Por Valentín Gerez
“Y lo mejor estaba por llegar, corría el minuto 94 de partido”. Así comenzó la pieza literaria que Pablo Cañeque recitó el 15 de febrero de 2011 en Britmania, el programa de fútbol británico de Radio Vavel. En su relato, Mike Norton pelea una pelota perdida, mete la bota antes que el defensor y el arquero y encara hacia el arco. Detrás, miles de voces esperan el desenlace. No es la reconstrucción de un partido: es una escena poética dedicada al Football Club United of Manchester y a quienes lo convirtieron en algo más que un equipo.
Para entender esas gargantas hay que retroceder seis años. En 2005, la llegada de Malcolm Glazer al Manchester United terminó de romper la relación de un grupo de hinchas con Old Trafford. Los precios de las entradas, los cambios de horarios por televisión, la comercialización del club y la deuda que dejó la adquisición fueron parte del conflicto. Andy Walsh, uno de los fundadores y luego presidente del FC United, lo explicó en 2010: “Retirar mi solicitud para renovar el abono fue una de las decisiones más dolorosas de mi vida, porque ya no podía llevar a mi familia a los partidos”.
La respuesta no fue dejar el fútbol. Fue crear otro club. FC United comenzó a competir en 2005 desde la décima categoría del fútbol inglés y pasó sus primeros años jugando en estadios alquilados, entre ellos Gigg Lane. Tres ascensos consecutivos lo llevaron hasta la Northern Premier League, la séptima división del fútbol inglés. En febrero de 2011, mientras Cañeque escribía sobre sus hinchas, el equipo buscaba meterse en los puestos de playoff. El 16 de febrero venció 4-2 a Chasetown ante más de 1400 personas y quedó a cuatro puntos de esas posiciones.

La diferencia no estaba solamente en la camiseta. También aparecía en la entrada. Mientras una localidad para Manchester United podía costar varias veces más, FC United sostenía precios accesibles. En 2010, Walsh hablaba de entradas de entre £2 y £8 y de una masa societaria cercana a las 2.000 personas. El club también buscaba financiar su futuro mediante aportes de sus propios seguidores. Pero la diferencia más importante estaba en otro lugar: quién podía decidir.
FC United funciona como una sociedad de beneficio comunitario. Cada miembro tiene un voto y los socios eligen al Board. No se trata solamente de una frase sobre pertenencia: los miembros pueden intervenir en decisiones relacionadas con el rumbo del club, sus reglas y distintas cuestiones de funcionamiento. Años después, esa lógica permitió financiar parte de Broadhurst Park mediante Community Shares. Más de 1.500 personas aportaron alrededor de £2 millones para ayudar a construir el estadio.
Ahí aparece una pregunta que excede a Manchester. ¿Qué cambia cuando quienes van a la cancha también son quienes tienen la última palabra? La respuesta tampoco es que desaparezcan los problemas. FC United vive el día a día con dificultades económicas, gastos que afrontar y decisiones que generaron discusiones entre sus propios miembros.
Incluso una estructura democrática necesita que sus integrantes participen: en una votación general de 2026 hubo 2.113 miembros habilitados y alrededor del 36% participó. Ser dueño, entonces, tampoco significa tener garantizado el éxito. El club puede necesitar dinero, equivocarse, discutir y tomar decisiones que no conformen a todos. La diferencia está en dónde se toman esas decisiones y quién tiene derecho a participar.
Quizás por eso aquella escena imaginada por Cañeque todavía sirve para entender al FC United. No hace falta que haya ocurrido ese gol para comprender lo que representaba. Al final de su relato, las voces de los hinchas cantan: “Remember, Remember the 5 of November”. La canción habla de una fecha de Inglaterra, pero en aquella pieza terminó hablando también de un grupo de personas que, cuando sintió que había perdido su lugar dentro de un club, decidió construir otro y quedarse dentro del fútbol.





