Paola Suárez: el camino de una campeona y su legado

Por Francisco Catoia

Un dato fundamental para entender y conocer a un deportista es su lugar de origen. En este caso, Pergamino, Buenos Aires. Esa ciudad explica gran parte de la carrera de Suárez, ya que no solo fue el lugar donde nació, sino también donde tuvo sus primeros contactos con el polvo de ladrillo, la raqueta y la pelota, y donde comenzó a proyectarse hacia nuevos horizontes de la mano de sus seres queridos.

Desde ahí, forjó una trayectoria que la llevó a ganar ocho títulos de Grand Slam en dobles, alcanzar el número 1 del ranking mundial en esa modalidad, conquistar la medalla de bronce en Atenas 2004 y entre otras consagraciones que la posicionaron como una de las grandes figuras de la historia del tenis argentino, además de convertirse en flamante capitana del seleccionado argentino femenino de tenis.

 

Crecimiento, procesos y desarraigo

Paola Suárez se crió en la ciudad de Pergamino, Provincia de Buenos Aires, ubicada en el norte de la provincia, precisamente en su cabecera, a unos 220 kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

“Cuando estábamos en Pergamino vivíamos en un club de tenis y estaba permanentemente con una raqueta y una pelota. Entonces, cuando nos fuimos de chica a Buenos Aires, fue un cambio muy brusco. Pasé de estar en una ciudad pequeña a una ciudad gigante. Me asfixié, pero con el tiempo logré acostumbrarme, enfocada en lo que tenía que hacer”, recordó.

Pese a todo, Paola, lejos de intimidarse por las largas distancias y las multitudes continuó con su desarrollo personal y tenístico en la gran ciudad por lo que ese cambio terminaría siendo un puntapié inicial y un verdadero quiebre en su vida, que marcaría un comienzo de una nueva etapa en su carrera.

“No te podés dar cuenta de si vas a ser profesional, aunque de pequeñita los adultos me dejaban jugar tenis con ellos porque ya les podía competir. Empecé a competir en regionales, después provinciales y luego nacionales. De repente, vas teniendo resultados y, a los 14 años, viajé a España a jugar los 4 primeros torneos profesionales y gané esos 4. Después hice la final de Roland Garros Junior, ante chicas más grandes. Ahí la perspectiva era más cercana y positiva sobre mi futuro en el tenis profesional”, resumió.

Un camino atravesado por el sacrificio, los largos viajes y buenos resultados desembocó en grandes rivalidades dentro del circuito. Escalar posiciones en el tenis significa enfrentarse, tarde o temprano,  a las mejores jugadoras del mundo y asumir el desafío de medirse ante rivales cada vez más exigentes, en una competencia que cada encuentro pone a prueba lo construido hasta ese momento y obliga a encontrar nuevas herramientas para sostenerse en la élite del deporte.

“Al principio siempre cuesta pasar barreras. Uno está dentro del Top 300, después 200, 100 y estuve gran parte de mi carrera en el Top 30. Ahí es poder tener una regularidad tanto física como mental cada semana. Esa brechita de jugar bien a muy bien, se va acortando cada vez más y eso te va consolidando entre los mejores”, reconoció.

Representar los colores desde la pizarra

En febrero de 2026, la exnúmero 1 del mundo fue confirmada como capitana de la selección argentina femenina de tenis por la Asociación Argentina de Tenis (AAT), para afrontar la Billie Jean King Cup, la principal competición del mundo a nivel de naciones.

“Cuando me convocaron me gustó la idea, un orgullo. Mi primer contacto con las chicas fue muy positivo. Además, en noviembre ya tenemos desafíos importantes. Respecto a la citación intentamos ir por ranking: quienes estén número 1, 2 y 3 en Argentina y, luego, dependiendo en qué momento se encuentre cada jugadora, veremos si está apta.

Por otro lado, su experiencia y criterio le permiten entender que la preparación de una jugadora no es solo dentro de la cancha. Uno de los focos está en el acompañamiento y el vínculo de la deportista con el cuerpo técnico.

“Tener un cuerpo técnico cercano y de confianza es súper importante porque uno además de ser tenista tiene una vida privada entonces poder hablar y exteriorizar pensamientos, es muy bueno ya que eso va a influir en el deportista. Todo se transmite dentro de una cancha y dentro de un entrenamiento.”, explicó.

Hoy, Suárez vuelve a ponerse los colores de su país desde otro lugar. Ya no con la raqueta en la mano, dentro de la cancha, sino desde afuera, como guía de una nueva generación de tenistas que pide pista y que busca escribir una nueva página en la historia celeste y blanca.

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