Por Tiziano Moreira
“Poder decir adiós es crecer”, cantaba Gustavo Cerati en su canción “Adiós” del 2006. El mismo año en que Lionel Messi debutó en su primer mundial, Alemania 2006. Todos los futboleros se preguntaron cuando Maradona anunció su retiro: “¿Quién vendrá después de este monstruo?”, con esa mezcla de nostalgia y rechazo a que otro heredero ocupara su trono. Llegó, y por si fuera poco, ganó todo.
Cuando Diego Armando Maradona se retiró del fútbol profesional, Messi tenía 10 años, el número característico de su camiseta; y cuando fue el partido despedida, “La Pulga” tenía 14. En aquel entonces, Leo transitaba por La Masía de Barcelona sin saber en absoluto que iba a ser el nuevo rey, pero ya se hablaba de él.
Hoy, la historia vuelve a nadar en el mismo río de tiempo. El mundo del fútbol tembló, ya que nuestro ídolo, ese celestial de hierro, nos ha advertido que está cerca de romperse. Parecía vencer el paso de las eras. Todos se aferran a las posibles últimas funciones de Messi en Estados Unidos y se preguntan, otra vez con el mismo miedo y nostalgia de hace 30 años, qué habrá después de Messi, o si vendrá otro que nos represente igual. La respuesta matemática, lógica y poética es que sí. De lo que estamos seguros es que nadie lo va a poder igualar en su juego, gambetas y goles imposibles que él solo sabe hacer.
Somos expertos en la materia de no valorar lo que tenemos hasta que lo perdemos. Nuestro cerebro inconsciente funciona así. Si nos vamos no muy lejos en el tiempo, Lionel Andrés era insultado, cuestionado y criticado por no ganar títulos con la Albiceleste, aunque sí en el Barcelona.
Canales que le dedicaban horas y horas de aire a capturar cada píxel de movimiento que hacía en la cancha para reprocharle cualquier tipo de cosa, como por ejemplo no cantar el himno. Qué injustos fuimos, Lionel. En la madrugada del 27 de junio de 2016, al perder la segunda final consecutiva de Copa América ante Chile por penales, dijiste: “Ya está, se terminó para mí la Selección. Lo busqué, era lo que más deseaba, pero al final no se dio y creo que ya está”. Te habías rendido, las exigencias de la ambición argentina te habían vencido.
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La gente se dio cuenta. Juntamos fuerzas y había una intuición de que ibas a volver. Logramos tu vuelta. No solo porque aprendimos a ver lo que habíamos perdido, sino porque nos querías enseñar que para conseguir algo en la vida, hay que luchar de manera incansable por ello, a pesar de los golpes que la vida misma nos dé.
En algún rincón del planeta, quizás en un club de barrio, en una canchita de tierra o en las inferiores de algún equipo grande, hoy camina un chico. Un niño que emula las gambetas del rosarino frente a un celular, sin dimensionar que el destino ya le está tejiendo la capa a un nuevo monarca. Todavía no sabe el peso colosal que carga esa tela con el número diez en la espalda; una camiseta que en estos rincones de la tierra no es sólo ropa, sino un manto sagrado forjado con la zurda de Diego y consagrado por la eternidad de Leo.
No conocemos su nombre, ni qué camiseta usará, pero hay una certeza: el próximo elegido ya respira y sueña fútbol, y tarde o temprano, nos obligará a volver a enamorarnos. Esperemos que nuevamente sea argentino. Ejemplos en nuestro deporte sobran. No será igual a Leo, como Leo no fue igual a Diego. La esperanza no radica en buscar un clon de Messi, sino en entender el legado que dejó sembrado. Toda una nueva generación de futbolistas creció viendo lo imposible volverse rutina. El siguiente monstruo nacerá de la inspiración de haber visto a Leo levantar la Copa del Mundo, entre tantos otros trofeos.
Por tal motivo, la 10 jamás debe retirarse. Guardarla en una vitrina sería un decreto de muerte para el futuro, rendirse ante el pasado. Dejarla libre y vacante es una invitación abierta a que cualquier pibe de potrero se atreva a soñar con lo imposible que alguna vez soñaron Diego o Lionel. El fútbol es una reinvención constante y se niega a morir en la melancolía traicionera.
Decir adiós es crecer, y para el fútbol, crecer significa aceptar que la corona cambia de manos. El error es creer que la magia se agota con el mago. Cuando Messi decida colgar los botines, el vacío será enorme, pero la física del fútbol es milagrosa: nunca deja un trono vacío por mucho tiempo. La redonda siempre encuentra a su dueño.
El mañana está asegurado. Otros vendrán, es verdad, pero nadie será como él. Abran los ojos y disfruten mientras puedan al ángel eléctrico.





