Por Gabriel Milian Scuri
Es 29 de agosto. El día es un tanto primaveral. Las calles de Buenos Aires son tranquilas, si es que pueden serlo, ante una jornada más de la atareada vida. En los Países Bajos, las Leonas acaban de ganar el Mundial de hockey frente a las locales, que buscaban el cuarto campeonato consecutivo.
Durante todo el torneo se habló de la supremacía neerlandesa y se vivió con la calculadora en la mano para ver de qué manera el seleccionado argentino podría evitar un potencial cruce anticipado con las naranjas. Aunque, el destino tenía una tercera temporada más para esta serie.
Luciana Aymar mira desde uno de los palcos. Para el medio que posee los derechos televisivos, relata y comentan ex leonas que supieron ganarlo todo y poner a un deporte en la boca de un país. Son quienes lograron concebir, con la medalla de plata en Sidney 2000, la identidad de un equipo que se convirtió en un emblema nacional.
Hay nervios. Países Bajos está arriba en el marcador. El tiempo pasa y se escurre cuando el resultado pega en la conciencia. Pero hay un arma tan rioplatense que evita cualquier tipo de formativa o infraestructura millonaria.
Faltan seis minutos para el final del encuentro. Las dirigidas por Fernando Ferrara tienen su séptimo córner corto. Remata Agustina Gorzelany, la bocha se desvía dentro de un área alborotada y Majo Granatto llega de atrás para empatar el partido. Impulsa el palo con la fuerza de un sueño que se gestó alguna vez en La Plata, su ciudad natal.
Llegan los shoot-out. Argentina no erra. Cristina Cosentino hace lo suyo al evitar tres goles. Las lágrimas de emoción se agarran desesperadamente de los ojos de las jugadoras visitantes para no romper en llanto. Sofia Cairó tiene la chance de coronar. Dan la orden, corre, protege la bocha, amaga y deja despatarrada a la arquera neerlandesa. Solo hay que empujarla: Argentina es campeona del mundo.
Se rompen gargantas en el país del viejo continente. La memoria sintoniza con pasajes de dureza para las australes. Sacrificios en un deporte amateur que limita las posibilidades pero no los sueños o el potencial. No el hambre de gloria, ese que ha llevado a la bandera celeste y blanca a lo más alto del deporte mundial. No solo en el hockey, no solo en básquet ni boxeo ni fútbol. No únicamente en automovilismo, tenis, vela, vóley y una lista interminable de disciplinas.
En la historia deportiva hay rasguños argentinos que gambetean las crisis como un pibe a sus adversarios en los potreros de Fiorito. O como las Leonas que entrenaban en canchas de baby fútbol y después desplegaban el más alto nivel. En los libros están los triples de Emanuel Ginóbilli; los smashs de Guillermo Vilas, Gabriela Sabatini y Juan Manuel Del Potro. Las corridas de los Pumas; la frialdad de Juan Manuel Fangio, Carlos Reutemann o Franco Colapinto. Los golpazos de Carlos Monzón y la rebeldía de Oscar Bonavena.
Carácter y viveza criolla. Dignidad ante la pobreza y dignidad ante la grandeza. Patriotismo. Amor a lo de uno. A los colores. A un cacho de tierra que sufre penurias pero que forma ganadores y ganadoras. Máquinas competitivas y huesos duros de roer.
No hay plata que compre la gloria ni el saber lo que no es tener nada. No hay dinero que prohíba a las pibas y pibes argentinos soñar con quedar en la historia. Como las Leonas, que alzan la copa que 16 años después vuelve a teñirse de albiceleste.





