Por Juan Aguirre Duarte
Durante décadas, hablar de Estados Unidos y fútbol era pensar en un país que observaba el deporte más popular del mundo desde la distancia. Mientras el básquet, el béisbol o el fútbol americano dominaban la escena, el “soccer” ocupaba un lugar secundario. Sin embargo, esa realidad cambió. Y lo hizo a partir de un proyecto que lleva más de treinta años de inversión, planificación y crecimiento.
El punto de partida fue el Mundial de 1994. Aunque aquella Copa del Mundo fue un éxito de público y rompió récords de asistencia, el país todavía no tenía una liga profesional sólida ni una cultura futbolística consolidada. El torneo fue el impulso inicial para crear la Major League Soccer (MLS), que comenzó a disputarse en 1996 y atravesó años de incertidumbre antes de encontrar un rumbo.
Durante las primeras décadas, la MLS apostó por atraer figuras consagradas en el tramo final de sus carreras. La llegada de jugadores como David Beckham, Thierry Henry, Kaká, Zlatan Ibrahimović o Wayne Rooney le dio visibilidad internacional, pero el verdadero cambio llegó cuando la liga dejó de depender de esos nombres para enfocarse en la formación de futbolistas, la construcción de academias y el desarrollo de infraestructura.
Hoy, es una competencia estable, con estadios específicos para el fútbol, clubes financieramente fuertes y un modelo que exporta jóvenes talentos a Europa por cifras millonarias. Ya no busca únicamente importar estrellas: también produce jugadores capaces de competir en la élite.
Esa transformación se refleja en la selección nacional. La mayoría de sus titulares militan en las principales ligas de Europa, acumulando experiencia en competiciones de máximo nivel. Christian Pulisic, Weston McKennie, Tyler Adams, Yunus Musah, Giovanni Reyna o Antonee Robinson forman parte de una generación que creció con otra mentalidad y que convirtió a Estados Unidos en un rival mucho más completo desde lo táctico y lo técnico.
Ese crecimiento también modificó el mapa de la Concacaf. Durante décadas, México fue el dueño absoluto de la región. Hoy, la diferencia prácticamente desapareció y la rivalidad entre ambos se convirtió en una de las más parejas del continente. En los últimos años, Estados Unidos conquistó varias ediciones de la Liga de Naciones de la Concacaf y pasó a discutirle a México el liderazgo regional de igual a igual, algo impensado a comienzos de siglo.
El Mundial de 2026 es la prueba más contundente de esa evolución. Como uno de los anfitriones, Estados Unidos no solo cumplió con las expectativas, sino que confirmó su crecimiento al avanzar a los octavos de final tras derrotar 2-0 a Bosnia y Herzegovina, incluso jugando buena parte del partido con un futbolista menos. Ahora tendrá un exigente cruce frente a Bélgica, con la ilusión de igualar o superar su histórica actuación de 2002.
Pero el cambio va mucho más allá de un resultado. Los estadios llenos, el crecimiento del interés por el fútbol, las inversiones en infraestructura y una generación que se formó para competir en la élite muestran que Estados Unidos dejó de ser un país que organizaba grandes eventos para convertirse en uno que también quiere ganarlos.
Lo que alguna vez pareció un proyecto ambicioso hoy es una realidad. El fútbol estadounidense ya no está en construcción: está empezando a consolidarse como una de las nuevas potencias del plano internacional.




