Por Malena Mendoza Venier
No hay mujer o niña que no haya pasado por una situación de violencia machista, un abuso, una agresión sexual, o por sentir el miedo y la incomodidad al estar sola con un hombre del que desconfía o al que desconoce. De mandar la ubicación en tiempo real al estar en un taxi, del famoso “ya llegué” y el miedo de no recibir —o no enviar— ese mensaje.
Hoy en día es imposible no haberlo vivido en carne propia. Incluso, en muchos casos, sin dimensionar la gravedad del asunto: pasarlo por alto, entender años después que algo estuvo mal, o incluso no llegar a hacerlo nunca. Estamos acostumbradas a ser juzgadas y culpadas, aun cuando somos las víctimas.
No es normal que una nena de cinco años reciba un discurso de su madre cuando empieza la escuela —cuando tendría que estar pensando en jugar y divertirse— diciéndole que nadie tiene derecho a sobrepasarse con ella. Poniéndola en alerta, porque así vivimos. Tampoco es normal que, cuando algo ocurre, su familia la castigue o ponga en duda su relato. Un entorno que eduque sobre sexualidad y sobre abuso es casi tan importante —o más— que el acompañamiento psicológico ante una posible situación.
Precisamente hoy, con la marcha, y en una sociedad atravesada por un hecho tan terrible como el de Agostina —como el de tantas otras niñas y jóvenes que no llegan a mediatizarse—, es cuando debemos tomarnos el tiempo de preguntarnos qué estamos haciendo mal. A once años de la primera marcha del Ni Una Menos, no bajan de 200 los femicidios anuales registrados. Inconmensurables las situaciones de violencia, reportadas o no.
Y tantas más que quedan calladas por miedo o vergüenza; después de todo, la más expuesta es la víctima, a quien le ponen cara, y no el victimario, del que se muestra el rostro difuminado.
Año tras año, alguno de esos casos se vuelve una cuestión mediática. Y es entonces cuando las mujeres atravesamos la inexplicable sensación de angustia, porque otra de las nuestras vivió nuestra peor pesadilla. Porque a otra de las nuestras le arrebataron esos sueños por cumplir, esas metas por alcanzar. Este año le tocó a Agostina Vega. 14 años, toda una vida por delante. Su profesor de música compartió su primer trabajo, su sueño de ser psicóloga se vio frustrado por un hombre que se aprovechó de su inocencia y decidió terminar con su vida.
Tenía seis años cuando fui consciente de un femicidio: Candela Sol Rodríguez, 11 años. Tuve ocho cuando encontraron sin vida a Ángeles Rawson en un contenedor. Estaba en el último año de primaria cuando llevaron el cuerpo de Lucía Pérez a la sala médica, sin signos vitales. Todavía hoy recuerdo a cada una de ellas, y cada caso nuevo me genera la misma angustia, el mismo dolor y ese sentimiento indescriptible en el cuerpo. Por ellas y por todas, Ni Una Menos.
Fotografía: Federico Oliver Pardo



