Por Emiliano Le Voci
A 27 años del primer título como tenista profesional de Roger Federer. ¿Qué tan a menudo se atestigua el nacimiento deportivo y profesional de una leyenda? Esos atletas que trascienden su disciplina. Que son una fuente de inspiración para millones de personas alrededor del mundo. Que agrandan su figura con cada aparición pública. Hay un puñado nomás de esta clase de deportistas de élite, que formarán parte de manera eterna en la cultura popular, y que viven y vivirán por siempre en los corazones de la gente. En el recuerdo.
Federer, de apenas 18 años, venía de en 1998 alcanzar la cima del ranking júnior. Salió campeón de Wimbledon juvenil y del Orange Bowl, el torneo para menores de edad más prestigioso del mundo. Ya era toda una promesa, pero había llegado la hora de la verdad. Su transición al profesionalismo. Un limbo en el que muchos jugadores se han quedado estancados, por motivos de madurez o de adaptación al ritmo frenético de juego de los adultos.
Arrancó la temporada de 1999 fuera del Top 300. Comenzó a alternar triunfos en torneos de categoría Challenger y ATP. Le ganó a Carlos Moyá (número 5 del mundo ese momento) en el torneo de Marsella. En abril debutó con una victoria en la Copa Davis frente al italiano Davide Sanguinetti. Sin embargo, perdió en primera ronda de Roland Garros, Wimbledon y ni siquiera llegó al cuadro principal del Us Open. Y, por un momento, aparecieron las dudas sobre el futuro. El miedo que daba vueltas en la cabeza del suizo era no poder dar el salto de calidad definitivo.
El 25 de octubre de 1999 el helvético fue a Francia a jugar el Challenger de Brest, en busca de poder conseguir su primer título profesional y así dejar atrás las dudas y el mote de promesa, para ser realidad, presente. El sorteo dictaminó que el suizo tendría un camino con rivales de poca monta hasta la final. En primera ronda enfrentó a Lionel Roux y fue victoria para el futuro campeón de 20 GS por 6-3, 4-6 y 6-4. Luego, en los octavos de final, le ganó a Rodolphe Gilbert por 6-4 y 6-3. En cuartos de final, venció sin problemas a Michael Llodra por 6-3 y 6-3. En semifinales, luego de derrotar a tres jugadores locales, venció por 6-3 y 7-6 al checo Martin Damm, quien unos años después construiría una respetable carrera.
El 31 de ese mes se disputó la final. Federer logró ese día su primer título como tenista profesional. En la final le ganó al bielorruso Maxim Mirny con un sólido 7-6 y 6-3. El inicio de la leyenda. Entre tres mil a cuatro mil personas asistieron ese día a la final: ¿Cuántas de ellas habrán pensado que estaban en presencia de un crack? Lo más probable que varias, pero ¿alguien habrá imaginado todo lo que lograría? Fue el único título Challenger en la carrera de “Su Majestad”, ya que con los 80 puntos que sumó, llegó al puesto 56, lo que le permitió afianzarse en los mejores torneos del año siguiente. El resto es historia: 103 torneos ATP ganados, 310 semanas como número 1 (237 de forma consecutiva, récord), 1.251 victorias en toda su carrera con apenas 275 derrotas.
La frase “no hay nadie, pero nadie más grande que Roger Federer”, dicha por primera vez por el periodista venezolano Luis Alfredo Álvarez representa a muchos fans del tenis, y en específico a los admiradores del tenista europeo. Un superhéroe que no vuela y no tiene capa, pero sí clase, elegancia, talento y, sobre todas las cosas, tenis: ¿es el mejor tenista de todos los tiempos? Nadie podrá saberlo a ciencia cierta, debido a sus dos rivales históricos, con quienes el tenis vivió su mejor época: Rafael Nadal y Novak Djokovic. Lo que sí es posible afirmar es que ese día en Brest hace ya 27 años nació una de las trayectorias deportivas más prolíficas de la historia. Nació el mito.





