababa de vivir. “A toda mi familia. Ni bien arranca y ni bien terminan los partidos son los primeros que están con el teléfono mandando un mensaje”, cuenta. También mencionó a su novia y a la familia de ella, que lo acompañaron desde Buenos Aires.
El resultado ya quedó escrito: Chile fue campeón, Argentina se quedó con la plata. Pero para Cejas, el torneo representa apenas un capítulo dentro de un proceso mucho más largo.
“Una medalla no es un techo. Es un piso para poder seguir mejorando”, afirma.
Ahora toca volver al club, continuar la temporada, prepararse para la liga y seguir entrenando. El sueño de vestir la camiseta argentina ya no es una promesa pendiente: se convirtió en una realidad.
Y cuando mira hacia atrás, entre la medalla, la final perdida, el aprendizaje y todo lo vivido en Santa Fe, hay una imagen que sigue apareciendo por encima de todas.
Cantar el himno. Con la camiseta puesta. Con el estadio lleno. Con la gente empujando.
Y con las Cejas bien altas.





