Por Luna Leylen Lorenzo
Entre salarios que no alcanzan, precios que cambian todos los días y vínculos sociales cada vez más rotos, el modelo de Javier Milei no sólo redefine la economía argentina: también transforma la manera en la que las personas miran, o dejan de mirar, el sufrimiento ajeno. En el tren Roca, la crisis deja escenas cotidianas que evidencian el costo humano del ajuste.
El tren avanza lento hacia Constitución un domingo a las cuatro de la tarde. No está explotado, pero no queda un solo asiento libre. Viajan familias con chicos, cochecitos plegados, mochilas abiertas y paquetes de galletitas que circulan de mano en mano. La mayoría se prepara para bajar en Domínico, rumbo a la feria.
En Don Bosco, suben dos mujeres de unos cuarenta y largos. Se las ve cansadas, con ese agotamiento que no es de un día sino de muchos. Vienen con tres chicos: uno de ocho, una nena de cuatro y un bebe de no más de cuatro meses. Una de ellas sostiene una bolsa de papel que transpira grasa en la base. De adentro sale un olor intenso, tibio: masa recién frita, cebolla salteada, un dejo dulzón y especiado. Empanadas de pollo, seguramente, de estas que tienen el relleno jugoso y un poquito desarmado.
El bebé llora con un quejido constante. La nena juega en el medio del pasillo con unos legos opacos, sucios, que alguna vez fueron de colores brillantes. La gente intenta esquivarla con tropeza. “Maite, corré eso que la gente quiere pasar, Maite”, dice una de las mujeres, sin levantar demasiado la voz. Pero la nena no registra. Está concentrada en encastrar piezas.
El tren se sacude y las piezas se desarman. Ella vuelve a empezar.
Nadie habla demasiado. El vagón entero parece anestesiado. Algunos miran TikToks sin sonido. Otros revisan precios en Mercado Libre como quien revisa el clima. Hay una tensión muda que se volvió parte del paisaje argentino: el cálculo constante. Cuánto sale. Cuánto aumento. Cuánto falta para cobrar. Cuánto queda en la SUBE. Cuánto más puede estirarse un sueldo.
Desde que Javier Milei asume la presidencia, el gobierno repite una idea como un mantra: había que hacer el ajuste más grande de la historia para evitar el colapso. La inflación bajo después del pico brutal de comienzos de 2024 y el oficialismo convirtió ese dato en una épica. Pero en la vida cotidiana la estabilización llegó acompañada de otra cosa: salarios licuados, caída del consumo, despidos, tarifas imposibles y una sensación persistente de intemperie social. Durante el semestre de 2024 la pobreza alcanzó el 52,9%, la cifra más alta en veinte años, según el INDEC.
En Constitución, sobre el piso frío de la estación, una madre se sienta contra una pared con sus dos hijos. A su lado, un cartón escrito a mano pide ayuda: dice que se quedó sin trabajo y que necesita darles de comer. La nena, de no más de cuatro años, juega en silencio con una muñequita gastada, ajena al ir y venir apurado de la gente. El bebé, prendido a la teta, se mueve inquieto entre los brazos de su mamá. Ella tiene la mirada cansada y una postura casi desvanecida, como si llevara demasiadas horas ahí. Las personas pasan sin detenerse. Algunos ni la miran. Otros la observan apenas, incómodas, como si la pobreza fuese una escena obscena.
La argentina de Milei construyó un nuevo sentido común alrededor de eso: cada uno puede salvarse solo. El mérito reemplazó la empatía. La ayuda social empezó a ser narrada como privilegio. El Estado, una molestia. El otro, como competencia.
La “motosierra” no fue solo un programa económico. También fue un lenguaje.
En los grupos de WhatsApp familiares aparecen discusiones nuevas: jubilados que justifican el recorte de medicamentos, trabajadores precarizados que repiten que “había que sufrir para salir adelante”, jóvenes que defienden despidos masivos mientras hacen changas para pagar el alquiler. El ajuste se volvió moral. El que no llega a fin de mes pareciera tener, además, que dar explicaciones.
Un vendedor atraviesa el vagón gritando con la típica entonación de vendedor: “Chocolate Nestle. Chocolate de leche, rico y de buena calidad. Llevando tres abonás dos mil pesos”.
Camina sin apuro, como si ya supiera el resultado. Nadie lo frena. Nadie le pregunta. Hace un tiempo vendía porciones de torta en envases de plástico: chocotorta y torta oreo. Se le juntaba gente alrededor, lo llamaban desde los asientos, le pagaban en efectivo y transferencia, se quedaba sin stock antes de terminar el recorrido, ahora no.
Tiene unos cuarenta años, cuerpo flaco con esa panza leve que sobresale, la llamada “panza de birra”. Voz aguda, insiste pero sin convicción. En Wilde, con el tren detenido, se queda charlando con otro vendedor, uno de encendedores. “Es increíble cómo se complicó la venta”, dice. “Ya ni chocolates de marca baratos salen”, remata. Después sigue caminando el vagón. Repite la oferta. El mismo tono. La misma falta de respuesta.
Los números acompañan esa escena. El consumo cayó fuerte durante 2024 y cientos de miles de empleados formales se perdieron mientras crecía el trabajo informal y el cuentapropismo. La inflación desaceleró, si, pero después de una devaluación inicial que pulverizo ingresos y cambió hábitos cotidianos. Comer carne dejó de ser semana para muchas familias. La ropa se compra usada. Los remedios se fraccionan. La salida ya no es ahorrar: es sobrevivir.
“Antes hacíamos un asado todos los domingos”, cuenta Marcelo, empleado administrativo despedido de una pyme metalúrgica de Quilmes. “Ahora compro milanesas de pollo una vez por semana y las estiro. Mi hija me pidió un yogurt de esos con cereales y tuve que decirle que no. Nunca pensé que me iba a pasar eso”.
No es solamente pobreza material. Hay algo más difícil que medir: el desgaste emocional de vivir calculando.
En el último vagón aparece una mujer encorvada. Camina lento, arrastrando los pies. La cara marcada de arrugas profundas, como si cada línea fuera una historia que no se contó. “Les pido ayuda… tengo lapiceras, son a voluntad… ya estoy vieja y tengo a mi nietita internada… me ganó la vejez, pero quiero que ella esté bien, que sea feliz… el precio lo ponen ustedes… que tengan muchas bendiciones”.
Sostiene un puñado de biromes en la mano. Nadie se mueve. Nadie le ofrece asiento. Algunos miran el celular. Otros miran por la ventana, aunque no haya nada que ver.
El tren sigue vibrando.
La freno y le pregunto: “Señora, quiere sentarse?”
Se rie bajito mientras se acomoda. “Muchas gracias, mija. Muy amable… hoy en día ya nadie te da el asiento, por más arrugada que estés”, expresa y suelta una risa corta.
Se sienta. El vagón sigue igual. Nadie levanta la vista.



