Por Agustín González
La decisión de la FIFA de habilitar al delantero estadounidense Folarin Balogun para disputar los octavos de final del Mundial 2026 frente a Bélgica, pese a haber sido expulsado ante Bosnia y Herzegovina en los 16avos de final, convirtió un fallo disciplinario en un conflicto institucional. El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, reconoció públicamente haber llamado al mandatario de la FIFA, Gianni Infantino, para pedir que la jugada fuera revisada. Tras la comunicación entre presidentes la FIFA decidió que el delantero estadounidense puede disputar el encuentro.
“Vi la jugada y soy una persona que ama los deportes. Eso no fue una falta. Ni siquiera fue una infracción. Ese árbitro es sospechoso. Si revisás su historial, es muy sospechoso y tomó una decisión que nadie podía creer. Es nuestro mejor jugador, o uno de nuestros mejores jugadores. Sí, pedí una revisión por parte de la FIFA”, declaró Trump durante una conferencia de prensa. Luego calificó la resolución como una decisión “brillante”.
La respuesta no tardó en llegar. La Federación de Bosnia publicó en sus redes sociales el mensaje “FIFA + USMNT (Selección Masculina de Fútbol de los Estados Unidos) = Mafia”, mientras que la Federación Belga expresó su “sorpresa” por una decisión que, según sostuvo, contradice el propio Código Disciplinario y el reglamento del Mundial. Además, denunció que nunca recibió una explicación formal sobre los fundamentos del fallo y anunció que evaluaría todas las vías posibles para defender la igualdad de condiciones entre las selecciones. FIFA declaró inadmisible ese reclamo al considerar que Bélgica no era parte del procedimiento disciplinario.

La UEFA fue todavía más contundente. En un comunicado afirmó que la decisión “cruzó una línea roja” y advirtió: “Cuando la certeza de las reglas no está más garantizada por sus garantes, la integridad del juego se ve amenazada y la credibilidad de la competición comprometida”.
A las críticas también se sumó el entrenador alemán Jürgen Klopp. “Este es nuestro deporte, no el de ellos. Si Trump e Infantino realmente acordaron levantar la suspensión, es una locura. Lo pone todo en duda. Ninguno de los dos debería tener nada que ver con una decisión disciplinaria”.
A esas voces se agregó la del expresidente de la FIFA, Sepp Blatter, quien también cuestionó la decisión. “Las tarjetas rojas no se revierten por llamados políticos. Se revierten por reglas, pruebas y órganos independientes. Si un presidente de Estados Unidos interviene ante el presidente de la FIFA y, de repente, un jugador queda habilitado antes de un partido de eliminación directa, la pregunta es inevitable: ¿hacia dónde va la FIFA? El fútbol nunca debe convertirse en un patio de juegos del poder político”, escribió en su cuenta oficial de X.
Más allá de si la expulsión fue correcta o no, el episodio dejó una discusión que trasciende a Balogun. El Estatuto de la FIFA establece que el fútbol debe mantenerse libre de injerencias de terceros para preservar la independencia de sus órganos de decisión. Sin embargo, por primera vez durante un Mundial, un presidente reconoció haber intervenido para solicitar la revisión de una sanción disciplinaria y el futbolista terminó habilitado para jugar.
El impacto fue inmediato. Incluso en el Reino Unido aparecieron pedidos políticos para que se aplicara el mismo criterio en otros casos disciplinarios. Más allá del desenlace deportivo, el caso Balogun dejó una huella difícil de borrar. Instaló la posibilidad de que una decisión arbitral, tradicionalmente resuelta dentro del campo y de los órganos disciplinarios, pueda quedar bajo la sombra de la presión política. Ese es el verdadero precedente que marcó este Mundial.




