Por Martina Alzogaray
En avenida España, localidad de Moreno (zona oeste), se observan personas en situación de calle, más de una docena de familias enteras y otras diversas condiciones que pasan a un segundo plano, pero que nunca dejan de estar. Esta crónica propone mirar el lado B de la Copa del Mundo 2026.
El martes 16, durante el debut de la Selección, la ciudad parecía suspendida por el Mundial. Eran cerca de las 23 y las calles de la localidad bonaerense de Moreno estaban prácticamente vacías: locales cerrados, empleados siguiendo el partido desde adentro y un transporte público alterado por la demanda de esos 90 minutos. A pocas cuadras, una joven de aproximadamente 20 años que regresaba de trabajar fue asaltada por varios individuos. Todo ocurrió en cuestión de segundos. No muy lejos de allí, otra chica esperaba un colectivo que no llegaba porque el servicio estaba interrumpido. Mientras tanto, en una esquina, dos hombres en situación de calle discutían, ambos en estado de ebriedad.
¿Alguna vez pensamos en quienes viven la competición de una manera diferente, lejos de la emoción y la celebración?
¿Y en aquellos que no tienen recursos para compartir una comida?
¿En los que no cuentan con un televisor para seguir el torneo?
¿O qué ni siquiera tienen un hogar desde donde verlo?
Argentina-Austria: trabajar mientras rueda la pelota
Hay situaciones que no se dimensionan hasta estar ahí, hasta verlas o escucharlas. Quien vio el Argentina-Austria en un colectivo lleno, con todos intentando llegar a tiempo para compartirlo en familia, quizás pensó que tuvo mala suerte. Sin embargo, muchas veces se pierde de vista la fortuna de tener un celular, auriculares, un trabajo o la posibilidad de estudiar.
En la cuadra extensa se ubica “Mi Gusto”, la tienda está decorada con guirnaldas y tres pantallas colgadas que muestran los precios y las promociones, ambientadas con la temática de Argentina. En una de ellas, el 10 argentino señala con su dedo índice una empanada cortada a la mitad, como una invitación a comprarla y probarla.
Son tres chicos los que trabajan ocho horas. Su encargado no les cedió el franco para verlo desde sus casas. Jesús tiene 20 años y se define como un “enfermo” de la pelota: mira todos los partidos que puede, sin importar el club, la liga o el país. Es rubio, de ojos claros, hincha de Boca y está “embroncado”, según sus propias palabras.
El enojo surge porque su jefe le pidió que trabajara el día de su franco, el mismo lunes 22 de junio. Jesús dice estar cansado de los malos tratos y las condiciones: un típico empleo informal en negro con un empleador poco empático, que toma decisiones según su conveniencia.
No es un día más para la gastronomía. En el encuentro, muchos eligen comprar por delivery, ya que comenzó a las 14 y para varios se volvió complicado combinarlo con el almuerzo.
Así, los muchachos no pudieron ver el primer ni el segundo tiempo de manera cómoda y continua. Los trabajadores destacan que el movimiento comienza con fuerza tanto al mediodía como por la noche: los pedidos salen de a montones y, en un abrir y cerrar de ojos, los once jugadores dejaron de correr.
Viven la copa a través de la demanda laboral. Las reuniones entre amigos se vuelven más frecuentes por la ocasión, lo que genera un aumento en los encargos. Terminan viendo jugadas sueltas, entre ellas el penal errado de Messi a los ocho minutos, mientras continúan con su jornada.
Son fragmentos dispersos: una espera que se extiende más de lo previsto, una discusión que aparece en una esquina vacía, un regreso a casa marcado por lo imprevisible, un turno que no se ajusta al horario del partido sino que lo atraviesa sin consideración.
Quizás por eso estas escenas incomodan más cuando el suceso mundialista termina. Porque es ahí donde aparece con claridad lo que durante el juego queda en segundo plano: que no todos están viendo igual, que no todos pueden detenerse, que no todos transitan el mismo tiempo aunque estén en el mismo sitio. Y que, incluso en días donde todo parece girar alrededor de un solo acontecimiento, la vida cotidiana sigue.
Carlos tiene 53 años y es alcohólico. Toda su vida vivió en las avenidas de España y Merlo, localidad de Moreno y no sabe lo que es ver un fútbol.
—Cuando Argentina salió campeón en Qatar 2022, ¿cómo lo viviste vos?
—Mirá, yo no tengo idea de la hora ni la fecha nunca. En ese tiempo solo veía gente festejando y ni sabía por qué.
—¿Nunca supiste que la Selección había ganado?
—Conozco a Messi, nada más.




