Granit Xhaka, el líder suizo que nunca dejó de pelear

Por Morena Politi

Granit Xhaka vuelve a enfrentarse a Argentina por los cuartos de final del Mundial 2026 e inevitablemente viajará doce años hacia atrás. En el Arena Corinthians de São Paulo, Brasil, un joven mediocampista de 21 años estuvo a minutos de llevar a Suiza a los penales frente a una de las grandes candidatas al título. Pero a los 118 minutos aparecería Lionel Messi para asistir a Ángel Di María y terminar con el sueño suizo. Aquella derrota marcó a una generación. Hoy, Xhaka es uno de los últimos representantes de aquella camada que todavía viste la camiseta de Suiza y el capitán de una selección que vuelve a cruzarse con el mismo rival.

Sin embargo, reducir su historia a ese partido sería injusto. Porque mucho antes de convertirse en el líder de Suiza, Xhaka ya había aprendido que el fútbol era una forma de resistencia.

El carácter que hoy lo distingue tiene raíces mucho más profundas que el fútbol. Xhaka nació en Basilea, pero la historia de su familia comenzó en Kosovo. Sus padres emigraron a Suiza en busca de una vida mejor después de que su padre, Ragip, pasara más de tres años preso por participar en manifestaciones políticas en la antigua Yugoslavia. Creció escuchando relatos de sacrificio, lucha e identidad, valores que terminaron moldeando al futbolista que nunca se esconde en los momentos difíciles.

Su crecimiento fue tan rápido como exigente. Después de debutar con Basilea a los 17 años, dio el salto a Borussia Mönchengladbach y luego a Arsenal, el desafío más importante de su carrera. En Inglaterra conoció el otro lado del fútbol: las críticas, la presión y el rechazo. En 2019, tras un tenso cruce con los hinchas mientras abandonaba el campo de juego, perdió la cinta de capitán y todo indicaba que su historia en el club había terminado.

Lejos de derrumbarse, Xhaka encontró la forma de reinventarse. La llegada de Mikel Arteta marcó un punto de inflexión: recuperó la confianza, volvió a ser un líder dentro del vestuario y logró reconciliarse con una hinchada que tiempo atrás lo había despedido entre silbidos. Esa versión más madura alcanzó su punto más alto en el Bayer Leverkusen de Xabi Alonso, donde fue una de las piezas clave del equipo que conquistó la primera Bundesliga de la historia del club.

Su historia con la selección suiza siguió un recorrido similar. Debutó siendo adolescente y nunca dejó de ganar protagonismo. Con el paso de los años acumuló más de 140 partidos internacionales, disputó cuatro Copas del Mundo y varias Eurocopas hasta convertirse en el futbolista con más presencias en la historia de Suiza. Más que un capitán, se transformó en la identidad futbolística de su país.

Su personalidad, sin embargo, siempre generó opiniones divididas. Para algunos, su temperamento lo llevó demasiadas veces al límite. Para otros, justamente esa intensidad es la que explica su vigencia. Xhaka juega cada partido como si fuera el último. Discute, protesta, ordena y contagia. No busca pasar inadvertido, busca ser protagonista.

Doce años después de aquella eliminación en Brasil, el destino vuelve a ponerlo frente a Argentina. Del otro lado estará otra vez Lionel Messi, el futbolista que cambió la historia de aquel partido con una asistencia inolvidable. Del lado suizo seguirá estando Xhaka, aunque ya no como aquella promesa de 21 años, sino como el líder de una generación que aprendió a competir sin complejos.

En un fútbol donde las carreras suelen consumirse con rapidez, el talentoso volante encontró otra forma de trascender. No fue el más talentoso de su época ni el más mediático. Su legado se construyó desde la perseverancia, el carácter y la capacidad para levantarse después de cada caída. Quizás por eso, más que un mediocampista, terminó convirtiéndose en el símbolo de una selección que nunca dejó de pelear.

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